Conclusiones

En la búsqueda de significados y contextos que permitieran, por un lado, dar luz a los poemas para su mejor comprensión y, por otro, entender la red de elementos decadentistas manifiestos e implícitos en los poemas de Rafael López, los caminos del presente trabajo fueron poco ortodoxos.

La intención, que desde un principio se expresó, fue la de ofrecer un nuevo enfoque de Rafael López como un poeta atraído, seducido, por temáticas decadentistas. La importancia se centró, pues, tanto en la exploración de los temas decadentes por sí mismos –sus orígenes más visibles, su ruta hacia la literatura mexicana, su importancia y transformación en nuestra historia literaria–, como en la reconstrucción que de ellos hacía Rafael López: este doble propósito llevó constantemente a la revisión –dentro del arte y la literatura– de temas como la muerte, la femme fatale, lo diabólico, el erotismo, etcétera, sin que por ello se haya dejado de lado, insisto, el propósito de estudiar la apropiación que Rafael López realiza de dichos temas en los poemas seleccionados.

La época y las relaciones de López con los escritores decadentistas no deja lugar a dudas en cuanto a significados, lecturas y referencias  compartidos; sin embargo, no excluimos el posible desconocimiento de López de las producciones literarias o artísticas que en el presente trabajo hemos hermanado con su obra poética, pero nos adherimos a la noción hegeliana de que

...el artista concentra –y en eso consiste en parte ser artista– elementos que flotan en el ambiente, elementos que en términos modernos, o en términos junguianos, podríamos llamar “el inconsciente colectivo” y les da forma en la obra de arte.[1] 

De esta manera, así como existe casi la seguridad de que conoció –al menos en reproducción monocroma– la Salomé de Moreau, es posible que López no haya conocido la Salomé de Klimt; no obstante la geometría de este último pintor está presente en “La danza”. Tal vez no es consciente de la historia literaria, que aquí se narra, de un personaje como Pierrot, y sin embargo en su poema aparece un Pierrot que vive el spleen, que es un héroe melancólico, un lunático: al asemejarlo al Pierrot de Couto, lo asimila a la tradición del personaje ítalo-franco-británico. Lo mismo sucede con “Ruelas”: el poema está colmado de referencias intertextuales acerca de un artista que, por su simbolismo y por su relación simbiótica con la literatura, concentraba en sí mismo diversas referencias plásticas, literarias y culturales.

Al elaborar poemas directamente relacionados con la creación artística –en específico– de Bernardo Couto y Julio Ruelas, nuestro poeta se relaciona ipso facto con la tradición artística y literaria europea que ellos traen consigo, integrada a su visión del mundo y a su ejecución artística, tras su estancia en Francia y Alemania, respectivamente.

La femme fatale, su tema decadentista favorito, ampliamente explorado en el tríptico de poemas dedicados a Salomé, fácilmente reaparece en “Ruelas” y en “La muerte de Pierrot”, donde amplía sus significados. Si bien el tema era, en la época en que escribió, preocupación de muchos artistas y entre todos construyeron una imagen más o menos estereotipada de la femme fatale, el acierto de Rafael López consiste en su capacidad de síntesis, de selección de los rasgos sobresalientes, en una reducción que necesariamente alude a sus contextos, lo cual hace de su poesía decadentista, una poesía predominantemente intertextual –o interdisciplinaria– aunque hemos preferido el primer término pues nos referimos a la lectura que se hace de un poema, de un cuento, de un cuadro o de un hecho histórico, en un concepto de “lectura” adecuado a nuestro afán conciliatorio de formas de expresión artística.

Es importante señalar que la relación intertextual que se buscó nunca fue ni arbitraria, ni indiscriminada; no fue arbitraria porque se buscó una verdadera comunión de temas, procedimientos, referentes culturales, tradiciones, al hermanar poemas con novelas, con pinturas, con personajes históricos, sin pretender encontrar paralelismos donde no era probable que los hubiera.

Tampoco fue indiscriminada porque aunque la producción occidental tiene abundantes ejemplos respecto a temas como los tratados en el presente trabajo, se tuvo clara la influencia de ellos en el horizonte cultural de Rafael López y de sus contemporáneos, y en la autoridad que para nuestra literatura significaron.

Como poeta modernista, fue fácil encontrar referentes extraliterarios en Rafael López, pues por su eclecticismo, el modernismo encontró siempre esas correspondencias de las que hablaba Baudelaire: 

Comme de longs échos qui de loin se confondent

dans une ténebreuse et profonde unité,

vaste comme la nuit et comme la clarté,

les parfums, les couleurs et les sons se répondent.

 Il est des parfums frais comme des chairs d’enfants,

doux comme les hautbois, verts comme les prairies…[2] 

El modernismo también buscó la renovación del lenguaje y la vuelta a significados primeros de las palabras; en López encontramos una resignificación de mitos, un sincretismo de temas y valores culturales, y una recreación de los temas que eran importantes desde sus orígenes decadentistas ya incorporados a la literatura mexicana.

Con intención de ofrecer un homenaje lírico a otros artistas, López deja huella, a modo de cronista inmediato, de las preocupaciones estéticas de sus contemporáneos. Nuestro poeta nos permite asomarnos a la recepción que los artistas hacían de su propio gremio, en el que las influencias mutuas eran un modo de poner al día los temas y recursos de sus obras.

Con una conciencia muy clara de la temporalidad de ciertas formas y técnicas literarias, que lo lleva a corregir sus poemas –cuando van a ser publicados en libro– eliminando algunos excesos modernistas, y así como encontramos su parálisis creadora cuando nuevas escuelas estéticas llegan al panorama literario de forma estridente, López sabe detectar los elementos que hacen de sus poemas producciones decadentistas.

Sus poemas, sin embargo, aluden menos a una inicial búsqueda americana –o nacional– en modelos franceses o ingleses –que sí hicieron los poetas activos en la última década del xix que inicialmente se hicieron llamar decadentistas y más tarde modernistas– y más bien alude a una apropiación ya realizada: intentamos enfatizar en todo momento que los referentes decadentistas de López no están buscados en el exterior, sino en artistas mexicanos, en producciones publicadas y acogidas por la literatura nacional por los hermanos mayores, o tal vez se le pueda llamar generación inmediata anterior al tiempo de actividad de López; y si las rutas y relaciones que en las páginas precedentes buscamos se van hasta orígenes bíblicos y su apropiación por artistas franceses o ingleses, la sugerencia directa de los temas para Rafael López, puede encontrarse presente en la escritura mexicana, desde por lo menos una década atrás. López puede percatarse de ello debido a la distancia histórica que, si bien breve, es suficiente para un artista de observación tan fina como él. Además, los cuentos y poemas de autores latinoamericanos, en el tiempo que referimos, convivían en igualdad con frescas traducciones de literatura inglesa y francesa en los periódicos y revistas más importantes del final del porfirismo.

Y es que pudiera parecer arbitrario el hecho de haber hermanado los poemas de López con el decadentismo, por considerarlo una etapa que, hacia los años en que escribe nuestro poeta, ha perdido –más bien transformado– su empuje y objetivos iniciales; ese decadentismo ha explorado la mayor parte de los temas y técnicas que tenía que expresar, la gran polémica periodística entre académicos y decadentistas ha perdido vigencia, incluso han renegado de tal nombre estos últimos (aunque insistimos en que la cuestión nominativa no es propiamente lo que consideramos relevante aquí para definir lo decadente); pero, por eso mismo, con una inspiración más sosegada que la de aquellos “agitadores agitados” de las novedades francesas e inglesas, el spleen, el mal du siecle de todos aquellos “raros” de la época, Rafael López puede –desde su generación, la de los agrupados ateneístas, menos personalistas, digámoslo así, que sus hermanos mayores modernistas– recoger el testamento estético decadentista, quintaesenciado de alguna forma en los poemas aquí vistos.

Ruelas y Couto han muerto para entonces, sin embargo, está aún por escribirse la gran novela dedicada a la femme fatale : Salamandra (1919) de Efrén Rebolledo, que llega cuando el decadentismo parecía haber agotado sus temas y es la gran novela decadentista de México. De la misma forma, el primer poema de López dedicado a la fatal Salomé es publicado dos años después del estreno de la ópera Salomé de Strauss; dos años antes de la Salomé de Klimt y meses antes del poema que Tablada dedica a la Bella Otero, comparándola con Salomé.  Del decadentismo como escuela literaria ha pasado el auge. Sin embargo, los temas que insertó en la literatura nacional seguirán vigentes un par de décadas más en Europa y en el mundo occidental.

Al final de este estudio, nos queda la impresión de haber descubierto para Rafael López un alter ego en sus más íntimas perversiones. Lo conocimos al leer sus famosos poemas patrióticos, exaltados y nacionalistas; pero –como cuando en la niñez recitábamos la Suave Patria de Ramón López Velarde e incluso sus demás poemas cargados de erotismo, con candor infantil–, ahora sabemos a nuestro poeta, erótico, sensual, lúbrico: atraído por la misma musa histérica que, impura desde la sonrisa al pie, continúa su dictadura que somete, que arroba, que domina, con el gesto eterno de Salomé.

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[1] Arturo Noyola, Morir entre la escarcha. Sobre Manuel José Othón,  p. 13.

 

[2] Igual que largos ecos, de lejos confundidos / en una tenebrosa y profunda unidad, / vasta como la noche y como el mediodía, / perfumes y colores y sonidos se llaman. / Hay perfumes lozanos como carnes de  niños, / dulces como los oboes, verdes cual prado inmenso…

 
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