-Endburgo-


Autor: Eugenio Fernández

 


    La colina resplandecía debido a los rayos... la fuerte lluvia inundaba la reseca tierra... los truenos hacían retumbar toda la pradera, y el cielo se resquebrajaba debido a la furia de los elementos.
Volfgan admiraba el paisaje. Miles de esqueletos, con sus miradas frías y su repiquetear de huesos avanzaban lentamente a lo largo de un amplio frente. El silencio antinatural de sus tropas contrastaba fuertemente con el ensordecedor rugido del viento... Ni una orden, ni una exclamación, sólo el entrechocar de escudos y lanzas, y el torpe andar de cien mil pies huesudos chocando contra el frío suelo...
     El oscuro Nigromante dominaba desde la colina todo el valle.
     Unas pequeñas luces eran lo único que indicaba que Endburgo estaba a tan sólo una milla de distancia. Pero las defensas empezarían mucho antes...
     Como en respuesta a ello, un sonido fuerte, sordo y vibrante resonó en la explanada. Inmediatamente una explosión abrióun enorme boquete en el suelo. Una docena de esqueletos inundaron el cielo con sus restos.
     Ni una exclamación, ni un grito de angustia, nada...sólo el continuo avance...
     -¡Umm, así que mis queridos camaradas me reciben con los brazos abiertos!.....
     El hechicero entornó los ojos, y de sus labios comenzaron a brotar antiguas palabras prohibidas: 

Vosotros que vivís en la oscuridad, responded a mis plegarias...
Vosotros que burláis a la muerte , acudid a mi llamada...
Yo os lo ordeno...

     Unas formas vagamente humanas, casi transparentes,se materializaron delante de él. Flotando sobre el suelo, sus ojos rojos se clavaron en el nigromante...
     -Hemos respondido a tu llamada, hechicero...-sisearon.
     Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, Volfgan volvió a tener miedo...
     Con un ademán , señaló a Endburgo con su delgada mano.
     Sin rechistar los seres se alejaron flotando sobre su ejercito...
     Volfgan estudió rápidamente la situación. Su ejército era demasiado lento para cruzar la explanada a tiempo por lo que silenciar a los cañones era vital para sus planes.
     Endburgo era conocida por su excelente biblioteca, donde grandes hechiceros de todo el Imperio alguna vez habían estudiado sus libros... El Imperium Necrofium, ese era el libro que el oscuro mago anhelaba, un volumen prohibido hacia mas de doscientos años, y que se guardaba bajo llave en los profundos sótanos de la biblioteca... debido a los malignos secretos que encerrabansus paginas.
     Debíaser suyo...
     Una nueva explosión saco bruscamente al nigromante de sus pensamientos...
     -¡Capitán, ordena a tus hombres que bordeen la arboleda con sus pesadillas!.
     Un señor tumulario, muerto hacía demasiado tiempo para recordarlo, miró atentamente al nigromante. Ataviado con una enorme armadura, tan oxidada y herrumbrosa como su espada, comandaba un regimiento de esqueletos, fuertemente pertrechados...
     Con un ligero movimiento de cabeza, el esqueleto asintió alas ordenes de Volfgan.
     Sin mediar palabra , sin rechistar , nada...
     Rápidamente, sus tropas se internaron en la arboleda , desapareciendo de su vista...
     -Bien, es hora de que esos malditos desagradecidos conozcan el valor de la traición...
     Entornando una vez mas sus párpados, el hechicero volvió a sentir la energía recorriéndole sus extremidades...
-¡Aquellos que una vez caminasteis, aquellos que una vez tuvisteis vigor, aquellos que engañáis a la muerte, avanzad, avanzad y volved a ser lo que erais!...
Increíblemente, la horda de muerte, pareció recobrar las fuerzas. Tendones corroídos y carne muerta imprimieron una inusitada velocidad una vez mas a los gastadoshuesos...
     Como si otra vez estuviesen vivos, los esqueletos avanzaron rápidamente a través de la llanura. Los zombis anduvieron erguidos otra vez y todo el ejercito recorrió mas de la mitad del espacio que les quedaba hasta las fortificaciones en poco tiempo...
     Una enorme nube de murciélagos nubló nuevamente el cielo, volando rápidamente hacia Endburgo. Los planes de Volfgangse estaban cumpliendo a la perfección... Los cañones imperiales habían sido silenciados , y los enjambres de murciélagos , prontamente se encargarían de los destacamentos de fusileros apostados en las pétreas defensas de Endgurgo. Además, la superioridad numérica que le otorgaba el saqueo de varios túmulos élficos esperaba que fuese suficiente para vencer a las testarudas tropas imperiales...
     -¡Apuntad bien, ahorrad munición! ¡Tranquilosmuchachos, saldremos de esta!
     A Hans la tranquilidad de su capitán casi le parecía mas aterradora que lo que se le venía encima. Las vistas desde la muralla norte no eran nada tranquilizadoras...
     El ejercito no-muerto se encontraba ya demasiado cercapara que los morteros actuasen, y los fusileros de Reginburg se habían visto sorprendidos súbitamente desde el cielo por una enorme cantidad de murciélagos,aparecidos de dios sabe dónde...
     Jehof, el capitán de los lanceros de Enburgo gritaba órdenes desde la muralla, aguantando impasible a descubierto mientras una lluvia de flechas silbaba a su alrededor.
     -¡Maldita sea Hans!, ¡despierta!,¡¡¿qué haces ahí mirando al capitán?!!, ¡muévete!, ¡el reducto del ala norte ha caído, no se qué demonios ha sido lo que lo ha reventado, pero nos ordenan movilizarnos!!...
     Volfgan sonrió, la verdad es que su báculo, una vez más, le había sido extremadamente útil, claro está , no menos que el hechizo de “La negra mano de la muerte” que contenía, haciendo saltar las murallas en pedazos con suma facilidad. Sí, la verdad es que era un hechizo muy útil... Se lo había arrebatado a su moribundo maestro, hacía no sé cuánto tiempo, y desde luego ¡su efectividad era desde luego manifiesta!...
     -¡Fuego!, ¡segundo destacamento!, ¡fuego!, ¡fuego a discreción!
     Jehof miró por encima de la muralla. La enorme brecha en la piedra era demasiado grande para ser taponada, y la horda no-muerta estaba ya encima. Sólo quedaba una cosa por hacer...
     -¡Lanceros, bajad, ¡al patio!, ¡allí resistiremos!
     Improvisadas barricadas fueron construidas con los bancos de la capilla, sillas y sacos apilados precipitadamente, y casi cualquier hombre en condiciones se preparaba para la lucha. 
     -¡No nos va a dar tiempo!
El capitán se abstrajo del fragor de la batalla durante demasiados latidos de su corazón; ni los gritos de angustia de los heridos ni eldolor de sus cansados músculos consiguieron distraer al curtido soldado de lo que andaba buscando. Oteando el horizonte, a través de la pesada lluvia, intentó estudiar la situación...
     -Maldito Nigromante... ¿dónde te escondes? -pensó...
     De repente, un rayo iluminó la noche. El rayo más grande que Jehof había visto en su vida inundó la explanada con su luz, como si de día se hubiese hecho.
     -¡Sí! , ¡allí!, ¡en aquella colina! , ¡ese sería el lugar perfecto! -gritó a la lluvia...
     -¡Covalski!, ¡viejo Kislevita!, ¡apunta tu mortero hacia el este, hacia aquella colina!.
     El viejo ingeniero tenia un aspecto deprimente. Su cuerpo enjuto, su piel ennegrecida por la pólvora, y su extraña pata de palo contrastaban con sus refulgentes ojos. Fríos como el mismísimo hielo eterno de Kislev, le daban la fuerza necesaria para arrastrar a su desgarbado cuerpo, a lo largo de la batería de cañones, inspirando una firmeza y tranquilidad extraña, para un viejo de su edad...
     -¡Sí, mi capitán! ¡Le he entendido!
     -¡David!, ¡carga al gran mortero!
     -Maese, ¿estáis seguro?, recordad el accidente de vuestra pierna...
     -¡Maldito crío!, ¡te voy a despedazar en cachitos, y te voy a usar como metralla! ¡No me discutas!.
     -¡Jeremías!, ¡deriva tres!, ¡he dicho deriva tres!.
     -¡Cargad los barriles de pólvora roja! ¡Moveos bastardos, ¿o queréis que yo mismo lo haga todo?! ¡Os usaré de diana si no os movéis, panda de orcos!
     -¡David! , ¡¿dónde diablos estás?! ¡Maldito Mariemburgués!
     La mecha se consumió y con ello el gran mortero disparo...
     Hombres curtidos en cien mil batallas tuvieron pánico, hombres de fe elevaron plegarias a Sigmar, y todos y cada uno de ellos tembló sintiendo como cada órgano de suscuerpos temblaban y sus tímpanos parecían estallar...
Las devastadoras ondas de choque retumbaron a lo largo de todo el patio de armas. La mayoría de los cristales de las ventanas estallaron en mil pedazos, y la cristalera de la iglesia no soporto el estrépito. El enorme proyectil rasgó el oscuro cielo, dejando tras de sí un enorme eco, audible desde varias leguas de distancia. Impactando certeramente en su objetivo, el mortero hizo su trabajo. El enorme boquete que hizo la explosión fue lo suficientemente grande para que tres carretas de bueyes cupiesen en su interior.
Como esperando el resultado, Jehof observó a la horda No-muerta. Durante unos interminables segundos, ésta se detuvo, incluso algunos zombis cayeron al suelo, y unos cuantos esqueletos se deshicieron en polvo, pero esto no bastó. Los incontables regimientos prosiguieron su penoso avance a lo largo de la carretera que desembocaba en la fortaleza.
Apenas doscientos metros separaban ya a ambos ejércitos.
Jehof se abandonó por unos instantes a sus pensamientos. La lluvia le golpeaba la cara, y el viento le helaba los huesos, pero mirando al cielo, entornó los ojos...
     -Mi familia, allá en Talabhein, mis compañeros caídos... tranquilos, pronto mereuniré con vosotros... –susurró.
     De repente, una gran paz interior le envolvió. Todo hombre que sabe queva a morir la experimenta. Ese tipo de paz sólo se siente una vez en la vida... Un rayo de luz abrió la mañana. Un tenue calor bañó al cansado rostro de Jehof, sintiendo como su alma también era bañada por un candor especial. Volvió a abrir los ojos. La lluvia que no había cesado en toda la noche, ya no le resultaba tan molesta, ni fría con el nuevo amanecer. Un precioso arco irisadornó las primeras luces de la mañana. El capitán observo a sus tropas. La mayoría muchachos sin la mayoría de edad, reflejaban en sus rostros la agonía de la muerte, y el miedo visceral que representa el enfrentarse a lo desconocido, a lo que no tiene porque existir, a lo que en definitiva incumple las leyes de la naturaleza, los No-muertos...
     -Soldados, escuchad, demostremos de que pasta están hechos los Endburgueses, demostrémosle al mundo por qué en los años venideros hablarán de nosotros.
     -¡Por el Emperador!, ¡por Sigmar!, ¡muramos con honor!
     Algunos hombres, lloraron, la mayoría grito al unísono. Pero todos apretaron filas y soportaron juntos la embestida de la maligna horda que se les echaba encima. Esqueletos, armados toscamente con armas oxidadas y escudos carcomidos cargaron contra las filas Imperiales.
     Desde un primer momento, la presión a la que fueron sometidos las unidades endburguesas fue inhumana. Superados en número, y rodeados por todas partes, la batalla estaba decidida antes de empezar...
     Valientemente, los humanos, presentaron una resistencia feroz, la única que se puede dar cuando sabes que tu muerte esta cercana... Lanzas y alabardas contra espadas y escudos, sangre contra huesos, acero contra óxido, sudor contra magia negra, valor y desesperación contra muerte. Estocadas se intercambiaban con crujir de huesos y heridas mortales. El gritar de los heridos era rápidamente acallado por la marea de zombis y tropas oscuras, sin heridos, sólo muertos, para poder así engrosar sus filas. Compañeros morían juntos para pelear después entre sí, unos vivos y otros muertos, en una pesadilla dantesca, donde la realidad se mezclaba con el mismísimo infierno.
     -¡Por Sigmar!, ¡agrupaos! ¡Espalda con espalda!
     -¡Mi capitán, son demasiados! -gritó el angustiado fusilero...
     -¡No desesperes, Daniel Verkoever! ¡Tu mujer y tú veréis nacer a tu hijo! ¡Te lo juro! -contestó el curtido soldado.
     -¡Capitán!, ¡capitán!, ¡no podemos con ellos! ¡Estamos condenados!
     -¡Jehof!, ¡socorro!...
     -¡Maldición!, ¡aguantad!, ¡un poco más!, ¡sólo un poco más! ¡Tenemos que darles tiempo!
     -¡¿Pero a quién?!, ¡mi capitán!, ¿a quién? ¡Maldito seas tú y tu tiempo!...
     De repente el aire cambió, cierta humedadempezó a notarse en el ambiente... La horda no-muerta, se detuvo bruscamente, sintiendo el repentino cambio. Ni un sólo esqueleto levanto su arma... Los pocos hombres que quedaban en pie agradecieron a Sigmar la pequeña pausa , a la vez que dirigieron sus miradas a su capitán tan extrañados si cabe, como sus propios enemigos ante el vuelco de la situación... El pequeño alabardero, Hans, se acercó a su herido capitán.
     -¿Señor?... ¿Me oís?
     Aquel muchacho, en los sucesivo, jamás olvidaría el rostro de aquel curtido soldado, cubierto por las lagrimas...
     -Señor, ¿por qué lloráis?
     -Mi valiente Hans, de felicidad, lloro de felicidad...
     -¿Cómo?
     -Calla, pequeño, calla y escucha...
     A Hans le dio un vuelco el corazón ¡Sí, era verdad!, como un susurro, un pequeño coro devoces melodiosas se empezaron a oír, iguales a las que escuchaba de pequeño en la iglesia cuando iba los domingos con su madre, pero de un marcado acento femenino. Poco a poco su volumen fue en aumento. La mayoría de los Endburgueses podían oírlas, y los escasos soldados que quedaban en pie arremetieron feroces contra el enemigo. El volumen aumentó, los esqueletos, cargaron una vez más contra las posiciones imperiales, casi intuyendo que no les quedaba tiempo...
     Pero era ya, demasiado tarde...
     El coro de voces poco a poco se fue apagando, y este cambió por un retumbar lejano al principio, que fue aumentando progresivamente en un atronador sonido. Jehof sintió como el suelo comenzaba a temblar...
     -Ya han llegado... Gracias, mi señora, gracias...
     De la niebla surgieron cegadores destellos...
     Inesperadamente, la niebla fue rasgada por cientos de caballeros montados en gigantescos caballos de guerra, mucho más grandes que los que usan los caballeros de la Reiksguard. Sus yelmos coronados con increíbles adornos, no hacían mas que resaltar el aspecto magnifico de aquellos extraños jinetes, mezcla de leyenda y misterio en aquellas tierras apartadas del Imperio.Hans observó sus magnificas heráldicas y no menos dejó de sorprenderse al observar los trabajados pendones que lucían en las aceradas lanzas de caballería.
     Sin una orden, sin ningún titubeo, los caballeros, cargaron contra el ejercito No-muerto.
     El impacto fue tremendo. Línea tras líneafue aplastada por el ímpetu de aquellos caballeros, casi como cuando un niño juega con las hojas secas en otoño. En una única y aterradora carga, el ejército maligno había sido destruido casi por completo, y los escasos restos de los regimientos de esqueletos se convertían en polvo o se pudrían al sol de la mañana...
Un caballero se adelantó hasta la posición que ocupaba Jehof, justo en el centro del patio del ahora, derruido castillo...Lentamente condujo su caballo en medio de la confusa amalgama de soldados arremolinados alrededor de él. Para aquellos Endburgueses la visión de un caballero así casi les inspiraba más miedo que otra cosa.
-¡Maldito bastardo! –gritó Jehof con una sonrisa enorme- ¿a qué esperabas? Un poco más y no hubiese hecho falta que vinieses!
     La gente a su alrededor se asusto un poco al oír aquellas palabras. ¿Se enojaría el caballero?
     Lentamente, éste, echó mano a una bolsa que colgaba de su silla de montar. De ella sacó una cabeza humana que arrojó a los pies de Jehof. Y entonces hablo...
-¿Es esto lo que buscabas?
     Su voz a través del yelmo sonó grave, pero cálida y amigable.
     Jehof recogió la caída cabeza del Nigromante y la levantó en alto, para que todos la pudieran observar. Mil vítores sonaron a lo largo y ancho de Endburgo. La gente aliviada volvió a sonreír y a elevar plegarias en agradecimiento a Sigmar y al emperador... Una vez más, el capitán de los lanceros dirigió la mirada al caballero.
     -¡Maldito hijo de Skaven! . ¡Como siempre la gloria para ti! ¡Bendito seas! , ¡no me negaras que me debéis una buena jarra de vino!
     El caballero, lentamente se quitó el yelmo, tan grácilmente, como si toda la vida lo hubiese llevado puesto. Aquel rostro, de un hombre de unos treinta y cinco años aproximadamente irradiaba un aura bondadosa. De piel clara y pelo castaño, lucía una cerrada barba que le confería un aspecto noble.
     -Jehof, primo mío, ¡cuidad vuestro lenguaje, recordad que estáis ante un caballero de Bretonia! -increpó amigablemente el caballero.
     -Está bien, Tancred, está bien, ¿qué me decís de esa jarra de vino?
     Los dos hombres se abrazaron y comenzaron a reír a carcajada limpia. Y desde hacia mucho tiempo, Jehof volvió a sentirse feliz.

                                                                                            
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