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Gaillac,
Bretonia.
Primavera del año
2541 en el calendario imperial.
Las
campanas redoblan alegres sobre la placeta frente al monasterio de Gaillac.
Bandadas de palomas surcan los cielos de tan bello pueblo. Los árboles
y la vegetación silvestre salpican los rincones con multitud de
colores ardorosos. Los niños juegan con espadas de madera, cacerolas
en la cabeza, una sabana de color a modo de capa y un largo bastón
entre las piernas. Cada cual representando a algún héroe
o leyenda bretonianos. En el recodo cercano del río Draux las lavanderas
preparan los vestidos para la gran fiesta primaveral. Algunos mercaderes,
leñadores y sobre todo, los pastores, terminan de avivar el paisaje
de Gaillac.
Una encorvada figura
se adentró en la plaza procedente del río. Acompasaba su
lento caminar con un bastón. Sus ropajes no eran los de un campesino
o un vagabundo, pero tampoco relucían como los de los nobles. Lucía
pulcra incluso una barba grisacea. Aunque viejo, aquel personaje mostraba
una gallardía inusual en su forma de moverse. Con tal exquisitez
se sentó sobre el reborde de la fuente que presidía en el
centro de la plaza. La tropelía de niños se lanzó
sobre él como una horda de goblins.
-¡Es Jaspierre!
-¡Jaspierre!
-¡Eh, Jaspierre!
El anciano levantó
su largo brazo y como si hubiese lanzado un hechizo, los niños se
fueron frenando conforme llegaban a él y le cercaron sentándose
en el empedrado.
-¡Cuéntanos
una historia!
-¡Sí,
venga, Jaspierre!
-¡La del Caballero
Verde y el Enano Blanco!
-¡Una batalla!
-¡No, la del
Hada de Bretonia que convierte en sapo al mago elfo!
-¡La del Rey
contra los pieles verdes!
-¡O la de
Jehan aplastando aquellas ratas con forma de hombre!
-¡O... o...!
Un sonido grave
y harmónico detuvo la muchedumbre en seco.
-Niños, niños
-apaciguó calmadamente-. Dejad que os cuente una batalla que libró
nuestro señor Guillaume de Gaillac. Veamos...
Jaspierre levantó
la vista al infinito del gran azul buscando tiempo para reorganizar sus
ideas. Los niños no pudieron aguantar tranquilos ni un sólo
instante.
-¡Venga, cuenta!
-¡¿Contra
quién fue?!
-¡¿Qué
pasó?!
-Tranquilos, tranquilos
-sonrió-. Bien, no recuerdo muy bien cuándo sucedió
exactamente. Deben haber pasado casi treinta años. Por entonces
nuestro gran señor no era más que un jovenzuelo que acabase
de ser nombrado caballero por su padre. El único varón de
Guillaume El Bendecido, que...
-¿Por qué
le llamaban El Bendecido? -interrumpió un chico regordete al fondo.
-Pues... -Jaspierre
se sintió un poco molesto por la interrupción, pero ya estaba
acostumbrado-. Bueno, esa es otra historia que ya os contaré.
Jaspierre exageró
su gesto pensativo para demostrar lo mucho que le distraían las
impertinencias pueriles. Los pequeños captaron el mensaje.
-¿Por dónde
iba...? ¡Ah, sí! Guillaume tenía mucha prisa por ordenar
a su hijo caballero porque estaba falto de un buen general para sus tropas.
Un buen brazo derecho que se hiciera cargo de la administración
cuando él no estuviese. Al poco, Guillaume El Bendecido tuvo que
partir...
Jaspierre hizo una
pausa dramática que la juventud no iba a entender.
-¿Y qué
pasó?
-¿Sí,
que pasó?
-Cuenta, Jaspierre.
Jaspierre exhaló
paternalmente y bajó la voz para captar la atención de su
público más aún, como sólo los buenos narradores
saben hacer. Enarcó las cejas y se agachó como si fuese a
susurrarles algo al oido.
-Entonces aparecieron
los elfos.
-¿Los elfos
del bosque?
-Mi padre dice que
vio uno y que son muy delgados.
-Pero los elfos
del bosque son nuestros amigos.
-No, no lo son.
-Sí, me lo
ha dicho mi padre.
-Es mentira.
-Pues no, que vio
como hablaba con un árbol.
Una pelea se avecinaba.
Jaspierre les ignoró.
-Los elfos de Ulthuan
-continuó-. Parece ser que los elfos vinieron para comerciar por
las piedras preciosas que se encontraron hace mucho tiempo en nuestras
montañas. Y el joven Guillaume les recibió en su castillo.
»Nadie sabe
cómo sucedió porque lo que allí se dijo allí
se quedó, pero cuentan que el joven heredero no supo tratar con
los elfos. Sabed que los elfos son una raza altiva y orgullosa, y es casi
seguro que eso, sumado al ímpetu y un arrebato de juventud de nuestro
señor, provocaron el malentendido. Los elfos se fueron visiblemente
enfadados, mientras que Guillaume preparó a sus caballeros y reunió
a la milicia popular. Fuese por lo que fuese aquella disputa, se iba a
resolver por las armas.
Esta vez no hubo
interrupciones. Las bocas abiertas y los ojos exentos de parpadeo lo decían
todo.
-A la tarde siguiente,
los dos ejércitos se encontraron en el valle del Draux. Guillaume
mostraba un optimismo y una confianza envidiables. La milicia no podía
decir lo mismo, y menos aún cuando vieron aparecer por una colina
un lanzavirotes de repetición.
-¿Un lanzavirotes?
-¿Eso qué
es?
-¿Y qué
repite?
-¿Qué
es, Jaspierre?
-Es una de las más
mortíferas armas. Es como un gran arco montado sobre patas que puede
disparar varias veces seguidas enormes virotes capaces de atravesar a varios
hombres de una sola vez.
Jaspierre hizo un
alto para que los chavales intentasen imaginarse tal artefacto. La parada
se llenó de un coro de asombros.
-Junto a la máquina
infernal se situó una unidad de lanceros, y un poco más abajo
se divisaban ya unas espadas más altas que cualquiera de vosotros
-Jaspierre los abarcó extendiendo la mano-. Flanqueando a estos
elfos con grandes espadas había también un carruaje de guerra.
»Pero Guillaume
no se amedrentó en absoluto. Así que siguiendo los procedimientos
de todo caballero bretoniano que se precie, ordenó a sus caballeros
que bajaran de sus caballos para pedir el favor de la Dama del Lago.
-La Dama del Lago...
-¿Es verdad
esa historia?
-Uauh...
-¿Se le ve?
-¿Es tan
hermosa como dicen?
-¿Es un fantasma?
Ciertamente las
interrupciones de tan juvenil público hacían la historia
de Jaspierre menos dramática de lo que él hubiese querido,
pero no se les podía tachar de desinteresados, y ese entusiasmo
es el que alentaba a Jaspierre a continuar. Carcajeó y prosiguió.
-La verdad es que
he estado presente en dicha ceremonia varias veces y en ninguna he visto
nada ni a nadie. Lo que es más, se supone que la Dama del Lago protege
a sus caballeros de flechas, virotes y otros artefactos impíos;
y no sería la primera vez que haya visto a regimientos enteros morir
cocidos por un girocóptero enano, machacados por piezas de artillería
o ensartados por una de estas viles máquinas.
Jaspierre adquirió
un tono reflexivo en su relato.
-Llego a suponer,
pues, que dicho favor sólo se otorga en contadas ocasiones y a caballeros
a quien la misteriosa Dama les cae en gracia. Quizá sea entonces
cuando se aparece.
Verdaderamente Jaspierre
se perdió en divagaciones, pero su impaciente público pronto
lo rescató.
-¿Y qué
paso después?
-¿Sí,
qué pasó?
-¡Eh, sí!
Disculpad. La milicia popular se puso muy nerviosa porque parecía
que los caballeros iban a esperar a su Dama para siempre. Sobre todo los
escuderos, que veían como unos jinetes elfos armados con lanzas
se avalanzaban sobre ellos. Antes de que los caballeros hubiesen montado
sus caballos, los pocos escuderos sobrevivientes ya huían al galope.
Pero fue inútil, los elfos les dieron caza uno por uno. Asustados
por aquel ataque relámpago, una unidad cercana de arqueros decidió
que aquel lugar no era el suyo. Y dos pegasos que la hechicera Andrea de
Quenelles trajo consigo también huyeron despavoridos, quizás
porque se hayase su ama al otro lado del campo de batalla.
»Ignorando
a sus plebeyos con sumo desdén, Guillaume ordenó a sus caballeros
que marchasen adelante. Dos unidades de lanceros les flanqueaban y una
unidad de arqueros cubría desde la retaguardia. Los caballeros de
Guillaume fueron incrementando el galope hasta sonar como un terremoto
en la lejanía. Bajaron sus lanzas y cargaron bravamente contra los
elfos de las espadas grandes. Nuestros valerosos caballeros crearon tal
desconcierto en las filas elfas que éstos salieron huyendo. Pero
Guillaume demostró entonces que había heredado las dotes
militares de su padre. Ordenó a su unidad que se mantuviese en su
posición. Recuerdo como el caballero más veterano se atrevió
a cuestionar las órdenes de nuestro señor. Guillaume le lanzó
entonces una mirada que hubiese congelado al mismísimo Rey de los
elfos oscuros, y le mandó al final de la formación como castigo.
La joven audiencia
hizo claros gestos de comprender lo duro de aquel castigo para un caballero
en plena batalla. Jaspierre se conmovió un poco por aquella reacción.
-Mientras tanto,
los caballeros elfos que habían dado muerte a nuestros escuderos
se lanzaron cobardemente a la retaguardia de la única unidad de
arqueros que quedaba. Por si fuera poco, una gigantesca águila descendió
del cielo y arremetió también en picado sobre ellos.
Jaspierre ahogó
un amargo suspiro.
-Los arqueros corrieron
por sus vidas y... Aquella bestia... Aquel pájaro dio caza a los
arqueros como si picoteara gusanos. La última visión que
tengo de aquello es de aquella mostruosidad desmembrando al último
de ellos.
Jaspierre se dio cuenta de que el terror
se había adueñado de los chicos e intentó arreglarlo
con una sonrisa y esforzándose en censurar algunos pasajes.
-Entonces... Entonces,
el carruaje de guerra de los elfos inició la carga contra los caballeros.
La hechicera Andrea -que entonces no era más que una recién
iniciada- conjuró entre sus manos una gran bola de fuego cegador.
Y como la flecha deja el arco la lanzó contra aquel artefacto.
Jaspierre hizo una
mueca torciendo la boca.
-Pero los elfos
tenían un mago oculto entre las filas de los lanceros, y con un
soplo de viento helado apagó la bola de fuego de Andrea.
-¿Entonces
el carruaje mató a los caballeros?
-¿Qué
pasó?
-¿Chocó?
-¿No le pasó
nada a Andrea?
-No, a Andrea no
le sucedio nada. Y sí, el carro chocó contra los caballeros.
Pero de algún modo inexplicable, no consiguió siquiera rozar
las bardas de los caballos de guerra.
-¡Eso fue
la Dama del Lago!
-¡Sí,
la Dama cegó a los elfos!
-¡No, la Dama
encantó a los caballos para que frenasen!
-¡Qué
va! ¡Fueron los caballeros, que los asustaron!
-¡Pues no!
-¡Pues sí!
-¡Pues sí,
que mi padre me lo ha dicho a mí!
-Niños, por
favor. No lo sé. Nadie sabe con certeza lo que sucedió. Pudo
ser la Dama o pudo ser el mando de Guillaume. El caso es que aquella máquina
de destrucción no pudo hacer su trabajo. Así que también
se batió en retirada.
Los zagales corearon
vítores como si estuviesen en un espectáculo de malabaristas.
-En un último
esfuerzo, el lanzavirotes de repetición, que no había cesado
de crear bajas en los hombres de armas de Artois, lanzó una andanada
de muerte total. Casi la mitad de la unidad al mando de Jehan de Quenelles,
nuestro gran héroe, pereció. No acostumbrados a tan terrorífica
visión, los milicianos echaron a correr despavoridos.
»Pero Guillaume
no se inmutó siquiera, y concentró su atención en
los lanceros que se le echaban encima ladera abajo. Con la misma facilidad
de antes, los caballeros aguantaron la acometida sin problemas y rechazaron
a los elfos. Siendo el último obstáculo a la victoria, los
caballeros decidieron lanzarse a la carrera tras ellos y les dieron muerte.
Con el anochecer cayendo sobre sus cabezas, los elfos supervivientes se
retiraron y no se ha vuelto saber por aquí de ellos nunca más.
Con algo de dificultad y una pierna dormida,
Jaspierre se levantó sonriente y satisfecho con su público.
-Y así es
como Guillaume consiguió su primer triunfo.
Los chiquillos estallaron
en alabanzas a Guillaume, los caballeros y el propio Jaspierre. El viejo
narrador no pudo reprimir una gran carcajada por el patriotismo que demostraban.
Pero puntualizó:
-Pero cuando llegó
su padre...
-¡Hizo una
fiesta!
-¡Le regaló
su espada!
-¡No, un caballo!
-¿Qué,
qué?
-Cuando el gran
Guillaume el Bendecido volvió de su campaña contra los orcos
se enfadó con su hijo.
Los niños
se mostraron muy contrariados.
-¡Pero si
ganó!
-¡Fue el mejor!
-¡¿Pero
no ganó a los elfos?!
-El gran Guillaume
estaba orgulloso de que su hijo se hubiese valido por sí solo en
una batalla contra tan hábil adversario, pero le reprochó
por no haber sido mejor diplomático. Si no se hubiesen enfadado
los elfos la batalla no habría tenido lugar y muchos hombres y campesinos
padres de familia no hubiesen tenido que morir.
Aquel pensamiento
era demasiado serio y trascendental para unas mentes jóvenes, imbuídas
en leyendas patrióticas y mundos de caballeros invencibles. Jaspierre
se dio cuenta y sonrió afablemente una vez más.
-Tengo que irme.
Ha sido un placer, jóvenes.
Y dando media vuelta,
desapareció por donde vino, dejando a la audiencia jugando de nuevo
a ser caballeros. O más bien, peleándose por ser Guillaume,
el héroe del día. |