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La colina resplandecía debido a los
rayos... la fuerte lluvia inundaba la reseca tierra... los truenos hacían
retumbar toda la pradera, y el cielo se resquebrajaba debido a la furia
de los elementos.
Volfgan
admiraba el paisaje. Miles de esqueletos, con sus miradas frías
y su repiquetear de huesos avanzaban lentamente a lo largo de un amplio
frente. El silencio antinatural de sus tropas contrastaba fuertemente con
el ensordecedor rugido del viento... Ni una orden, ni una exclamación,
sólo el entrechocar de escudos y lanzas, y el torpe andar de cien
mil pies huesudos chocando contra el frío suelo...
El oscuro Nigromante
dominaba desde la colina todo el valle.
Unas pequeñas
luces eran lo único que indicaba que Endburgo estaba a tan sólo
una milla de distancia. Pero las defensas empezarían mucho antes...
Como en respuesta
a ello, un sonido fuerte, sordo y vibrante resonó en la explanada.
Inmediatamente una explosión abrióun
enorme boquete en el suelo. Una docena de esqueletos inundaron el cielo
con sus restos.
Ni una exclamación,
ni un grito de angustia, nada...sólo el continuo avance...
-¡Umm, así
que mis queridos camaradas me reciben con los brazos abiertos!.....
El hechicero entornó
los ojos, y de sus labios comenzaron a brotar antiguas palabras prohibidas:
Vosotros
que vivís en la oscuridad, responded a mis plegarias...
Vosotros
que burláis a la muerte , acudid a mi llamada...
Yo os lo ordeno...
Unas formas vagamente humanas, casi transparentes,se
materializaron delante de él. Flotando sobre el suelo, sus ojos
rojos se clavaron en el nigromante...
-Hemos respondido
a tu llamada, hechicero...-sisearon.
Por primera vez,
desde hacía mucho tiempo, Volfgan volvió a tener miedo...
Con un ademán
, señaló a Endburgo con su delgada mano.
Sin rechistar los
seres se alejaron flotando sobre su ejercito...
Volfgan estudió
rápidamente la situación. Su ejército era demasiado
lento para cruzar la explanada a tiempo por lo que silenciar a los cañones
era vital para sus planes.
Endburgo era conocida
por su excelente biblioteca, donde grandes hechiceros de todo el Imperio
alguna vez habían estudiado sus libros... El Imperium Necrofium,
ese era el libro que el oscuro mago anhelaba, un volumen prohibido hacia
mas de doscientos años, y que se guardaba bajo llave en los profundos
sótanos de la biblioteca... debido a los malignos secretos que encerrabansus
paginas.
Debíaser
suyo...
Una nueva explosión
saco bruscamente al nigromante de sus pensamientos...
-¡Capitán,
ordena a tus hombres que bordeen la arboleda con sus pesadillas!.
Un señor
tumulario, muerto hacía demasiado tiempo para recordarlo, miró
atentamente al nigromante. Ataviado con una enorme armadura, tan oxidada
y herrumbrosa como su espada, comandaba un regimiento de esqueletos, fuertemente
pertrechados...
Con un ligero movimiento
de cabeza, el esqueleto asintió alas
ordenes de Volfgan.
Sin mediar palabra
, sin rechistar , nada...
Rápidamente,
sus tropas se internaron en la arboleda , desapareciendo de su vista...
-Bien, es hora de
que esos malditos desagradecidos conozcan el valor de la traición...
Entornando una vez
mas sus párpados, el hechicero volvió a sentir la energía
recorriéndole sus extremidades...
-¡Aquellos que una vez caminasteis,
aquellos que una vez tuvisteis vigor, aquellos que engañáis
a la muerte, avanzad, avanzad y volved a ser lo que erais!...
Increíblemente,
la horda de muerte, pareció recobrar las fuerzas. Tendones corroídos
y carne muerta imprimieron una inusitada velocidad una vez mas a los gastadoshuesos...
Como si otra vez
estuviesen vivos, los esqueletos avanzaron rápidamente a través
de la llanura. Los zombis anduvieron erguidos otra vez y todo el ejercito
recorrió mas de la mitad del espacio que les quedaba hasta las fortificaciones
en poco tiempo...
Una enorme nube
de murciélagos nubló nuevamente el cielo, volando rápidamente
hacia Endburgo. Los planes de Volfgangse
estaban cumpliendo a la perfección... Los cañones imperiales
habían sido silenciados , y los enjambres de murciélagos
, prontamente se encargarían de los destacamentos de fusileros apostados
en las pétreas defensas de Endgurgo. Además, la superioridad
numérica que le otorgaba el saqueo de varios túmulos élficos
esperaba que fuese suficiente para vencer a las testarudas tropas imperiales...
-¡Apuntad
bien, ahorrad munición! ¡Tranquilosmuchachos,
saldremos de esta!
A Hans la tranquilidad
de su capitán casi le parecía mas aterradora que lo que se
le venía encima. Las vistas desde la muralla norte no eran nada
tranquilizadoras...
El ejercito no-muerto
se encontraba ya demasiado cercapara
que los morteros actuasen, y los fusileros de Reginburg se habían
visto sorprendidos súbitamente desde el cielo por una enorme cantidad
de murciélagos,aparecidos
de dios sabe dónde...
Jehof, el capitán
de los lanceros de Enburgo gritaba órdenes desde la muralla, aguantando
impasible a descubierto mientras una lluvia de flechas silbaba a su alrededor.
-¡Maldita
sea Hans!, ¡despierta!,¡¡¿qué haces ahí
mirando al capitán?!!, ¡muévete!, ¡el reducto
del ala norte ha caído, no se qué demonios ha sido lo que
lo ha reventado, pero nos ordenan movilizarnos!!...
Volfgan sonrió,
la verdad es que su báculo, una vez más, le había
sido extremadamente útil, claro está , no menos que el hechizo
de “La negra mano de la muerte” que contenía, haciendo saltar las
murallas en pedazos con suma facilidad. Sí, la verdad es que era
un hechizo muy útil... Se lo había arrebatado a su moribundo
maestro, hacía no sé cuánto tiempo, y desde luego
¡su efectividad era desde luego manifiesta!...
-¡Fuego!,
¡segundo destacamento!, ¡fuego!, ¡fuego a discreción!
Jehof miró
por encima de la muralla. La enorme brecha en la piedra era demasiado grande
para ser taponada, y la horda no-muerta estaba ya encima. Sólo quedaba
una cosa por hacer...
-¡Lanceros,
bajad, ¡al patio!, ¡allí resistiremos!
Improvisadas barricadas
fueron construidas con los bancos de la capilla, sillas y sacos apilados
precipitadamente, y casi cualquier hombre en condiciones se preparaba para
la lucha.
-¡No nos va
a dar tiempo!
El
capitán se abstrajo del fragor de la batalla durante demasiados
latidos de su corazón; ni los gritos de angustia de los heridos
ni eldolor de sus cansados músculos
consiguieron distraer al curtido soldado de lo que andaba buscando. Oteando
el horizonte, a través de la pesada lluvia, intentó estudiar
la situación...
-Maldito Nigromante...
¿dónde te escondes? -pensó...
De repente, un rayo
iluminó la noche. El rayo más grande que Jehof había
visto en su vida inundó la explanada con su luz, como si de día
se hubiese hecho.
-¡Sí!
, ¡allí!, ¡en aquella colina! , ¡ese sería
el lugar perfecto! -gritó a la lluvia...
-¡Covalski!,
¡viejo Kislevita!, ¡apunta tu mortero hacia el este, hacia
aquella colina!.
El viejo ingeniero
tenia un aspecto deprimente. Su cuerpo enjuto, su piel ennegrecida por
la pólvora, y su extraña pata de palo contrastaban con sus
refulgentes ojos. Fríos como el mismísimo hielo eterno de
Kislev, le daban la fuerza necesaria para arrastrar a su desgarbado cuerpo,
a lo largo de la batería de cañones, inspirando una firmeza
y tranquilidad extraña, para un viejo de su edad...
-¡Sí,
mi capitán! ¡Le he entendido!
-¡David!,
¡carga al gran mortero!
-Maese, ¿estáis
seguro?, recordad el accidente de vuestra pierna...
-¡Maldito
crío!, ¡te voy a despedazar en cachitos, y te voy a usar como
metralla! ¡No me discutas!.
-¡Jeremías!,
¡deriva tres!, ¡he dicho deriva tres!.
-¡Cargad los
barriles de pólvora roja! ¡Moveos bastardos, ¿o queréis
que yo mismo lo haga todo?! ¡Os usaré de diana si no os movéis,
panda de orcos!
-¡David! ,
¡¿dónde diablos estás?! ¡Maldito Mariemburgués!
La mecha se consumió
y con ello el gran mortero disparo...
Hombres curtidos
en cien mil batallas tuvieron pánico, hombres de fe elevaron plegarias
a Sigmar, y todos y cada uno de ellos tembló sintiendo como cada
órgano de suscuerpos temblaban
y sus tímpanos parecían estallar...
Las
devastadoras ondas de choque retumbaron a lo largo de todo el patio de
armas. La mayoría de los cristales de las ventanas estallaron en
mil pedazos, y la cristalera de la iglesia no soporto el estrépito.
El enorme proyectil rasgó el oscuro cielo, dejando tras de sí
un enorme eco, audible desde varias leguas de distancia. Impactando certeramente
en su objetivo, el mortero hizo su trabajo. El enorme boquete que hizo
la explosión fue lo suficientemente grande para que tres carretas
de bueyes cupiesen en su interior.
Como
esperando el resultado, Jehof observó a la horda No-muerta. Durante
unos interminables segundos, ésta se detuvo, incluso algunos zombis
cayeron al suelo, y unos cuantos esqueletos se deshicieron en polvo, pero
esto no bastó. Los incontables regimientos prosiguieron su penoso
avance a lo largo de la carretera que desembocaba en la fortaleza.
Apenas
doscientos metros separaban ya a ambos ejércitos.
Jehof
se abandonó por unos instantes a sus pensamientos. La lluvia le
golpeaba la cara, y el viento le helaba los huesos, pero mirando al cielo,
entornó los ojos...
-Mi familia, allá
en Talabhein, mis compañeros caídos... tranquilos, pronto
mereuniré con vosotros...
–susurró.
De repente, una
gran paz interior le envolvió. Todo hombre que sabe queva
a morir la experimenta. Ese tipo de paz sólo se siente una vez en
la vida... Un rayo de luz abrió la mañana. Un tenue calor
bañó al cansado rostro de Jehof, sintiendo como su alma también
era bañada por un candor especial. Volvió a abrir los ojos.
La lluvia que no había cesado en toda la noche, ya no le resultaba
tan molesta, ni fría con el nuevo amanecer. Un precioso arco irisadornó
las primeras luces de la mañana. El capitán observo a sus
tropas. La mayoría muchachos sin la mayoría de edad, reflejaban
en sus rostros la agonía de la muerte, y el miedo visceral que representa
el enfrentarse a lo desconocido, a lo que no tiene porque existir, a lo
que en definitiva incumple las leyes de la naturaleza, los No-muertos...
-Soldados, escuchad,
demostremos de que pasta están hechos los Endburgueses, demostrémosle
al mundo por qué en los años venideros hablarán de
nosotros.
-¡Por el Emperador!,
¡por Sigmar!, ¡muramos con honor!
Algunos hombres,
lloraron, la mayoría grito al unísono. Pero todos apretaron
filas y soportaron juntos la embestida de la maligna horda que se les echaba
encima. Esqueletos, armados toscamente con armas oxidadas y escudos carcomidos
cargaron contra las filas Imperiales.
Desde un primer
momento, la presión a la que fueron sometidos las unidades endburguesas
fue inhumana. Superados en número, y rodeados por todas partes,
la batalla estaba decidida antes de empezar...
Valientemente, los
humanos, presentaron una resistencia feroz, la única que se puede
dar cuando sabes que tu muerte esta cercana... Lanzas y alabardas contra
espadas y escudos, sangre contra huesos, acero contra óxido, sudor
contra magia negra, valor y desesperación contra muerte. Estocadas
se intercambiaban con crujir de huesos y heridas mortales. El gritar de
los heridos era rápidamente acallado por la marea de zombis y tropas
oscuras, sin heridos, sólo muertos, para poder así engrosar
sus filas. Compañeros morían juntos para pelear después
entre sí, unos vivos y otros muertos, en una pesadilla dantesca,
donde la realidad se mezclaba con el mismísimo infierno.
-¡Por Sigmar!,
¡agrupaos! ¡Espalda con espalda!
-¡Mi capitán,
son demasiados! -gritó el angustiado fusilero...
-¡No desesperes,
Daniel Verkoever! ¡Tu mujer y tú veréis nacer a tu
hijo! ¡Te lo juro! -contestó el curtido soldado.
-¡Capitán!,
¡capitán!, ¡no podemos con ellos! ¡Estamos condenados!
-¡Jehof!,
¡socorro!...
-¡Maldición!,
¡aguantad!, ¡un poco más!, ¡sólo un poco
más! ¡Tenemos que darles tiempo!
-¡¿Pero
a quién?!, ¡mi capitán!, ¿a quién? ¡Maldito
seas tú y tu tiempo!...
De repente el aire
cambió, cierta humedadempezó
a notarse en el ambiente... La horda no-muerta, se detuvo bruscamente,
sintiendo el repentino cambio. Ni un sólo esqueleto levanto su arma...
Los pocos hombres que quedaban en pie agradecieron a Sigmar la pequeña
pausa , a la vez que dirigieron sus miradas a su capitán tan extrañados
si cabe, como sus propios enemigos ante el vuelco de la situación...
El pequeño alabardero, Hans, se acercó a su herido capitán.
-¿Señor?...
¿Me oís?
Aquel muchacho,
en los sucesivo, jamás olvidaría el rostro de aquel curtido
soldado, cubierto por las lagrimas...
-Señor, ¿por
qué lloráis?
-Mi valiente Hans,
de felicidad, lloro de felicidad...
-¿Cómo?
-Calla, pequeño,
calla y escucha...
A Hans le dio un
vuelco el corazón ¡Sí, era verdad!, como un susurro,
un pequeño coro devoces melodiosas
se empezaron a oír, iguales a las que escuchaba de pequeño
en la iglesia cuando iba los domingos con su madre, pero de un marcado
acento femenino. Poco a poco su volumen fue en aumento. La mayoría
de los Endburgueses podían oírlas, y los escasos soldados
que quedaban en pie arremetieron feroces contra el enemigo. El volumen
aumentó, los esqueletos, cargaron una vez más contra las
posiciones imperiales, casi intuyendo que no les quedaba tiempo...
Pero era ya, demasiado
tarde...
El coro de voces
poco a poco se fue apagando, y este cambió por un retumbar lejano
al principio, que fue aumentando progresivamente en un atronador sonido.
Jehof sintió como el suelo comenzaba a temblar...
-Ya han llegado...
Gracias, mi señora, gracias...
De la niebla surgieron
cegadores destellos...
Inesperadamente,
la niebla fue rasgada por cientos de caballeros montados en gigantescos
caballos de guerra, mucho más grandes que los que usan los caballeros
de la Reiksguard. Sus yelmos coronados con increíbles adornos, no
hacían mas que resaltar el aspecto magnifico de aquellos extraños
jinetes, mezcla de leyenda y misterio en aquellas tierras apartadas del
Imperio.Hans observó sus
magnificas heráldicas y no menos dejó de sorprenderse al
observar los trabajados pendones que lucían en las aceradas lanzas
de caballería.
Sin una orden, sin
ningún titubeo, los caballeros, cargaron contra el ejercito No-muerto.
El impacto fue tremendo.
Línea tras líneafue
aplastada por el ímpetu de aquellos caballeros, casi como cuando
un niño juega con las hojas secas en otoño. En una única
y aterradora carga, el ejército maligno había sido destruido
casi por completo, y los escasos restos de los regimientos de esqueletos
se convertían en polvo o se pudrían al sol de la mañana...
Un
caballero se adelantó hasta la posición que ocupaba Jehof,
justo en el centro del patio del ahora, derruido castillo...Lentamente
condujo su caballo en medio de la confusa amalgama de soldados arremolinados
alrededor de él. Para aquellos Endburgueses la visión de
un caballero así casi les inspiraba más miedo que otra cosa.
-¡Maldito
bastardo! –gritó Jehof con una sonrisa enorme- ¿a qué
esperabas? Un poco más y no hubiese hecho falta que vinieses!
La gente a su alrededor
se asusto un poco al oír aquellas palabras. ¿Se enojaría
el caballero?
Lentamente, éste,
echó mano a una bolsa que colgaba de su silla de montar. De ella
sacó una cabeza humana que arrojó a los pies de Jehof. Y
entonces hablo...
-¿Es
esto lo que buscabas?
Su voz a través
del yelmo sonó grave, pero cálida y amigable.
Jehof recogió
la caída cabeza del Nigromante y la levantó en alto, para
que todos la pudieran observar. Mil vítores sonaron a lo largo y
ancho de Endburgo. La gente aliviada volvió a sonreír y a
elevar plegarias en agradecimiento a Sigmar y al emperador... Una vez más,
el capitán de los lanceros dirigió la mirada al caballero.
-¡Maldito
hijo de Skaven! . ¡Como siempre la gloria para ti! ¡Bendito
seas! , ¡no me negaras que me debéis una buena jarra de vino!
El caballero, lentamente
se quitó el yelmo, tan grácilmente, como si toda la vida
lo hubiese llevado puesto. Aquel rostro, de un hombre de unos treinta y
cinco años aproximadamente irradiaba un aura bondadosa. De piel
clara y pelo castaño, lucía una cerrada barba que le confería
un aspecto noble.
-Jehof, primo mío,
¡cuidad vuestro lenguaje, recordad que estáis ante un caballero
de Bretonia! -increpó amigablemente el caballero.
-Está bien,
Tancred, está bien, ¿qué me decís de esa jarra
de vino?
Los dos hombres
se abrazaron y comenzaron a reír a carcajada limpia. Y desde hacia
mucho tiempo, Jehof volvió a sentirse feliz. |