Marta y Estela

(imprímelo para que lo leas mejor)

Marta lavaba la ropa y, era cierto, sus senos firmes se movían, y se asomaban, como a invitar miradas. El sol la hacía sudar. Su cuerpo bellísimo era un oasis en esa tierra olvidada o más bien desconocida, que era peor, tierra de infierno desconocida y seca. Para algunos, la piel quemada de Marta llegó a ser el motivo de levantarse a empezar el día. Y no los puedo culpar. Yo también alguna vez basé mi vida en ver de nuevo a una mujer, aunque fuera de lejos, y soñar con que podría conocerla, tal vez incluso amarla, o más, ser amado por ella. Marta, no sé bien qué pensaría, pero tampoco los culpaba. Ella sabía soportar las miradas. No le gustaba cómo la observaban, pero también entendía las necesidades de estos hombres que eran como bestias. Además siempre la respetaban. La miraban con ansiedad y a la vez con cierta discreción. No moriría Marta por las miradas, ella lo sabía, ni porque ellos fueran después a masturbarse o acostarse con sus mujeres pensando en ella. Por eso permitía que la vieran siempre y cuando no fuera de manera exagerada.

A Esteban también le gustaba Marta. Le gustaba mirarla pasar. Echar a volar la mano, y con ella la imaginación, para saludarla y hacerse una vida al lado de ella. Sentado al lado de su esposa a veces imaginaba cómo hubiera sido su vida si en vez de elegir a su amor, hubiera seguido su instinto y se hubiera casado con Marta.

—¡Esteban!, se interrumpía la imaginación y la mirada con el grito furioso de Estela.

Celos, envidia, amargura. Quién sabe qué predominaba en ese chillido autoritario y triste. Soy más bella que esa chamaca, ¿qué le puede ver? Y con la cabeza baja y el estómago apretado, no contestaba porque para ella era obvio lo que otros sospechaban: a lo mejor, más que la belleza de Marta, era la esperanza de tener hijos lo que le atraía a Esteban. Esta verdad la mataba de coraje y ella, durante mucho tiempo, aguantaba el llanto pensando que no era su culpa; no lloraría por cosas que no le correspondieran, no lloraría por tonterías como ésa.

Estela fue muy atractiva y siempre fue la más brillante. Cocinaba mejor, se llevaba mejor con los hombres, era más platicadora y siempre fue mejor conocida que Marta. Ahora, casada y después de varios intentos de tener hijos, todos fallidos y con abortos tempranos en los mejores casos, ya no interesaba a nadie, ni siquiera a sí misma. Sólo a veces a Esteban pero, ahora, incluso él anhelaba otra vida. Todos habían olvidado su vida pues ella había dejado su carisma en alguna esperanza perdida. Esteban, sin embargo, comprendía. Él podía ser feliz así, sin hijos. Pero el carácter de Estela en vez de ser positivo y salir adelante ante la tormenta de la vida, empeoraba con los intentos y después con los años. Parecía que no era tan fuerte de carácter como aparentó serlo años atrás. Estéril Estela, y estéril su vida. ¿A qué la trajeron entonces al mundo? se preguntaba sollozando, ahogándose en su pobre llanto, salado como el mar. A morir, pensó. Era cierto, y no imaginaba a qué grado tenía razón.

Así que eso es lo que Esteban veía en Marta: primero su saludo y después su cuerpo, sobre todo su vientre, sus hijos. Aunque con el paso del tiempo ya no sabía si pensar en el futuro, es decir, en lo que pudo haber sido, o si era mejor no pensarlo y sólo mirar sus senos, buscando una relación carnal y dejándose llevar como debió hacer antes, como todos, por sus instintos. Un día, sábado, mientras Esteban espiaba con suma discreción a Marta, se produjo el milagro.

Dos días antes, después de rascar el óxido al fondo de la lata de café, Esteban había salido a comprar más. En vez de sacar uno nuevo del canasto, fue a una de las dos tiendas que habían en su pequeño rancho, San Francisco de la Sierra, esperando ver a Marta. La comunidad contaba con una iglesia vacía, una escuela, un pozo donde iban con el burro y un par de baldes a buscar agua, varias familias cuya riqueza se medía por el número de chivos que tenían, y 50 habitantes donde prácticamente todos eran familiares.

La escuela, si bien no estaba vacía como la iglesia, tampoco podía ufanarse de tener la mejor educación para sus estudiantes. De todas maneras ¿quién iba a juzgar allí la educación que se impartiera? Lo importante para todos era la supervivencia de la comunidad, mantener las tradiciones, y la mejor educación era la que alcanzaban a dar en casa, enseñando labores del hogar a las mujeres, hacer queso panela, tortillas, dulce de leche, y cómo trabajar, hacer riendas, montar mulas, y arriar chivos, a los hombrecitos. A algunos se les enseñaba a andar por la sierra, lo cual era casi natural entre todos ellos, sin perderse. Después se turnaban a los turistas que venían para ver las pinturas rupestres. Turistas que llegaban por obligación a la miseria de ese rancho, donde tenían que ir a la letrina que escondía una torre de excremento al aire libre, soportar el calor del semidesierto, y las treinta y tres moscas que en promedio volaban y se posaban sobre ellos. Sin contar los olores de los animales, espantar a las gallinas que se meten a la sala, o ser confesados por Don Enrique que era el encargado de recibirlos. Todos querían ver las pinturas y olvidarse que siquiera pasaron por allí. Era el mal trago que costaba admirar los once mil años de antigüedad dibujados altos y como gigantes o dioses, en la profundidad de la barranca. Los últimos años inculcar estas tradiciones era más y más difícil. La televisión era la que educaba a los jóvenes, enseñándoles que la buena vida no estaba en un lugar perdido como San Francisco de la Sierra, sino en la ciudad, donde puedes ser importante, salir en la tele, ser un funcionario con una oficina grande y sin libros, y ser admirado por millones de babosos que te verán desde la pobreza de sus míseras casas. Ésa es la buena educación. Y San Francisco empezaría a vaciarse y morir tras cada generación.

Éstos, sin embargo, eran otros tiempos, lejanos todavía. Y Esteban no pensaba en el futuro del rancho, sino en el suyo, en su porvenir. Vio pasar a Marta, como había esperado, y la saludó cordial. ¿Hoy no te grita tu mujer? —le respondió cómplice y burlona, y levantando los hombros con una sonrisa que parecía de un niño diciendo “no, hoy no vino mi mamá” Esteban intentó decir que no, y continuó, Hola Rogelio, dame un bote de café. ¿Te queda? Sí, toma. ¿Cuánto es? Lo de siempre. Esteban sacó un billete y lo puso sobre el mostrador. Quédate el cambio, dijo enamorado, viendo con un suspiro más a Marta. Bueno, pues buenas tardes. Buenas tardes, respondieron Rogelio y Marta, que se quedaron un rato más platicando del buen Esteban, tan bueno y tan mandilón. ¿Por qué no se habrá fijado en ti, Martita? No sé, siempre me gustó. Pero en los ojos se le ve que no la dejará nunca. Ni modo. Tan buena pareja dada a la amargura. ¿Qué le vamos a hacer?

Al otro día Esteban, un poco decrépito de tanto convivir con Estela, se despertó cansado. Estela, que siempre se levantaba antes que Esteban, estaba acostada boca arriba y con los ojos abiertos sin parpadear. ¿Estela? ¿Estás bien? Y el susto se confirmó con una voz clara y firme: estoy harta. Me siento mal, no me voy a levantar. Ay Estela, me espantaste. Ni modo viejo, no se te hizo, aquí sigo aunque no quiera. Bueno, descansa. Ya se te pasará. Voy a traerte el desayuno. Abrió las delgadas cortinas que le enojaban y se fue a la cocina.

Aunque no eran ricos, a ninguno de los dos les preocupaba la comida. En la panera siempre había lo que quisieran. Se terminaba, pero bastaba con cerrarla y abrirla para que hubiera algo nuevo; normalmente aparecía lo que más se le antojaba a Fidel, el perro. Un nombre lógico para un perro, pues en francés fidel quiere decir fiel. Y aunque los perros son convenencieros e infieles consigo mismos, lambiscones e hipócritas, debemos aceptar que como amigo Fidel sí le era fiel a sus dueños. Ellos corrían con suerte porque el perro tenía muy buenos gustos y parecía conocer la alta cocina internacional. También les daba gusto cuando les concedía sabrosos chiles rellenos, albóndigas o mole. Pero esta mañana, con todo y la magia de la canasta, Esteban además de cansado, estaba triste. Seguía soñando con sus cortinas verdes y pesadas para tapar la luz del sol y deseaba que un día el armario fuera como la panera. Pero no. Por más que abría y cerraba las puertas solamente encontraba sus camisas y calcetas de siempre. Un día abrió las puertas y cayeron unas agujetas. Se emocionó ante la magia que produjo, pero lo volvió a intentar, concentrándose y pensando: cortinas verdes, grandes y pesadas, pero no dio resultado. Esa tarde Estela le preguntó por las agujetas que había colgado con la ropa. Las quemé. ¿Cómo que las quemaste? Pues me hicieron enojar y las quemé. Además estaban muy feas. Pues tú también estás feo y no te he quemado. La próxima vez te habrías de quemar... ¡los pelos!

Abrió la canasta buscando el pan tostado, con mantequilla, mientras se calentaba el agua para el café, pero en lugar del pan había un filete. Lo sacó y se lo aventó a Fidel, ya conocía sus mañas. Fidel, fiel, sintiéndose culpable por ser más marrano que perro, esperó un instante, como pidiendo perdón o rezando una oración, y enseguida devoró con el hocico el filete jugoso y dorado. Mientras masticaba, Esteban le echó una sonrisa mientras sacaba el pan tostado con un magnífico aroma. Sirvió el café en una taza vieja de peltre —la alacena tampoco era como el canasto—, y regresó al cuarto. Estela seguía en la misma posición, boca arriba y con los ojos abiertos sin parpadear. Ten Estela, te va a caer bien. ¿Estela?

El resto del día Esteban estuvo recibiendo gente que venía a darle el pésame, mientras que los familiares más cercanos a Marta limpiaban la iglesia y hacían los preparativos del funeral. Tuvieron que pedir a Rogelio que los llevara en su camioneta hasta San Ignacio para conseguir la madera para el féretro. El llanto y el silencio marcó el día entero. Pronto se supo en todos los ranchos con que comerciaban que Estela había muerto. Una decena de hombres y otra de mujeres —casi la mitad del pueblo— se quedaron en la iglesia rezando por turnos hasta el amanecer. Al día siguiente llegaron las mulas para llevar el féretro hasta el panteón donde estaban enterrados los padres de Estela, y los padres de sus padres, y los padres de los padres de sus padres; a excepción, claro, de un bisabuelo que se fue a vivir a Estados Unidos y nunca regresó.

El sábado transcurrió como cualquier otro, menos para Esteban que después de un par de décadas de rutina ya no sabía qué hacer ahora que estaba solo. Ya más tranquilo, quiso salir a caminar para ver gente. Detenido en la puerta de su casa vio a lo lejos a Marta, que platicaba sosteniendo una bandeja con ropa en sus brazos.

¡Esteban! Gritó Estela. Éste pegó un brinco hasta el techo y volteó para encontrar a la mismísima Estela viéndolo desde la habitación. Viva. dmg
17/sep/2003
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David Moreno Guinea

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