

| Una abuela poetisa |
| De quien era la pelota? |
| Recomendación de mesa de café |
| Dos estampas del viejo Miramar |
UNA ABUELA POETISA DE 79 VIVOS AÑOS -1963. Fuente: Diario La Capital, de Mar del Plata, escrita por un cronista cuyo nombre no recordamos
Su casita es diferente. Y tiene que serlo. De acuerdo como es ella. Es una casita casi de juguete. Por dentro y por afuera. Baja, con aleros, puertas y ventanas abiertas para que entre el sol y la vida. Adentro, desorden infantil. Cosas por todos lados. Por el piso, encima de la cama. Y sobre todo colgando de las paredes; muchos cuadros, de todo tipo. Quizás no tengan valor, pero parece que tuvieran vida. Hemos tocado timbre y golpeado la puerta. Nadie sale a recibirnos. Entonces, un poco imantados por esa alegre sencillez que brota y nos invita, entramos. Y volvemos a llamar; nos han dicho que acá, en la calle 25 N° 1780, "vive una inglesa que escribe versos". Esa es toda la referencia. Pero la casquivana suerte nos ofrece mucho más. Estamos en la casita de una mujer enamorada de la vida.
¡ Hola, abuela ! Por fin, menuda, vestida de color oscuro, ágil y muy dinámica, aparece "la inglesa de los versos". -¡Oh, buenos días! no los escuché entrar... -dijo disculpándose. Nosotros le ofrecimos nuestras excusas por haber entrado a su casa como intrusos. Nos sentimos muy contagiados por esa inocencia que brotaba de ella y de los objetos que la rodeaban. La señora, por supuesto, quería saber de qué se trataba. -Trabajamos en un diario, abuela. Nos dijeron que usted escribía versos y quisimos conocerla. ¡Se puso tan contenta! Hablaba entusiasmada. Parecía no tener edad, pues con tanta vida que la desbordaba sería erróneo hasta insinuar que se trataba de una anciana. -¡Sí, sí; siempre fui loca de los versos! Así, poco a poco, aún con el concebible apuro que suelen tener los periodistas cuando realizan una nota -ojalá menos violenta que las apabullantes de estos tiempos- supimos un montón de cosas.
Espronceda y Bécquer
Yo no soy inglesa. Mi marido era hijo de franceses, pero heredó a través de varias generaciones un apellido inglés. Mi nombre completo es Julia Magdalena Viglianchino de Noddings. Aquellos que ya han dejado de ser jóvenes y tengan una madre anciana, quizás puedan comprender nuestra ansiedad por saber la edad de esta señora; aunque reiteramos, la puede tener cronológicamente, pero nunca espiritualmente. Tal vez sea la necesidad de saber por qué causa la vida suele manifestarse en algunas personas manteniendo siempre, hasta el último instante, un hálito increíble de juventud. -¿Qué edad tiene, abuela? -Adivine... ¡soy de 1895...! -¡Setenta y nueve años! -Estamos asombrados. Pero los hechos demuestran que esto es sólo el principio del asombro. Esta abuela (aunque sea por minutos hoy también queremos que sea nuestra) ha sido desde la infancia una romántica sin igual. Sus preferencias poéticas lo certifican. -¿Qué poesías prefiere? -le preguntamos. -Nuñez de Arce, Espronceda, Bécquer....-entrecerró los ojos al contestar.
Nos sorprende. Alguien que todavía tenga a Espronceda como preferido no es fácil de hallar. Pero acá el romanticismo da una cabriola caprichosa. Esta abuela quiere ver la vida llena de gente feliz.
"¡Dejate de versos!"
-Todos me decían: ¡dejate de versos! con eso no vas a ganar nada. Mi padre, mis amigos, después mi marido. Pero yo seguía escribiendo versos. Hace seis años, es decir cuando yo tenía 73 años, tuve muchas ganas de publicar un libro, pero mi esposo no tenía plata para ello. Le pedí el presupuesto a Segundo Acha, el señor de la imprenta, y costaba como 300.000 pesos editar un libro... ¿De dónde sacarlos?
Es una historia fascinante. Seguidamente ella continuó: -Entonces le dije al amigo Acha: "Yo voy a ganar la lotería y editaré un libro". Fui a lo de Cano, ¿lo conoce? -no, realmente- , compré un billete y saqué la terminación: con esa plata compré otro billete y gané un poco más. Luego compré el número 42.333 ¡y gané 200.000...! Entonces edité el libro.
"Bajo el cielo de Miramar"
¿Verdad que es una hermosa historia? Será simple y demasiado llana, quizás, en un mundo con tan tremendos problemas. Pero es como un hálito de frescura, de retorno al principio, de breve oasis en un momento caótico que no nos gusta vivir. Trae el libro. Se titula "Bajo el cielo de Miramar" -¡qué enamorada está de su Miramar...!- y tiene versos como estos dedicados a su ciudad: Rumor de invierno encrespado, su belleza de espuma, que más allá de la duna templa su viejo encordado...
-No tuve suerte con la venta. En estas cosas siempre pasa lo mismo: surgen los detractores... Pero ella se ríe y se defiende: -Y bueno, siempre fue así. Me han criticado, pero ¡qué me importa...! Yo tengo mi libro de versos. Tiene mucha vida nuestra abuela. Imposible encerrarla en una nota. Se escapa por los cuatro costados. Su esposo, que fue tropero y un gran compañero con quien se sintió muy feliz, murió hace poco más de un año. Ella se quedó con sus hijos, sus seis nietos, sus versos y una gran alegría de vivir. Sin embargo, a los 79 años, los seres humanos suelen tener problemas propios de criaturas, porque -...A veces me duele un poco la espalda y mis hijos no me dejan salir a andar en bicicleta; ahí la tengo guardada... Pero un día de estos, cuando asome la primavera, me escaparé a pedalear por los parques, a gozar de la vida...
¿Qué nos parece, a usted, a mí, y a todos los que desde hace años andamos buscándole la punta al hilo de este entuerto de vivir...? ¡Hasta siempre, abuela, y que sea eterna...!
En oportunidad de disputarse un partido de fútbol entre los equipos de Defensores y de Liga Comercial, ambos de esta ciudad, oficiaba las veces de "lineman" Gino Petromilli; en un confuso episodio la pelota salió fuera de la cancha. Un jugador de Defensores pretendía cumplir la pena sacando desde el costado, pero otro del equipo contrario quería hacer lo mismo. El árbitro llamó al "lineman" y le preguntó: -¿de quién es la pelota...?
A lo cual, con toda seguridad, Gino contestó: -La pelota es de Defensores; yo vi cuando la trajo Carmelo Caiatti...
El Bar "Carlitos" que existió en la calle Mitre y la 40 siempre fue reunión de amigos. Una vez se encontraron Florentino Asiaín, Demófilo Bengoechea y "Nacho" Dolagaray; entre copa y copa, Bengoechea le pregunta a Dolagaray:
Che, ¿qué fue de aquel galleguito que te recomendé como peón del campo?
Muy bueno, laborioso... Fijate que el otro día lo mandé a entrar las ovejas al corral. Cuando realizó el trabajo vino a verme muy cansado, muy transpirado, y me dijo: -Señor, ya las entré a todas, pero la que me dio mucho trabajo fue una chiquitita, la de orejas largas; corría como una flecha para todos lados... (¡claro, si era una liebre...!)
Dos estampas del viejo Miramar
EL BALLET DE LOS PICAFLORES -1982. Fuente: Observaciones del Autor en la quietud del Vivero Dunícola.
Ya en las puertas del vivero, se percibe el inconfundible aroma del aire impregnado por la presencia de los eucaliptos, y una vez allí -verdadero paraíso forestado sobre las dunas a lo largo y ancho de 500 hectáreas-, recibimos la fragancia de los pinos, el canto de los pájaros y el arrullo de las hojas en las copas de los árboles, todo acariciado por la suave brisa que viene del mar; microclima que conjuga la composición de paisaje creado por la naturaleza con la mano pródiga del hombre.
Un elemental sentido de observación nos permite descubrir que las plantas de pita, de la familia de las amarilidáceas, con flores amarillas que se desarrollan sólo cuando la planta tiene más de veinte años, sirven de hábitat a bandadas de picaflores, nombre genérico de los pájaros-mosca o colibríes, verdaderas joyas aladas de la naturaleza. Convertidos en actores de un ballet maravilloso, se los puede admirar hasta de una distancia de dos metros. El espectáculo resulta deslumbrante y se repite diariamente cuando esta planta está en floración. Ello ocurre en la última quincena de diciembre, prolongándose hasta los últimos días de febrero, entre las ocho y las diez de la mañana, cuando el sol ya calienta este escenario maravilloso de la naturaleza.
Viene al caso -propicio para meditar profundamente- las palabras del padre Gerónimo, venido desde la localidad de Los Toldos, cuando una vez dijo: Ustedes, los de Miramar, sí que han recibido dones de la mano de Dios...
OTRA POSTAL: LOS SACADORES DE PAPA
Podríamos describir muchas postales de estas tierras que nos han emocionado desde niños. Pero algunas aún perduran, como si los años no hubieran transcurrido. Está entre ellas la cuadrilla de los sacadores de papa. Éstas se formaban entre la gente de campo, en la época en que se hacían ranchos de barro y paja vizcachera, ¡y quién sino ellos iban a poner el esfuerzo!
No existía ya la moral del tiempo de la colonia; el hombre no había nacido sola-mente para sufrir. Aquí se trabajaba y el trabajo debía ser retribuido de la mejor manera posible. Por eso aquella humilde gente, la que vino de afuera y la que estaba aquí, se agrupó participativamente creando cuadrillas; no debía haber oprimidos ni opresores. Esta situación impulsó la primitiva formación de estas cuadrillas que, a su modo, contribuyeron con su organización a crear nuestro bienestar general. Aún desde su ignorancia y su pobreza, trabajaban para la creación del espíritu comunitario.
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Estas páginas fueron creadas en reconocimiento al autor del libro "100 años de anecdotario histórico de Miramar", don Segundo Acha, amante eterno de la ciudad de Miramar y su historia, y también con el fin de que todo el mundo pueda conocer a ésta, mi ciudad, a través de este texto.
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