VacÍos que duelen: definiciones freudianas

de lo que falta en quien lo sufre*

 

David Pavón Cuéllar

 

Conferencia publicada en:

Cantista, M. J. A Dor e o Sufrimento: abordagems, Porto, Campo das Letras, 2001, pp. 53-95.

 

 

 

 

De los distintos dolores y sufrimientos, aquellos sobre los que más se ha teorizado en el psicoanálisis freudiano, han sido, sin lugar a dudas, los que se asocian al vacío y a la falta. Ocupándonos únicamente de ellos, examinaremos lo que a nuestro parecer constituye la base de su teorización, a saber, la forma particular en la que se define lo que falta en quien lo sufre, lo cual, según lo que intentaremos demostrar, puede llegar a equipararse al propio vacío, al vacío que duele, un vacío que a primera vista no tendría que ser confundido con aquello que al faltar lo suscita.

         Definiendo genéricamente lo que falta, conforme a una intuición inmediata, como lo ausente que debería estar presente, aceptaremos las definiciones más particulares que se deriven de ésta -entre ellas las diversas definiciones freudianas-, como relativas a diversas faltas o a clases diversas de falta. De este modo, reuniendo a todas las faltas particulares en una genérica y haciendo corresponder una falta particular a cada una de las definiciones de lo que falta, pretenderemos trasladar las divergencias teóricas en la comprensión del fenómeno a un plano de variaciones entre los fenómenos y de tensiones en el interior de un mismo fenómeno. En este plano complejo, limitaremos nuestro foco de atención a dos faltas, la una de objeto en el duelo según el Freud de 1915 y la otra de ser en el amor según el Lacan de 1963, las cuales aparecen, teóricamente, como el extremo primero y el último en el desenvolvimiento de una misma reflexión. Entre dichos extremos, y a fin de situar el uno con respecto al otro, nos detendremos en las aportaciones sucesivas de algunos autores freudianos a la reflexión, unas aportaciones que no sólo habrán de ser abordadas como etapas de un desarrollo en la teoría psicoanalítica, sino también como aproximaciones a fenómenos diferentes o a expresiones y actualizaciones diferentes de un mismo fenómeno.

         Veremos cómo la falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915, habrá de convertirse, después de una lenta degradación que dura casi medio siglo, en la falta de ser en el amor según el Lacan de 1963. Entre una y otra falta, invalidando la primera y preparando la segunda, sumiendo a la primera en la imposibilidad o en el engaño y estableciendo las condiciones para la concepción  de  la  segunda,  revisaremos las consideraciones de S. Freud y K. Abraham sobre la relación de amor y la introyección y la ambivalencia, las de E. Jones sobre el asesinato inconsciente de quien falta por aquel a quien le falta, las de M. Klein sobre la posición depresiva y los objetos internos, las de E. Sharpe sobre la situación de conjunto, y, por último, las de J. Lacan sobre el ser, el deseo, la privación, el sujeto en relación al objeto a y el deseo del deseo en el amor.

         En el extremo último en el que ubicamos a Lacan,  lo que falta en quien lo sufre, definido como el mismo ser de quien sufre, el objeto a, se habrá equiparado al vacío que duele, que simplemente duele, sin dolerle a nadie, pues aquel a quien le duele se presenta como lo mismo que duele, como un vacío, como una privación, como un ser que falta, pero también, contradiciendo lo anterior, como un ser que es porque falta, que sufre porque falta, y que ama y es deseado porque falta. El vacío que duele y lo que falta en quien lo sufre, se nos mostrarán, en una reducción al absurdo que se completará en el instante mismo en el que se equiparen, como las dos caras de una misma falta: la de nadie a quien le duela y la de alguien que sufre, la de un vacío que se está doliendo y la de un ser que está sufriendo, la del no ser en el ser y la del ser en el no ser.

 

 

1. La nada y el vacío, la ausencia y lo que falta

 

La nada, mientras no sea más que nada, no duele. Para que algo duela, este algo debe ser verdaderamente algo, cualquier cosa, pero algo, incluso un algo que no haya, un vacío. Para quien sufre no es la nada la que duele, sino algo en la nada, el vacío en la nada, esto es, lo que falta. Se antoja enunciar, pues, adelantándonos a nuestras conclusiones, por un lado que aquello que duela será el vacío y no la nada, y, por otro lado, que aquello que alguien sufra será lo que falte y no la ausencia. Perfectamente nos damos cuenta de que las partículas positivas incluidas en ambos enunciados, la del vacío y la de lo que falta, no son en principio equiparables. Intentaremos demostrar, sin embargo, que pueden llegar a serlo en un enfoque psicoanalítico, en el que no hay necesariamente una insalvable disconformidad entre el vacío y lo que falta en el vacío. Para ello nos apoyaremos en diversas definiciones freudianas de lo que falta, las cuales, transcurriendo en quien lo sufre, nos ayudarán a echar un poco de luz sobre el vacío que le duele.

         ¿Qué es lo que falta? En una intuición inmediata, captamos que no es simplemente lo que no está, sino lo que no está y tendría que estar. En efecto, no todo lo ausente falta, sino tan sólo aquello que estando ausente debería estar presente... ¿Y que ha de ser aquello que estando ausente debería estar presente? No podemos responder a semejante pregunta más que procediendo por tautología y eliminación: lo ausente que debería estar presente no es ni lo que está presente ni lo que estando ausente no debería estar presente. Desde luego que nos gustaría precisar más la última respuesta, descartar más posibilidades, pero si así lo hiciéramos, entonces, como es claro, nos excederíamos en nuestras intuiciones, haciéndolas usurpar la función definitoria que le hemos reservado especialmente a Freud y a Lacan, aunque también a Jones, Abraham, Klein y Sharpe. Según ellos, lo que falte, siendo en principio alguien o algo que estando ausente debería estar presente, al final -por la conocida vocación mitológica del psicoanálisis a comprenderlo todo- podrá terminar siendo todo aquello que estando ausente debería estar presente, absolutamente todo, lo concreto y lo abstracto, lo humano y lo inhumano, todo, sí, todo, pero no todo por igual, sino de maneras muy diferentes. Digámoslo en pocas palabras: lo que falte desde el punto de vista freudiano, aunque llegue a ser todo lo que falta según nuestra intuición inmediata, faltará de un modo particular para cada teórico. Tal particularidad estará determinada por el lugar que ocupe cada una de las definiciones de la falta en el desarrollo total de la teoría freudiana. Dichas definiciones, en consecuencia, no abarcarán menos que aquella que nosotros intuimos, pero sí particularizarán más, dado que cada una de ellas definirá una clase distinta de falta.

         Ya estamos informados, pues, de lo que abarcan las definiciones freudianas de la falta: sin contrariar nuestra primera intuición, abarcan todo aquello que estando ausente debería estar presente. Desde ahora será preciso atender a las distintas clases de falta que se hayan definido. No haremos de estas clases un repertorio exhaustivo, sino que nos concentraremos tan sólo en dos de ellas, la falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915 y la falta de ser en el amor según el Lacan de 1963, las dos íntimamente ligadas entre sí -ligadas a través de la invalidación de la primera en la preparación de la segunda-, aunque discernibles, como todas las demás, por lo que falta, por quien lo sufre, por la forma específica en que aquello que falta es sufrido, está ausente y debería estar presente.

         No está de más advertir que ninguna de las dos clases de falta en las que nos concentraremos se encuentra explícitamente formulada, tal como nosotros la formulamos, por nadie que no sea nosotros mismos. Ambas clases las hemos identificado en sus respectivos autores, los cuales, como suele ocurrir, no quisieron enterarse de aquello sobre lo que sabían todo y sobre lo que nosotros, sobra decirlo, sabemos bastante menos que ellos. Así pues, si nos guiáramos exclusivamente por lo manifiesto, no habría en el duelo, según el Freud de 1915, más que pérdida o ausencia, y no falta, así como tampoco habría, según el Lacan de 1963, una falta de ser en el amor, sino el amor, sin falta de ser en él, y una falta de ser en la necesidad o en la pulsión o en el deseo o en la demanda, pero no en el amor.

 

 

2. Falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915

 

Bien conocida es la reflexión de Freud acerca del duelo y la melancolía. En ambos estados hay un objeto que falta, que falta porque se ha perdido. El objeto puede ser « una persona amada » o « una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc. » (Freud, 19151, p. 241).

         Ahora bien, aunque originalmente haya una misma falta de objeto, lo que ocurra luego con esta falta no habrá de ser lo mismo en el duelo que en la melancolía. No es simplemente que una misma falta dé lugar en cada caso a un proceso determinado, sino que en cada caso la misma falta de objeto habrá de adquirir una significación distintiva y privativa que será la que dé lugar a ese proceso determinado. Nos parece válido, por lo tanto, considerar que aquí hay dos faltas de objeto distintas la una de la otra: provisionalmente admitiremos que se trata de una falta normal en el duelo, en la que el objeto que falta puede permanecer ausente aunque deba estar presente, y la otra patológica en la melancolía, en la que el objeto no puede permanecer ausente y por eso hay una cierta negación de la ausencia. De estas dos faltas, nosotros nos ocuparemos principalmente de la menos problemática, la que tiene lugar en el duelo, por estimar que por sí sola nos basta para lograr el cometido que nos hemos fijado.

         Cuatro pasajes de Freud, escritos los cuatro en 1915, orientarán nuestro examen de la falta de objeto en el duelo. Con el primero de ellos, extraído de Transitoriedad, situaremos la cuestión en el conjunto de la teoría freudiana:

«Nos representamos así la situación: poseemos una cierta cantidad de capacidad de amor, llamada libido, que en los comienzos del desarrollo se había dirigido hacia el yo propio. Más tarde, pero en verdad desde muy temprano, se extraña del yo y se vuelve a los objetos, que de tal suerte incorporamos, por así decir, a nuestro yo. Si los objetos son destruidos o si los perdemos, nuestra capacidad de amor (libido) queda de nuevo libre. Puede tomar otros objetos como sustitutos o volver temporalmente al yo. Ahora bien, ¿por qué este desasimiento de la libido de sus objetos habría de ser un proceso tan doloroso? No lo comprendemos, ni por el momento podemos deducirlo de ningún supuesto. Sólo vemos que la libido se aferra a sus objetos y no quiere abandonar los perdidos aunque el sustituto ya esté aguardando. Eso, entonces, es el duelo.» (Freud, 19152, p. 310-311).

         Este pasaje nos proporciona información valiosísima sobre la falta de objeto en el duelo. Nos enteramos por él de tres detalles básicos para nuestro estudio:

         a) El objeto que falta es un objeto para nuestra capacidad de amor. Para que haya falta de objeto en el duelo, el sujeto, definido por su capacidad de amor o libido, tendrá que haber perdido un objeto al que haya dirigido esta capacidad. El objeto me falta porque es objeto de mi amor: lo ausente debería estar presente porque es amado. El amor, pues, explica la falta. Sin capacidad de amor no habría falta, pero tampoco habría objeto, ni sujeto. La relación primigenia entre el sujeto y el objeto, la relación que inaugura la distinción entre un sujeto y un objeto, esta relación fundamental es en Freud una relación de amor.

         b) El objeto que falta ocupaba un lugar que antes fue ocupado por el yo. El objeto que falta es objeto de amor. La falta es la de un objeto para nuestra capacidad de amar. Falta el objeto que se ama. Pero en un principio no existía este objeto, no existía porque el amor no estaba dirigido hacia él sino hacia el yo. No habiendo amor hacia el objeto, no había tal objeto, creado por el amor, sino que tan sólo había el yo, un yo amado, un yo que era todo, y cuyo lugar, lugar para el amor, fue después ocupado por los objetos amados. Cuando uno de estos objetos se pierde, queda un vacío, vacío de objeto, pero igualmente vacío de yo. Lo que falta, en resumidas cuentas, no es otra cosa que un objeto que estaba suplantando a lo que era el sujeto antes de ser sujeto para ese objeto. Lo que mañana me falte será lo que hoy ocupa el lugar que ayer ocupaba yo: lo que deberá estar presente no será sino lo ausente cuya presencia implica mi ausencia.

         c) El objeto que falta estaba incorporado a nuestro yo. El vacío dejado por el objeto no es externo al yo. El objeto, de un cierto modo, está ausente dentro del yo y debería estar presente dentro del yo. El vacío está situado en el interior del yo, en el interior del mismo yo que había llenado el vacío, en su calidad de yo amado, antes de que el vacío fuera llenado por el objeto amado. Lo que me falta no solamente le está faltando a mi yo, sino que está faltando en mi yo. Cuando pierde a su objeto amado, lo que este yo pierde no es sólo un objeto en el que se reconoce como sujeto, sino un objeto incorporado al sujeto que se ha reconocido en él.

         Si el objeto que falta en el duelo está ausente dentro de un yo al que funda como sujeto, en un lugar que antes fue ocupado por el mismo yo, y si ese objeto debería estar presente porque es amado por un yo que se vuelve sujeto al amarlo, al amarlo como antes el mismo yo se amó a sí mismo, si todo esto es así, entonces la relación del yo con el objeto es más compleja que la simple relación de amor entre un sujeto amante que siente dolor y el objeto amado cuya falta provoca su dolor. Más bien parece haber una dolorosa relación del sujeto amante con él mismo, con el vacío que está dentro de él y del que él salió para convertirse en sujeto, así como también parece haber, más allá, una falta de relación provocada por la falta de objeto y provocando falta de sujeto y a fin de cuentas falta de todo.

         La falta de objeto, sin embargo, por más falta de relación y de sujeto que produzca, no llega por lo general a suscitar la falta completa de todo, la muerte, el fin de la vida. En efecto, el yo suele sobrevivir a la pérdida, por más dolorosa que ésta sea.

         En el siguiente pasaje de Duelo y Melancolía veremos cómo explica Freud, mediante una interesante conjetura, la supervivencia del yo ante la falta de objeto:

«Para cada uno de los recuerdos y de las situaciones de expectativa que muestran a la libido anudada con el objeto perdido, la realidad pronuncia su veredicto: el objeto ya no existe más; y el yo, preguntado, por así decir, si quiere compartir ese destino, se deja llevar por la suma de satisfacciones narcisistas que le da el estar con vida y desata su ligazón con el objeto aniquilado.» (Freud, 19151, p. 252).

         La falta de todo es evitada, según esta conjetura, por las satisfacciones narcisistas que obtiene el yo de su estar con vida. Esto es perfectamente comprensible si nos situamos en 1915 y consideramos la noción freudiana de narcisismo simplemente como un «complemento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación, de la que justificadamente se atribuye una dosis a todo ser vivo» (1914, p. 72). Tal narcisismo, «primario y normal» -términos que dejarán de ser equivalentes con la evolución posterior de la teoría del narcisismo-, preponderante durante la infancia y del que el yo se va distanciando a lo largo de su desarrollo -con el «desplazamiento de la libido a un ideal del yo impuesto desde afuera» y con «investiduras libidinales de objeto» a favor de las cuales se empobrece el yo (1914, pp. 96-97)-, no debe confundirse con el narcisismo secundario de las identificaciones narcisistas, el cual se asocia, como habremos de ver más adelante, a la falta de objeto en la melancolía. Curiosamente, el narcisismo por el que se evita la falta de todo, con la consecuente disolución del yo, no es el amor a sí mismo como yo, como sistema de subjetivaciones, sino el más elemental amor a sí mismo como vida, como cuerpo. El yo sobrevive por el amor-a-su-propia-vida. Si la falta del objeto amado, amado por el yo, no acarrea la falta de todo, el fin de la vida, esto es porque la vida, la única, la del yo, es también amada por el yo. Desde este punto de vista, lo decisivo para la supervivencia del yo será el amor-a-su-propia-vida, y no, como uno se inclinaría a pensar, el amor a los demás objetos, los no-faltantes, los que no se han perdido. No obstante, resulta sumamente difícil concebir lo que puede ser una vida independientemente de los objetos amados, faltantes o no faltantes, que ocupan el lugar de amor de quien vive, y que así, expulsándolo de ese lugar, lo hacen reconocerse en ellos como sujeto, es decir, como amante.

         ¿La homologación de la vida y el amor no ha sido sugerida por el mismo Freud con su concepto de libido? El amor-por-la-propia-vida que logra salvar al yo no es en este sentido más que un amor por el propio amor, un amor por el mismo amor que inaugura la subjetividad en el yo al establecer la relación entre un amante y un amado, entre un sujeto y un objeto. Gracias a que la libido, como vida o amor o capacidad de amor, preexiste al objeto que falta, que es objeto y que falta porque es amado, gracias a esto el objeto no provocará necesariamente con su falta la falta de todo.

         En el duelo, el vacío dejado por el objeto que falta dentro del yo, en algún sitio de este interior subjetivo en el que todo lo objetivo cabe, constituye tan sólo un vacío real y parcial: no total, en cuanto quedarán en la subjetividad otros lugares ocupados por otros objetos amados, ni tampoco imaginario, en cuanto el objeto ausente habrá de seguir estando presente de un modo imaginario hasta el momento en el que se haya llevado a término el trabajo de duelo. Esta presencia imaginaria del objeto, que satisface de manera imaginaria el deber estar presente del objeto que falta, es aquello de lo que el yo tendrá que deshacerse mediante el trabajo de duelo. En efecto, dicho trabajo, designado como tal por el dolor que entraña, no significa ni más ni menos que expulsar al objeto de aquel interior, de aquel vacío de yo dentro del yo, al que había sido incorporado tras la expulsión del propio yo.

         De lo anterior parece colegirse que un objeto amado posee dos existencias con respecto al yo que lo ama: la una real en su exterior y la otra imaginaria en su interior, la una independiente del yo y la otra sustituyéndose al yo, la primera faltando al estar ausente y la segunda estando presente al faltar la primera. Esta límpida versión de los hechos, sin embargo, no coincide con la del Freud de 1915, según la cual, como se comprobará en los dos pasajes que siguen, la existencia real del objeto no se distingue de la imaginaria, ni se ubica forzosamente fuera del sujeto, ni se considera independiente con respecto al yo, ni se le juzga faltante cuando está ausente.

«El yo debe conceder a la prueba de realidad que ha perdido su objeto libidinal y que debe retirar su libido. Un proceso se pone entonces en marcha, en el curso del cual todos los recuerdos y todos los fantasmas de anticipación que conciernen a este objeto son retomados uno por uno y expresamente negados (desatados), pero esto mientras que el objeto tiene todavía una existencia psíquica y relega todos los otros objetos al segundo plano. Quien no llega a cumplir dicho trabajo de duelo es forzado a instalarse en una psicosis alucinatoria de deseo, en la cual el objeto es mantenido a fuerza, es decir, todo ocurre como en el duelo, salvo que la negación, al final, es omitida.» (Freud, 19153, p. 58).

«El examen de realidad ha mostrado que el objeto amado ya no existe más, y de él emana ahora la exhortación de quitar toda libido de sus enlaces con ese objeto. A ello se opone una comprensible renuencia; universalmente se  observa que el hombre no abandona de buen grado una posición libidinal, ni aun cuando su sustituto ya asoma. Esa renuencia puede alcanzar tal intensidad que produzca un extrañamiento de la realidad y una retención del objeto por  vía de una psicosis alucinatoria de deseo. Lo normal es que prevalezca el acatamiento a la realidad. Pero la orden que ésta imparte no puede cumplirse en seguida. Se ejecuta pieza por pieza con un gran gasto de tiempo y de energía de investidura, y entretanto la existencia del objeto perdido continúa en lo psíquico. Cada uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento de la libido.» (Freud, 19151, pp. 242-243).

         Revisemos ahora, punto por punto, la versión de los hechos que le atribuimos al Freud de 1915:

         a) La existencia real del objeto no se distingue tajantemente de la imaginaria. La existencia del objeto que se pierde es la misma que se conserva psíquicamente y es la misma también que se mantiene a fuerza en la psicosis alucinatoria de deseo. No hay tres existencias, sino una sola existencia en tres situaciones distintas. Por eso Freud afirma que la existencia del objeto perdido continúa en lo psíquico. No es otra la existencia que sigue a la pérdida, sino que se trata de una misma existencia que sigue después de la pérdida en un lugar distinto de aquel en el que ocurre la pérdida. Este matiz nos parece crucial: el objeto que falta, estando ausente y debiendo estar presente, logra estar presente mientras falta, y tanto su presencia que logra ser como su ausencia y su presencia que debería ser, tanto lo uno como lo otro se refieren a la misma existencia de objeto. La existencia que cesa es en cierto modo la misma que no cesa. Ni en el psiquismo doliente ni en la psicosis alucinatoria de deseo alcanzamos a descubrir ninguna existencia patológica y aislada que sea otra que la que ha cesado. En este sentido, y sólo en este sentido, lo que está presente no es distinto de lo que está ausente y debería estar presente. Pero lo más interesante es que lo ausente está presente y debería estar presente exactamente por la misma razón, a saber, porque es amado. El amor es el que hace que un objeto falte, que deba estar presente cuando esté ausente. La existencia del objeto amado, siendo una sola y siendo al tiempo que no es, habrá de suscitar como tal el trabajo de duelo: si hubieran dos existencias, o si fuera una sola que sólo fuera o que sólo no fuera, entonces no habría necesidad de trabajo de duelo.

         b) La existencia real del objeto no se ubica forzosamente fuera del sujeto. Como recordaremos, el objeto, siendo amado, es incorporado al yo. Si al objeto no se le ha incorporado al yo, entonces no ha sido amado. El amor, creando un afuera objetivo-amado y un adentro subjetivo-amante, incorpora el afuera en el adentro. Si la existencia real del objeto amado se ubica en el afuera, este afuera deberá estar adentro del sujeto, pero ni siquiera forzosamente como afuera, pues la existencia real, como ya señalamos, no es otra que aquella existencia que se ubica en una zona subjetiva que podríamos describir como un adentro afuera del afuera. Es por esto que el objeto puede ser retenido, pura y simplemente retenido, en una psicosis alucinatoria de deseo, y es también por esto mismo por lo que un objeto amado puede seguir existiendo en el psiquismo después de haber sido perdido: el psiquismo, un adentro conteniendo y rodeando al afuera como a un núcleo de real, debe retener en el adentro y puede hacer que se retenga en el afuera el objeto perdido, el objeto que intenta perderse, o bien, lo que es lo mismo, el objeto que intenta salir de lo real, salir del afuera.

         c) La existencia real del objeto no se considera independiente con respecto al yo. Si el objeto amado existe para el yo, para el sujeto amante, esto es por el mismo yo, por el sujeto que lo vuelve objeto amado al amarlo y así objetivarlo. No habría objeto amado sin el sujeto que lo ama, tal como tampoco habría sujeto que ama sin el objeto amado en el que se reconoce como sujeto que ama, con el que se identifica, por el que se deja sustituir y conforme al cual se crea en base a sustituciones e identificaciones sucesivas. Por eso no debe sorprender ni que el objeto pueda seguir existiendo gracias al sujeto ni que el sujeto pueda enloquecer por culpa del objeto: el sujeto y el objeto dependen el uno del otro para ser todo aquello que son como sujeto y objeto. Consecuentemente, el objeto no puede tener otra existencia real como objeto, como amado, que aquella existencia que recibe del sujeto, del amante, y cuyo carácter real está definido por el mismo sujeto.

         d) La existencia real del objeto no se juzga faltante cuando está ausente. A primera vista ya es claro que lo faltante no es la existencia real del objeto amado, sino su existencia tal cual, a secas. En efecto, estando ausente la existencia real del objeto amado, no hay razón para pensar que dicha existencia debería estar presente. La existencia real no deberá estar presente mientras la existencia esté presente. Siendo la existencia del objeto una y no múltiple, siendo una real e imaginaria y no una real y otra imaginaria, tenemos que el objeto amado, para faltar, deberá estar ausente en todas sus formas, es decir, para que el objeto que debe estar presente esté presente, no tendrá que estar presente o existir en ninguna de sus formas. Ahora bien, si queremos afinar este grosero y simplista razonamiento, haciendo como Freud una prudente y evanescente distinción entre las formas real e imaginaria en las que el objeto puede existir, entonces llegaremos a la chocante conclusión de que lo verdaderamente decisivo para la falta no es en absoluto la existencia real, sino la imaginaria: el objeto no falta sino hasta el momento en el que empieza el trabajo de duelo, esto es, el momento en el que empieza a perderse psíquicamente mediante lo que Freud llama desasimiento de la libido.  Antes del trabajo de duelo no hay falta, sencillamente porque el objeto amado continúa estando presente en el lugar en el que debe estar presente, en el lugar en el que es amado, en el psiquismo, en el interior imaginario del yo, en aquella zona subjetiva que ya describimos como un adentro afuera del afuera. El fin de la existencia del objeto amado en este psiquismo es la dolorosa misión del trabajo de duelo. Por eso podríamos concluir que aquí el vacío imaginario es el que duele. Semejante conclusión, empero, no nos deja del todo satisfechos. La distinción que hace Freud entre las formas real e imaginaria en las que el objeto puede existir, como ya hemos apuntado, es prudente, lo es sin duda, pero asimismo resulta evanescente. No es nada fácil distinguir la existencia real de la imaginaria, ni en la dudosa normalidad ni mucho menos en la psicosis alucinatoria de deseo. De la misma forma, tampoco es fácil distinguir el vacío real del imaginario: el segundo sólo  puede seguir al primero coincidiendo con él. En cuanto a la situación real o imaginaria del lugar en el que el objeto es amado y en el que debe estar presente -siendo el amor lo que determina el deber estar presente-, esta situación, por un lado, no puede ser más que imaginaria, dado que sólo imaginariamente podrá un objeto amado ser inmortal y existir siempre, aunque por otro lado la misma situación tiene que ser real, puesto que el objeto que está afuera es objeto y está afuera en virtud de su relación de amor con el sujeto: no olvidemos que si hay adentro y afuera, si hay sujeto y objeto, esto es debido a la relación que relacionándolos consigue diferenciarlos. Pero esta relación, en sí misma, como amor o como falta, como vínculo del sujeto con el objeto al que ama o con el objeto que le falta, esta relación no es fácil resolver si hay que situarla en lo real o en lo imaginario... En estas ambigüedades adivinamos dos denominadores comunes, por un lado el imperio de lo psíquico, en el que todo se ubica, lo real no menos que lo imaginario, y por otro lado la desconexión, incluida en lo psíquico, entre lo real del objeto y de la relación con el objeto, entre lo real de la existencia y de la pérdida o el vacío, entre lo real de lo que falta y de su falta, entre lo real de la situación del lugar en el que el objeto es amado y lo real del amor por el objeto, del amor en sí mismo. El objeto faltante y amado puede ser real o imaginario, pero su falta y el amor por él pueden también ser reales o imaginarios, y ninguna de estas cuatro variables, todas ellas psíquicas, parece irrelevante para el duelo. Un objeto, en efecto, para desencadenar un proceso de duelo con su pérdida, tendrá que poner en juego el conjunto de tales variables... En vista de todo lo anterior, podemos concluir, de manera provisional, reformulando la conclusión precedente, que lo decisivo para la falta, no será, en el psiquismo, ni exclusivamente la existencia real ni exclusivamente la imaginaria, ni sólo su pérdida real ni sólo su pérdida imaginaria, sino las cuatro a la vez: el objeto, psíquicamente real o imaginario, no faltará sino hasta el momento en el que empiece el trabajo de duelo, esto es, el momento en el que empiece a perderse psíquicamente, real e imaginariamente, mediante lo que Freud llama desasimiento de la libido. Esta conclusión, empero, tampoco nos deja satisfechos. En ella no se confiere ningún estatuto de realidad a la pérdida no-psíquica, la más real que pueda concebirse, la que precede al duelo. Por otra parte, lo que nos parece más importante, no hay en dicha conclusión ninguna diferenciación entre lo real y lo imaginario, ni con respecto a la existencia ni con respecto a la pérdida...

         Llegados a este punto de inflexión conviene detenerse. Todos los pasos que demos en la misma dirección habrán de volvernos al punto de partida. Lo más que lograríamos, si continuáramos como hasta ahora, sería complicar hasta extremos insospechados las mismas ambigüedades entre el adentro y el afuera, entre el sujeto y el objeto, entre el yo y el no-yo.

         La falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915, esta clase de falta ha sido llevada por nosotros hasta sus últimas consecuencias, unas consecuencias que hubieran sido sensatamente rechazadas por el Freud en cuestión, el cual, si las hubiera vislumbrado, se habría preocupado sin duda por levantar contra ellas una serie de objeciones que partirían de su tesis acerca de la diferenciación primordial entre el adentro y el afuera. De acuerdo a dicha tesis, en su formulación de 1915 que encontramos en Pulsión y destinos de pulsión, el ser vivo adquiere «un asidero para separar un 'afuera' y un 'adentro'« al registrar unos «estímulos de los que puede sustraerse mediante una acción muscular», que «imputa a un mundo exterior», y otros «frente a los cuales una acción así resulta inútil», que son «la marca de un mundo interior» (Freud, 19154, pp. 114-115). Esta separación, equivalente a la separación entre «yo y no-yo» y entre «sujeto y objeto» (p. 128), habrá de proporcionar al individuo aquello que el mismo Freud de 1915 designó, en su Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños, como un «signo distintivo de realidad objetiva» (19155, p. 231). Tal signo, podría Freud argüir, traza una línea divisoria suficientemente nítida entre los ámbitos del yo-sujeto-adentro y del no-yo-objeto-afuera que nos hemos empeñado en confundir. El problema, que nadie que haya leído a Freud tendría que ignorar, es que a la susodicha línea divisoria, cuyo trazado corresponde al principio de realidad, se habrá de superponer, ocultándola o difuminándola o desviándola, otra línea divisoria cuyo trazado corresponde al principio de placer, la cual, determinada por el amor definido como «la relación del yo con sus fuentes de placer», hará coincidir inconscientemente al yo-sujeto-adentro con el placer y al no-yo-objeto-afuera con el displacer  (Freud, 19154, pp. 130-131), creando así el desarreglo al que ya hemos aludido: el de un no-yo dentro del yo, el de un afuera en el adentro, el de un objeto amado en el interior del sujeto amante.

         Ha llegado el momento de mostrar que el desarreglo mencionado, trastornando extrañamente las dimensiones en las que están situados quien pierde y lo que pierde, convierte al duelo en un estado trascendental en principio imposible, y por ello capaz de cuestionar radicalmente las identidades respectivas de aquellos a quienes concierne. Si bien es cierto que hay una realidad, por todos conocida, con un yo-sujeto-adentro al que le es posible estar en duelo por la ausencia de un no-yo-objeto-afuera que falta porque debería estar presente y que debería estar presente porque es amado, no es menos cierto que hay un más allá o un más acá de esta realidad, un espacio en el que impera el principio de placer, en el que el no-yo-objeto-afuera está contenido y en cierto sentido supuesto en el yo-sujeto-adentro; un espacio en el que no hay duelo posible, no lo hay, en primer lugar, porque no hay quien lo sufra, porque sin el objeto amado no hay sujeto amante y sin el no-yo-afuera no queda el yo-adentro, y, en segundo lugar, porque un duelo es por una falta, y una falta es la ausencia de lo que debería estar presente, y lo que debería estar presente es lo que se ama, y en este espacio en el que impera el principio de placer, lo que se ame será lo que procure placer, y lo que procure placer deberá estar presente, y lo que deba estar presente estará presente, y aunque algo deba ser amado para faltar, aquí no podrá faltar porque deberá estar presente y por lo tanto estará presente y no podrá por ningún motivo estar ausente. En pocas palabras, el duelo es imposible porque es por una ausencia imposible, a saber, la ausencia en el yo, en el sujeto amante, de un objeto que no puede estar ausente del yo porque es amado: porque lo amado estará presente en el yo, estará incorporado al yo, mientras deba estar presente, mientras esté siendo amado, mientras haga reconocerse al yo como lo que es, como sujeto y amante. El amor es en el Freud de 1915 un reconocimiento existencial a la vez que una suerte de presencia interna. Para que un objeto amado pueda estar ausente del yo, deberá de no ser objeto amado, es decir, deberá de no-deber-estar-presente, o lo que es lo mismo, deberá estar en una condición tal que no falte ni sea lo que es, que no haya falta ni duelo. De manera correlativa, para que algo falte, deberá ser un objeto amado, un objeto que deba estar presente, pero un objeto amado no podrá faltar, no podrá estar ausente, mientras sea un objeto amado, un objeto incorporado al yo, presente dentro del yo. Para que algo falte, pues, deberá de no poder faltar. Para que un objeto amado pueda estar ausente para el sujeto amante, ni el objeto amado ni el sujeto amante podrán ser lo que son. Insistamos en ello: para que un sujeto amante pueda retirar su amor del objeto amado, uno y otro, el sujeto amante y el objeto amado, tendrán que dejar de ser lo que son, amante y amado, sujeto y objeto, ser para el amor y ser por el amor. Las identidades respectivas del sujeto amante y del objeto amado, como se ve, no pueden sobrevivir al duelo; tal como la falta, la de objeto en el duelo según el Freud de 1915, no puede tampoco sobrevivir a sí misma.

         La falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915, llevándose hasta sus últimas consecuencias, nos revela el carácter imposible del duelo como estado trascendental: para faltar, algo debe ser objeto amado, pero un objeto amado no puede faltar. La imposibilidad del duelo, sobra decirlo, proviene de la tensión interna de la falta, en la cual hay algo ausente que debe estar presente, algo ausente que no puede estar ausente. Bajo el principio de placer, como se ha mostrado, la tensión interna se torna una imposibilidad que nunca será totalmente eliminada mientras haya principio de placer, es decir, mientras no escapemos del inconsciente freudiano en el que domina el principio de placer.

         La imposibilidad que nunca será totalmente anulada, siendo imposibilidad de ausencia y de duelo y de falta en el duelo, hace de la presencia y de la melancolía y de la falta en la melancolía, una posibilidad para el sujeto amante que se obstina en seguir siendo sujeto amante del mismo objeto amado tras la pérdida real de tal objeto. La falta en la melancolía, que definimos anteriormente, a partir de la misma imposibilidad, como una falta patológica en la que el objeto amado no puede permanecer ausente y en la que por eso el sujeto niega su ausencia, nos parece así, en su negatividad, en su asimilación de la imposibilidad, como una salida posible, aunque no la única posible, ante la imposibilidad de la falta en el duelo.

         Si el sujeto amante que sigue siendo sujeto amante cuando ha perdido en la realidad al objeto amado, si este sujeto, más allá o más acá de la realidad, reacciona melancólicamente a la pérdida, entonces reaccionará no siendo consciente de ella (Freud, 19151, p. 243), empobreciendo su yo (pp. 243-244), sintiéndose un yo insignificante (p. 244), perdiendo algo en su yo (p. 245), tomando una parte del yo por objeto (p. 245), identificándola con el objeto amado (p. 246) y dirigiendo hacia ella todo el odio que había hacia el objeto amado en virtud de la ambivalencia de la relación amorosa (pp. 248-249). Es fácil, en la perspectiva del Freud de 1915, explicar lo que aquí ha sucedido: el yo ha vuelto a ocupar su lugar dentro de sí mismo, el lugar que ocupaba en un principio, y del que salió, por el amor, para convertirse en sujeto amante y dejar sitio al objeto amado. En este caso, el afuera dentro del adentro, el adentro invadido por el afuera, es recuperado por el adentro, pero por un adentro que se hace pasar por afuera. Lo que falta es sustituido por quien lo sufre. Así acaban lo que falta y quien lo sufre. Sólo quedan el sujeto amante y él mismo como objeto amado. Es el narcisismo secundario...

         En fin, el sujeto amante, mientras sea tal con respecto a un objeto amado, no habrá de responder a la pérdida real de este objeto sino rechazándola, rechazando la realidad, negando la imposibilidad, ya sea melancólicamente o de cualquier otro modo patológico. Tal vez en el sujeto amante normal, en el que se consuma el trabajo de duelo, esta respuesta enfermiza tenga exclusivamente lugar en el inconsciente, pero si es así, entonces el sujeto amante normal sólo será sujeto amante del objeto amado perdido en el inconsciente, y lo será de un modo patológico, mientras que su dudosa normalidad, desprovista de amor y de subjetividad en relación al objeto perdido, se ubicará después de lo imposible, fuera del vacío, libre de lo que falta, en la nada, en la falta, en el único lugar en el que pueden ser los objetos absolutamente intercambiables entre sí.

 

 

3. Entre Freud y Lacan: Jones, Abraham, Klein y Sharpe

 

¿Qué ha sucedido con la falta de objeto en el duelo después de 1915? ¿Qué ha cambiado entre la falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915 y la falta-de-ser en el amor según el Lacan de 1963? ¿Qué se ha franqueado al acceder a la falta-de-ser en el amor?

         En 1911, K. Abraham había explicado la depresión melancólica por una “disposición al odio paralizando la capacidad de amar”, una “disposición hostil excesiva de la libido” (Abraham, 1911, p. 217), un “movimiento sádico” (pp. 218-219), el cual, siendo reprimido, haría “surgir la depresión, la angustia, la culpabilidad”, esto es, a fin de cuentas, “el masoquismo” (p. 217). Cuatro años después, en una carta que le dirige a Freud tras leer un borrador de Duelo y melancolía, Abraham, además de reafirmar el importante papel que atribuye al sadismo en la explicación de las depresiones melancólicas (Abraham, 1915, p.220), se refiere a una “identificación melancólica” de “significación ambivalente”, como “prueba de amor y destrucción”, representada por una “tendencia caníbal” que relaciona con el fundamento infantil de la identificación, en la teoría freudiana, como incorporación al sujeto del objeto de amor (p. 221). Como es natural, el sujeto, amando y odiando al objeto, lo devora, no pudiendo luego dirigir su odio sino a sí mismo: tenemos, pues, una sucesión del sadismo al masoquismo, del odio a la melancolía, del sujeto que goza devorando al objeto amado y odiado al sujeto que sufre y se odia como si él mismo fuera el objeto, de la identificación del sujeto con el objeto a la falta de objeto para un sujeto identificado con el objeto, en fin, del objeto presente, amado y odiado por el sujeto sádico, al objeto ausente que debería estar presente por ser amado, pero que debería estar presente en el lugar preciso en el que el sujeto identificado con el objeto es odiado por el propio sujeto masoquista.

         Según Abraham, pues, el sufrimiento en la melancolía, como un odiarse-a-sí-mismo-como-a-un-otro, sigue lógicamente a la incorporación caníbal del objeto amado y odiado en el sujeto por el cual es amado y odiado. El sujeto que sufre se odiaría por dos razones que son una sola: por sentirse culpable de haber perdido al objeto –en su calidad de objeto amado- y por ser él mismo este objeto –en su calidad de objeto odiado- con el que se identifica por haberlo incorporado a él.

         La tesis de Abraham es en lo fundamental adoptada por Freud, el cual, a partir de 1915, aludirá en múltiples ocasiones a la determinación de la melancolía por un sentimiento de culpabilidad resultante del vínculo ambivalente de amor y odio entre un sujeto y un objeto con el que el sujeto se ha identificado. En El yo y el ello (1923), esta versión austera de la tesis de Abraham habrá de integrarse al conjunto de la tópica freudiana, en la que el sentimiento de culpabilidad representará, para el melancólico, “la cólera del superyó” hacia “el objeto que ha sido acogido en el yo por identificación” (p. 294). De acuerdo a esta idea, el yo, al coste de sufrir el odio culpabilizador superyoíco, se hace pasar por el objeto ausente, amado y odiado, cumpliendo con este hacerse pasar, facilitado por la precariedad narcisista de la relación con el objeto, el deber estar presente del amor. Presenciamos así, en esta mecánica hipotética de la melancolía, una realización eficaz en el sujeto y por el propio sujeto de sus impulsos ambivalentes hacia el objeto: el amor es realizado por el yo identificado con el objeto, mediante el cumplimiento del deber estar presente del amor, con la misma eficacia con la que el odio es realizado por el superyó, mediante la cólera de odio culpabilizador que dirige hacia el yo amorosamente identificado con el objeto.

         ¿Podemos aplicar al duelo en su normalidad la mecánica hipotética propuesta por Abraham y Freud para la patología melancólica? Responder positivamente a esta pregunta supondría generalizar a todos los sujetos la base organizadora de la mecánica, esto es, el sentimiento de culpabilidad y el vínculo ambivalente con los objetos. Ya en 1915, Freud recurre precisamente a dicha base organizadora para definir la falta de objeto en la melancolía y para distinguirla de la falta de objeto en el duelo: en la primera, si nos atenemos a Duelo y Melancolía, “el conflicto de ambivalencia presta al duelo una conformación patológica y lo compele a exteriorizarse en la forma de unos auto reproches, a saber, que uno mismo es culpable de la pérdida del objeto de amor, vale decir, que la quiso (1915, p. 248). Trece años después, en 1928, Freud vuelve a tratar de manera directa la cuestión: “Yo no establecería –le escribe entonces a E. Jones- un lazo entre el sentimiento de culpabilidad y el duelo, creo que él (el sentimiento de culpabilidad) no sobreviene más que allí en donde existía verdaderamente ambivalencia o una parte de hostilidad” (Freud, 1928, p. 749). Con estas palabras, Freud rechazaba la última parte de la siguiente sugerencia de Jones: “Me parece que el inconsciente no sabría concebir la muerte de otra persona excepto en términos de asesinato, de tal manera que cuando le es pedido ‘aceptar’ el terrible fait accompli, es para el inconsciente ser intimado a consentir al asesinato del amado. Conocemos, a este respecto, la culpabilidad que a menudo sigue a la muerte, el corazón  en el que uno sondea, los reproches con los que uno se agobia y las otras consecuencias más indirectas de la culpabilidad.” (Jones, 1928, p. 747). Salvo en lo relativo a la culpabilidad, Freud admitió en su conjunto esta sugerencia de Jones, considerando que no había “una gran contradicción” entre ella y sus propias ideas, tal como éstas habían sido expresadas en Duelo y Melancolía. Nosotros, sin embargo, estimamos que la contradicción es enorme. Nos es difícil coincidir con Freud, específicamente cuando afirma que su conjetura, para el duelo, de una “opción o de morir sí mismo o de reconocer la muerte de la persona amada”, se “acerca mucho” a la opinión de Jones según la cual uno incurriría en una especie de asesinato en el inconsciente al reconocer la muerte del objeto amado (Freud, 1928, p.729). Entre una y otra concepción hay una distancia irreductible, a saber, la que media entre la muerte y el asesinato: entre la inocencia y el sentimiento de culpabilidad, entre la pureza del amor y la impureza del odio mezclado con el amor en el vínculo ambivalente con los objetos. La única manera en la que podemos superar esta distancia, y forzar así artificialmente la cercanía entre Freud y Jones, será dándole en cierto modo la razón al segundo, esto es,  presuponiendo una influencia inevitable de la culpabilidad y la ambivalencia en el duelo y reemplazando la irreductibilidad polar por una gradación de mayor a menor culpabilidad y de mayor a menor ambivalencia entre uno y otro polo.

         Una solución como la anterior, excluida tácitamente por Freud en Duelo y Melancolía y en la carta que le envía a Jones, resulta, con todo, perfectamente consonante con el conjunto de la teoría freudiana, en la que el sentimiento de culpabilidad y el vínculo ambivalente con los objetos, constituyen, como principios explicativos del psiquismo humano, dos factores universales, sin duda generalizables a todos los sujetos, aunque agudizados y especialmente manifiestos entre los neuróticos. Incluso en relación al duelo, y sin referirse a la melancolía, Freud ha llegado a contemplar el papel jugado por la ambivalencia y la culpabilidad. Sin embargo, cuando tiene que referirse a la melancolía, se ve obligado, a fin de preservar la noción en su especificidad, a hacer abstracción de la culpabilidad y la ambivalencia en el duelo. Sólo de este modo consigue distinguir entre sí el fenómeno del duelo y el de la melancolía, distinguiéndolos como normalidad sin culpabilidad ni ambivalencia y patología con culpabilidad y ambivalencia, pero distinguiéndolos en el mismo acto, de nuevo, como una imposibilidad y una posibilidad ante la imposibilidad. Así pues, si anteriormente habíamos llegado a una primera imposibilidad del duelo a partir del objeto amado que por ser tal debe y no puede faltar, pues aunque deba estar presente, no puede –he aquí la imposibilidad- estar ausente; ahora llegamos a una segunda imposibilidad a partir del mismo objeto amado que por ser tal puede y no debe faltar, pues aunque pudiera estar ausente, debería no estar presente, porque debe ser odiado, porque no puede –he aquí la imposibilidad- no-ser-odiado, aunque notemos que también debe no-ser-odiado, es decir, en teoría debe y en realidad no puede ser puramente amado, siendo también odiado, siendo por fuerza objeto de ambivalencia y consecuentemente objeto de culpabilidad.

         Examinemos de cerca la segunda imposibilidad del duelo teorizado por Freud. Cuando sostenemos que dicho duelo es imposible, queremos decir tan sólo que es imposible en la realidad humana concebida en una perspectiva freudiana, porque en él se hace abstracción de algo de lo que no puede hacerse abstracción en dicha realidad, esto es, de la ambivalencia y la culpabilidad. En consecuencia, el duelo puro, tal como es teorizado por Freud, no se dará en la realidad humana concebida en una perspectiva freudiana más que de un modo parcial y relativo, como parte de un estado y no como estado total, en relación a su opuesto y no como un absoluto, con lo cual su pureza no será más que una simple idealización o destilación teórica de la que no puede hallarse en la realidad. En definitiva, el duelo, sin implicar por sí mismo ni la ambivalencia ni la culpabilidad, no podrá existir en estado natural más que articulado a una situación que implique ella sí la ambivalencia y la culpabilidad. En esta situación, el sujeto, ante la ausencia del objeto, reaccionará por un lado con duelo, en cuanto el objeto falta, es amado y debería estar presente, y reaccionará por otro lado con satisfacción, en cuanto el objeto, siendo odiado y debiendo estar ausente, ha dejado al fin de estar presente, ha dejado al fin de sobrar. La situación total, como Freud hacía notar ya desde Tótem y Tabú, no se resuelve con un armónico equilibrio compensatorio entre las dos tendencias: “Los sentimientos hacia quienes están ahora muertos –sentimientos escindidos, según nuestra hipótesis bien fundada, en sentimientos tiernos y hostiles- quieren  hacerse valer los unos y los otros, en el momento de la pérdida, como duelo y como satisfacción. Entre estos dos opuestos el conflicto es inevitable, puesto que uno de los términos de la oposición, la hostilidad, siendo –totalmente o en su mayor parte- inconsciente, la solución del conflicto no puede consistir en una sustracción de dos intensidades la una de la otra con la aceptación consciente de la diferencia...” (1912, p. 269). En lugar de equilibrio compensatorio, el conflicto habrá de tener un desenlace patológico, tal como la proyección paranoica de la hostilidad hacia el afuera o la introyección melancólica del objeto de hostilidad hacia el adentro. El conflicto y el subsiguiente desenlace patológico, pensados por Freud en relación a los enfermos mentales y a los “primitivos”, cuya “vida afectiva” sería “ambivalente en un grado tan pronunciado” como la de los enfermos mentales, se nos muestra como la única posibilidad en la realidad humana concebida en una perspectiva freudiana, la única posibilidad, en esta realidad, para cualquier sujeto, para cualquiera que sufra por haber perdido a su objeto, un objeto necesariamente odiado y amado. Aunque en los sujetos normales y civilizados no descubramos una vida afectiva que sea ambivalente en un grado tan pronunciado como en los anormales e incivilizados, la vida afectiva, para ser lo que Freud dice que es, tendrá que ser ambivalente y tendrá que incluir sentimientos de culpabilidad.

         En una perspectiva freudiana, pues, el duelo puro sólo se realizará de un modo parcial y relativo, como reacción consciente a la ausencia del objeto, que es amado y debería estar presente. Más allá del duelo, en una zona más o menos inconsciente, nos encontramos con la satisfacción por la ausencia del mismo objeto, que también es odiado y no debería estar presente. En este sentido, cabe figurarse un trabajo de duelo teniendo lugar en la superficie consciente de la normalidad, a la vez que un proceso primitivo y patológico, melancólico o de cualquier otra índole, desencadenándose en las profundidades inconscientes de lo incivilizado y anormal. Abraham ha de haberse representado esto cuando en 1924 definió a la melancolía como una “forma arcaica de duelo”, agregando en seguida que “el trabajo de duelo del sujeto normal se efectúa igualmente bajo la forma arcaica en las capas psíquicas profundas” (Abraham, 1924, p.183). Aunque Abraham forja el concepto de amor “postambivalente” para describir la última etapa en el desarrollo del amor objetal, correspondiente a la organización genital “definitiva” (pp. 211-226), no debemos olvidar que para este freudiano, considerado uno de los más ortodoxos, la “superación” de la ambivalencia, como la del narcisismo y la de los demás “tipos de organización primitiva”, es “parcial” y “relativa”, consistiendo más en una suerte de asimilación armoniosa que en una superación propiamente dicha (Abraham, 1925, pp. 258-263). La relatividad y la parcialidad con las que Abraham describe la superación de la ambivalencia propia de la melancolía, coinciden exactamente con la relatividad y la parcialidad con las que nosotros describimos la realización del duelo puro. Lo que está en duelo en uno y otro caso es lo mismo: la superación de la ambivalencia es la realización del duelo puro, la postambivalencia es la etapa del duelo en el que no hay sombra de ambivalencia ni de culpabilidad, el amor genital es el amor sin odio y sin incorporación caníbal por el que está condicionado el duelo teorizado por Freud. La doble imposibilidad de este duelo, de hecho, nos hace pensar en una doble imposibilidad del amor genital y postambivalente: cualquier objeto amado perdido, por más amado que sea y por más perdido que esté, por más presente que deba estar y por más ausente que parezca estar, deberá estar ausente y estará presente, será odiado y estará introyectado por el sujeto. No hay duelo puro, a fin de cuentas, porque no hay amor puro, porque no hay amor sin odio y sin incorporación caníbal.

         Siguiendo a Freud y especialmente a Abraham, M. Klein desarrolla una teoría sobre el duelo que parece concordar con el rumbo que han tomado nuestras consideraciones. En dicha teoría, el duelo es redefinido a partir de la introyección, la ambivalencia y la culpabilidad, con lo cual, dejándose de hacer abstracción de lo que no se puede hacer abstracción, el duelo sale al fin completamente de aquella imposibilidad a la que había sido condenado por un Freud y de la que había sido rescatado tan sólo a medias por otro Freud y por Abraham.

         Podemos resumir en los siguientes seis puntos sucesivos la clásica teoría de Klein sobre el duelo:

         a) Se discierne una “posición depresiva” en la que se ubica el sujeto primeramente durante el destete y luego durante el duelo y los “estados depresivos” en general (Klein, 1934, pp. 311-326).

         b) En la posición depresiva, el niño, justo cuando está “resintiendo” la “pérdida de objeto de amor” cada vez que “se le retira el seno de la madre”, se ve precisado a comprender “que el objeto de amor es el mismo que el objeto de odio”, pasando entonces “de la introyección de objetos parciales a la introyección del objeto completo”, objeto de amor y de odio, con lo cual “se experimenta un comienzo de culpabilidad y de remordimientos, un comienzo de sufrimiento despertado por el conflicto entre amor y odio irresistible, un comienzo de angustia delante de la muerte inminente de los objetos interiorizados y exteriores –dicho de otro modo, en una medida más débil y menos penible, los sufrimientos y los sentimientos que nosotros encontramos, plenamente desarrollados, en los melancólicos adultos.” (pp. 336-338). En efecto, con la introyección, por el niño, del objeto real y total que es la madre, los “objetos persecutores y los objetos buenos”, objetos parciales que habían estado muy alejados hasta ese momento, se “aproximan” y se “unifican”, estableciéndose así la “ambivalencia” que “concierne” la “relación con objetos reales y totales” (pp. 338-340). Tal ambivalencia, lo mismo que la introyección que la antecede, explican el hecho de que en lo sucesivo “el yo no consiga constituir su amor por un objeto bueno, un objeto completo, y además, un objeto real, más que pasando por un aplastante sentimiento de culpabilidad.” (p. 320).

         c) En un duelo adulto normal, el sujeto “repite (...), con circunstancias y manifestaciones diferentes, los procesos que el niño atraviesa normalmente en el curso de su primera infancia”, específicamente en el destete (Klein, 1940, p. 352).

         d) Quien está en duelo, al “reactivar” la posición depresiva infantil, siente que pierde y que debe “reinstalar” sus “buenos objetos interiorizados (...) que forman parte de un mundo interior desde los estadios más antiguos de su desarrollo”. El dolor experimentado, por lo tanto, no proviene tan sólo de “la necesidad de reanudar (...) los lazos con el mundo exterior y de revivir así sin cesar la pérdida sufrida, sino también, y gracias a esto, de reconstruir ansiosamente el mundo interior que uno siente amenazado de ruina y derrumbamiento” (pp. 351-352).

         e) En virtud de que invariablemente la “persona amada y perdida” es asimismo una persona que es odiada y a la que se le desea la muerte, en cuanto está encarnando a esas personas amadas y odiadas hacia las que el sujeto en su infancia abrigaba “deseos de muerte”, no es sorprendente que la pérdida “sea resentida como una victoria, de lugar al triunfo, y en consecuencia a una culpabilidad recrudecida” (pp. 352-353).

         f) El duelo sólo puede superarse a través de una “profundización de la relación con los objetos internos” y gracias a “la felicidad de recobrarlos después de haberlos perdido” (p. 359). El duelo superado es el duelo “normal”, no patológico, en el que se consigue, con una “reactivación” y “modificación” de la pasión depresiva infantil, “reinstalar un objeto de amor que se ha perdido efectivamente; pero al mismo tiempo, restablecer también en sí mismo los primeros objetos de amor.” (p. 369).

         En Klein, los objetos amados y odiados por el sujeto adulto, encarnando a los objetos amados y odiados por el mismo sujeto en su infancia, están presentes, o instalados, tanto en el adentro como en el afuera del sujeto. Sólo así entendemos que la pérdida externa suponga también una pérdida interna y que los objetos perdidos en el exterior sean reinstalados y no instalados en el interior, con lo cual se presupone una instalación anterior del objeto amado y perdido en el interior del sujeto amante que sufre. En este sentido, Klein ha comprendido como nosotros a Freud: al amar, todos los sujetos, y no sólo niños y locos y primitivos, habrán de introyectar al objeto amado. El amar a un objeto, en consecuencia, no sólo comporta que este objeto deba estar presente, sino también, de hecho, que esté presente.

         En su lectura de Freud, Klein ha coincidido igualmente con nosotros al percatarse de que el sujeto que no puede amar sin introyectar, no puede tampoco amar sin odiar, lo cual, en definitiva, implica en ambos casos una misma situación, la de una incorporación caníbal, en cuanto ésta expresa de la mejor manera la síntesis del odio y el amor.

         En lo que respecta al duelo, ya hemos avanzado antes que Klein, redefiniéndolo a partir de la introyección, la ambivalencia y la culpabilidad, logra salvarlo de la doble imposibilidad en la que se hallaba suspendido. Por un lado, el duelo se vuelve posible porque el objeto amado, que bajo el principio de realidad está ausente y que bajo el principio de placer no puede estar ausente, está en realidad ausente sólo en apariencia, es decir, está ausente sólo afuera y como objeto que encarna, pero no adentro ni como objeto que se encarna. Por otro lado, el duelo también se vuelve posible porque el objeto amado, que en la normalidad no es odiado y que al ser amado no puede no ser odiado, en la normalidad no es odiado sólo en apariencia, o sea, no es odiado sólo como ausente, pero sí como presente. A fin de cuentas, el duelo sale de la doble imposibilidad, que denota una doble contradicción entre lo que es y lo que no puede ser, cuando se invalida como una simple apariencia el ser en la realidad y en la normalidad: el objeto amado está ausente en la realidad y no es odiado en la normalidad, pero esto es una simple apariencia, pues el objeto amado, por ser tal, está presente y es odiado. Ahora bien, notemos que esto sólo resulta convincente si consideramos que el objeto es y no es él mismo, que es algo en apariencia y algo más detrás de la apariencia, que es algo en el exterior y algo más en el interior. Este algo más, en el que se apoya toda la teoría sobre el duelo de Klein, son los objetos amados y odiados en la infancia, los cuales, introyectados por el sujeto, habrán de permanecer en su interior, no sólo habitándolo, sino constituyéndolo. Cuando en la edad adulta se pierden objetos exteriores en los que dichos objetos internos se encarnan, los sujetos que sufren sienten que han perdido a sus objetos internos, que han perdido su interioridad, pero esto no es más que una apariencia, pues los sujetos, después de la pérdida y tras llevar a buen término el trabajo de duelo, se encuentran sorprendidos con que siguen tan llenos de sí como antes de la pérdida, tan llenos de objetos como antes, aunque tan vacíos de subjetividad como siempre.

         En este punto nos tropezamos con una cuestión crucial: inmediatamente después de la pérdida y antes de que se haya llevado a buen término el trabajo de duelo, o bien en aquellas situaciones patológicas en las que no es llevado a buen término el trabajo de duelo, ¿acaso los sujetos que sufren continúan también tan llenos de sí, tan llenos de objeto, como antes de la pérdida? Contra lo que supondríamos, la respuesta de Klein es negativa: los sujetos adultos literalmente pierden a sus objetos internos, a sus interioridades, cuando pierden a los objetos externos que encarnan a esos objetos internos. Sin embargo, podríamos dar a la pregunta precedente una respuesta positiva, tal como la que da E. Sharpe, discrepando en este detalle de Klein durante las célebres controversial discussions que desgarraron al movimiento psicoanalítico inglés entre 1940 y 1944. Según Sharpe, lo que está en juego en el duelo y en las situaciones patológicas adultas no son los objetos “como tales”, sino una “situación de conjunto” concerniente más a las “investiduras de objeto”, a la relación del sujeto con el objeto, que al objeto “en sí mismo” (Sharpe, 1944, p. 720). A esta idea, Klein replica de un modo contundente: “En el duelo normal más tardío, no solamente las investiduras atadas al objeto perdido son retiradas y reinvestidas, como nos lo recuerda la señorita Sharpe, sino que durante este proceso el objeto perdido es establecido al interior de sí.” (Klein, 1944, p. 748).

         La diferencia entre Klein y Sharpe es menos radical de lo que puede pensarse a primera vista. Si el objeto permanece y lo que se pierde no es más que la relación con él, entonces la ausencia es aparente y la falta es engañosa. Ésta es sin duda la opinión más kleiniana, y así lo reconoce Sharpe; sin embargo, Klein prefiere pensar que lo que se pierde no es ni más ni menos que el objeto, el cual debe recuperarse después de haberse perdido. La pérdida, en este caso, ya no es aparente, salvo si consideramos que el objeto no pudo perderse más que adentro del sujeto: el objeto está en algún lugar dentro del sujeto, pero está perdido, pues el sujeto no sabe dónde está. Cuando entendemos la pérdida como un no estar del objeto por estar fuera de su lugar, y no como un no estar por no existir, vemos concordar la posición de Klein con la de Sharpe. En la primera, como en la segunda, la ausencia –la no-presencia- es aparente y la falta –la ausencia de lo que debería estar presente- es engañosa: aunque parezca que el objeto está ausente, dado que está fuera de su lugar y por lo tanto está sin relación con el sujeto que sufre, lo cierto es que está presente y que lo está en el lugar preciso en el que debe estarlo, esto es, en el interior del sujeto que lo sufre. Desde este punto de vista, incluso la no-relación o no-investidura de Sharpe resulta no menos aparente que la ausencia ni menos engañosa que la falta: si hay un sujeto, si hay un objeto, si el objeto está dentro del sujeto, si todo esto es así, entonces debe de haber una relación entre el sujeto y el objeto, una relación que los defina como tales y que a uno lo mantenga dentro del otro.

         A través de Abraham, la imposibilidad en Freud se ha tornado apariencia y engaño en Klein y Sharpe. En Freud, la falta, como ausencia de lo que debería estar presente, no podía ser falta de objeto en el duelo, no podía ser, en razón de que el objeto faltante, siendo tal por ser amado, por un lado no podía estar ausente, pues la introyección en el amor lo hacía estar presente, mientras que por otro lado no podía limitarse a deber estar presente, puesto que la ambivalencia en el amor, haciéndolo ser odiado, hacía que además debiera estar ausente. En Klein y Sharpe, la misma falta ya puede ser, pero no puede ser más que engañosa, dado que en realidad, el objeto faltante, siendo amado, sólo en apariencia está ausente y también sólo en apariencia no es odiado ni debe estar ausente. Si en el primer caso lo patológico es la única posibilidad ante la imposibilidad, en el segundo caso es la única verdad tras la apariencia, por lo menos en la medida en que deja de haber entre lo normal y lo patológico, entre lo engañoso y lo verdadero, una discontinuidad cualitativa más sustancial que la de un éxito engañoso.

 

 

4. Falta de ser en el amor según el Lacan de 1963

 

Como imposibilidad o como engaño, la falta de objeto en el duelo es profundamente invalidada. Nada evita esta invalidación de la normalidad y la genitalidad y la postambivalencia y la pureza en el amor, nada la evita, ni los esfuerzos de un Abraham absolutizador contra otro Abraham relativizador, ni los de un Freud contra Jones personificando a otro Freud, ni los de una Klein contra otra Klein personificada en Sharpe.

         En estas circunstancias, en este contexto de ineluctable inhabilitación y estériles rehabilitaciones de la falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915, nace lo que aquí designamos como la falta de ser en el amor según el Lacan de 1963. Esta clase de falta, que no ha sido tampoco explícitamente formulada por su autor, fue preparada por la invalidación de la primera, de la que asimila el sentido, completándolo, ampliándolo, modificándolo y en cierto aspecto invirtiéndolo.

         Vale decir, de manera un tanto simplista, que la falta de objeto en el duelo sólo dejó de oscilar entre lo imposible y lo engañoso, entre la definición freudiana y la versión kleiniana de esta definición, cuando fue radicalmente redefinida por Lacan, transformándose al fin, como un producto acabado no antes de 1963, en la falta de ser en el amor, es decir, en una falta en la que se desbordan las posiciones que antes ocupaban el objeto y el duelo, dilatándose considerablemente su espacio de significación, en un caso como ser y en el otro como amor.

Sólo podrá quedar claro lo que entendemos por la falta de ser en el amor según el Lacan de 1963, si repasamos, entre 1954 y 1963, las etapas de su elaboración. Con este repaso, que ofreceremos en seguida, sacaremos a la luz un concepto implícito en la teoría lacaniana mediante una revisión esquemática de las relaciones conceptuales manifiestas que lo constituyen y a partir de las cuales se deduce:

         a) 1954-1955. Deseo como relación de ser con falta de ser que hace al ser existir y ser consciente de sí. En el segundo seminario, El yo en la teoría de Freud y en la técnica del psicoanálisis, leemos: “El deseo es una relación de ser con falta. Esta falta es falta de ser (manque d’être)  propiamente dicha. No es falta de esto o de aquello, sino falta de ser por la cual el ser existe (...) El ser viene a existir en función misma de esta falta. Es en función de esta falta, en la experiencia del deseo, que el ser llega a un sentimiento de sí en relación al ser.” (Lacan, 1954-1955, pp. 261-262). No hay en este deseo ningún amor, ni tampoco ninguna relación de un sujeto deseante con un objeto deseado, sino una simple relación de ser con falta de ser, esto es, una relación de ser con la ausencia del ser que debería estar presente. Ahora bien, esta relación hace que el ser ausente, que debería estar presente, esté presente, exista y sea consciente de sí.

         b) 1956-1959. Frustración como falta imaginaria de un objeto real, privación como falta real de un objeto simbólico y castración como falta simbólica de un objeto imaginario. Estas distinciones son propuestas durante el cuarto seminario, La relación de objeto, en los siguientes términos: “En la castración, hay una falta fundamental que se sitúa, en su calidad de deuda, en la cadena simbólica.  En la frustración, la falta no se comprende más que en un plano imaginario, como daño (dam) imaginario. En la privación, la falta está puramente y simplemente en lo real, límite o apertura real.” (Lacan, 1956-1957, p. 55). El objeto que está “puesto en causa” en la castración, de la que el “padre real” es el agente, constituye “un objeto imaginario, el falo” (pp. 37-38, 61, 215-221); en cambio, en la frustración, es un “objeto real” que “no entra en función más que en relación a la falta”, con la madre como agente de la falta, representando la “presencia-ausencia” de la posición depresiva de Klein (pp. 38, 66-67, 215-221); en cuanto a la privación, o el “hoyo en lo real”, con un “padre imaginario” como agente, el objeto que falta es simbólico, pues “la ausencia de alguna cosa en lo real está siempre y obligatoriamente en su lugar” (p. 38, 215-221). Siendo la falta una idea compleja en la que se traban el estar y el deber estar, conviene, a nuestro juicio, replantear en términos de ausencia lo que Lacan sostiene acerca de la falta. Se distinguen así tres modalidades en la falta de objeto, según el carácter real, imaginario o simbólico de la ausencia de lo que debería estar presente y de lo ausente –el algo- que debería estar presente: la privación o ausencia real de algo simbólico, la frustración o ausencia imaginaria de algo real y la castración o ausencia simbólica de algo imaginario. Notemos que ante la imposibilidad de una falta de objeto en todo el sentido de la expresión, como ausencia real de algo real, no se contempla simplemente la posibilidad de una falta engañosa con una ausencia aparente, como en Klein y Sharpe, sino que se conciben tres posibilidades en las que se integra lo real, se descubre lo simbólico y se hace que lo aparente ceda su lugar a lo imaginario. Entendamos bien que la representación resultante no es únicamente la de tres clases diferentes e independientes de falta, sino además, y sobre todo, la de tres articulaciones discernibles en una misma falta, dependientes entre sí en la aprehensión de lo faltante, aunque suficientemente independientes, en su origen y en su ocurrencia, como para dar cuenta de la imposibilidad de la ausencia real de algo real que debería estar presente: cada una de las articulaciones atañe a un ausente y a una ausencia, a los que aísla con respecto a los ausentes y las ausencias de las otras dos articulaciones, imposibilitando así la realización cabal de la falta. En otras palabras, como la ausencia en la privación no puede referirse a lo ausente en la frustración, entonces la ausencia, cuando es real, no puede ser ausencia de algo real, o sea, no es posible que la falta sea privación del objeto de la frustración, o bien, lo que viene a ser lo mismo, ausencia real de un objeto real que debería estar presente. He aquí la versión lacaniana de la imposibilidad de la falta en el duelo. En cuanto a la posibilidad ante dicha imposibilidad, ya en La Relación de Objeto y especialmente en el seminario inédito sobre El deseo y su interpretación (1958-1959), adivinamos algunas interesantes conexiones lógicas de la privación con la castración pasando por la frustración y de la privación a la frustración pasando por la castración. Tales conexiones, reuniendo las faltas en la falta, reuniéndolas como articulaciones distintas de la falta dependientes entre sí, realizan la falta en los registros simbólico, real e imaginario, en el conjunto de los tres, pero independientemente en ninguno de ellos. Por eso, las conexiones, en sentido estricto, no realizan del todo la falta, como privación del objeto de la frustración, así como tampoco la imaginarizan por completo, como frustración del objeto de la castración, ni mucho menos la simbolizan totalmente, como castración del objeto de la privación. De lo que se trata, más bien, es de tres momentos indisociables de la falta, en cada uno de los cuales se articulan de manera particular dos registros, quedando en cada caso un registro sin articular –como el aro ex -istente, sin pareja y anudando a la pareja, en el nudo borromeo. Los tres momentos, a su vez, se pueden ordenar de dos maneras diferentes, la una cronológica y lineal, la otra lógica y cíclica. Si de manera cronológica y lineal, con la dirección real-imaginario-simbólico, partimos de la falta real de la privación y terminamos en el objeto simbólico de la misma privación, pasando primero por el objeto real y la falta imaginaria de la frustración y luego por el objeto imaginario y la falta simbólica de la castración; de manera lógica y cíclica, en la dirección simbólico-imaginario-real, nos remontamos en un mismo registro, para pasar de un momento a otro, de lo ausente a la ausencia: del objeto simbólico en la privación a la falta simbólica en la castración, del objeto imaginario de esta castración a la falta imaginaria en la frustración, del objeto real en esta frustración a la falta real en la privación, y nuevamente del objeto simbólico en la privación a la falta simbólica en la castración, y así en lo sucesivo. Sólo pensando al mismo tiempo estos dos movimientos, o dos ordenamientos de los tres momentos o articulaciones de la falta, seremos capaces de percibir el doble paso, descrito por Lacan, de la privación a la castración. De manera lógica y cíclica el paso es inmediato: una vez que se ha resentido la falta real, el hoyo en lo real, la pérdida como ausencia real, se constata que “no hay en lo real ninguna especie de fase o fisura”, ningún objeto real ausente como el que hay en la frustración –el seno materno real-, sino tan sólo un objeto simbólico –el seno materno en su valor simbólico-, pero esta constatación nos conduce de inmediato a reconocer también la falta como simbólica, pues vemos que “toda falta es falta en su lugar, mas falta en su lugar es falta simbólica” (1958-59, pp. 16-17), pérdida como ausencia simbólica, en el sentido, ya vislumbrado por Klein, de lo que está, pero que está fuera de su lugar. De manera cronológica y linear, en cambio, el mismo paso de la privación a la castración, pasa por la frustración, o ausencia imaginaria de lo que debería estar presente, provocada por la madre con su cuerpo, un objeto ausente real, cuya presencia o ausencia condiciona la simbolización del momento de la castración: “...es en la medida en que la madre, como tal, como lugar de la demanda de amor, era primero simbolizada en el doble registro de la presencia y la ausencia, que ella se encontraba en posición de dar el inicio genético de la dialéctica, en la medida en que como madre real ella hace girar eso de lo que el sujeto está privado realmente, el seno por ejemplo, en símbolo de su amor” (p.17).

         c) 1957-1960. Objeto a: objeto de deseo y objeto que falta, objeto ausente que debería estar presente, objeto indistinguible del sujeto, simbolizado como ser en la falta real de la privación, realizado como pecho materno en la falta imaginaria de la frustración, imaginarizado como falo en la falta simbólica de la castración. En todo lo que se desea, el objeto a es el objeto del deseo, y lo es, según Lacan, de un modo estructural y originario, como se comprueba en el siguiente pasaje de su Observación sobre el informe de Daniel Lagache (19601):a, objeto del deseo, en el punto de partida donde lo sitúa nuestro modelo, es, desde el momento en que funciona allí... el objeto del deseo. Esto quiere decir que, objeto parcial, no es solamente parte, o pieza separada, del dispositivo que imagina aquí el cuerpo, sino elemento de la estructura desde el origen...” (p.661). Ahora bien, a este objeto a no podemos distinguirlo del sujeto, ni siquiera como aquello por cuya distinción con el sujeto, la distinción amante-amado, el sujeto se reconoce como tal, como amante. Desde antes de ser conceptualizado, el objeto a, por una identificación que no es simple reconocimiento –en la medida en la que se incorpora el objeto al sujeto en la introyección-, aparece ya en La dirección de la cura (1958), manifestado en su multiplicidad, como siendo el sujeto además de ser un objeto: “...esos objetos, parciales o no, pero sin duda alguna significantes, el seno, el excremento, el falo, el sujeto los gana o los pierde sin duda, es destruido por ellos o los preserva, pero sobre todo es esos objetos (p. 594). El sujeto, siendo esos objetos, es el objeto a por el que esos objetos resultan significantes para él, o sea, es el adentro afuera o la subjetividad objetivada fuera de lo subjetivo, faltándole, motivando por ello su deseo y subyaciendo a sus ideales. En su coincidencia con el objeto a, el sujeto, siendo su otro y faltándose a sí mismo como a un otro, se imaginariza como el falo, como aquello que falta simbólicamente, aquello que ha sido para todo lo otro que es el Otro y que fue su madre, “aquello que ha sido para el otro en su erección de vivo” (1960, p.662), citando a Lacan. Esta falta simbólica en la que se ensarta lo simbólico, esta castración o ausencia del objeto a imaginarizado como falo, tiene su “prefiguración” en el “destete” o ausencia del objeto a realizado como pecho materno, así como en la consecuente frustración o falta imaginaria que abre campo a lo imaginario: “...el destete está demasiado situado desde la investigación kleiniana en el fantasma de la partición del cuerpo de la madre para que no sospechemos que es entre el pecho y la madre donde pasa el plano de separación que hace del pecho el objeto perdido que está en causa en el deseo.” (Lacan, 19602, p.827). Pero en última instancia, más allá del falo que falta simbólicamente y del pecho que falta imaginariamente, el objeto a que está en causa en el deseo habrá de ser algo que falte realmente, algo cuya falta sea real, no algo de lo que se esté castrado o por lo que se esté frustrado, sino algo de lo que se esté privado. Este algo, realizado como el pecho de la madre, el que imaginariamente se tiene o no se tiene de ella, e imaginarizado como el falo de la madre, el que simbólicamente se es o no se es para ella, no podrá ser en lo real, más allá de lo imaginario y lo simbólico, sino simbolizado como el propio ser, el ser del que se está privado porque la madre está privada del falo que se es simbólicamente para ella, lo cual se refleja en el hecho de que lo que es el falo para la madre no tenga a la madre. Vemos así que la falta imaginaria de tener en la frustración se deriva en cierta manera del hoyo en lo real, de la falta real de ser en la privación, como lo apunta Lacan en sus Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina: “...la relación de privación o de falta de ser que simboliza el falo, se establece de manera derivada sobre la falta de tener que engendra toda frustración particular o global de la demanda.” (19603, p.708). La falta de ser, en suma, nos sirve para designar la falta de objeto a en su dimensión primordial, como pura privación, como falta sin imaginarizar ni simbolizar, como falta real que está simbolizada en el ser, en el ser el falo: “En este nivel –leemos en el seminario sobre Las formaciones del inconsciente-, la cuestión que se plantea es –ser o no ser, to be or not to be the phallus.” (1957-1958, p.186).

         d) 1959-1960. Sujeto en relación al objeto a: como sujeto de deseo, sujeto imposibilitado, escindido y eclipsado, sujeto afectado por el significante, ser al que le falta ser, cosa privada y objeto negativo. El sujeto, como sujeto de deseo, no puede ser más que en relación a su falta de ser, a la falta real del objeto a simbolizado como ser, como ser-el-falo. Esta forma de ser, única posible para un sujeto “irreductiblemente afectado por el significante”, imposibilita la subjetivación, con lo cual, el sujeto imposibilitado, este ser que sólo es en relación a su falta de ser, habrá de relacionarse con su falta, con el objeto ausente, con el objeto a, con lo que le falta, de un modo no “intuitivable” que Lacan describe con el número imaginario Ö-1 (p.8). En Subversión del sujeto y dialéctica del deseo (19604), esta noción algebraica se define como “lo impensable” y “lo que falta al sujeto para pensarse agotado por su cogito” (p.799). En cuanto a la relación que describe, se le formula en los matemas lacanianos con el algoritmo del fantasma, como $ à a, siendo $ el sujeto “subordinado”o al significante, sujeto en “fading” o “eclipse” y en “spaltung” o “escisión”, relacionado a través de à  con el objeto a (pp. 795-796). El sujeto así relacionado con a, sujeto imposibilitado, escindido y eclipsado, “simbólicamente castrado como sujeto hablante”, es designado por Lacan, además, en El deseo y su interpretación (1958-1959), por un lado como “cosa realmente privada”, en cuanto “hace duelo” del falo que “ha entregado en sacrificio (...) a su función de significante faltante” y que en su calidad de “imagen biológica” es idéntica en cierto nivel al propio sujeto (p. 20), y por otro lado como “objeto negativo”, dado que “la posición radical (...) del sujeto en el nivel de la privación del sujeto como sujeto de deseo, es la de no ser el falo” (p. 22).

         e) 1958-1963. Amor como deseo del Otro, deseo en su esencia y en su raíz, deseo trastocado; amor como deseo, en quien representa el objeto a deseado por el sujeto, dirigido al propio sujeto; amor como un deseado deseando al deseante, como relación del amante deseado con el sujeto amado y deseante, como donación de lo que no se tiene a quien no lo tiene, como un faltar al faltante aquel para quien falta, como intencionalidad de la falta-de-ser hacia el ser a quien el ser falta, como respuesta de  un ser a su privación del objeto a que resulta de la falta de un amado que al desear en él al objeto a anulaba en él la privación. El amor no surge sino de un deseo que no es el del amante, sino el del amado, el cual desea lo que no tiene -lo simbolizado como ser e imaginarizado como falo- en un amante que no es ni tiene lo que él desea: “la demanda de amor -sostiene ya Lacan al respecto en La significación del falo (1958)- no puede sino padecer de un deseo cuyo significante le es extraño. Si el deseo de la madre es el falo, el niño quiere ser el falo para satisfacerlo.” (p. 673). Pero el niño, como bien sabemos, no es para sí mismo lo que su madre no tiene y desea, por lo cual él también lo desea, pero no desea tenerlo, sino serlo y de este modo ser, a fin de que siendo y siéndolo pueda poseer a la madre, al pecho materno, al que naturalmente desea tener. Desenmascaramos así al deseo del Otro que se torna deseo propio. Sorprendemos asimismo al hombre que responde con amor, con deseo de Otro, al deseo en un Otro por el que no es deseado sino como lo que no es ante sí mismo. Ambas ideas, centrales en el planteamiento lacaniano, se apoyan dialécticamente la una en la otra, como se constata en el seminario sobre La transferencia (1960-1961): “...el deseo en su raíz y en su esencia, es el deseo del Otro, y es aquí en donde propiamente hablando está el motor del amor, si el amor, es lo que pasa en ese objeto hacia el cual tendemos la mano por nuestro propio deseo, y que, en el momento en el que el deseo hace estallar su incendio, nos deja aparecer un instante esta respuesta, esta otra mano que se tiende hacia nosotros como su deseo.” (p. 212). Quien es amante y deseado, termina deseando como amado, y quien desea como amado, termina siendo amante deseado, pero ninguno de los deseados sabe qué tiene y por qué es deseado, así como ninguno de los deseantes sabe que lo que le falta y desea no lo tiene el deseado: “Entre estos dos términos (amante y amado) no hay ninguna coincidencia (...) Lo que le falta a uno no es lo que hay, escondido, en el otro.” (p. 53). Lo que se da en el amor, sigue insistiendo Lacan en el seminario inédito sobre La Angustia (1962-1963), es “esencialmente” lo que no se tiene (p. 152), “lo que no se tiene ya” (p. 128). Si la privación, la ausencia real de lo simbolizado como ser, es lo que hace que el sujeto desee en otro sujeto al ser que le falta, este ser, este objeto a , siendo “causa de su propia falta” (p. 150), faltará siempre y faltará también en el otro sujeto, el cual, privado como el primero, lo amará tanto como él lo desee. De hecho, lo que el segundo ame en el primero, como lo que el primero desea en el segundo, no será sino aquello de lo que esté privado, nuevamente el ser, el ser que simboliza al objeto a, no sólo causa de su falta sino por ello mismo también “causa del deseo” (p. 110). No obstante, el amor de uno, a diferencia del deseo en abstracto del otro, no es un deseo -valga la expresión- de primer grado, sino un deseo del deseo, un deseo de segundo grado, en el que la relación del ser con la falta de ser es una relación del ser amante con la falta de la falta de ser en el ser amado. En otras palabras, el que falta en el amor es el deseante amado a quien le falta el amante deseado. Lo que falta es un deseo, una relación del ser con la falta de ser, una relación del ser con la privación. De lo que el amante esté privado, y por lo cual habrá de sufrir cuando el amado esté perdido, será del ser que parecía recibir por efecto de la privación en su amado, el cual, deseando en el amante al ser que a él le faltaba, hacía parecer como si el amante no careciera de ser. El amor se nos revela, en definitiva, ya sea, desde el punto de vista del deseante y amado, como una especie de intencionalidad de la falta de ser -aquella con la que se relacionaba el ser en el deseo- hacia el propio ser, el propio ser a quien el ser falta; o bien, lo que es lo mismo, pero desde el punto de vista del amante y deseado, como la respuesta de un ser a su privación del objeto a que resulta de la falta del amado, el amado cuya misma privación, haciéndole desear a un objeto a en el amante, anulaba en cierto modo la falta de objeto a en este amante.

         No debe pasarnos desapercibida la gran proximidad que hay entre el amor, tal como es concebido por Lacan a principios de los años sesentas, y el duelo, cualquier duelo, pero en especial aquel duelo teorizado por Freud en 1915. En uno y otro caso estamos situados en el ámbito de la falta: si en el duelo falta el objeto amado, en el amor falta sencillamente el ser. Notemos, sin embargo, que la falta de ser en el amor está condicionada por la falta del objeto amado. Paradójicamente, no puede haber amor, según el Lacan en cuestión, sin falta del objeto amado: el objeto es amado cuando falta y no es amado si no falta. Y ya sabemos por qué falta y es amado el objeto: porque no es objeto, sino sujeto, y porque no es cualquier sujeto, sino uno por quien se es deseado, y cuyo deseo, como es un deseo del ser que no hay en el deseado, hace parecer como si lo hubiera. Así pues, el amado es amado por el amante porque le desea, y porque deseándole, deseando en él lo que él no tiene, le hace creer que lo tiene, le hace creer que tiene ser, que no le falta el ser, que no hay falta de ser. Por ello, cuando el deseante está ausente, el deseante falta, falta en el deseado que lo sufre, falta porque estando ausente debería estar presente, y debería estar presente porque su presencia deseante de ser disimulaba la falta de ser en el deseado. Y cuando el deseante está ausente, sólo cuando está  ausente, el deseado le ama, sufriendo le ama porque le falta. No hay otra manera de ser amado que faltando, no hay otra manera de amar que sufriendo. Vemos aquí la profunda inversión que se opera de la falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915 a la falta de ser en el amor según el Lacan de 1963: si en la primera el objeto amado falta por ser amado -estando ausente debería estar presente por ser amado-, en la segunda el objeto faltante es amado por faltar -es amado porque estando ausente debería estar presente. Si en el Freud de 1915 el amor antecede a la falta y al duelo, en el Lacan de 1963 la falta y el duelo anteceden al amor, y lo anteceden como precedentes últimos, absolutamente originarios, en cuanto el amado es amado cuando falta, y aunque falta por haber deseado, por haber deseado a quien le está doliendo el vacío que dejó, sólo ha deseado por tener él también un vacío que le duele, un ser faltante al que sufre, siendo su deseo la relación de su ser con esa falta de ser, con esa falta real de ser, con esa privación del objeto a simbolizado como ser, es decir, la misma falta y la misma privación que disimulaba para el deseado con su presencia deseante.

         Para no extraviarnos en nuestras comparaciones, recordemos el papel del amor en el duelo freudiano. Afirmar simplemente que hay duelo y falta en el duelo porque se ama, porque lo que se ama debería estar presente y por consiguiente falta y duele cuando está ausente, afirmar esto no resuelve nada, pues seguimos preguntándonos por qué hay duelo y falta en el duelo cuando se ama, por qué debería estar presente lo que se ama. Cuando el Freud de 1915 responde a esta pregunta, le vemos reconciliarse con Lacan, desmintiendo en un nivel de reflexión, el que no tiene en cuenta el ordenamiento intermedio de los precedentes y los consecuentes, la inversión que habíamos detectado. Freud, en efecto, al igual que Lacan, hace residir el amor en una falta de ser en el amante: como no-yo dentro del yo, el objeto es amado cuando hay en el yo un vacío de yo, un vacío que es ocupado por el objeto amado, el cual, cuando falta, no solamente le falta al sujeto, sino que falta en el sujeto, y falta además por el sujeto, por la falta del sujeto, pues lo que el objeto ha dejado vacío, el vacío que le duele al sujeto, no es sino el vacío de yo que el objeto llenaba en lugar del yo dentro del mismo yo, dentro del sujeto que se ha hecho sujeto relacionándose con el objeto, amándolo del único modo realmente posible, narcisística y pregenitalmente, vaciándose a sí mismo, faltándose, incorporando al objeto dentro de sí y en lugar de sí, comiéndoselo, introyectándolo, en suma, identificándose con él. Así pues, el objeto falta no sólo porque sin él falta el sujeto, sino porque él, en cierto sentido, como objeto a, como objeto de identificación, es el sujeto. En Freud como en Lacan, el objeto es amado en su calidad de sujeto, de sujeto disimulando con su deseo de un ser en el amante, su propio ser de amado, la falta de otro ser en el amante, precisamente el ser del amante. Pero en su calidad de sujeto, el objeto no puede ser, ante el sujeto al que le falta, más que este mismo sujeto, el único sujeto que para este sujeto existe, con lo cual la falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915 acaba siendo equivalente a la falta de ser en el amor según el Lacan de 1963, en cuanto el objeto que realmente falta no es otro que el simbolizado como ser, a saber, el objeto a, el objeto de identificación que es el sujeto con el que se identifica; un sujeto que de tal suerte, sufriéndose, puede sufrir lo que falta.

         Con el fin de justificar la última equivalencia, revisaremos ahora, someramente, algunas de las ideas capitales, en torno a la definición de lo que falta, en las que Freud y Lacan sintonizan. Para ello nos remontaremos a la información que obtuvimos de los tres pasajes de Freud que citamos en un principio:

         a) El objeto que falta es un objeto para nuestra capacidad de amor. En Lacan amo al objeto, como sujeto, porque me falta, y porque si él me falta yo me falto, pues él, con su presencia, deseando en mí al ser que le faltaba, me convencía de que yo poseía en mí al ser que a mí me faltaba. En Freud, en cambio, me falta el objeto porque lo amo, pero lo amo porque yo me falto, porque no puedo amar sino faltándome como ser y dejando al otro mi lugar dentro de mi ser, incorporándolo, identificándome con él, con lo cual, en el momento en el que él me falta, yo en él me falto, él como sujeto me falta, considerando que no hay otro sujeto que yo mismo en el mundo. Y él, como sujeto, como yo, si me falta es porque yo le amo, porque yo me amo; porque él, siendo yo, me ama; porque yo, siendo él, le amo; porque él, amando y siendo amado, me desea. El objeto me falta porque es objeto de mi amor, porque soy yo, porque es el sujeto que soy. Lo ausente debería estar presente porque estoy presente, porque no puedo estar ausente de donde estoy, porque debo estar presente en donde estoy presente. El objeto debería estar presente porque lo deseo, y lo deseo porque soy él, porque me deseo en él, y me deseo porque no estoy presente en donde debería estar presente, en donde estoy presente, en donde él está ausente, en donde él se falta y me falta y me falto, en donde yo que soy él estoy ausente, en donde él que es yo está presente, siendo amado, siendo amado por desear en mí, como yo lo deseo, el ser que faltándome le falta. Lo que hay en Freud, como en Lacan, es una dolorosa relación del sujeto amante con él mismo, con el ser que le falta y al que desea, y que no le faltaba cuando lo deseaba en él como un otro, como si él tuviera lo que al otro le faltaba, como si el otro que ahora le falta no fuera él, un él del que está vacío, un él del que él salió para convertirse en sujeto, para subjetivarse ante un objeto que no dejó de ser él, sujeto, por ser objeto, y que por esto, ahora, cuando falta, provoca falta de sujeto y falta de todo.

         b) La falta de todo es evitada, en Freud -leído textualmente- como en Lacan -leído entre líneas-, gracias al amor por la propia vida, o al amor por el propio amor, o bien, en un enfoque lacaniano, gracias al Deseo del propio deseo del deseo, el cual, en última instancia, es un Deseo del propio deseo del propio deseo perdido en el otro. Lo que tenemos aquí es un amor de segundo grado o un Deseo de tercer grado; un Deseo del deseo de segundo grado en el que estriba la vida; un Deseo del deseo -que se está perdiendo ya en mí- del deseo -que se ha perdido ya en el otro-; un amor, amor como deseo-del-deseo, por el propio amor, por el propio deseo del deseo, del que depende mi vida. Lo que me salva es que el Deseo del deseo que se está perdiendo es más poderoso que tal deseo que se está perdiendo: el Deseo de lo que se está perdiendo es más poderoso que el deseo de lo perdido, el Deseo de tercer grado es más poderoso que el deseo de segundo grado, el amor por el propio amor es más poderoso que el amor, el amor por la propia vida -por el propio deseo del deseo del otro- es más poderoso que el amor por la otra vida -que el deseo del deseo del otro-,  en fin, lo que amenaza con faltar faltaría más que lo que ya falta, la falta de todo sería peor que cualquier otra falta.

         c) Lo decisivo para la falta, no será, en lo psíquico, ni exclusivamente la existencia real ni exclusivamente la imaginaria, ni sólo su pérdida real ni sólo su pérdida imaginaria, sino las cuatro a la vez, las cuales, de hecho, tendrán que ser puestas en juego para desencadenar un proceso de duelo. Una proposición como ésta, que antes nos dejó insatisfechos, podrá satisfacernos ahora siendo leída lacanianamente. Nuestra insatisfacción, como recordaremos, provenía de la indiferenciación entre lo real y lo imaginario, así como de la irrealización de lo real no-psíquico. Lacan, desentendiéndose de la dicotomía entre lo psíquico y lo no-psíquico, a la vez que incorporando lo simbólico y concibiendo lo real y lo imaginario en conformidad con tal incorporación, resolverá esa irrealización y esa indiferenciación, las resolverá explicándolas, explicando la indiferenciación entre lo real y lo imaginario por una trabazón entre lo real, lo imaginario y lo simbólico, así como explicando la irrealización de lo real no-psíquico por una imposibilidad de la falta real de algo real. Ahora bien, Freud, adelantándose a Lacan, ya nos había conducido a una desconexión entre el registro de la pérdida y el de la existencia, entre lo real de la falta y de lo que falta, con lo cual preparó, ante la imposibilidad de una falta real de algo real en el duelo, las posibilidades alternativas de una falta real de algo no-real -la privación- y de una falta no-real de algo real -la frustración-, posibilidades anudadas la una con la otra en el amor, determinándolo, sacándolo de su indeterminación, cristalizándolo como duelo.

         En Freud como en Lacan, duelo y amor se reducen el uno al otro: el duelo, en Freud, se reduce al amor que lo explica; el amor, en Lacan, se reduce al duelo que lo explica. En uno y otro caso, curiosamente, los conceptos subordinados son los conceptos centrales de la teoría, pero esto no es por casualidad, sino porque uno y otro caso, completándose teóricamente, constituyen, a nuestro juicio, un solo caso de articulación teórica en la complejidad. En tal articulación, el duelo es por el amor, pero el amor es por el duelo; me falta el objeto como sujeto porque me falto como sujeto, pero me falto como sujeto porque me falta el objeto como sujeto; no hay falta de todo porque lo que me falta no es todo lo que yo soy, porque no puede serlo, porque yo sigo existiendo aunque lo otro o el otro ya no exista, pero lo que me falta no es todo lo que yo soy porque no hay falta de todo, porque el todo no puede faltar realmente, porque no puede haber falta real de lo real que es todo; y no puede haber falta real de lo real porque sólo falta lo que se ama y no puede faltar lo amado, pero sólo falta lo que se ama y no puede faltar lo amado porque no puede haber falta real de lo real, porque lo amado es lo real y el amor es la falta, y en lo real nada falta, y sólo se ama lo que falta y no puede amarse lo faltante, no puede amarse, pues lo amado es real y no es real lo faltante...

         En este punto, en el que las teorías empiezan a consumirse a sí mismas, podemos simplificar la complejidad, simplificarla sin desvirtuarla totalmente, diciendo, en un primer tiempo, que el objeto falta, está ausente y debería estar presente, porque es amado; y, en un segundo tiempo, que es objeto amado porque falta, porque estando ausente debería estar presente, y que si está ausente y debería estar presente, esto es sencillamente porque está identificado con el sujeto, porque es el sujeto -el sujeto al que le falta-, porque es el sujeto amante que está presente y debería estar ausente, sí, debería estar ausente, pues un sujeto amante que está presente no puede ser al mismo tiempo un objeto amado que está ausente. Esto es lo que parece desprenderse de unas palabras tan oscuras como las que siguen, pronunciadas por Lacan en 1963, durante el seminario sobre La Angustia, después de referirse al duelo freudiano: “a, objeto de identificación, no es también a objeto de amor sino porque es lo que es, este a, lo que hace de él el amante (...), lo que lo arrancia metafóricamente, este amante, para serlo, a proponerse como amable (...), haciéndolo sujeto de falta, por lo tanto eso por lo cual se constituye propiamente en el amor, eso que le da, si puedo decirlo, el instrumento del amor, a saber -volvemos a caer- que se ama, que se es amante con lo que no se tiene.” (p.128).

         Se ama lo que no se tiene, pero lo contrario es en Lacan igualmente cierto: se odia lo que se tiene. Por eso debería estar ausente el sujeto amante que está presente, que está presente en el objeto amado que está ausente y debería estar presente. Aquí, en este movimiento entre la ausencia y la presencia, entre lo ausente amado y lo presente odiado, entre lo ausente que debería estar presente y lo presente que debería estar ausente, aquí encuentra su lugar la ambivalencia dentro de la falta de ser en el amor: como deseo del deseo, el amor es deseo de la falta de ser con la que se relaciona el ser en el deseo. Cuando se ama, lo que se desea es el deseo del otro, la falta de ser en el otro, la ausencia del ser que debería estar presente en el amado y que desea el amado en el amante. Cuando se ama, por consiguiente, se odia, si por odio entendemos básicamente el deseo de que esté ausente lo que está presente. En el amor, como el deseo del otro es lo deseado, la falta de ser que la motiva también es deseada. El amante desea la falta de ser de la que depende el deseo del amado. Para el amante, pues, el ser que está presente del amado es un ser que debería estar ausente. Pero este ser del amado, simbolización del objeto a, del objeto de identificación, es, en virtud de tal simbolización, el propio ser del amante, el ser que al amante le falta, el ser que está ausente en el amante por estar presente en el amado: el ser que estando ausente debería estar presente en el amante, el ser que estando presente debería estar ausente en el amado.

         Cuando se pierde al amado, cuando se consigue al fin que esté ausente el ser que estaba presente y que debía estar ausente en el amado, la pérdida representa para el amante, como ya lo sabía Klein, una verdadera victoria, una victoria para el odio que hay en el amor, así como una ocasión de culpabilidad, o de recrudecimiento de la culpabilidad, pues el amante no puede aceptar que represente para él una victoria la pérdida del amado. ¿Y por qué no puede aceptarlo? Sencillamente porque aceptarlo supondría aceptar el odio en su amor, es decir, el deber estar ausente del ser con el que se relaciona su falta de ser. El amante, amando, relacionándose como falta de ser con el ser del amado, con el ser deseante que se relaciona con su propia falta de ser, no puede aceptar el odio, el deber estar ausente del ser del amado, porque este odio no se puede explicar sino por el estar ausente y deber estar presente en el amante de aquello que está presente en el amado: el otro es odiado porque es amado y porque siendo amado posee nuestro ser, el ser que nos falta, el ser que faltándonos posibilita nuestro amor, nuestra relación como falta de ser con este ser.

         Aceptar el odio es aceptarse vacío de yo. Pero estar vacío de yo, como ya nos lo ha hecho comprender Freud desde un principio, no es ni más ni menos que estar lleno del otro. Aceptar la victoria por la pérdida del otro es difícil, produce culpabilidad, porque supone aceptar el odio en nuestro amor, y aceptar este odio es difícil porque supone a su vez aceptarse vacío de yo, pero además lleno de un otro perdido, un otro que ya no está: un otro que no estando afuera y estando adentro, llenando al yo, no pudo más que haber sido devorado. Como lo presintieron Abraham y Freud, el sujeto lleno de objeto, el sujeto que ama y odia al objeto que lo llena, se habrá de odiar a sí mismo por dos razones a las que ya nos hemos referido: por estar identificado al objeto que odia en el amor, por ser ese objeto, ese objeto en su calidad de sujeto amado, como ser con el que se relaciona su falta de ser; y, lo que es casi lo mismo, por estar lleno del objeto que no está, por poseer en el adentro al objeto que no está en el afuera, por descubrir incorporado en su no yo dentro del yo al ser que le está faltando a su yo, es decir, en suma, por darse cuenta finalmente, cuando ya nada puede hacerse, cuando el plato está vacío, darse cuenta, con terror, que su objeto amado y odiado ha sido amorosa y odiosamente devorado, que el amado ha sido asesinado por su amante, lo que Jones, como recordaremos, percibía perfectamente.

         El vacío en el plato es el vacío real que defendía Klein contra Sharpe, es la falta de ser del amado perdido en el duelo, una falta de ser que no es sino la falta de ser del amante identificado con el amado, una falta de ser que no es sino la falta de ser en el amor, en un amor que sólo comienza cuando termina, que sólo existe con el duelo.

         Cuando se ha perdido al objeto amado, lo que falta es quien lo sufre, es aquel vacío que tanto duele, es el ser, el ser que falta y que no puede ser más que faltando.

         El ser de quien sufre, por decirlo de una vez por todas, es lo que falta en quien lo sufre. Cuando he perdido a mi objeto amado, a su ser deseante de mí con el que se relaciona mi falta de ser, no he perdido ni más ni menos que a mi ser, el cual, por lo demás, nunca dejó de estar perdido, perdido en el otro. Perdiendo a mi ser perdido en el otro, no me queda más que mi falta de ser, la falta de mi ser, la falta de ser del objeto perdido con el que me identificaba. Lo que pierdo en el objeto es lo que le daba, lo que no tengo, mi falta de ser con la que se relacionaba su ser, o mi ser perdido, en su deseo, o en mi deseo perdido.

         La pérdida de la pérdida, la falta del ser que faltaba, el vacío del vacío que llena la nada, esto es la falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915 cuando la definimos, redefiniéndola, como falta de ser en el amor según el Lacan de 1963; un Lacan en el que el objeto es ser y en el que el amor es duelo; un Lacan en el que no puede faltarnos como objeto en el duelo sino aquello a lo que faltamos como ser en el amor; un Lacan, en fin, en el que sólo me falta eso a lo que falto, como puede comprobarse en el párrafo que sigue, proveniente del seminario sobre La Angustia:

“Empujar un poco más lejos lo que Freud nos dice del duelo como identificación con el objeto perdido. No es ésta la definición suficiente del duelo. No estamos en duelo más que de alguien del cual podemos decirnos: 'yo era su falta'. Estamos en duelo de personas que hemos tratado bien o mal y con respecto a las cuales no sabíamos que cumplíamos esta función de estar en el lugar de su falta. Lo que damos en el amor es esencialmente lo que no tenemos, y cuando lo que no tenemos vuelve a nosotros, (...) hay revelación de aquello en lo cual faltamos a la persona por representar su falta.” (Lacan, 1962-1963, p.152).

         En el Lacan de 1963, afirmar que nos falta sólo aquello a lo que amamos es lo mismo que afirmar que nos falta sólo aquello que nos desea, y esto, a su vez, también es lo mismo que afirmar que nos falta sólo aquello a lo que faltamos. Todo esto es lo mismo, y cabe replantearlo, precisándolo más para evitar malentendidos, con una fórmula concisa: lo que para mí deba estar presente cuando esté ausente no será sino aquello para lo que yo estoy ausente y debería estar presente. O en otras palabras: me falta en el duelo sólo aquello a lo que yo le falto en mi amor y en su deseo.

         Lo que me falta y a lo que le falto, el ser que realmente me falta y al que realmente falto, recordemos que simboliza el objeto a que al faltar simbólicamente se imaginariza como falo y que al faltar imaginariamente se realiza como cuerpo de la madre. Este objeto a, siendo todo lo que nos falta en todo lo que no tenemos, o lo que amamos, también es todo lo que nos falta en todo lo que tenemos, o lo que odiamos, pero además, como acabamos de apuntar, es todo a lo que todos nosotros, amando y siendo deseados, faltamos. El objeto a, en suma, es todo lo que falta en todo, todo lo que está ausente en todo y debería estar presente en todo, todo lo que debería estar presente en todo para que todo fuera lo que es, todo y sólo todo, sin una sola nada, sin ausencia, todo presente.

         Imaginarizado como el falo del que estamos simbólicamente castrados, realizado como el cuerpo materno que nos ha frustrado imaginariamente, y simbolizado como el ser del que estamos realmente privados, el objeto a es en última instancia lo que falta en la totalidad, lo que falta para que la totalidad sea, es decir, lo que de un modo esencial y necesario, por el propio concepto de totalidad, no puede no estar sin faltar, no puede estar ausente sin deber estar presente, no puede ser nada sin ser vacío. Concebido así, como aquello que falta en la totalidad, el objeto a, subyaciendo a todo lo ausente que debería estar presente, es aquello cuyo deber-estar-presente no requiere ninguna explicación, pero por ello mismo es aquello cuyo estar-ausente resulta de todo punto imposible, con lo cual su propia falta resulta igualmente imposible. El objeto a, en consecuencia, como aquello que falta en la totalidad, no podrá faltar, no podrá faltar por sí mismo, como algo real faltando realmente, sino sólo como algo real faltando imaginariamente o como algo simbólico faltando realmente o como algo imaginario faltando simbólicamente. La totalidad, pues, no dejará de ser totalidad. Nada real habrá de faltar realmente en ella. Lo que sea real, como el cuerpo de la madre, no podrá faltar realmente, pues habrá sido identificado a nuestro ser, mientras que lo que falte realmente, como nuestro ser, no habrá de ser real, pues no será más que una simbolización de lo real que se ha materializado para nosotros en el cuerpo de la madre.

         La totalidad que fuimos antes de todo con el cuerpo materno, esa totalidad que nunca dejó de ser todo lo real que hay realmente para nosotros, permanecerá intacta. En lo real, siempre total, “siempre pleno” (Lacan, 1959, p. 6), todo será lo que deba estar presente, aunque todo estará de cualquier modo presente, nada estará ausente, nada faltará, nada será nada, no habrá ningún vacío; pero para quienes hayamos sido incapaces, en nuestra cordura, de poseer a la madre y de seguir siendo unos con ella y de continuar aprehendiendo así en lo uno la totalidad de lo real, para nosotros, los castrados y privados y frustrados, lo real aparecerá como un gran vacío, como un vacío de todo y en todo, un vacío atrayente, amenazante, angustiante; un vacío, el vacío, pero no la nada; no una ausencia, mas lo que falta en su ausencia; no nada, sino algo, algo sustantivable, el objeto a, pero no sólo el objeto a, no sólo cualquier algo en la nada o cualquier algo sustantivable, sino todo lo sustantivable, todo en la nada, el vacío, el algo, la Cosa, la totalidad que falta cuando falta un pedazo en la totalidad, la Cosa que falta cuando el objeto falta, lo que falta en la falta del objeto a, lo que siempre falta en cualquier falta, lo que deseamos al desear, lo que nos mantiene vivos y lo que nos mata cuando vivimos, lo que sufriendo sufrimos, lo que duele y lo que se duele y lo que nos dolería si no fuera todo, todo y también lo que somos nosotros mismos, lo que somos faltándonos, un vacío, el vacío que duele.

         Realizado como pecho materno, el que imaginariamente nos frustró; imaginarizado como falo, del que estamos simbólicamente castrados; y simbolizado como ser, del que estamos realmente privados; el objeto a, en el Lacan de 1963, es lo que falta en la totalidad, en lo real, para que la totalidad sea, para que lo real pueda ser aprehendido como lo que es, como totalidad. Si falta el objeto a en la totalidad, la totalidad, en la que nada puede faltar, falta. Si el objeto a es todo lo que falta en todo, en lo que tenemos y odiamos y en lo que no tenemos y amamos, la totalidad es el todo que falta porque falta un fragmento del todo, porque falta el objeto a. La totalidad que falta, si nos volvemos al Freud de 1915, no es sino el todo que falta cuando falta en el duelo el objeto amado, el cual, faltando, provoca la falta de relación de amor entre el sujeto y el objeto, una falta de relación que a su vez provoca la falta del sujeto amante que en ella se funda, un sujeto en el que todo se funda, con lo que todo falta cuando él falta por el objeto que falta.

         No es forzado sostener que en el duelo, según el Freud de 1915, falta el mismo objeto a que falta en el amor, según el Lacan de 1963. En ambos casos falta un objeto que es objeto para el sujeto, en el sujeto y por el sujeto, pero que es él mismo el sujeto, y sin el cual ni este sujeto ni la totalidad son lo que son, sujeto y totalidad, sujeto con respecto a un objeto y totalidad en la que ningún objeto puede faltar.

         Lo más innovador en Lacan, a nuestro parecer, ha consistido en tratar seriamente al objeto amado en su calidad de sujeto, de sujeto deseante, un sujeto que se relaciona, en el deseo, con aquello que ocupa el lugar del ser que le falta, esto es, con el sujeto que le ama. De este modo, además de una relación de sujeto a objeto faltante, del sujeto amante con el objeto faltante y amado, el duelo, como amor, es en Lacan una relación de sujeto a sujeto y de objeto a sujeto y de faltante a faltante: una relación del sujeto amante, como aquello que falta y como objeto de deseo, relacionándose consigo mismo como con un otro, como con aquello a lo que le falta y como con aquello que le falta, como con el sujeto que le desea y al que le falta y como con el sujeto que le falta y al que ama.

         Lo que hace Lacan es desarrollar la idea elemental, ya barruntada por Freud, de que nada puede faltar sin que todo falte, sin que la totalidad falte, sin que falte la totalidad que es lo real. Tal fenómeno sólo puede resultar inteligible mediante una sencilla regla de reciprocidad, según la cual faltará como real todo aquello a lo que algo real falte. No hay aquí ningún equívoco: si nada puede faltar sin que todo falte, entonces, faltando todo cuando algo falta, faltará todo aquello a lo que algo falte. Siendo esto así, nos vemos precisados a reconocer, en función de la misma reciprocidad de la falta, que hay dos sujetos que se faltan recíprocamente y no sólo un objeto que le falta a un sujeto. De este modo, me faltará todo aquello a lo que yo falte y faltaré a todo aquello que me falte, no pudiendo ser aquello sino un sujeto que pueda experimentar como tal mi falta, un sujeto deseante de mí y amado por mí. Ahora bien, dicho sujeto, en virtud de la identificación que opera en el amor, no podrá ser otro que yo mismo. Yo soy el único sujeto. No puede haber otro sujeto que yo mismo en el mundo. Si hubiera otro, lo habría por ser amado, pero siendo amado no podría más que faltarme y no podría ser más que yo mismo, el yo mismo que me falta, el yo mismo al que falto, el yo mismo que lo es todo conmigo.

 

 

 

Conclusión

 

Lo que me falte a mí será eso a lo que yo le falte, pero lo que me falte y sufra no será más que lo que yo sea. Lo que falta es quien lo sufre. Mi ser es lo que falta en mí cuando sufro la falta de objeto. Yo soy a quien le falto y quien me falta. Yo soy lo que sufro y quien lo sufre. Yo soy todo esto, pero sufro, sufro de serlo sin que siga estando aquel o aquello mío, siempre mío, por quien lo soy o por el cual lo soy.

         Lo que duele no es la nada, sino el vacío, el vacío que llena la nada. Lo que sufre un sujeto no es la ausencia, sino el sujeto presente del que está impregnado el objeto ausente, lo mismo que el objeto que falta y del que está lleno el sujeto, el objeto que antes de ser lo que me falta era el ser al que yo le faltaba, el objeto que antes de faltar era mi ser con el que se relacionaba mi falta de ser. Falta el objeto sin el cual no hay sujeto. Falta el objeto que es sujeto.

         Lo que duela será el vacío y no la nada, tal vez el vacío de todo, pero no la nada. Lo que me duela será el vacío de afuera en el adentro y no la nada en el afuera. Lo que el sujeto sufra será un objeto que por ser el sujeto lo es todo, y que por ello, por ser un sujeto y un todo que no están ausentes, por ello debería estar presente. Lo que al sujeto le duela será este objeto-sujeto-todo, este objeto que debería estar presente, este objeto que falta y no la ausencia que si no es más que ausencia no es más que nada, la ausencia de un objeto que si no es más que objeto no es más que nada, la ausencia de un objeto que no es más que la nada de una nada, la nada de nada. Lo que suscite dolor y sufrimiento será el yo que se ha perdido y no lo que ha perdido el yo, lo que está llenando al yo y no lo que ha dejado ya de llenarlo, todo y no nada, uno mismo en el otro y el otro en uno mismo, pero no el otro ante uno mismo...

         Lo que me falta, siendo yo, no puede estar ausente, y es por eso que yo puedo sufrirlo. Yo soy lo que me falta. Yo soy el vacío que me duele. Así terminamos equiparando, por fin, el vacío y lo que falta, lo que duele y lo que sufro, lo que se duele y quien lo sufre. Sólo en tal extremo lacaniano, sólo allí, es válido equiparar el vacío que duele y el ser que falta en quien lo sufre.

         Si lo que me duele es un vacío, yo soy ese vacío. El vacío es el ser que falta y no solamente la falta de ser. El vacío es el ser que falta en el vacío, en un vacío que falta como ser en el vacío. El ser, para ser, deberá faltarse. El ser, para ser, deberá estar vacío, ser vacío. Pero entonces no será, él no será, y si él no es, por fuerza todo habrá dejado para él de ser.

         Quien sufre la falta es un ser que falta, un vacío, un vacío que le duele a lo que falta. Si lo que falta es quien lo sufre, el vacío que duele no puede sino dolerse a sí mismo. En el vacío no hay nadie a quien le duela el vacío. En la falta de ser no hay ser que sufra la falta, pues falta alguien que la sufra.

         Yo soy el vacío y soy asimismo lo que falta en el vacío. El vacío es así lo que falta en el vacío. La vida o el amor, como deseo del deseo, como falta de la falta, es tal vacío en el que falta el vacío.

         El vacío y lo que falta pueden equipararse uno al otro en el ser vacío que se falta, un ser en el que vemos confluir ser y no ser, deseo y amor, sufrimiento y dolor, sujeto y objeto, interior y exterior, alguien y nadie. Sin embargo, en su misma equiparación, como es suficientemente manifiesto, el vacío y lo que falta se han trocado, reduciéndose ambos al absurdo justo al empezar a equipararse uno a otro, en las dos caras de un mismo fenómeno contradictorio. Dos caras: la de todo y la de algo, la de nadie y la de alguien, la de nadie a quien le duela el vacío y la de alguien que sufre su falta de ser, la del vacío que deja lo que falta y la de lo que falta en el vacío, la de un vacío que se duele por ser lo que es y la de un ser que sufre por faltarse y no ser lo que es, la de un dolor que no precisa de nadie que lo soporte y la de un sufrimiento que necesita de alguien que lo sufra, la de un no ser del vacío en el ser del dolor y la de un ser del sufrimiento en el no ser de la falta. No es difícil darse cuenta de lo que significan estas dos caras. La de lo que falta es la de lo que falta en la totalidad. La del vacío es la del vacío que deja la totalidad que falta por lo que falta en ella. La primera, como privación, castración o frustración, es la cara descubierta de la falta posible ante la imposibilidad de una falta real de algo real. La segunda, en cambio, es la cara oculta de la posibilidad de la falta imposible, de la falta real de algo real, es decir, en Lacan, la posibilidad de lo real imposible ante la imposibilidad de lo no-real posible; en Freud y Abraham, la posibilidad de la melancolía ante la imposibilidad del duelo; en Jones, la posibilidad del asesinato ante la imposibilidad de la resignación; en Klein y Sharpe, la posibilidad de la verdad imposible ante la imposibilidad del engaño posible; y en general, en todos los freudianos, la posibilidad de la falta de todo ante la imposibilidad de la falta de algo, la posibilidad de nadie a quien le duela el vacío ante la imposibilidad de alguien que sufra lo que falta, la posibilidad de la muerte ante la imposibilidad de la vida, la posibilidad de lo imposible ante la imposibilidad de lo posible.

         En lo general y en lo particular, cabe representarse a todas las definiciones freudianas de lo que falta, pues, como aproximaciones sucesivas a la falta de ser en el amor, esta falta que se nos ha revelado al final, detrás de la simbolización de lo que falta, como una falta de todo en el vacío en el que hasta el vacío falta.

         Ahora bien, ¿cabe definir freudianamente la falta en tal disolución de las categorías freudianas de análisis? ¿No sería más sensato evitar cualquier alusión a lo freudiano? Pero esta sensatez, ¿no ignoraría insensatamente la tendencia intrínseca de las categorías freudianas a su propia disolución?

         He aquí, en cualquier caso, el último extremo, el de la falta de ser en el amor según el Lacan de 1963, al que nos pueden arrastrar, a partir de la falta de objeto en el duelo según el Freud de 1915, las definiciones freudianas de lo que falta en quien lo sufre.

 

 

 

 

 

 

 

REFERENCIAS

 

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_____.1956-57. «La relation d'objet», Le séminaire, livre IV, Paris, Seuil, 1994.

_____.1958. «La significación del falo», en Escritos. T. Segovia (trad.). México, Siglo XXI, 1989.

_____.1958-1959. «Le désir et son interprétation», Le séminaire, livre VI, inédito. Versión          taquimecanografiada proveniente de los archivos de la Ecole de la Cause Freudienne, Paris.

_____.1960. «Observación sobre el informe de Daniel Lagache», en Escritos. T. Segovia (trad.).          México, Siglo XXI, 1989.

_____.1960. «Posición del inconsciente», en Escritos. T. Segovia (trad.). México, Siglo XXI, 1989.

_____.1960. «Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina», en Escritos. T.          Segovia (trad.). México, Siglo XXI, 1989.

_____.1960. «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano», en          Escritos. T. Segovia (trad.). México, Siglo XXI, 1989.

_____.1960-1961. «Le transfert», Le séminaire, livre VIII, Paris, Seuil, 1991.

_____.1962-1963. «L'angoisse», Le séminaire, livre X, inédito. Versión taquimecanografiada          proveniente de los archivos de la Ecole de la Cause Freudienne, Paris.

Sharpe, E. 1944. «Quelques commentaires sur la théorie de la 'position dépressive' de Mme Klein»,       en Les controverses Anna Freud – Melanie Klein. L.E. Prado de Oliveira (trad.). Paris, PUF,          1996.



*La versión final del presente escrito ha sido enriquecida por las pertinentes observaciones de los Doctores Maria José Cantista -sobre la vida como deseo del deseo-, Adelio da Costa Melo -sobre la distinción entre la totalidad y loo simbolizado como ser y sobre el carácter no sustantivable de la nada-, Diogo Frederico Lemos Cerveira Alcoforado -en torno a la totalidad y el cuerpo de la madre-, José M. Costa Macedo -acerca del amor y el deseo en el duelo- y otros docentes e investigadores del Departamento de Filosofía en la Universidad de Oporto, así como por las profundas correcciones de Mariola López -que atañen a todos los asuntos de los que tratamos- y los interesantes comentarios -acerca del objeto a en el deseo- de Lilia Mahjoub, profesora de la Escuela de la Causa Freudiana de París.

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