Hacia el fin de siglo XIX y con una evidente influencia francesa, las tem�ticas de prosa y poes�a de algunos escritores comienzan a acusar una atracci�n hacia lo hist�ricamente considerado repulsivo y un gusto por la ambig�edad. El refinamiento convive con el tremendismo, la maldici�n con la serenidad, el pudor con la sensualidad �caracter�sticas decadentistas que son la s�ntesis de lo divino y lo diab�lico. Se vuelve atractiva la idea de perversidad, la presencia de estimulantes en dosis cada vez mayores, tanto en las tem�ticas que profanan lo sacro �atrae todo aquello que parezca escatol�gico� como en el consumo de alcohol y drogas; crece la necesidad de buscar mayor versatilidad en lo sexual y se busca mayor deleite en un sabor de artificio e histeria.
Las anteriores caracter�sticas que se�ala Mario Praz en La carne, la muerte y el diablo en la literatura rom�ntica, son las que adoptan los j�venes escritores mexicanos, que en la �ltima d�cada del XIX, se dar�n a conocer como �decadentistas�. Entre ellos, podemos mencionar tanto a poetas como prosistas, pues ambos g�neros ser�n los veh�culos preferidos por los �decadentes�: Jos� Juan Tablada, Balbino D�valos, Amado Nervo, Ciro B. Ceballos, Bernardo Couto Castillo, Alberto Leduc, Francisco M. de Olagu�bel, etc�tera, adem�s del dibujante Julio Ruelas, quien en el campo de las artes pl�sticas expresa lo que aquellos en literatura.
Una ruidosa pol�mica ocurrida en 1892 pone en el centro de atenci�n a algunos de ellos; disputa debida a la publicaci�n de �Misa Negra� por Jos� Juan Tablada, y su pronta censura; pero las pol�micas contin�an durante la �ltima d�cada del XIX e incluso los primeros a�os del siglo XX y se alzan, en ataque y defensa, cada vez que los temas tab�es son tratados por el decadentismo. Salado �lvarez, Primitivo Rivera, Pantale�n Tovar, Atenodoro Monroy, entre otros, de un lado; Tablada, Nervo, Olagu�bel, Ceballos, Urueta, D�valos, Leduc e incluso Jes�s E. Valenzuela de otro.[1]
Amado Nervo causa amplia pol�mica en 1895 con su cuento El bachiller donde el protagonista se castra para no sucumbir a la tentaci�n; posteriormente publicar� su poema �Andr�gino�; D�az Mir�n escribe en 1900 acerca de una mujer fatal: en �Cleopatra� el erotismo s�lo es comparable con los sonetos de Caro Victrix que publicar� Rebolledo en 1916.
Mario Praz, hace notar que, si durante la primera mitad del siglo, en la literatura europea, la �llama que atrae y calcina� fue ejercida por el hombre fatal (el h�roe byroniano), hacia la segunda mitad ser� la mujer fatal quien ejerza esa tensi�n y, a la postre, el andr�gino. En M�xico esa atenci�n hacia la mujer fatal se acent�a a partir de la �ltima d�cada del XIX y durante las primeras d�cadas del XX, a la par de espect�culos como las �tandas� o bailarinas en el cine. En prosa, Salamandra es el ejemplo paradigm�tico del tema.
La fascinaci�n que en un grupo de escritores mexicanos produjeron los temas de la literatura francesa de la segunda mitad del siglo XIX es un hecho que se encuentra documentado por ellos mismos, y que podemos tambi�n conocer a trav�s de la propia selecci�n de textos que gustaban de traducir los j�venes que durante la �ltima d�cada del XIX conoceremos como �decadentes�.
Aunque el t�rmino �decadente� traer� consigo controversia, no s�lo por parte de los acad�micos, sino dentro del propio grupo de escritores emp�ticos con la nueva sensibilidad literaria,[2] Balbino D�valos explica en un cap�tulo publicado de sus Memorias, lo que para ellos signific� el t�rmino. Como puede colegirse de las l�neas siguientes, el apelativo �decadente� puede haber sido sugerido por el propio D�valos, quiz�s en la velada del 7 de enero de 1893:
En suma, me declar� o m�s bien, nos declaramos decadentistas, nada a sabiendas, sino meramente al tanteo [...] Pero eso s�, seguimos present�ndonos airosamente decadentistas a las volandas y sin ton ni son [...] Por aquel tiempo desarroll�base en Francia el entusiasta torbellino del simbolismo literario. Y nosotros, los alborotados muchachos del momento, enardecidos por Tablada, agitado agitador del grupo, esper�bamos a diario, at�nitos y babica�dos, la marejada mental que nos ven�a de Francia. Y por chiripa, me toc� ser quien se percatara de un percance casual. Ese proceder simbolista cre� en el sensacionalismo intelectual de Par�s, por una parte, aprecio, simpat�a y a�n apasionamiento; pero mucho resabio, desd�n o fisga de parte de los m�s, y naci� en tono de mofa, qu� sabemos de d�nde, la denominaci�n de �decadentes� para quienes enarbolaban en su flamante pabell�n la ense�a de simbolistas. Y �stos aceptaron con despreciativa altivez el mote:
��S�, llam�monos decadentes como ustedes lo quieren; no porque nos asemejemos a los decadentes del Imperio Romano, sino porque, de la decadencia actual, llevaremos de hoy en adelante el deca�do arte de ustedes en ascendencia triunfal y gloriosa al porvenir�
Y �c�mo nuestra juventud no se dejar�a arder en tal llamarada?[3]
Respecto al �esp�ritu art�stico�, se puede calificar como �decadentismo ascensionista� el que retoman y recrean los escritores mexicanos, que adem�s los une a un movimiento est�tico internacional, principalmente franc�s e ingl�s, que habr� de allanar el camino hacia la libertad literaria; libertad en cuanto a temas, lenguaje, t�cnicas, etc�tera; libertad que causa pol�micas con la mojigater�a nacional. En cuanto al �esp�ritu�, a secas, algunos de ellos vivieron un decadentismo nada ascensionista, que los llev� a la muerte: Bernardo Couto, Julio Ruelas, Alberto Leduc, Antenor Lescano, etc�tera; a los tres primeros Rub�n M. Campos los nombra �v�ctimas del bar�[4] precisamente en alusi�n a esa idea de que los �para�sos artificiales� per se transformar�an art�sticas sus producciones:
Incapaces de discernir el artificio en la descarriada moral del gran poeta, fuimos m�s sinceros que �l y desastrosamente intentamos normar no s�lo nuestra vida literaria, sino tambi�n la �ntima, por sus m�ximas disolventes creyendo que Baudelaire hubiera llamado a alcoholes, drogas y estupefacientes �Los para�sos artificiales� ilumin� las vulgares tabernas con esplendores de apoteosis luciferiana y las transform�, a nuestros ojos, en templos para la misteriosa iniciaci�n art�stica.[5]
Como ya se coment�, el 7 de enero de 1893, aquel grupo se reuni� en una velada donde se leyeron poemas, se habl� de la literatura y se discuti� la necesidad de crear una revista que se llamar�a �como en efecto sucedi�, aunque un lustro despu�s� Revista Moderna, que servir�a para publicar libremente sus producciones. Balbino D�valos refiere que en aquella ocasi�n ley� el poema �Preludio� que fue recibido con aclamaciones y donde �l mismo, m�s tarde, reconoce la influencia no consciente �casi plagio, declara� de un poema de Gautier. Aquel poema de D�valos donde habla de musas hist�ricas acompa�� al d�a siguiente de la velada, la publicaci�n de �Misa negra� en El Pa�s.
La publicaci�n, principalmente de �Misa negra�, atrajo para el incipiente grupo literario la atenci�n de los sectores m�s conservadores, abanderados por la propia esposa del Presidente, Carmen Romero Rubio �al parecer influida por Rosendo Pineda� a cuyas instancias El Pa�s hubo de anunciar que no se publicar�an en adelante poemas de esa nueva sensibilidad, si bien est�tica, contraria al medio cultural nacional.
Las controversias entre Acad�micos y �Decadentistas� se ventilaron en distintos peri�dicos desde entonces, cuando Tablada, junto con sus compa�eros redactores de la secci�n literaria de El Pa�s: D�valos, Leduc y Olagu�bel, abandonaron el peri�dico. En la carta que public� Tablada anunciando su salida, plantea la necesidad de luchar por mantener en alto su principio est�tico; defiende al decadentismo como la �nica escuela para el artista moderno, y dice que �sta consiste �en el refinamiento de un esp�ritu que huye de los lugares comunes y erige dios de sus altares a un ideal est�tico�.[6] Entonces comenzaron una serie de cartas p�blicas, donde diferentes escritores y cr�ticos se un�an o disent�an del �decadentismo�, ya por sus objetivos est�ticos, ya por la simple denominaci�n.
Fueron, en efecto, un grupo que compart�a cierta afinidad psicol�gica, lecturas similares y un mismo deseo de retar a la Academia y renovar el lenguaje y las formas literarias. Ciro B. Ceballos recuerda esa pugna contra la Academia:
Form�bamos un grupo vinculado no propiamente por la identidad de las convicciones art�sticas, sino por la fraternidad psicol�gica [...] Odio africano los acad�micos, odio a los preceptistas, odio a los romanticismos, odio a los literatos del pasado, odio a los rimadores populares, esa era la inscrita divisa en la bandera de intolerancia de nuestro fanatismo �modernista�[...] Los �prominentes�, las �momias�, los �viejos� en suma, nos abominaron con toda su alma, como era lo natural, pues no halag�bamos sus est�pidas vanidades de proyectos, ni admir�bamos sus seniles obras �maestras�, ni ten�amos consideraci�n alguna a su vejez, sino antes bien, nos burl�bamos de su baba, en sus barbas, de una manera inicua, llenando de lodo sus acad�micas veneras de hojalata, sus laureles de papelillo dorado con bellotas de cart�n.[7]
En tanto que el poema de Tablada celebraba con im�genes el cuerpo femenino, ese mismo domingo, D�valos publica �Preludio�, poema le�do en la velada de la noche anterior y en el que se refiere expresamente al �esp�ritu decadente�; las dos �ltimas estrofas dicen as�:
Oh mi neur�tica Ariana,
arr�jeme tu histerismo
al abismo
de tus brazos de liana
Que el �xtasis reverente
de los profanos no tarda;
ya lo aguarda
mi esp�ritu decadente.
La pol�mica que trajo consigo la censura, despido y hu�da en bandada de aquellos escritores, por la supresi�n de la escuela decadentista de las p�ginas del peri�dico dividi� en adelante, a la cr�tica literaria, en dos: Acad�micos versus Decadentes.
M�s all� de la denominaci�n, pueden encontrarse caracter�sticas que definen esa nueva est�tica por la que estos j�venes pugnaban. Temas, t�cnicas, recursos literarios que los distancia, en un principio, de la �nacionalista� generaci�n anterior, pero que es al mismo tiempo una est�tica ecl�ctica y tiene como fin la renovaci�n del lenguaje y de la literatura en general.
Pocos poemas sintetizan tan claramente el cambio de sensibilidad que el modernismo trajo consigo como �Amor moderno�, poema que Francisco Modesto de Olagu�bel public� en 1897, a sus 23 a�os, en aquel pol�mico libro Oro y negro.
No castas hermosuras ni rostros de princesa,
Ni ojos donde brille la luz de la ilusi�n.
Sat�nicas beldades, perfiles de faunesa,
Y tr�gicas pupilas de �ngel en rebeli�n.
No bocas ideales de sonrosada fresa
En donde tiemble el �sculo gentil de la pasi�n.
Boca sensual y l�brica que muerde cuando besa
Con labios encendidos, �flores de tentaci�n�
Amores ardorosos, vibrantes y soberbios
De donde brote el canto sonoro de los nervios,
�Hechos de fibra y f�sforo, de m�dula y de luz�
Y sea nuestra musa como un s�cubo p�lido
Que ahogue nuestras vidas entre su abrazo c�lido
Mientras sucumbe el Sue�o clavado en una cruz.[8]
La sensibilidad de un movimiento autodenominado �Decadente� �aunque hacia 1898 desde�a tal nombre para adoptar el m�s inclusivo de �Modernista�� encuentra una de sus expresiones m�s originales en un personaje-tema: La femme fatal, mujer perversa, vampiresa capaz de enloquecer a los hombres. Sin embargo, no s�lo es el tema novedoso entre los decadentes, sino tambi�n la presencia de para�sos artificiales, la relaci�n entre literatura y artes pl�sticas, el acercamiento y uni�n de lo considerado divino con lo diab�lico pues las caracter�sticas de los decadentes son tanto psicol�gicas como propiamente literarias:
El fen�meno del arte decadentista engloba caracter�sticas como subjetivismo art�stico-valorativo, ponderaci�n de lo artificial sobre lo natural, exclusivismo est�tico, �nfasis en la forma, erudici�n, exotismo, oscuridad de los significados cuya efectividad se basa en una imaginer�a de uso restringido, si no estrictamente personal, profanaci�n er�tica de lo sagrado. Adem�s de lo relativo al arte, el t�rmino vale para la designaci�n de actitudes vitales, de estados de �nimo, de costumbres, de orientaci�n sexual, de maneras de vestir, etc�tera. As�, el decadentismo llega a valer por tedio, uso de drogas, homosexualidad, neurosis, abulia, frivolidad, eclecticismo.[9]
Estas dos facetas, la psicol�gica y la formal, explican la ambig�edad que el t�rmino lleg� a tener, sobre todo por la discusi�n acerca de la existencia o no de un decadentismo en M�xico.[10] Como ya se ha dicho, aunque el t�rmino fue tal vez adquirido por un juvenil entusiasmo, veremos c�mo, tanto sus caracter�sticas psicol�gicas como formales, est�n presentes en la bohemia literaria mexicana.
El uso de drogas, estimulantes, ajenjo y el abuso de bebidas alcoh�licas viene de la influencia de Baudelaire y el modo de vida franc�s desde mediados del XIX. En M�xico, en las �ltimas dos d�cadas decimon�nicas, la mayor�a de escritores probaron alguno de estos que llamaron �para�sos artificiales� e incluso tuvieron serios problemas al respecto. Esperanza Lara[11] refiere una intoxicaci�n que sufri� Tablada en 1895 quien, �v�ctima de los para�sos artificiales es sometido a un tratamiento m�dico�; se basa en una cr�nica de Carlos D�az Dufoo:
Nuestro exquisito artista... atraviesa hoy por dolorosa y aguda crisis: es un envenenado de Baudelaire, un iniciado en los misterios de esa vida de las drogas estimulantes de la imaginaci�n; el �ter, la morfina, el hashish, esos emboscados p�rfidos de los sentidos, han hecho en �l presa y le desgarran sin piedad. Ha sido preciso someter al refinado autor del ��nix� a un tratamiento m�dico.[12]
Rub�n M. Campos narra c�mo el consumo de drogas y alcohol va acabando con la vida de los m�s �decadentes� del grupo, pues al hacer como centro de reuni�n distintos bares, hacen del consumo de estimulantes algo cotidiano, hasta que el bar va cobrando sus v�ctimas: Pancho Banuet, Bernardo Couto Castillo, quiz�s el m�s decadentista del grupo, muri� en 1901 �a los 22 a�os� a causa de la vida de excesos que llevaba, Jes�s E. Valenzuela, quien qued� apopl�jico para morir pocos a�os despu�s, Julio Ruelas, quien encontr� la muerte en Par�s en 1907 y Alberto Leduc. Ellos ten�an conciencia del da�o que consum�an en una copa de ajenjo, en una dosis de bromuro, pero prefirieron continuar con ese modo de vida aprendido en la juventud como una aut�ntica bohemia:
Todos sabemos qu� mal fatal llevamos con nosotros, que nos acecha, de cuando en cuando, piadosamente, nos da un aviso preventivo: lo presentimos, lo vemos venir, lo sentimos ya en nosotros, en nuestros entorpecimientos musculares, en nuestras c�leras sordas, en nuestro tr�gico despertar despu�s de una org�a, en nuestra amnesia que nos hace olvidar todo como si cayera un tel�n entre el pasado y el presente, en nuestra acrimonia para los seres m�s queridos, en el pavor constante porque no sabemos qu� peligro nos amenaza, en los insomnios que ya no nos dejan dormir como antes, en las paralizaciones dolorosas de las extremidades que se nos duermen y que no podemos mover al despertar...[13]
Lo anterior da cuenta del decadentismo psicol�gico, reflejado en su modo de vida, ligado al llamado mal du si�cle. Ahora bien, dentro de las caracter�sticas tem�ticas, el decadentismo hace una exaltaci�n de la perversidad femenina que parece sintetizar el esp�ritu que comienza a perfilarse en �Misa negra� y en algunas colaboraciones de la Revista Azul; pero si en esta �ltima se propone a la poes�a para definir el �misterio y la virginidad intacta�[14], los poetas decadentes a�aden elementos de perversidad, exotismo y degeneraci�n, escogiendo prototipos femeninos que sinteticen algo de divino y algo de diab�lico; interesa sobremanera el destino fatal de la vampiresa, de la devoradora de hombres. La mujer decadentista es uno de los grandes temas de estos poetas que encontrar�n en la Revista Moderna el espacio ideal para la expresi�n de esta nueva sensibilidad. En �Misa negra� encontramos esa caracter�stica de la literatura francesa considerada decadentista, que alude al �reverso del matrimonio sacramental. En ella el deseo se hace diab�lico al convertirse en un fin y no �como fue instituido por el Cristianismo� en un medio de multiplicaci�n.�[15]
Los escritores decadentistas de finales del XIX utilizan como tema y como personajes de cuento, poes�a y novela, a mujeres consideradas s�mbolo de belleza fatal capaces de ser la perdici�n de un hombre: mujeres perversas, de almas ambiguamente puras y retorcidas, como Salom�, Cleopatra y otras diablesas. La mujer fatal representa la tensi�n decadentista entre el erotismo y la religi�n; es la obsesi�n entre dos aguijones: alma y carne; es tambi�n la expresi�n de una nueva sensibilidad de fin de siglo y, de alguna manera, va de la mano con el mal du si�cle.
Otra caracter�stica, es la estrecha vinculaci�n de la literatura decadente con las artes pl�sticas. El ejemplo paradigm�tico es la novela � Rebours, publicada en 1884, de Joris K. Huysmans,[16] �considerada Biblia de una est�tica decadente� el personaje Des Esseintes adquiere las dos obras maestras de Moreau: el cuadro Salom� y la acuarela L�Apparition. Pero tambi�n en El retrato de Dorian Gray de Wilde est� presente esta asociaci�n interdisciplinaria. En M�xico, seg�n se ver� en el cap�tulo correspondiente, esta simbiosis se logr� quiz�s con mayor acierto que en ning�n otro lugar, en la Revista Moderna, entre los poetas y Julio Ruelas.
Sin embargo, salvo casos excepcionales como el
de los estudios de H�ctor Vald�s,[17]
no es sino muy recientemente que el decadentismo se empieza a estudiar
como una fase del movimiento modernista, al menos en el caso de M�xico. La
bibliograf�a del decadentismo mexicano, por tanto, es reciente. �A qu� se
debi� que se pasara por alto o incluso se negara el tema? Tal vez
fue un af�n de la cr�tica, por hacer del modernismo un
movimiento aut�nticamente americano, en tanto el decadentismo �que
quedar�a como una de las fases iniciales del modernismo� desnuda la clara
influencia francesa que, en realidad, no me parece que demerite la
originalidad americana.
INICIO
[1] Belem Clark de Lara y Ana Laura Zavala D�az, �El modernismo mexicano a trav�s de sus pol�micas en La construcci�n del modernismo. (Antolog�a)
[2] De las m�s consistentes, el texto �Hostia�, de Jes�s Urueta, publicado en enero de 1893 en El Pa�s.
[3] �Primicias de las Memorias de don Balbino D�valos� en Revista de revistas. El semanario nacional. A�o XXVIII, N�m. 1472. (7 de agosto de 1938).
[4] En su fundamental libro de memorias El bar. La vida literaria de M�xico en 1900.
[5] Jos� Juan Tablada, La feria de la vida. Memorias, pp. 243-244.
[6] �Cuesti�n literaria: Decadentismo� en Esperanza Lara Vel�zquez, La iniciaci�n po�tica de Jos� Juan Tablada (1888-1899), p. 33.
[7] Ciro B. Ceballos, Panorama literario (1890-1910) ed. cr�tica Luz Am�rica Viveros Anaya, M�xico, UNAM, 2006, Col. Al siglo XIX. Ida y regreso.
[8] Francisco Modesto de Olagu�bel, Oro y negro, p. 29.
[9] Christina Karageorgou-bastea, �El pragmatismo corp�reo de Tablada� en Literatura mexicana del otro fin de siglo, p.36
[10] Basta decir que aunque para muchos es evidente la existencia de un decadentismo en M�xico, hay quien considera el hecho como la existencia de un �beb� con barbas�. Se le ha considerado en el peor de los casos como �una quimera fr�vola, un error de apreciaci�n al que llev� la fascinaci�n por Francia, un manierismo infeliz del peor Rub�n Dar�o, por lo dem�s, supuestamente poco seguido. En el mejor de los casos, el decadentismo se considera un momento restringido y feliz, que ayud� a visualizar y a considerar la pose propia y ajena de maneras inquietantes� Christina Karageorgou-bastea, �El pragmatismo corp�reo de Tablada� en Literatura mexicana del otro fin de siglo., p. 40
[11] Esperanza Lara Vel�zquez, La iniciaci�n po�tica de Jos� Juan Tablada (1888-1899), p.41
[12] Cfr. Esperanza Lara Vel�zquez, Op. Cit., p.41
[13] Rub�n M. Campos, El bar. La vida literaria de M�xico en 1900, p. 193.
[14] �Al pie de la escalera� que puede considerarse manifiesto est�tico de la Revista Azul y aparece en su primer n�mero firmado por El Duque Job, t.I, n�m. 1 (6 de mayo de 1894), pp.1-2.
[15] Mario Praz, La carne, la muerte y el diablo en la literatura rom�ntica.
[16] Joris Karl Huysmans, seud�nimo de Charles Marie Georges Huysmans (1848-1907), novelista franc�s. En 1884 Huysmans se separa del naturalismo y escribe � Rebours, que se considera la primera novela decadente. Habla de sue�os, alucinaciones, literatura, arte, pintura y metaf�sica.
[17] En el Estudio preliminar al �ndice de la Revista Moderna y en el Estudio introductorio a la edici�n facsimilar de la Revista Moderna.
La �ltima actualizaci�n de este sitio fue el 28 de julio de 2003.