-El fin de Ricardo-
Autor: David Sánchez
Caleb
sonrió mientras esperaba en el claro del bosque, sabía que
los caballeros de Bretonia le estaban siguiendo, y la idea no le disgustaba.
Un poco de ejercicio no le vendría mal. Miró a su compañero;
el viejo nigromante no parecía estar tan seguro, había protestado
cuando Caleb decidió esperar para enfrentarse a los caballeros y
no hacía más que repetir que aquello no era buena idea, que
sentía que algo poderoso les acompañaba. ¡Tonterías!,
lo que ocurría es que el viejo tenía miedo de los caballeros,
lo había tenido las últimas tres veces que Caleb se había
enfrentado con ellos, y lo tenía ahora. Pero, ¿qué
podía pasar?, como mucho serían una decena de Caballeros
Noveles, él sólo podría haberse enfrentado a ellos,
los habría matado uno a uno, como corresponde a un miembro de su
orden, no entendía como el viejo nigromante podía temerlos.
Empezó a recordar los muchos caballeros que había matado,
podía comprender que el nigromante sintiese miedo en alguno de aquellos
casos, la verdad es que aquel Caballero del Grial del bosque de Arden había
estado apunto de cortarle la cabeza. Pero ahora solo eran unos muchachos
a caballo, unos pobres campesinos que querían cambiar su estrella
y convertirse en Caballeros del Reino.
-Deberíamos
escondernos y tratar de sorprenderles cuando anochezca- dijo el nigromante
sacando a Caleb de sus pensamientos
-Un
Dragón Sangriento no se esconde de nada- fue la seca respuesta del
vampiro, acompañada de una feroz mirada que hizo que el nigromante
retrocediera unos pasos.
Caleb
trató de tranquilizar a su montura, estaba anormalmente inquieta,
como si presintiera el combate que estaba a punto de tener lugar. Giró
la cabeza para mirar al nigromante, tenía la sensación de
que iba a salir corriendo en cualquier momento, pero tampoco le importaba,
no le necesitaría para acabar con los caballeros.
Tras
unos minutos en los que el nigromante había intentado de nuevo persuadir
a Caleb, este empezó a escuchar las voces que se acercaban, y tras
unos segundos el primer caballero apareció entre los árboles,
y tras él otros nueve que se detuvieron a la entrada del claro.
Tenían un aspecto muy poco amenazador para los ojos de un caballero
que llevaba muerto más de quinientos años, y que había
bebido la sangre de cientos de guerreros, sin embargo había algo
en ellos que no dejaba de asombrarle; incluso ahora, frente a un enemigo
tan poderoso, se mostraban orgullosos y seguros; ¿cómo era
posible que unos muchachos que apenas llegaban a los diecisiete años
se mantuvieran serenos ante un enemigo así?
-Vas
a morir nosferatu- dijo el caballero que dirigía el grupo
Caleb
miró hacia elnigromante,
que de repente no parecía tan asustado, volvió la vista hacia
el caballero y sonrió; no dejaba de sorprenderle su osadía.
-Voy
a darte una oportunidad muchacho, date la vuelta y márchate- dijo
Caleb con la seguridad de que el caballero iba a negarse
Y
así fue, el muchacho alzó la lanza de caballería a
la par que se adelantaba con aspecto desafiante
-Yo,
Tristán de Montorf, te desafío a un combate singular- dijo
el caballero ante la atónita mirada de Caleb. Así que eso
era lo que iban a hacer, le desafiarían uno a uno hasta que Caleb
los matara a todos; ¡que estúpidos!
-¡Acepto!-,
respondió Caleb mientras desenfundaba su espada seguro de que aquello
sería muy fácil.
Tristán
espoleó a su montura y se lanzó contra el vampiro dispuesto
a atravesarle el corazón con la lanza de caballería; y por
la Dama que lo habría conseguido si la espada del vampiro no se
hubiera cruzado en su camino partiendo la lanza en dos con un movimiento
rapidísimo,y acto seguido,
con un golpe de vuelta tratando de decapitar al caballero. De algún
modo Tristán logró interponer el escudo en el último
segundo, aunque no pudo impedir que la fuerza del golpe lo lanzara contra
los árboles, desmontándole de su caballo. El joven caballero
trató de levantarse a pesar de que le dolía todo el cuerpo
por el golpe, pero apenas pudo ponerse de rodillas. Sus compañeros
miraban expectantes mientras Caleb descendía de su montura y se
dirigía hacia él.
Caleb sonrió mientras se acercaba al muchacho, casi sentía lastima por él, pero no le perdonaría la vida. Había luchado en demasiadas batallas como para cometer ese error, sabía que no era prudente dejar a un Caballero de Bretonia con vida, era un error que a menudo se pagaba con la muerte. Llegó hasta el caballero y levantó su espada para darle el golpe de gracia. Se permitió observar la escena desde su privilegiada posición antes de decapitarlo: vio al nigromante, ahora estaba más tranquilo, y vigilaba a los caballeros por si alguno trataba de intervenir, pero no lo harían, estaban demasiado aterrorizados por la brutal fuerza del Dragón Sangriento, y aunque pudieran era demasiado el deshonor que supondría intervenir en uncombate singular. Bajó la cabeza hacia el caballero, que para su sorpresa estaba sonriendo, no lo entendía, ¿qué era lo que le hacia sonreír en el mismo momento de su muerte?. Siguió la mirada del caballero hasta el lindero del bosque y vio una figura imponente: era la dama más hermosa que Caleb hubiera visto nunca; en una mano portaba una pequeña espada, y en la otra un cáliz de oro con gemas incrustadas. La extraña dama entró en el claro a lomos de un hermoso unicornio, y los caballeros inclinaron la cabeza al unísono al verla aparecer. Sus ropas eran azules como el mismo cielo, y estaban bordadas con hilos de oro y plata que formaban la figura de varias flores de lys.
Tal vez –pensó el vampiro al ver las energías mágicas que envolvían a la dama- si que necesite al nigromante; se giró para buscarlo con la vista y se encontró con el mismo viejo asustado que había intentado convencerle de que no esperara a sus perseguidores.
-¡Randolf, mátala!- grito Caleb esperando que el nigromante pudiera reaccionar; y tras unos segundos comprobó como reunía sus poderes para atacar a la hechicera. De pronto un rayo de energía púrpura salió disparado de las manos del nigromante como una flecha del arco de un elfo, pero algo falló; el cuerno del unicornio brilló como si en su interior hubieran despertado cien luciérnagas, y las energías invocadas por el nigromante se disiparon. La extraña dama señaló entonces al hechicero con su dedo y empezó a murmurar una extraña plegaria.
Solo una mirada basta para que tus crímenes sean condenados, pues
una mirada es todo lo que mi señora necesita para que su venganza
te convierta en lo que deberías haber sido siempre.
De pronto una explosión sacudió al viejo nigromante, y cuando el humo se disipó Caleb comprobó horrorizado como donde un segundo antes había estado Randolf, ahora se encontraba un sapo que miraba a su alrededor sin saber muy bien lo que ocurría.
Caleb bajó la espada y retrocedió intentando encontrar una manera de salir de aquella situación; mientras tanto, la hechicera derramaba sobre el suelo el contenido de su cáliz, y allí donde este toco el suelo se levantó un vapor rojizo que envolvió a Tristán. Solo un segundo después este se levantó sin esfuerzo, recogió su espada y señaló a Caleb con ella.
-¡No!- gritó la hechicera, -la Dama quiere que sea otro quien se enfrente al Caballero del Dragón Sangriento-. Como respuesta el caballero se inclinó ante la hechicera, montó en su caballo y se colocó junto a sus compañeros.
-¿Quién eres?- preguntó Caleb
-Ya sabes quien soy, Ricardo- contestó la hechicera
Caleb palideció al escuchar aquel nombre, hacia más de cinco siglos que nadie le llamaba así; desde aquel día en el que se cruzó en su camino un extraño guerrero que quedó impresionado por su valor y habilidad marcial, desde aquel día en el que a punto de morir, un Caballero Andante llamado Ricardo renegó de sus creencias y aceptó unirse a la orden vampírica de los Dragones Sangrientos para salvar su vida.
-Te apartaste del camino marcado por nuestra señora- continuó hablando la hechicera.- Y ahora debes pagar por ello.-
Poco a poco los recuerdos de una vida pasada comenzaron a asaltar la mente de Caleb, recordó su largo camino en busca del Santo Grial, recordó los caballeros con los que se había cruzado durante ese tiempo, y recordó a la dama que le había guiado en sueños hasta alguna lejana capilla, o algún templo perdido; en aquella época creyó que encontraría el Grial, pero aquel guerrero que ahora llamaba maestro se cruzó en su camino. La mente de Caleb se despejó, y desde algún rincón perdido de su memoria surgió la imagen de la misma mujer que tenía ahora ante si.
-Morgiana- susurró Caleb
La extraña hechicera dio la vuelta con una sonrisa en los labios, y mientras se perdía de nuevo entre los árboles comenzó a susurrar unas palabras, que sin embargo resonaron dentro de la cabeza de Caleb como el tañido de una campana.
Sir
Robert de Parravon, el conde Caleb de la Orden del Dragón Sangriento
está condenado a morir por tu espada.
Caleb presenció aterrorizado como tras aquellas palabras un manto de energías mágicas envolvía al más joven de los caballeros del grupo, un muchacho que apenas tendría dieciséis años, a la par que una parte de estas se desplazaban hasta él rodeándole sin que pudiera hacer nada para impedirlo. El caballero lentamente se adelantó y desafió al vampiro señalándole con la lanza. Sin esperar si quiera la contestación de Caleb se lanzó contra él con la lanza en ristre. Cuando Caleb vio cargar al caballero comprendió que aquel combate ya lo había perdido, pues una fuerza más poderosa aun que la muerte, guiaba la lanza del caballero. Aun así intentó desviar la lanza con su espada, pero por la fuerza del impacto solo logro desviarla unos centímetros, y la lanza se le clavó en el hombro derribándole a la vez que se rompía. El caballero desenfundó la espada y volvió a cargar contra el vampiro; Caleb logró ponerse en pie y de nuevo consiguió interponer su espada para parar el golpe. Sonó un fuerte crujido cuando la espada de Caleb, que durante quinientos años le había servido perfectamente, se rompió por la fuerza del impacto. La espada del Caballero Novel siguió su camino, yle separó la cabeza del cuerpo.
-Tu voluntad se ha cumplido una vez más mi señora- dijo Morgiana, profetisa de la Dama del Lago, mientras se arrodillaba junto al río que cruzaba el bosque de Chalons. De pronto las aguas comenzaron a ondular y una mujer de una belleza sobrenatural surgió de las aguas; en sus manos portaba un grial del que se derramaba una luz pura hasta las aguas del río. Cuando habló su voz sonó como una melodía entonada por un centenar de voces.
-Aquellos que ensucian mi hermosa tierra con su maldad, y derraman la sangre de mi pueblo no tienen sitio en este reino.- dijo – No lo olvides nunca, Morgiana, pues esa es la verdadera naturaleza de tu misión y la de los Caballeros. Marcha pues a cumplir esa misión.-
Cuando Morgiana se levantó para marcharse el agua del río volvía a fluir de nuevo con total normalidad, sin embargo aun notaba la presencia de la Dama del Lago.