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Cortando huracanes E. Altshuler Orbe Año VII No. 11, 6-12 Ago 2005
Heme aquí, mientras esperamos las ráfagas de Dennis en la oscuridad, intentando poner en términos racionales la última anécdota de mi suegro sobre el ciclón del 44. Hombres, mujeres y niños, parados en fila india, apretados unos contra otros, deseando tener zarpas en vez de pies para aferrarse a la tierra desnuda, agarrados como en el más feroz de los metrobuses habaneros al palo principal de aquel vara-en-tierra, sin importarles orinar unos sobre otros a lo largo de las horas, luchan por algo sencillo: evitar que las ráfagas inclementes del temible huracán los hagan volar más alto que el penacho de la última palma que aún queda en pie en toda Bahía Honda. Y ahí es cuando Hortensio se harta. A pesar de los gritos de desesperación que claman porque vuelva al vara-en-tierra, Hortensio sale, logra erguirse de algún modo frente a las ráfagas, extrae la mocha de la cintura, y la blande con la mayor elegancia posible, dadas las circunstancias, haciendo ademán de cortar el viento. Cuando siente que las plantas se le están separando definitivamente de la tierra para levantar vuelo, Hortensio cae de bruces sobre el suelo, porque la tormenta, como por arte de magia, ha desaparecido.
Desde hacía algún tiempo, Edward Lorenz intentaba predecir el tiempo modelando físicamente ciertos fenómenos atmosféricos mediante complejas ecuaciones no lineales que resolvía con la ayuda de una computadora. Para ello, introducía en la máquina una serie de datos iniciales (temperatura, presión, humedad, etc.), y esperaba el resultado. Un día de noviembre de 1961 decidió correr uno de sus juegos de datos por más tiempo que el usual, y para ello utilizó un “atajo”: en vez de comenzar desde cero nuevamente, metió en la computadora, como datos inciales, los valores de temperatura, presión, humedad, etc., que había obtenido a la salida de la última corrida. Fue a tomar café y, cuando volvió, constató algo muy extraño: la computadora estaba indicando resultados extraordinariamente diferentes de los que cabía esperar tras un tiempo tan corto. Al principio pensó que algo estaba funcionando mal en la máquina, pero, tras algunas pruebas, comprendió que la causa era más esencial: considerándolo una molestia innecesaria, no había copiado los datos para comenzar la segunda corrida con todas las cifras decimales que la computadora había reportado en la primera corrida (por ejemplo, habría puesto “25,342 grados Celsius en vez de 25,342103 grados Celsius”). Increíblemente, estas pequeñísimas variaciones en los datos introducidos producían siempre una enorme variación en los resultados finales calculados por la computadora, a pesar de que las ecuaciones involucradas eran deterministas[1]. Este tipo de comportamiento se conoce como caótico, y no se debe confundir con el desorden total. En el caos no hay desorden total, como ocurre en el caso de las moléculas de un gas ideal, por ejemplo. Los sistemas caóticos se puden describir por ecuaciones perfectamente deterministas pero que, debido a su no linealidad, producen resultados muy diferentes ante una pequeña variación de las condiciones iniciales. De forma un tanto poética, el propio Lorenz llamó a su descubrimiento “Efecto Mariposa”: las ecuaciones que rigen el clima son tan complejas, que, en principio, una mariposa que bate sus alas en Cuba podría producir un tifón en Asia. ¿Hasta qué punto es exagerada esta imagen? ¿Puede realmente una efímera acción humana modificar las extraordinarias fuerzas de la naturaleza?. ----------------- Heme aquí, mientras esperamos en la oscuridad las ráfagas del huracán Dennis, intentando adivinar en qué esquina de la casa debería estar recostada la mocha que ha de usarse, en principio, para ahuyentar ladrones.
[1] En este contexto,
determinista indica que la ecuación no contiene en sí misma ningún
elemento aleatorio, de modo que en
principio su solución debía ser predecible. Por ejemplo, la famosa segunda
ley de Newton, F = ma, es una
ecuación determinista. |
Sistemas caóticos
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Los resultados de las ecuaciones de Lorenz son más fáciles de visualizar en el llamado espacio de fase (que no hemos explicado en el texto), donde se obtienen bellas figuras geométricas como el hoy clásico Atractor de Lorenz. |