-El Azote Oscuro-
Autor: Javier Recio García
En lo alto de las escarpadas rocas las arpías vigilan cualquier indicio de movimiento sobre las aguas marítimas. En tanto que sus desgarradoras miradas escudriñan palmo a palmo la línea divisoria entre cielo y mar, allá donde el Sol color sangre amenaza con enterrar su luz, las olas, embravecidas por la furia del mar, rompen contra los enormes acantilados de piedra húmeda. A lo lejos aparece lo que sin duda es la silueta de una colosal embarcación. Surcando el mar en compañía de los cetáceos que pueblan las aguas marinas se aproxima lentamente a la costa. Inicialmente sólo es advertida su presencia por una de las bestias que pueblan el sublime precipicio. Con un movimiento de indiferencia sacude sus membranosas alas y las extiende mostrando su esplendorosa fealdad. Lanzándose al vacío planea sobre la superficie ondulada hacia lo que promete ser un suculento banquete. En lo alto del bravío corte pétreo aparecen numerosas siluetas de bestias que extendiendo sus alas y arrojándose al aire persiguen a la hermana de raza que se lanzó en primer lugar. En la mente de todas estas carniceras se rememora la última vez que comieron carne fresca, y mientras vuelan saben que la que ocupa ese barco es carne que les procurará un gran festín, y como no, un gran placer. Son casi medio centenar de arpías las que vuelan hacia la embarcación que cada vez se encuentra más al alcance de sus garras. En lo alto, ondeando en el mástil mayor, se halla la bandera cuya runa pertenece a la cultura élfica. El olor a carne comienza a inundar su olfato. Las peligrosas alimañas, que con vuelo fugaz se han puesto casi a la altura de la nave Halcón, reconocen como muertas a aquellas criaturas que una vez dieron vida y sudor a la embarcación. Una avalancha de criaturas cae sobre la superficie realizada con maderos y buscan entre los muertos cualquier indicio de vida útil, pues siempre es más sabrosa la carne fresca. Pronto reconocen que su esfuerzo es vano; muertos son todos los que se encuentran en la superficie de la embarcación. Una histeria colectiva emponzoña los sentidos de la terrorífica manada de bestias. Chillidos inaudibles salen entre sus afilados incisivos, chillidos que a cualquier oído humano sonarían insoportables. Entre este espeluznante griterío, aparece mecida en el aire una melodía difícil de entender, pero de música virtuosa. Una melodía que proviene de una bella voz. Poco a poco los chillidos van cesando y los oídos de las horribles criaturas se centran en la melodía proveniente del interior del barco. Cuando las notas altas hacen su aparición las que entre el pueblo druchíi se criaron reconocen la naturaleza de esas notas. Nota tras nota van moldeando lo que fuera una antigua canción propia de las devotas de Khaine, y que aún persevera en las tradiciones Druchíi. En sus confusas mentes comienza a aparecer la letra de dicha canción:
Ver morir,
Es mi vida.
Ver sufrir,
Es mi vida.
Ser druchii,
Es mi vida.
Moriré si pierdo la vida
Pero mi vida no será perdida
A no ser que la Gran Elfa
Por su vida me lo mande
Ver morir,
Es mi vida.
Ver sufrir,
Es mi vida.
Ser druchii,
Es mi vida.
El recuerdo de un pasado mejor es doloroso.
Quizá es por esta razón por lo que con los corazones en un
puño, las doloridas bestias abandonan la soledad del barco. Ni siquiera
les preocupa ya el motivo que pudo acabar con la vida de aquellos infelices
que yacen ahora sobre el suelo de madera que ellas están desertando.
Fuera ya de cualquier amenaza, queda la nave
élfica en medio de la eternidad marina, rodeada de agua que viene
y que va, que sube, que baja, que en ocasiones se arremolina y en ocasiones
se aplaca, con las velas rozando el viento, ondeando sinuosamente, sin
nadie que las oriente, muerta, como sus tripulantes. Pero aún queda
un resquicio de vida en ella. Sentimientos que se entremezclan con los
sonidos que surgen del interior de la nave. Sentimientos de gloria, sentimientos
de satisfacción, sentimientos de desagravio vengado, que afloran
de una pequeña mente de enormes dimensiones y que al escuchar el
sonido de su voz rememora la hazaña que ahora le llena de orgullo...
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Conocidos eran entre su dotación los dotes de buen capitán y de mejor guerrero que Laerion había demostrado guerra tras guerra al servicio de Finubar El Navegante. Esta reputación se la había forjado con gran esfuerzo y con muy significatorias victorias. Sabía de lo que era capaz igualmente que conocía sus límites. Era este pleno conocimiento de sí mismo y del papel que le tocaba jugar en la batalla a la que se encaminaban ahora todas las naves élficas, lo que le hacía pensar en que la victoria estaba asegurada. Un ataque por sorpresa desde los especializados barcos élficos, contra las agrestes tierras de Naggaroth, siguiendo la táctica planeada, no podía fracasar. Naggaroth sería asediada por numerosas embarcaciones cargadas de potentes unidades de guerra. El ataque sería rápido y conciso. No dejarían lugar a respuesta alguna por parte de los malditos. Morirían todos aquellos elfos que no merecían la vida. Y todo gracias a su gran inteligencia, cultivada desde pequeño en el entendimiento de la estrategia naval. Un error de mínimas proporciones podía encadenar un fracaso de brutal repercusión en la flota élfica y en la honra de los Altos. Un error que no debía ocupar lugar en la historia de los elfos, por todos sabidos grandes guerreros y mejores estrategas. Un error que Laerion sabía difícil de producir, pues el plan había sido bien trazado, las órdenes bien definidas y los combatientes especialmente seleccionados. Un error que en caso de producirse sería el primero que tuviera lugar bajo sus órdenes. Y después de haber realizado campañas durante 145 años sin un solo error, sin una sola derrota, no estaba dispuesto a que en esta misión, quizá la de mayor envergadura de las que había practicado, un error mandara de vuelta las embarcaciones que con tanto carisma cruzaban ahora las nobles olas que les dirigían hacia las costas de Naggaroth. Laerion se situó en proa, allí donde la cabeza del halcón de madera le impedía ir más adelante. Dirigió su vista a su alrededor y vio la potencia y la majestuosidad de las 89 naves élficas surcando a remo el largo camino hacia la victoria. El viento le golpeaba en el rostro marcado por viejas cicatrices de guerra, al tiempo que su mente se sumergía de nuevo en el mar del recuerdo, trayendo al presente todas las alegrías que había dado a su Rey Fénix en el pasado. También sabía que a su regreso sería nuevamente condecorado, alzado y alabado por el pueblo como tantas otras veces y como tanto gustaba de ello.
-¡Capitan!- una voz joven a su espalda
interrumpía sus pensamientos- ¡Capitán! Tiene que ver
una cosa.
Giró la vista hacia donde provenía
la voz y vió la cara pálida del muchacho que le llamaba.
Aquel rostro asustado no le promulgaba ninguna simpatía.
-¡Qué pasa! ¿Cuál
es el porqué de esta repentina interrupción?
-Señor... ha ocurrido algo en los
calabozos... debería de bajar a verlo.
Al oír la palabra calabozo, recordó
que dos días antes hubieron de ingresar allí dos tripulantes
de alta cuna que quisieron alzarse contra su persona y quisieron hacerse
con el control de la nave. Recordaba que aquellos personajes eran los príncipes
Azarael y Rivaelian, hermanos por parte de padre y que habían decidido
ser quienes se llevaran la gloria de la victoria ante los druchii simultáneamente
que destruían el nombre que Laerion se había forjado durante
sus duros años de batalla. Ellos dos, artífices de la malograda
insurrección, habían sido mandados al calabozo hasta que
llegaran a las tierras élficas de donde provenían, no sin
antes promover al rey que retirase sus títulos nobiliarios. Ahora
le estaban diciendo que algo había sucedido y según se dirigía
hacia ellos podía imaginar lo que había sucedido. Aún
así no quiso hacer más preguntas por no mostrarse interesado
en la suerte de aquellos dos rufianes.
El joven que iba delante de él soportando
entre sus manos el fuego de una antorcha, le llevó allí donde
se encontraban ya todos los altos cargos de la nave haciendo un círculo.
En medio de ellos, tumbados, en angosta posición, encontrábanse
los cuerpos ensangrentados de los que días antes quisieran hacerse
con el poder de la embarcación.
-Quiero saber las causas de esta ensangrentada
carnicería.-Ordenó con voz de mando al grupo que allí
se reunía.- y quien no tenga nada que decir creo suficiente velatorio
ya el hecho por todos nosotros a quienes no se merecían sino una
muerte tan deshonrosa como esta.
Al oír estas palabras todos marcharon
de la habitación y únicamente uno de ellos quedó junto
al Capitán de la nave.
-Señor- habló Belerian, encargado
de dirigir la unidad de remeros- según información de uno
de los vigilantes de esta puerta. Los cuerpos fueron encontrados tal y
como ven sus ojos en estos momentos, cuando se les vino a repartir su ración
diaria de comida. Según quien me narró los hechos fue al
pedir que se acercaran a la puerta para darles dicha comida cuando al tardar
en acercarse y no responder a sus preguntas, con precaución y cautela
decidió abrir la puerta. Al entrar en la habitación se encontró
con tal desagradable espectáculo y lo primero que hizo fue ir en
busca de mi persona y explicarme lo ocurrido. Como puede ver si acerca
la luz a los cuerpos, dichos individuos han sido heridos con una única
cuchillada en el vientre. A simple vista pudiera parecer una riña
entre ellos, pero suponiendo que al ser introducidos en el calabozo no
poseían ningún arma, y ningún arma se ha encontrado
entre ellos, podemos imaginar que ha habido una tercera persona quien ha
realizado estos atroces actos.
-Bien- interrumpió Laerion- que recojan
esto y si encuentran algo quiero que se me avise al instante, ¿de
acuerdo?
-Sí señor, así se hará-
y haciendo una reverencia hacia su superior Belerian atravesó la
puerta del calabozo.
Laerion se quedó un momento observando los dos cuerpos en medio del charco de sangre que se había formado sobre las maderas. Los ojos desorbitados no habían sido ocultados por los párpados, y en la boca había un resquicio de espuma blanca un tanto singular entremezclada con sangre. Abriendo la boca a uno de ellos, empujando hacia abajo con su mano sobre el maxilar, pudo ver el agujero oscuro recubierto de sangre y carente de lengua. Comprobó que del otro cuerpo también habían sustraído dicho miembro. Sin embargo, lo que más llamó su atención, fue encontrar en la mano izquierda de Azarael un trozo de tela negra. Un pequeño trozo negro que como pudo observar no pertenecía a ninguno de los que allí se hallaban muertos. La recogió y la introdujo en su pecho, entre su cuerpo y el mayal que constituía parte de su armadura. Echó un vistazo de nuevo a la habitación, cogió la antorcha que estaba colgada de la pared, y salió por la puerta del calabozo. No sabía como había sucedido, pero estaba seguro de que con un pequeño esfuerzo encontraría al artífice de tales asesinatos.
Para este cometido el capitán reunió
a diez de sus más honestos hombres y les encargó la misión
de investigar el caso, les mandó que volvieran al día siguiente
con lo que hubieran encontrado. Y así lo hicieron, pasado el tiempo
preciso entraron en su camarote y le contaron lo siguiente.
-Tenemos malas noticias, señor. Otros
cinco hombres de la tripulación han muerto. Estaban encargados de
los remos. Nadie sabe como ha sido. Pero el caso es que cuando veníamos
a informarle de que no había novedad. Al pasar por entre los remeros,
hemos advertido que algunos hombres habíanse parado. Nos hemos acercado
a ellos y hemos visto como sus ojos fuera ya de sus cuencas vitales nos
dirigían miradas sin vida. Según los compañeros que
se encontraban en ese momento remando junto a ellos, no han advertido nada
extraño. Simplemente vieron cómo dejaban de remar justo antes
de que nosotros entráramos en la sala de remos. Luego de que hemos
divulgado el asunto ha cundido el pánico entre los remeros hasta
que con calma y paciencia hemos conseguido aplacar sus miedos. Según
testimonio de algunos de ellos vieron una sombra sospechosa antes de que
ocurrieran los desgraciados hechos.
Al oír esto Laerion se sintió
lleno de rabia, lleno de odio, hacia algo, hacia alguien que estaba matando
a sus hombres.
-¿Qué ha dicho el curandero?-
Se interesó el capitán- ¿ha encontrado algo de importancia?
-Según su informe, dice que los cinco
cuerpos encontrados muestran los mismos síntomas que los anteriores:
ojos desorbitados, espuma entre sus labios, y puñalada en el vientre.
También en esta ocasión se les ha sido arrancado el mismo
órgano que a los dos cuerpos anteriores.
Laerion dando un agresivo golpe con el puño
cerrado en la mesa, se levantó de su asiento y escupió lo
siguiente:
-¡Juro por el Rey Fénix, a quien
sirvo y por quien vivo, que encontraré al artífice de todos
estos males!-Y según dijo esto se echó la capa sobre el hombro
y marchó de la habitación dejando con cara de indiferencia
a quienes aquello habían presenciado.
Se dirigió a la sala de remos. Buscó
a Belerian y le ordenó que los remeros dejaran su trabajo. Después
subió y mandó izar las tres velas cuadras, para así
poder reunir a toda la dotación del barco mientras seguían
su camino, y poder dedicarse a la busca y captura del asesino que viajaba
en su barco. Cual fue su sorpresa cuando le informaron que las velas habían
sido rasgadas de norte a sur. Aquello hizo que un sentimiento de impotencia
que nunca había experimentado inundara todo su cuerpo. Ordenó
al vigía que se encontraba en lo alto del palo mayor que hiciera
señales a las demás embarcaciones de que siguieran sin ellos.
Que tomara el mando la “Flor de Caledor”. Así se hizo. Y es que
la misión ya no era prioridad en los intereses de Laerion. Lo que
Laerion necesitaba encontrar ahora era a aquel que les estaba saboteando,
aquél que se reía a sus espaldas porque no eran capaces a
encontrarlo. Esto hizo que de nuevo surgiera temor e incluso pánico
entre sus hombres y muchos se echaron a los botes y marcharon de allí,
conscientes de que la muerte en alta mar estaba asegurada. Los que no llegaron
a tiempo de coger un sitio en los botes, lanzáronse al mar. Pero
aún había elfos de raza en la embarcación y muchos
de ellos quisieron quedarse a renunciar a su vida tan pronto. Ahora en
el barco quedaban 50 hombres. 50 hombres que estaban buscando a aquel o
aquello que los estaba matando. 50 hombres que no tenían miedo a
morir pero que no querían morir.
Pero la muerte, se había montado en su nave. La muerte, extraño pasajero que les acompañaba ahora en su viaje a ninguna parte, quería hacerse con las almas de aquellos 50 hombres. Almas valientes, que se atrevían a jugar al juego que la muerte les proponía. ¿Desenmascararían a la muerte? ¿Quién o qué les estaba matando? ¿Qué intenciones tenía quien estaba haciendo todas aquellas barbaridades? Las dudas les corroían la mente, los nervios embotecían los sentidos, y al final la muerte les llegó en forma de arma envenenada. Unos murieron rápido, otros murieron lentamente, otros ni siquiera se enteraron de que ya estaban muertos cuando el nombre de su asesino era susurrado en sus oídos. Unos murieron mirando al mar, otros murieron mirando al cielo, y otros murieron mirando la cara del que les arrebatara la vida. Pero todos, absolutamente todos, justo antes de que su alma decidiera abandonar su cuerpo, justo antes de que el veneno recorriese sus venas, supieron el nombre de su asesino. Por suerte, para ellos cuando la lengua les fue desgarrada desde su garganta por la mano diestra de su asesino, ya no eran conscientes de que la vida seguía su curso para aquellos que aún pisaban el viejo mundo.
Esos 50 hombres fueron apareciendo muertos, y no había duda de que quien quisiera que estuviera repartiendo muerte, lo estaba haciendo con una gran meticulosidad y una gran maestría. Con una sangre fría y con un verdadero arte de ocultismo. Y llegó el día en que Laerion se encontró solo, en su barco, rodeado de muerte. Y recordó cuando su embarcación había sido la más poderosa de toda la flota del rey Fénix. Sabía que había fracasado. Sabía que la muerte le estaba rondando cerca. Lo que no sabía era quien sería el autor de ella. Moriría solo en medio del mar y no sabría a manos de quien ni el porqué de estas muertes. Miraba a su alrededor y veía una nave halcón deshecha. Por su mente habían pasado numerosos candidatos que quisieran su desgracia, pero no había encontrado uno solo capaz de realizar tal destrozo, tal masacre. A veces había considerado que pudieran ser más de uno los artífices pero su mente había rechazado tal posibilidad. Mantenerse en la sombra era difícil para un solo individuo, e imposible hacer entre varios lo que había ocurrido. En ocasiones había pensado en el porqué de esta matanza, y buscando razones raza por raza, llegó a la conclusión de que aquellos que poblaban el viejo mundo tenían razones suficientes para hacer lo que se había hecho con la que fuera una portentosa nave de guerra. Demonios del caos, caballeros bretonianos caídos en deshonra, incluso los no muertos tenían razones para acabar con aquella embarcación élfica. Lo que nunca hubiera imaginado que aquello pudiera ser causado por quien reconocería momentos mas tarde, cuando viera las facciones que la muerte había escogido para hacerse presente en su portentosa nave... Lágrimas de impotencia resbalaban sobre su arañado rostro. Secándoselas rápidamente con la capa que llevaba a su espalda, se levantó rápidamente. Lleno de furia se dirigió hacia uno de los lanzavirotes que se encontraban en los laterales de la nave. Dirigiéndolo hacia el interior del barco comenzó a disparar virotes a todas aquellas sombras que se movían en las maderas. Cargaba la máquina y disparaba sin buscar objetivo. Sencillamente, se había vuelto loco...
Se lo habían puesto fácil. Un
barco parado. Gente con miedo. La mitad de la tripulación huyendo.
Al joven asesino se lo habían puesto fácil. Sólo tenía
que tener calma y empezar a acabar uno a uno con ellos. Y así lo
hizo, guardado entre las sombras, resguardándose de las luces. Fue
acabando uno a uno con quienes habían deshonrado su raza. Con quienes
habían denegado de su ahora rey Malekith. A quien tenía por
hermano y a quien daría su vida si se lo pidiera. Uno por uno fueron
cayendo en sus manos aquellos insensatos que navegando en busca de la muerte
de Naggaroth habían encontrado la suya propia. Todo se lo debían
al odio que Laerion había hecho nacer en su corazón cuando
aún era un elfo oscuro demasiado joven para odiar. Ahora la muerte
de su familia sería vengada. Escondido en una de las banderas rasgadas
por el mismo, observaba, impávido, los virotes zumbar a su alrededor.
Laerion estaba desquiciado. Al verlo de tal modo, ShadowBlade comenzó
a reír. Una carcajada inundó el aire y llegó a los
oídos de Laerion, dejándolo paralizado. De un gran salto
el Elfo Oscuro se situó al frente del que una vez fue un gran capitán.
Con una gran rapidez sacó de debajo de sus ropajes negros sus dos
preciadas cuchillas. Mostrando el brillo de su filo desafió al viejo
loco.
-¿Recuerdas?- en sus ojos apareció
un resplandor rojo- ¿recuerdas?
Al ver aquella mirada, que una vez viera
en ojos de un niño, recordó. Recordó el odio de aquella
mirada joven, de un pequeño elfo oscuro que odiaba porque se había
quedado sin familia. Recordaba que aquello ocurrió en la primera
incursión sobre tierras de Elfos Oscuros. Aquella en la que se ganó
los honores de su pueblo.
-Recuerdo- Dijo Laerion sabiendo que esta
sería su última palabra antes de su muerte.
El joven ataviado con los anchos ropajes
negros frotó sus dos dagas sobre estos, con intención de
limpiar cualquier resto de veneno que hubiera quedado en sus filos. No
quería que aquél traidor muriera rápidamente, sin
desangrarse, sin conocer el verdadero dolor. Ese dolor que inunda la mente
cuando se sabe que la muerte es inevitable y no se puede hacer nada por
acelerarla.
Al ver que el elfo de los ojos rojos se entretenía,
se lanzó hacia el. De repente apareció en el suelo, un rápido
movimiento del joven habíase librado de aquel desalentado ataque.
Tumbado bocabajo sobre el suelo, Laerion, sintió un golpe en su
nuca y perdió el sentido.
Cuando abrió los ojos no pudo averiguar
dónde se encontraba exactamente. Una habitación oscura, quizá
los calabozos, en la que lo único que emitía luz eran los
rojos ojos de su agresor.
-¿Ya has despertado?- dijo una voz
suave pero impetuosa- estaba esperando este momento.
Poco después de oír estas palabras,
el que otrora fuera capitán de una gran embarcación sintió
un dolor inmenso y agudo en su brazo izquierdo a la altura de su muñeca.
Al palpar con la otra mano su dolorido brazo, Laerion se dio cuenta de
que su mano izquierda había sido seccionada de su cuerpo. Otro nuevo
ataque hizo que la mano que le quedaba fuera igualmente arrancada. Después
el asesino con ferocidad, rapidez y precisión, hizo heridas en todo
su cuerpo. Heridas hechas sin el mínimo error, allí donde
la sangre fluye lentamente, pero sin parar.
Gritos de dolor salían de la boca
del mutilado.
-Tú, que has visto los ojos de la
muerte, verás la oscuridad durante el resto de tu vida.- y diciendo
esto, acercándose hacia la cara pegada al suelo de madera del barco,
arrancó los dos ojos sacándolos fuera de sus cuencas. Se
oyeron rodar por la habitación, al unísono con los espeluznantes
gritos de dolor que salían desde las entrañas del agredido.
-Después de esto, aún estando
Laerion, o lo que quedaba de el, retorciéndose en el suelo, el joven
asesino blandió sus armas en el aire y las hundió en su vientre,
dejando que de sus labios saliera un sonido susurrante que conformaba la
palabra: -ShadowBlade...
-Ahora conoces mi nombre, como lo conocieron
todos aquellos que murieron en mis manos. Contigo haré una excepción
y te perdonaré la vida. Recuerda pues la identidad de quien te hizo
esto porque nombrarla ya nunca podrás.
E introduciendo una de sus manos en la boca
del capitán, arrancó el miembro con el que completaba su
colección...
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Shadowblade, se sienta al lado del cuerpo
mutilado, aún con vida pero sin fuerzas, y comienza a cantar la
canción que le cantara Morathi cuando lo encontrara solo y desamparado
aquella noche en que perdió a su familia. Entre sus manos sostiene
la lengua de Laerion y comienza a impregnarla del veneno que impedirá
su putrefacción.
Ver morir,
Es mi vida.
Ver sufrir,
Es mi vida.
Ser druchii,
Es mi vida.
Moriré si pierdo la vida
Pero mi vida no será perdida
A no ser que la Gran Elfa
Por su vida me lo mande
Ver morir,
Es mi vida.
Ver sufrir,
Es mi vida.
Ser druchii,
Es mi vida.
El joven elfo oscuro lleva el miembro a su
cintura y lo coloca en el gancho en que se encuentran los demás.
No sabe que la embarcación se dirige hacia las peligrosas costas
de Karond Kar, tierra de arpías, pero en estos instantes le da igual
su destino, pues sabe que por muy peligroso que este sea... ¿qué
puede ser más peligroso que él mismo?