Erase una vez en los años del romanticismo en algun área de España, que existió una bella y muy grande catedral, tenía una gran historia y había pasado por varias tormentas y nubes de invierno por muchas edades. Sus cerrojos y portones eran tan antiguos que ellos hablaban por sí mismos, y contaban su historia. Sus paredes desgastadas y grises tal como una roca comida por salitre. Grandes tres pisos de este edificio arropaban el altar.
Era ya el momento de que un nuevo diácono llegara a su posición, ya que el viejo diácono Leuwen, amigo de la catedral, debido a una muy extraña enfermedad que le dió, tuvo que abandonar su puesto. Unas terribles fiebres muy altas e inconciencia severa atacó su cuerpo, nunca nadie supó el porqué ya que el pobre anciano no sobrevivió para contarlo. Pasó el tiempo y su puesto aún no había sido obtenido, y a el sacerdote le preocupaba mucho, ya que no llegaba tal persona. A los largos dias de espera, una soleada mañana, entre la multitud de las afueras de la catedral, se acercaba un joven robusto vestido en su sotána color crema oscura, sus sandalias de cuero, y un libro grande y color vino entre sus brazos. El sacerdote felizmente corrió hacia afuera a recibir al visitante. Afortunadamente, si, era el nuevo diácono y para su sorpresa era un viejo amigo del sacerdote, el cual lo llevo a gran alegria de verlo nuevamente y tenerlo junto a él otra vez, el diácono Ghiberti. Lo invitó a pasar y a presentarle su nuevo hogar, charlaron por muchas horas durante esa tarde y noche. El tiempo pasó, y el diácono Ghiberti sentía mucha felicidad de ser parte de el sacerdocio de este lugar, ya ni decir, el sacerdote satisfecho con su trabajo al igual.
Muy seguido, al diácono le tocaba cerrar los portones por los atardeceres, era muy común que tuviese que agradecer a las personas por haber venido, y pedir con mucho respeto que abandonaran el lugar. En ésta ocación, le tocó pedir a una niña que corría por el segundo piso y sus escaleras de toda la catedral. Aparentemente la niña no lo pudo escuchar, y seguía corriendo por los alrededores de ésta. El diácono tuvo que subir por las escaleras para pedirselo una vez mas. Pero para su sorpresa, no pudo encontrar a la pequeña por ninguna parte, después de una larga búsqueda por todas partes. Siendo así, pues se decidió a cerrar los portones, e irse a descansar para un largo día que asomaba. Los dias pasaron, y su felicidad crecía debido a su conformidad de sus quehaceres. Como a la semana, nuevamente estaba cerrando puertas, y escuchó un llanto a lo lejos, le extraño mucho y miró a su alrededor, pero no encontró a nadie. Siguió cerrando y derrepente escuchó los pasos de unos zapatitos, miró a su espalda, y he ahí, estaba la niña nuevamente corriendo por los pisos superiores de la catedral, una pequeña de no mas de tres pies de altura, cabellos castaños cortos, no podia verle su rostro ya que corría muy rápido. El diácono ésta vez subió ligero para encontrarla y pedirle que no era tal lugar para jugar. Nuevamente subió por las escaleras y buscó por cada uno de los cuartos, y absolutamente a nadie encontró. El diácono se quedó muy pensativo e imaginando donde pudiese estar ella. En su búsqueda, no la pudo encontrar por un largo rato, y tuvo que cerrar así otra vez. Lo extraño es que ella solo solía correr ya en la hora de cerrada de la catedral. Pasaron los dias y la niña seguía corriendo por los pasillos, y él nunca podía encontrarla.
Un día se le ocurrió al diácono antes de cerrar los portones principales, de cerrar todos los cuartos, puertas de los pisos superiores con candados, y todas las cerraduras de las escaleras y pasillos para que así, ésta no pudiese correr dentro de ellos. Terminando de cerrar los candados de la puerta de la escalera, en cuestión de segundos, bajo rápidamente a cerrar los portones principales, no tardó en llegar a la entrada sin escuchar el llanto, esta vez muy duro. El diácono se detuvo repentinamente y se sorprendió, lentamente viró su cabeza hacia atras y encontró cada una y todas las puertas que había cerrado, totalmente abiertas. Dando un paso hacia atras el Diácono se asusto terriblemente y se puso muy nervioso, ya que todas las puertas que había cerrado, estaban ahora abiertas. Muy asustado el Ghiberti fue a buscar al sacerdote, pero en eso, escuchó los pasos de los zapatitos. Miro hacia los cuartos del segundo piso y vió corriendo a ésta, con sus latidos muy apresurados fué en busca del sacardote muy asustado. Le pidió que por favor viniera con él a ver algo muy importante. Lo llevó al altar para que éste viese a la niña. Llegaron y asombrado el diácono quedo inmóvil al observar hacia arriba y ver que todos los portones estaban totalmente cerrados una vez mas. El diácono le explicó lo que habia pasado, y todo lo que haba estado ocurriendo todos esos dias. El sacerdote incrédulo le dijo que no se preocupase, que tal vez estaba muy cansado, y que fuera a descansar.
El diácono dificilmente iba a poder cerrar un parpado en toda la noche, al menos eso creyó. A las horas de estar pendiente al sonido de los zapatos o al llanto, no pudo escuchar nada, y tranquilizó un poco su estado. De repente, un cargado y pesado sueño cayo encima de él, como que si algo lo hubiese obligado a dormir, trató de mantener su estado de alerta, pero no pudo evitarlo. A los minutos de estar inconciente en su sueño, se encontraba él por los pasillos de la catedral, caminando y cerrando los cuartos. En uno de los cuartos se veía una sombra hecha por tan solo una pequeña candela en toda la oscuridad del cuarto. Mas que se escuchaba un llanto de agonía infantil, sangre fría paso por las venas de el diácono, y sudor bajaba por la sien de él. Muy asustado lentamente entraba al cuarto, y pudo ver una pequeña silueta de espaldas de una criatura sentada en el piso frente a la candela y su pequeña llama. Muy asustado y nervioso le dice: hola chiquilla,¿ te ocurre algo?, ella seguia llorando. Sin atreverse a acercarse mas, el diácono nuevamente le preguntaba, y trataba de hablarle. El llanto cesaba de la niña poco a poco, hasta finalizar, y al fin contestarle algo. El diácono le preguntó que si se encontraba bien, que si estaba perdida. La pequeña le dijo con una voz muy quebrada: Ghiberti... ¿le has contado a alguien que me has visto?, ¿alguien sabe de mí?, el diácono muy asustado, recordando cuando contó al sacerdote sobre la niña, le contestó que para nada, nadie sabía sobre ella. Ella rabiosamente le dijo: ¡mentiroso!, has contado sobre mí, y ahora te tocará desaparecer de aquí. No volverás a verme y no volverás a ver a nadie. Has contado mi historia, y ahora no mereces despertar. El pobre diácono llorando y cambiando su color de rostro, dió pasos hacia atras y le dijo que no, que él no le habia contado absolutamente nada a nadie. En ese instante la niña voltió su rostro lentamente hacia él, y le exhortó y advirtió que se largara para siempre. Aterradamente al ver su rostro, asustado salió corriendo del cuarto, y por los pasillos resbalaba cayendose una y otra vez del terror que sentía dentro de él, voltió su cara para ver hacia atras, y ahi estaba la niña corriendo detrás de él, el diácono aligero aún mas sus pasos dirigiéndose a las escaleras. Llegando a ellas, él tropieza al bajarlas y cae rodando, rompiendo su parte superior de la boca, siguió cayendo fracturandose todo el cuerpo en cada escalera que se le atravesara. Sintiendo el dolor en sueño, jamás pudo despertar de él.