-La Rosa y la Espada-


Autor: Jesús Fuster

 


En Brionne, Bretonia, hacia el año 1811 del calendario imperial.
Las incursiones llevadas a cabo por Skavens han ido aumentado paulatinamente a lo largo de los últimos tiempos. Hay quien se teme lo peor y hay quien desdeña a estos seres con cara de rata. Los aldeanos están aterrados. Muchos han muerto defendiendo sus casas y otros tantos han sido hechos prisioneros y esclavizados. Los caballeros y los señores no han dado abasto, y algunos empiezan a encomendarse a la Dama del Lago como última salida.

     Y en medio de este clima de guerra, el importante feudo de Sir Christian de Mansart. A tan sólo un día de marcha de Brionne. Se encontraban estos terrenos en un extenso valle verde salpicado por grandes cultivos de trigo y maíz. Los prados eran estupendos para la cría de todo tipo de ganado también. Al fondo hacia el este se podía divisar claramente un horizonte boscoso: el bosque reino de Athel Loren. Sobre una meseta situada en el centro de toda esta extensión se alzaba el Castillo de Mansart. Una fortificación muy castigada que se mantenía aún con el orgullo de su actual dueño.
     Primavera. La estación más bella en aquel paraje. El frescor de la hierba del prado. La cálida caricia de los vientos del sur trayendo sus semillas de vida. Las flores estallando en colores... Merecía la pena olvidarse de los peligros de aquellos tiempos para disfrutar de tan utópicas sensaciones. Eso al menos es lo que pensaba Rebeca de Mansart asomada al balcón de su habitación.
     Rebeca era la menor de tres hijas y la más agraciada. Su pelo era largo hasta la base de la espalda y solía recogerlo en una larga trenza envuelta en las más finas sedas y adornada con lazos. Era dorado y brillaba con más intensidad que el mayor de los tesoros. Sus ojos eran claros y cristalinos como un estanque en calma. Tenía los rasgos finos y tersos, y rebosaba delicadeza por todo su cuerpo. Rebeca era una doncella joven y bella a la que un exceso favoritismo en su educación había acentuado su presuntuosidad y altivez más de lo deseado. Una rosa con espinas venenosas, pero que todos gustarían de poder cuidar.
     Todas las semanas llegaba hasta el balcón de la dama un juglar a caballo llamado Paul, de nariz aguileña y cabello oscuro como una noche sin luna. Desgarbado, alto y de voz potente que aprovechaba para ensalzar sus canciones. Rebeca le esperaba asomada a su balcón divertida. Aunque no le prestaba atención al juglar, sí que disfrutaba con las canciones que éste le escribía. Paul alimentaba la hambrienta vanidad de la joven a costa de una ilusión sin futuro: poder alcanzarla algún día. Una empresa imposible por supuesto. Dentro de poco Sir Mansart la casaría con algún caballero que se hiciese merecedor de su mano y de su dote, un tercio del magnífico feudo de los Mansart. ¿En qué cabeza cabía que un pobre juglar...? Un sueño iluso, pero un sueño al fin.
     Durante unos momentos gloriosos, Paul endiosaba a su musa con sus versos. Con comparaciones tan bellas que hacían palidecer a la floreciente primavera. La inmortalizaba para envidia de todas las demás doncellas que habitaban el Castillo de Mansart. El juglar sentía flotar su alma durante esos instantes. El sueño sólo se interrumpía si aparecían en el patio los jóvenes caballeros noveles al servicio de Sir Christian de Mansart. Cabalgaban liderados por Osvald de Blaux, un apuesto y recio joven que hacía gala de lucir la mejor estampa del caballero bretoniano. Era para todos evidente que Osvald era el favorito para tomar la mano de Rebeca. Además de contar con la plena confianza de Sir Christian, la expresión de la muchacha cambiaba de súbito cuando el caballero estaba presente. Algo que no pasaba inadvertido al pobre Paul.
     Al margen de lo que pudiese ocurrir, el juglar concluía siempre su actuación lanzándole a la joven una rosa blanca que ésta aceptaba sin emoción, por mera cortesía y para acrecentar las envidias de las demás muchachas. Eran rosas blancas excepto por un pétalo exterior, que era de color negro. Unas flores que despertaban la curiosidad de todos los que las veían, pues dicho pétalo parecía tener esa coloración de forma natural, y no pintado como se pensaba fácilmente.
 
 

Al poco llegó una noche sin luna. Remolinos de aire juguetones sacudían violentamente las ramas de los árboles. Los animales en el establo pateaban inquietos y nerviosos. La guardia de las murallas percibió cierto olor nauseabundo momentos antes de que una explosión en mitad del patio de armas lanzase tierra y piedras en grandes cantidades y en todas direcciones. Del enorme agujero que quedó comenzaron a salir decenas de Skavens armados con espadas, lanzas y escudos.
     Se dio de inmediato la alarma y el pánico cundió en todo el Castillo de Mansart. Los primeros en hacer frente a las ratas de forma humanoide fueron la guardia de las murallas, pero no pudieron aguantar por mucho tiempo. Entonces saltaron al patio los caballeros espada en mano. El que más se había hecho con un escudo, pero ninguno había tenido tiempo para enfundarse en su armadura. Más hombres de armas acudieron en tropel a la defensa. A pesar de no poder ponerse su armadura, Sir Christian no renunció a luchar montado en su caballo de guerra, y de esta forma cruzó todo el patio de armas. Asestando golpes mortales con su espada él, y coceando y embistiendo indiscriminadamente su caballo. Pese a la bravura mostrada por los caballeros, los Skavens los superaban tres a uno, y teniendo en cuenta la pobre preparación de la guardia del castillo en comparación con la de los caballeros, la resistencia fue perdiendo intensidad en favor de los roedores.
     Todas las mujeres del castillo quedaban recluidas en la habitación más segura y alta de la torre mayor en casos de invasión como éste, donde no había posibilidad de huída. Una mínima guardia se hacía cargo de la torre. Algunas damas se encomendaban y rezaban a la Dama del Lago para que ésta les diese fuerzas y valentía a sus caballeros. Las más curiosas se acercaban a las estrechas ventanas para atisbar en lo posible el desarrollo de la contienda. Las que más caían desmayadas o en la histeria colectiva. Para la mayoría era la primera vez que la guerra entraba en su hogar. Rebeca estaba entre las pocas que se atrevían a mirar por la ventana, intentando identificar a Osvald. A su padre ya lo había localizado, ya que era el único a caballo. El patio de armas estaba encharcado con la sangre de los cadáveres de uno y otro bando. El pánico y el terror se fueron adueñando poco a poco de ella ante la posibilidad de verse cautiva de seres tan repugnantes. Los Skavens se acercaban cada vez más a las torres.
     Entonces, haces de luz comenzaron a surgir de los resquicios, las rendijas y las grietas del gran portón y el puente levadizo. La luz fue haciéndose cada vez más intensa. Algunos hombres y Skavens dejaron el combate por unos momentos aturdidos por el extraño suceso. Los más cobardes huyeron al interior del castillo o de vuelta al túnel. De repente la luz se apagó. Y de alguna forma mágica, el puente levadizo bajó con suavidad inusitada. De idéntica forma se alzó luego el rastrillo. Un gran sector seguía combatiendo en el patio. Los caballeros recobraron empuje pensando que aquella luz pudiese ser su Dama del Lago, que venía a ayudarles. En ese momento sin embargo, los caballeros fueron desbordados y un grupo de Skavens se dirigió a la toma de la torre mayor.
     Como una saeta, un caballero entró por el portón empuñando su lanza de caballería. Tras atravesar a cinco Skavens, desenvainó su espada y prosiguió con la matanza. Los colores de este caballero, tal y como mostraban su escudo y la barda de su caballo negro, eran el blanco y el negro de una flor de lis. La flor de lis lo identificaba como un caballero andante. Un caballero lanzado a la búsqueda del Grial. La aparición de este caballero produjo una desbandada entre gran parte del contingente Skaven, que pensó que aquel caballero era una aparición maligna. Los caballeros de Sir Mansart aprovecharon para contraatacar y nivelaron el combate a su favor.
     Mientras, fuera de la habitación de las damas se escuchaban rechinar de espadas, gritos ahogados, chillidos muy agudos y se iba notando el hedor de la muerte. El ruido se iba intensificando y acercando poco a poco. Los Skavens subían hacia ellas. Los últimos guardias que defendían la puerta cayeron muertos. Los incursores trataban ahora de forzar la puerta. Un hilo de sangre se coló por debajo de la puerta y avivó más aún el pánico que dominaba a las mujeres. Finalmente la puerta cedió con un estrépito y las gargantas no dejaron de gritar cuando tres Skavens aparecieron en la habitación con sus armas teñidas de rojo. Pero antes de que diesen un solo paso, una larga hoja apareció tras ellos y partió a uno de arriba hacia abajo, obligándolo a sentarse muerto. Los otros dos se giraron. Sin tiempo a reaccionar, el dueño de la espada entró también en la sala y con un potente golpe separó la cabeza del Skaven que quedaba a su derecha. El sobreviviente arremetió con miedo contra el misterioso caballero del escudo blanco con la flor de lis, pero la armadura absorbió el impacto sin problemas. El bretoniano se giró lentamente y empaló a su enemigo, salió de la habitación con el Skaven levantado por su espada y dejó que el cadáver rodase escaleras abajo hasta reunirse con una pequeña pila de estos grandes roedores reunida en un rellano. Luego volvió a asomarse por la puerta.
     -Ya ha pasado todo. Quédense aquí. Están a salvo -dijo una voz bajo el yelmo. Y se marchó.
     Todavía alteradas, las mujeres asintieron al unísono e intentaron recuperarse ayudándose las unas a las otras. Rebeca sacó fuerzas de flaqueza, consiguió controlar de nuevo sus temblorosas piernas y bajó las escaleras para entrar en su habitación y asomarse al balcón. Allí respiró hondo el aire de la noche y se dejó cautivar por su frío tacto. La impresión de los cadáveres de la escalera, el hedor proveniente del pasillo y del patio de armas y la tensión de aquella noche le habían marcado. A ella y a todos los habitantes del Castillo de Mansart. Fuera en el patio la batalla había concluido con la victoria de los bretonianos. Los hombres de armas y los caballeros recogían los cadáveres de sus compañeros caídos y auxiliaban a los heridos. Ya no buscaba a Osvald con la mirada. Ni siquiera se acordó de él, pudiendo ser uno de los que ya no volverían a ver la luz del día. Estaba impresionada por la hazaña del misterioso caballero andante. El salvador de Mansart. ¿Cómo se llamará? ¿De dónde será? ¿Cómo es? Ah, allí está... El caballero apareció en el patio junto a Sir Christian de Mansart. Rebeca no podía escuchar lo que hablaban porque además de haber mucha actividad en el patio, el caballero de la flor de lis no se había quitado el yelmo ni para hablar con el señor del castillo. Parecía y se imaginaba ella que estaría recibiendo las gracias y múltiples ofrecimientos de su padre. El caballero hacía gestos para mostrar su gratitud, pero montó a su caballo negro en disposición de dejar el castillo. ¡Maldita sea, se va! pensó furiosa de no poder gritar.
     Cuando parecía que el misterioso caballero andante iba a espolear a su caballo para desaparecer por el portón, tiró de las riendas para dar media vuelta y acercarse al balcón de Rebeca. Buscó algo en su silla de montar bajo la barda y alzó la cabeza. La joven se sintió incómoda. Sólo veía un yelmo sin expresión, frío y castigado por docenas de batallas. La armadura del caballero estaba igualmente mate, no lucía un brillo pomposo de exhibición. Arrojó con gracia y desdén algo que cayó en el balcón.
     -Aprended a mirar en el corazón de los caballeros antes que el lustre de su armadura -dijo el caballero.
     Rebeca sintió que unos ojos le atravesaban desde la oscuridad del yelmo. El caballero espoleó a su caballo y dejó el Castillo de Mansart para siempre. La joven recogió el objeto dejado por él. Era una flor. Una rosa blanca con un pétalo negro.
 
 

Desde entonces, el juglar Paul no volvió por Mansart. Y la rosa nunca se marchitó...

                                                                                            
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