El encuentro sostenido ayer en Madrid entre el presidente del gobierno espa�ol, Jos� Luis Rodr�guez Zapatero, y el lehendakari (jefe del gobierno vasco) Juan Jos� Ibarretxe, en torno al plan elaborado por el segundo �y aprobado el pen�ltimo d�a del a�o anterior por el Parlamento de Vitoria� para ensanchar la autonom�a del Pa�s Vasco y convertirlo en una regi�n "libremente asociada" a Espa�a, puede interpretarse, en una primera lectura, como una confrontaci�n de posiciones irreconciliables y, por lo que hace el ocupante de La Moncloa, como una reiteraci�n de las actitudes invariables intolerantes y cerradas que Madrid ha mantenido ante el conflicto vasco desde la instauraci�n de la democracia, al margen del partido que gobierne.
En efecto, despu�s de la reuni�n Rodr�guez Zapatero hizo saber que el Plan Ibarretxe "nunca se aprobar� ni aplicar�" bajo su gobierno, en tanto el mandatario vasco expres� su determinaci�n de llevar la propuesta a referendo entre los vascos, pese a que tal procedimiento no est� previsto en la Constituci�n y carece, por ello, de validez jur�dica. Con tales se�alamientos podr�a considerarse incluso que la unidad de Espa�a y la constitucionalidad, representadas por Rodr�guez Zapatero, y la institucionalidad de Euskadi y los reclamos de autodeterminaci�n de sus habitantes, encarnados por Ibarretxe, han entrado en una ruta de colisi�n inevitable y de perspectivas sombr�as e inciertas.
Es importante, sin embargo, tomar en cuenta las importantes diferencias de forma y de maneras entre el gobernante del PSOE y su antecesor, Jos� Mar�a Aznar: mientras �ste se neg� a abordar con el lehendakari cualquier asunto relacionado con una alteraci�n del estatuto de autonom�a que rige al Pa�s Vasco y lleg� a promover modificaciones legales para amenazar con sanciones penales a Ibarretxe en caso de que �ste llevara adelante su iniciativa, Rodr�guez Zapatero lo ha recibido en dos ocasiones, ha abierto oportunidades al di�logo y, si bien ha rechazado frontalmente el Plan Ibarretxe, al considerarlo un "callej�n sin salida", ha dejado abierta, en cambio, una v�a institucional para la modificaci�n del estatuto auton�mico. Ayer mismo ofreci� al gobernante vasco "volver a empezar desde el principio por el camino del consenso y de la ley".
Lo que sigue es necesariamente un camino pantanoso. La propuesta mencionada ser� turnada al Congreso de Madrid, donde es de preverse que ser� abrumadoramente rechazada por los partidos espa�oles mayoritarios, en cuyo caso Ibarretxe proceder� a someterla a consulta en el Pa�s Vasco. Pero incluso si el lehendakari aceptara la v�a propuesta por Rodr�guez Zapatero y buscara la aprobaci�n de reformas semejantes al estatuto auton�mico en el seno del Parlamento espa�ol, tales reformas ser�an atajadas por la mayor parte de los diputados. Por otra parte, el presidente del gobierno espa�ol tampoco las tiene todas consigo. El caso de la expansi�n al estatuto de autonom�a de Catalu�a, recientemente aprobado en Barcelona, es un precedente ineludible, y no s�lo en t�rminos morales e institucionales, sino tambi�n en la arena pol�tica inmediata: la cogobernante Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) advirti� que sus ocho diputados al Congreso espa�ol dejar�n de apoyar al PSOE si �ste rechaza negociar el Plan Ibarretxe.
En ese embrollado panorama, la �nica v�a sensata para los vascos, los espa�oles y los vasco-espa�oles es la negociaci�n pol�tica y la preservaci�n del di�logo y la participaci�n de todas las partes para alcanzar acuerdos que resulten satisfactorios para Madrid y para Vitoria. Si la v�a pol�tica fracasa, los pol�ticos habr�n desperdiciado una oportunidad acaso irrepetible y habr�n realizado un enorme regalo a los partidarios de la violencia en sus dos vertientes, el terrorismo y la guerra sucia. Cabe esperar, por ello, que imperen la responsabilidad y el buen sentido, y que Rodr�guez Zapatero e Ibarretxe logren, por medio de la palabra y la concertaci�n, lo que no han logrado los asesinos etarras, los polic�as violadores de derechos humanos y los dirigentes del Partido Popular, herederos ideol�gicos de Franco y practicantes modernos de la consigna fascista que defin�a a Espa�a como "Una, Grande y Libre".
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