Oda a Juárez

 I

Padre, perdón: mi canto no tiene otra grandeza

que en las rituales pompas el humo del incienso;

no existe humano rito que abarque tu proeza,

que sólo el ritmo eterno de la Naturaleza

es digno comentario de tu valer inmenso.

 

II

Así, dame una chispa de tu soberbia lumbre;

vuelque en mi sombra un vívido fulgor, tu claridad;

y que mi verso, raudo como un halcón, se encumbre

a cuyos flancos miras correr la eternidad.

 

III

No lágrimas, no quejas, no duelos, no crespones

extiendo, gemebundo, sobre tu mausoleo;

te traigo de la púber América los dones

en el himno que elevan a ti los corazones

más grande y milagroso que un cántico de Orfeo.

 

IV

¿En qué bronce indomable vacilaron tus perfiles;

qué soplo prometeico te insufla el corazón

qué médulas leoninas nutrieron tus abriles;

en qué mágica Estigia te crismaron Aquiles;

fué tu maestro, acaso, el centauro Quirón?

 

V

En el severo marco de una sangrienta aurora,

con un superbo gesto tu firmeza tenaz,

miro surgir tu grave figura redentora

que empuña una implacable piqueta destructura...

pero también se advierte la escuadra y el compás.

 

VI

La Noche de Walpurgis macabra se derrumba

sobre tu frente brava donde se estrella el mito;

y un enorme murciélago de cripta o catacumba

en vano te persigue y en tus oídos zumba

su maldición, que alcanza la plenitud del rito.

 

VII

Gravemente impasible, fatal, mientras fulmíneo

se gesta en tu alma el rayo contra el prejuicio falso,

en cuántas avalanchas persistes rectilíneo,

y en tus amargos éxodos, impávido y broncíneo

cuántas espinas domas bajo tu pie descalzo!

 

VIII

Y fué el golpe de ariete. Jamás el Sol ha visto

en concepción y en obra tan poderoso ejemplo:

mientras te dan las bulas aspectos de Mefisto,

sacudes en tu látigo las cóleras de Cristo

y limpias de impurezas los pórticos del templo.

 

IX

Sí: fue un golpe de ariete; y estruendos de rebato

llegan hasta el Olimpo que partirás en dos;

y tú, el iconoclasta sin ley, el insensato,

eres el que interpretas el bíblico mandato:

"A César lo del César, y a Dios lo que es de Dios"

 

X

Y en tu montaña augusta radiante de reflejos,

sobre el silencio pánico de la espantada grey,

arrojas, entre nubes de torvos entrecejos

surcadas de flamígeros relámpagos bermejos

con ademán mosaico, las Tablas de tu Ley.

 

XI

¡Oh tú, Maestro Prieto, taumaturgo divino

que en escudo transformas la lira y en coraza,

y para que se cumplan los fines del destino

vibras la espada ardiente de un verso alejandrino,

y a la traición rescatas el Genio de la Raza,

 

XII

tú que del pueblo juntas, en armonioso grito,

dolores y esperanzas y penas y alegrías,

que de los inmortales pareces el proscrito:

ya es tiempo que un recuerdo de bronce y de granito

te arranque de tus hondas é injustas gemonías!

 

XIII

Aun ennegrece el cielo la nublazón oscura

de aquel gran cataclismo, cuando surca la mar

un bergantín extraño de airosa arboladura;

y oye el piloto rubio, tras de la singladura,

que las sirenas cantan: ¡reinar...!  ¡reinar...! ¡reinar...!

 

XIV

Mas la canción se trunca cuando contigo choca;

un Hamlet inflexible y oculto en tu rigor

apaga la sonrisa que iluminó la boca

de aquella infausta Ofelia, de la princesa loca

que ambula entre fantásticas visiones de esplendor.

 

XV

Después contempla el mundo, con trágicos asombros,

el inmortal relieve que de la Historia exhumo:

cuando alzas la República triunfal en los escombros,

y una cruz, que cancela con sus severos hombros

el sueño del imperio que se deshizo en humo

 

XVI

Por eso dijo el vate cuya intuición suprema

en obra perdurable tus lechos atestigua;

En una barca de oro que visionario rema

vino el Príncipe artista soñando en un poema...

y se encontró la máscara de la tragedia antigua.

 

XVII

Padre, perdón: no puedo llegar a tu proeza,

se pierde en tu infinito mi nébula de incienso;

sólo el Silencio es grande también, cual tu grandeza,

y sólo el ritmo eterno de la Naturaleza

es digno comentario de tu valer inmenso:

 

XVIII

El tumbo de los mares, los empinados riscos

de los volcanes vastos y cual tu gloria indemnes;

el ritmo de los astros de fulgurantes discos,

y las selvas que enfloran sus cien mil obeliscos,

la euritmia de las cuatro Estaciones solemnes.

 

XIX

Inútiles las sátiras de serpentino alarde;

tu sangre en nuestra sangre más pura se transfunde;

y ve Pasquino falso, sofístico y cobarde,

que tu memoria triunfa, se desparrama y arde

como la aurora mágica cuando la noche se hunde.

 

XX

Inútiles las piedras tombales, los sudarios;

los siglos te agigantan, y en los terrestres velos

se nutren tus raíces con los aniversarios;

y como ciertos árboles que cuentan centenarios,

lanzas tus frondas, siempre más verdes, a los cielos!

 

El Mundo Ilustrado.

Julio 18 de 1906. 

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