La última esperanza
Por Eloy Orteu
28 de Diciembre, campamento próximo a Beaumarchais, deambulaba
por mi campamento ignorando la nieve que caía sobre los desvencijados
muros, viendo la desolación en los ojos de cada uno de mis hombres,
cansados de combatir contra las fuerzas de los Druchii; cuando al norte, en
las montañas, se veía descender a un ejército. Pero no
eran ni mucho menos Elfos, eran figuras mucho mas robustas y que avanzaban
como un muro, eran Enanos.
Envié a un heraldo para que fuera a avisar a los enanos de nuestra
posición.
Cuando llegaron, su general solicitó mi presencia y yo fui al encuentro.
Grata fue mi sorpresa cuando vi que su general no era otro que Malin Matazafiros,
un viejo camarada mío, y que había venido a ayudarnos a detener
la invasión de los Elfos Oscuros. En ese mismo instante, uno de mis
hombres vino a avisarme de que los Elfos Oscuros estaban preparando otro ataque
contra el campamento por el sur. Rápidamente reuní a los pocos
caballeros que me quedaban y a mis hombres de armas para hacer frente al
invasor. Una sonrisa se dibujó en la cara de Malin cuando llegó
su maquinaria de guerra enana. Malin sabía lo que yo desprecio esas
máquinas pero el confía siempre en ellas. Sus guerreros fueron
tomando posiciones alrededor de la parte mas elevada del campamento, protegiendo
la artillería utilizando los guerreros como si de una muralla se tratase.
Mientras mi escudero acababa de ajustarme la armadura note un repentino golpe
de viento sobre mi tienda de lona, salí a ver que pasaba y lo ví
allí, orgulloso, con sus alas extendidas, era Georges con su pegaso
Alapálida y había traido a un grupo de caballeros Noveles que
estaban deseosos de enfrentarse al enemigo. Ordené a mis arqueros
que se colocaran en los flancos de la maquinaria para poder abrir fuego cuanto
antes. Antes de montarme en mi caballo me arrodillé para rezarle a
la Dama del Lago para que nos protegiera en nuestro último intento
por defender nuestra tierra. Pronto todos los caballeros hicieron lo mismo.
La visión de ver a todos los valientes hijos de Bretonia arrodillados
y rezando conmovió a los enanos. Entonces fue cuando de verdad vieron
la valía de las gentes de Bretonia, de los herederos de Guilles el
Bretón.
Fue entonces cuando empezaron a aparecer en el horizonte las esbeltas figuras
de los elfos Oscuros, portando sus profanos estandartes y marchando hacia
nosotros con una arrogancia y seguridad de vencer sorprendentes. Pero hubiera
dado mi silla de montar por ver la expresión de los rostros élficos
cuando vieron ante sí a un ejército para hacerle frente. Yo
sabía que esto no iba a ser suficiente para amedrentarles, pero por
lo menos si moríamos allí moriríamos haciendo frente
al enemigo, luchando por Bretonia y por el Rey, por la Dama del Lago y por
nuestras gentes.
La batalla comenzó con el sisear de las saetas y virotes de los
elfos oscuros, aquellas máquinas infernales no consiguieron derribar
a ninguno de mis hombres. La totalidad del grueso de su ejército avanzaba
sin detenerse hacia nuestras posiciones, en un momento los tendríamos
encima...
Lancé una rápida mirada a Malin, mirada que el supo interpretar,
esa mirada significaba que la batalla iba a jugarse en una sola carta, la
temeridad de una carga frontal contra sus líneas.
- Por Grugni- farfulló
el enano entre dientes
- Estos Bretonianos siempre
tan impacientes.
El enano miró al cielo y ordeno a sus tropas que marcharan al frente.
Yo sabía que Malin y sus tropas podían apañárselas
ellos solos en retaguardia asi que mande a todos mis caballeros que cargaran
con furia.
Rápidamente las formaciones Druchii fueron perdiendo consistencia
y muchas de sus tropas empezaban a huir anta el peligro inminente de la caballería.
Los enemigos que quedaban entre líneas eran aplastados por los enanos
que marchaban detrás con un avance lento pero firme.
Georges voló sobre su pegaso sobre nuestras cabezas y aterrizó
violentamente sobre las baterías de lanzavirotes de los Elfos Oscuros,
despedazando sin piedad hasta el último que intentaba huir.
Mientras acababa con los restos de unos verdugos me encontré cara
a cara con la responsable de todos nuestros ataques, Shara, la mas despiadada
hechicera elfa que jamás hubiera pisado suelo bretoniano.
Con un movimiento de su báculo intentó hacer que sintiera
compasión de ella, o quizás intentó seducirme pero no
se puede corromper el corazón de un caballero del Grial, y sin ningún
tipo de remordimiento le asesté un certero y limpio golpe en el cuello
que le separó su impío pero bello rostro del cuerpo.
La carga de los caballeros había funcionado a la perfeccion pero
todavía quedaban muchas unidades Druchii detrás de mi posición,
enfrentándose a Malin.
De un perfecto hachazo Malin abatió otro elfo mas, cuando de repente
un asesino saltó de entre las filas para acabar con la vida de Malin,
pero una vez mas, su armadura rúnica resistió la cuchillada.
De no haber sido por ella seguro hubiera muerto, pues la destreza de estos
asesinos es inigualble. Cuando Malin vió que la hoja élfica
no lo había atravesado esbozó una pequeña sonrisa y empuñando
su hacha de batalla partió al asesino en dos de un solo golpe.
Los ingenieros enanos seguían disparando con sus catapultas a los
jinetes Oscuros que intentaban tomar el campamento.
Las flechas de mis pocos arqueros apenas hacían mella en las líneas
enemigas pero era suficiente para ganar tiempo.
Pronto la batalla empezó a decantarse a favor del bando bretoniano,
ya que sus caballeros combatían con una furia temible sabiendo que
esta era su última esperanza por echar al invasor de su tierra.
Cuando los rayos del sol empezaron a iluminar el campo, ya eran pocos los
elfos que quedaban en pie, los demás habían muerto o huido.
Acabando de matar al último lancero, iluminado por un repentino rayo
de sol, se alzó orgullosa y centelleante la figura del general bretoniano,
del hombre que había llevado a la victoria a su ejército, del
caballero que sería recordado en las leyendas por sus hazañas,
las hazañas del Caballero Aloys de Montjoie.
Con el paso de los años aquel campamento fue reconstruido y se alzaron
templos en honor a los valerosos enanos y por supuesto, en honor a los bretonianos
que les salvaron en aquel glorioso día.