Opinión
Monumento  al Hermano Lejano, San Salvador.

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  1.  Nuestra Opinión
  2. Invitad@ del mes

  3.  
      Myrna López, salvadoreña

      Juan Benzo


Nuestra opinión:

                        Tomado de "Canto General" de Pablo Neruda

       Los Enemigos

Ellos aquí trajeron los fusiles repletos
de pólvora, ellos mandaron el acerbo exterminio,
ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba,
un pueblo por deber y por amor reunido,
y la delgada niña cayó con su bandera,
y el joven sonriente rodó a su lado herido,
y el estupor del pueblo vio caer a los muertos
con furia y con dolor.
Entonces, en el sitio
donde cayeron los asesinados,
bajaron las banderas a empaparse de sangre
para alzarse de nuevo frente a los asesinos.

Por estos muertos, nuestros muertos,
pido castigo.

Para los que de sangre salpicaron la patria,
pido castigo.

Para el verdugo que mandó esta muerte,
pido castigo.

Para el traidor que ascendió sobre el crimen,
pido castigo.

Para el que dió la orden de agonía,
pido castigo.

Para los que defendieron este crimen,
pido castigo.

    No quiero que me den la mano
    empapada con nuestra sangre.
    Pido castigo.
    No los quiero de Embajadores,
    tampoco en su casa tranquilos,
    los quiero ver aquí juzgados,
    en esta plaza, en este sitio.

    Quiero castigo.

La masacre de El Mozote


El 10 de diciembre de 1981, en el caserío El Mozote, departamento de Morazán, fueron apresados por unidades del Batallón Atlacatl, sin resistencia, todos los hombres, mujeres y niños que se encontraban en el lugar. Después de pasar la noche encerrados en las casas, el día siguiente, 11 de diciembre, fueron ejecutados deliberada y sistemáticamente, por grupos.
Primero fueron torturados y ejecutados los hombres, luego fueron ejecutadas mujeres y, finalmente, los niños en el mismo lugar donde se encontraban encerrados. El número de víctimas identificadas excedió de doscientas. La cifra aumenta si se toman en cuenta las demás víctimas no identificadas.

Estos hechos ocurrieron en el transcurso de una acción antiguerrillera denominada "Operación Rescate", en la cual, además del Batallón Atlacatl, participaron unidades de la Tercera Brigada de Infantería y del Centro de Instrucción de Comandos de San Francisco Gotera.

En el curso de la Operación Rescate, se efectuaron, además, masacres de la población civil en los siguientes lugares: el día 11, más de veinte personas en el cantón La Joya; el día 12, unas treinta personas en el caserío La Ranchería; el mismo día, por unidades del Batallón Atlacatl, los moradores del caserío Los Toriles; y el día 13, a los pobladores del caserío Jocote Amarillo y del cantón Cerro Pando. Más de quinientas víctimas identificadas perecieron en El Mozote y en los demás caseríos. Muchas víctimas más no han sido identificadas.

De estas masacres existe el relato de testigos que las presenciaron, así como de otros que posteriormente vieron los cadáveres, que fueron dejados insepultos. En el caso de El Mozote, fue plenamente comprobada, además, por los resultados de la exhumación de cadáveres practicada en 1992.

A pesar de las denuncias públicas del hecho y de lo fácil que hubiera sido su comprobación, las autoridades salvadoreñas no ordenaron ninguna averiguación y negaron permanentemente la existencia de la masacre.

El Ministro de la Defensa y el Jefe del Estado mayor han negado a la Comisión de la Verdad tener información que permita identificar a las unidades y oficiales que participaron en la Operación Rescate. Han expresado que no existen archivos de la época.

El Presidente de la Corte Suprema ha tenido una injerencia parcializada y política en el proceso judicial iniciado sobre la masacre en 1990.
 
 

Tomado de:
De la Locura a la Esperanza. La guerra de 12 años en El Salvador. Informe de la Comisión de la Verdad para El Salvador
(1992-1993). Segunda Edición, Editorial Arcoiris, San Salvador.
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Invitad@ del mes


Myrna López, salvadoreña.

 En una prosa vertiginosa, enraizada en el habla natural y en hechos conmovedores, los relatos  de Myrna López nos hacen reír, llorar y meditar sobre la vida, la muerte y, más que nada, la condición de la mujer en la crueldad de la guerra, y su rol vivificador entre el horror del acontecer histórico y la amarga belleza de lo cotidiano.

Ha vivido en varios países latinoamericanos. Está radicada en Suecia desde 1986. Trabaja como asistente social. Representada en varias antologías, revistas y diarios, este es su primer libro.

 EL DEPORTE DE LA GUERRA

La masa humana se precipitó contra la entrada del hotel. Iban armados de piedras, palos, machetes, martillos y cuanto pudieron conseguir. Pero sobre todo, iban armados del odio acumulado de siglos, seguramente con diferentes motivaciones, con tantos orígenes como individuos y tantas afluentes como generaciones habían en la masa.
Los  jugadores hondureños,  refugiados en su hotel estaban aterrados. La reciente victoria en el fútbol contra el equipo local, se había convertido en una victoria pírrica que podía costarles nada menos que la vida.
La policía anti-motines trataba sin mucho éxito de contener aquella masa en llamas.
    -¿¿Cuilios hijos de puta-les gritaban- que son catrachos ustedes también?? ¡¡¡Apártense si no quieren que les volemos la cabeza !!!
Empezaron a lanzar piedras. Una de las pedradas fue a dar a la británica cabeza de un turista que había abierto la ventana de su habitación con la esperanza de entender lo que estaba pasando. El turista entendió todavía menos pero pudo contar entre sus exóticas experiencia en El Salvador, con un moretón más en su británica cabeza.
Después de cuatro horas de asedio, fue necesario llamar al ejército y montar un enorme operativo para escoltar a los jugadores  hondureños hasta el aeropuerto ya que nadie podía garantizarles su seguridad personal de otra manera. Los respectivos periódicos nacionales publicaron su versión de los hechos:

LA PRENSA AL DIA
La opinión independiente de Honduras
“INFAMIA GUANACA VICTORIOSOS JUGADORES HONDUREÑOS
A PUNTO DE SER LINCHADOS POR PLEBE” (corresponsal)
Los jugadores del equipo nacional de Honduras estuvieron a punto de ser
linchados por la plebe salvadoreña después de haber ganado el partido de
fútbol de las semifinales para el campeonato latinoamericano. Importantes
fuentes, que desean permanecer anónimas, han revelado que se trata de un
conflicto organizado desde las altas esferas de poder para desviar la
atención de la población de la crisis económica y política que está sufriendo
El Salvador.
Resulta sorprendente que los hermanos salvadoreños se dejen engañar por
semejante patraña.
¿Qué les hemos hecho a los salvadoreños? Como no sea el delito de
recibirlos fraternalmente en nuestro territorio nacional cuando muertos de
hambre, cruzan la frontera en busca de mejor vida. Mal paga el diablo a
quien bien le sirve. Sólo hemos despertado envidia y malos sentimientos.
¿Hasta cuándo va a tolerar el gobierno hondureño el maltrato de ciudadanos
hondureños en El Salvador?

EL PAIS HOY.
El  Decano de la Información.
“AFICIONADOS AL FUTBOL INDIGNADOS ANTE JUEZ VENAL” (Corresponsal)
Una enorme manifestación de aficionados se congregó ayer de manera  espontánea
frente al Hotel San Salvador, en pleno centro de la capital para protestar por la sentencia
evidentemente parcial de un juez extranjero que de manera escandalosa dio la victoria
al mediocre equipo de Honduras, victoria que, de buena ley correspondía a la oncena salvadoreña.
La Prensa hondureña, de una manera tendenciosa, ha desvirtuado los hechos y desatado una
campaña de calumnias contra El Salvador. ¿Qué les hemos hecho a los hondureños para que
distorsionen los hechos de esta manera, sin el mas mínimo respeto por la verdad y la decencia
periodística? Como no sea, claro está, colaborar con nuestra humilde fuerza de trabajo al
engrandecimiento de Honduras a través del  esfuerzo de los miles de compatriotas que
generosamente ofrendan su sudor y sangre, haciendo lo que los hondureños, - que no se distinguen
por trabajadores-, no quieren hacer.
Importantes fuentes que pidieron permanecer anónimas informaron a El País Hoy que la campaña de desinformación obedece a un plan orquestado en las esferas de poder del vecino país con el objeto de desestabilizar el gobierno salvadoreño y las instituciones del estado.
Las cancillerías de ambas repúblicas protestaron casi simultáneamente por las ofensas inferidas de
ambos lados, mientras la ira cundía como la mugre en la ropa blanca en ambos lados de la frontera.

EL PAIS HOY.
“MANCHA BRAVA ASESINA SALVADOREÑOS EN HONDURAS”
APPI. Choluteca, Junio de 1969.
La organización hondureña denominada  La Mancha Brava
ha organizado una brutal cacería de trabajadores migrantes
salvadoreños a los que acusa de robar el sustento a los hondureños.
En el libelo Patria Hondureña, escriben los facinerosos que no
descansarán hasta librar a honduras de la plaga de salvadoreños
que poco a poco se van apropiando del  territorio hondureño.
¿Hasta cuándo toleraremos tanta infamia?

LA PRENSA AL DIA.
“CAMPAÑA CONTRA HONDUREÑOS EN EL SALVADOR”
APPI.. San Salvador, junio de l969. Un vespertino de esta capital
hace este día un urgente llamado a la  población a cerrar filas contra
Honduras. El periódico da instrucciones a la población sobre como
descubrir, denunciar y asesinar a los hondureños residentes en El Salvador,
a los que califica de espías. Fuentes no confirmadas revelaron al
corresponsal de “La Prensa al día” como una mujer hondureña fue
violentamente sacada de su hogar en San Salvador y linchada frente
a sus pequeños hijos que lloraban y gritaban ante el horror de ver a
la autora de sus días en manos de la plebe inclemente. ¿Qué espera
el gobierno de la República para hacer justicia?

EL PAÍS HOY.
“HORDAS SALVAJES CONTINÚAN  ASESINATO INOCENTES”
APPI. Puesto fronterizo El Amatillo. Fuentes vinculadas con la Cruz Roja Salvadoreña denunciaron  a este matutino el caso del humilde campesino Rogelio Pérez Martínez.
Pérez Martínez había permanecido en el campo de refugiados de este puesto fronterizo, sin comer ni beber durante varios días, empezando ya a mostrar severos síntomas de deshidratación. El personal de la Cruz Roja notó que un olor apestoso emanaba de los puños crispados de Pérez Martínez y procedieron a abrirle las manos, creyendo que se trataba de una herida infectada. Cual no sería la sorpresa de los trabajadores cruzrojísticos cuando encontraron dentro de los puños del hombre dos manitas de  tierno, probablemente de un recién nacido hijo del infortunado hombre víctima de la siniestra Mancha Brava.”
 

Diariamente circulaban historias de las atrocidades que se cometían de ambos lados.Y la verdad de las cosas es que los gobiernos no tenían ninguna posibilidad de control de estas informaciones. Las poblaciones de ambos países hervían como el agua para chocolate.
Las peores historias de los crímenes de los hondureños no estaban en los periódicos. Los periódicos solo comenzaron con ellas. La típica historia de “la situación” comenzaba así:
Puessiesque fijate que el marido de mi hermana tiene un conocido que trabaja en la Cruz Roja  que le contó a su mujer que….
Los estudiantes universitarios exigían que se suspendieran las clases y en su lugar, se abriera un centro de reclutamiento militar para la futura guerra que defendería el honor patrio.
Los empleados públicos hacían manifestaciones pidiendo armas para defender el honor mancillado de la Patria. Las amas de casa querían ponerse a coser inmediatamente y sin demora, los miles de uniformes que los soldados del Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional iba a necesitar en su campaña para  defender al país de la bota extranjera. La Radio Nacional transmitía ininterrumpidamente llamados al patriotismo entre una pieza marcial y un himno. Y hasta hubo un poeta, de cuyo nombre no quiero acordarme, que le escribió una oda a la guerra.
La Radio Nacional anunció que las consabidas fuentes anónimas habían filtrado la información de que el ejército hondureño tenía planes para bombardear la capital salvadoreña. Por esa razón, se suspendía el servicio de alumbrado público y el servicio eléctrico en general desde las 18 horas de cada día hasta las 6 a.m. del día siguiente. Se pedía a la población cerrar las ventanas para que los aviones hondureños no pudieran  localizar el blanco de sus bombardeos. Durante todo el mes de julio, las familias salvadoreñas cenaron con su delgada vela de cera, su grueso patriotismo y la Marcha a Gerardo Barrios que  salía de los radios de transistores, sólo interrumpida por los comentarios de la familia acerca de “la situación”.
El Presidente de la República vio crecer su estatura política a pesar de su (casi) uno cincuenta de estatura cuando, en una de esas tardes pronunció hacia el éter y sus conciudadanos las palabras que le inmortalizarían:
“¿Cómo es posible que el hombre pueda tranquilamente  pasearse por la superficie de la luna, y no pueda caminar sin peligro por las veredas de Honduras?”, discurso muy aplaudido que motivó aún a sus enemigos políticos a tratarle con respeto y a llamarle  “Señor Presidente”, título ante el cual él ni siquiera volvía la cabeza, de tan desacostumbrado que estaba; en vez de “Tapón “como corrientemente lo habían llamado desde que cumplió los 14 años y comprendió de que ya no crecería un centímetro más.

II

Doña Rosario Vairo de Antillón, nuestra vecina de la colonia “La Providencia”, era lo que se podría llamar el prototipo de la vecina salvadoreña, a pesar de que era hondureña por los cuatro costados.
Versada en recetas de cocina lo mismo que en el conocimiento de las vidas privadas de los demás vecinos, gozaba de un poder excepcional  en su pequeño reinado de “La Providencia”, ganado por su capacidad de repartir generosamente sus consejos  en todo tipo de  problemas domésticos: desde como sacar una mancha de chocolate de una falda de satín, hasta como quitarle la “chirria” a un marido infiel, todo entraba dentro de la amplísima esfera de conocimientos de Doña Rosa Vairo de Atillón, o “niña Chita”(1) como la llamaban en “La Providencia. Todas las mañanas, a la hora de ir a comprar el pan, aprovechaba la buena señora para enterarse de boca de la tendera, una de sus fuentes más fidedignas, de lo ocurrido en las vidas del vecindario en las últimas 24 horas. Mírala, me decía mi hermano cuando ya íbamos para la escuela, allí está la niña Chita cargando el tanque.
La gente la trataba con consideración , por aquella intuición de la sabiduría popular que aconseja que a una vecina como a la niña Chita es mejor tratarla con todo el respeto posible, hecho muy importante en una sociedad en la que la virginidad de las señoritas y la castidad de las señoras son cuestiones de vida o muerte. La gente la saludaba con respeto, y hasta le pedía consejos. La guerra vino a transformar esta serena existencia  en una pesadilla.
De la noche a la mañana y por obra y gracia de la tal guerra, la niña Chita dejó de ser lo que era para convertirse en peligrosa espía hondureña. Circulaban  rumores de que la niña Chita, por las noches enviaba señales de luces a los aviones hondureños desde la azotea de su casa para que  bombardearan “La Providencia”. Todo el respeto acumulado en su reinado chismeril de tantos años desapareció y se transformó en recelo y desconfianza.
De pronto, la tendera dejó de darle información  sobre los vecinos.
    -Buenos Días, ña Lola, aquí vengo por mi pan.
    -Si, ña Chita, ahorita mismo la despacho
    -¿Y qué me cuenta, ña Lola?
    -Pues yo a usté no tengo na’ que contarle señora. Le voy a despachar su pan y ya está, estoy muy ocupada y no tengo tiempo para chambres.(2)
Las jóvenes, antes temerosas, dejaron de pedirle consejos, dejaron hasta de saludarla y la miraban desafiantes como diciendo: “Hable nomás usté señora espía y ya verá lo que le pasa. ¡¡Para lo que le van a creer ja, ja!!”.  Desconocidos botaba basura en su jardín sólo para hacerla rabiar y hasta el cartero se negaba a entregarle sus cartas personalmente: se las  tiraba debajo de la puerta. Como a cualquier hijoe`vecina. La gente la llamaba  “la catracha” casi en su cara, de la manera más desvergonzada.
Al principio sintió la niña Chita como el odio se mezclaba en  su sangre, enturbiándola. Después, fue la sangre la que se mezclaba con el odio puro que recorría por sus venas.
Los días pasaban y en todo el país no se hablaba de otra cosa que de “la situación”. Después de que la “Radio Nacional” denunció la amenaza de bombardeo, vivíamos esperándolo las 24 horas del día. En las escuelas, en la Universidad, en los centros de trabajo no se hablaba de otra cosa  que del inminente bombardeo hondureño sobre nuestras cabezas. Mis hermanos y yo nos imaginábamos los bombardeos como los de esas películas documentales en blanco y negro en que se ven los aviones alemanes bombardeando Londres, mientras la gente corre a buscar los refugios presa del pánico. Sólo que en San Salvador no había un solo refugio antiaéreo al que se pudiera correr.
Ya que correr no tenía absolutamente ningún sentido, lo mejor que podíamos hacer era ir a algún lugar en las alturas para ver el espectáculo del bombardeo de San Salvador.
 

(1) En  El Salvador se usa el  “Niña” como una especie de título que denota  respeto, y equivale al “doña”. Probablemente  residuo del trato a las niñas blancas en la colonia.
(2) Chambre= chisme. Probablemente del francés,  y derivaría de la habitación (chambre) donde se hablan las cosas íntimas o privadas.
 
 
 
 

III

La guerra continuaba y nosotros esperábamos con ansiedad el dichoso bombardeo, cansados ya de comer a obscuras sin que pasara nada. La gente comenzó a ir a las colinas que circundaban San Salvador, en parte para evitar estar encerrados en la obscuridad, pero en parte también para ver el bombardeo desde un asiento de primera fila en caso de que éste comenzara. Cada familia llevaba consigo su canasta con comida y bebida, para comer a la luz de la luna, en las tibias tardes tropicales, con la esperanza de ver un espectáculo excepcional. Cada día cuando salíamos de la escuela le decíamos a los amigos: “Nos vemos mas tarde en el cerro”. Pronto esos encuentros en el cerro constituyeron el evento social más importante de cada día. El ambiente era alegro y festivo, más parecido a una tarde de fútbol que a una guerra. Rápidamente aparecieron guitarras y se cantaba, se bailaba, se comía, se contaban chistes picantes y cuentos de aparecidos para los niños. Los adolescentes estaban encantados de tener un terreno común de contacto entre los sexos, en una sociedad que de ordinario, mantenía a las jovencitas y los jovencitos en una especie de apartheid religioso-moral rodeado de amenazas veladas..
Los mentados aviones seguían sin aparecer y a veces, ni nos acordábamos de que estábamos en el cerro para ver el bombardeo de la Capital de la República, tan ocupados como estábamos cantando  la última canción de Enrique Guzmán o de Roberto Carlos, oyendo  historias de doble sentido, jugando cartas, las jóvenes, tratando de hecharle el guante al galán de moda, y los muchachos, haciendo esfuerzos supermánicos para llamar la atención de la mayor cantidad posible de muchachitas o viviendo el amor adolescente de temporada  aprovechando esta libertad temporal de la moral provinciana, en el cerro, a obscuras, protegidos por los aires de guerra.
Pronto comprendieron los vendedores de  golosinas que la concentración de gente en el cerro era un fenómeno regular, y para allá se fueron también a instalar sus ventas y a ofrecer sus olorosas delicias; rápidamente se cubrió el cerro de tenderetes con los vendedores de todo:  yuca con curtido, plátanos remaduros fritos,con frijoles y crema, elotes asados con mantequilla o “elotes twist “ como su emprendedor vendedor los bautizó, pupusas de queso y chicharrón, carne asada con casamiento, acompañados naturalmente de su delicioso fresco de de arrayán o tamarindo.
Aquello era una verdadera feria de agosto en pleno mes de julio.
Nuestro vecino Helmuth, que como decía la tendera era alemán de la pura Alemania, movía la cabeza sin entender cuando veía aquella masa celebrante de la guerra. Helmuth, con su alemanísima lógica formal razonaba de la siguiente manera: Esta gente celebra con ingenua alegría un acontecimiento que no puede producir alegría. Esto sólo puede deberse a dos razones:
1. que no comprenden  que cosa es una guerra, en cuyo caso son unos idiotas por celebrar lo que no comprenden;
2. que si comprenden lo que es una guerra y lo celebran de todas maneras, en cuyo caso, también son unos idiotas sin remedio ni redención posibles.
    -Perro, - nos decía asombrado el alemán de la pura Alemania, tratando de ignorar el lado exótico de la situación y  de traducir los hechos a categorías sajonas mas potables para él -,  ¿porr qué rrazón crreen ustedes que los aviones hondurreños van a venirr justo entre las cuatro y las nueve de la tarrde?
¿Y por qué no? Le contestábamos con la lógica criolla. ¿Por qué van a venir cuando no haya nadie que registre el espectáculo? Cada aviador hondureño se imagina ser un Henry Fonda que sube a su avión de guerra mascando chicle y con cara de despreciar la vida mientras deja a una fiel belleza llorosa en el hangar mirándolo con ojos  arrobados. Toda esa escena presupone un público, sin el cual resulta completamente absurda. ¿Si no hubiese un público atento, por qué iban ellos a tomarse la molestia de venirnos a tirar bombas, y nosotros la de dejarnos bombardear? Por otra parte, era tan probable que bombardearan entre las cuatro de la tarde y las nueve de la noche, como que lo hiciesen a cualquier otra hora del día. Helmuth nos miraba abriendo los ojos de asombro, pero nosotros solamente teníamos una explicación y no dos: el pobre hombre no entendía ni jota. Con esta lógica, superior a cualquier lógica foránea nos instalábamos cada tarde en el cerro a comernos nuestra pupusas de chicharrón con queso, mientras esperábamos el bombardeo aéreo de la capital de la República de El Salvador.
En realidad, nadie suponía nada, sino que todos venían después de su trabajo, escuela  u ocupación cotidiana, además del hecho indiscutible de que había tantas posibilidades de que bombardearan entre las 4 y las 9 de la tarde, como la había de que lo hiciesen a cualquier otra hora del día.
    -Pero, nos decía Helmuth de Alemania, ¿por que P..(3) creen ustedes que los aviones hondureños van a venir entre las  cuatro y las nueve de la tarde?
Esta lógica ni siquiera intentábamos explicársela al alemán de Alemania, porque esta lógica que es la que nos mantiene vivos a través de todas las opresiones, conquistas, imperialismos, concursos de miss Universo, dictaduras y campañas publicitarias de la pasta Colgate, esta lógica, es absolutamente paradójica e ininteligible para las mentes occidentales. Es la estrategia de supervivencia en el caos. Los europeos, y sus primos menos civilizados, los norteamericanos han perdido por atrofia  esta capacidad de orientación en el caos que nosotros  tenemos tan desarrollada. Sea por azar o coincidencia, los aviones hondureños aparecieron en el cielo despejado de San Salvador, un sábado a las 5 de la tarde, cuando nuestra pandilla estaba en lo mejor de cantar “cielito lindo” a los acordes de la inolvidable guitarra del negro Rodríguez, “negativo de zope” para los amigos. La multitud enmudeció. Un silencio semejante no se ha vuelto a repetir en aquel minúsculo y bullicioso país en los siguientes 30 años. Helmuth de Alemania salió a su balcón con el rostro demudado por el espanto, sólo para lanzarnos una intensa mirada teutona de reproche, y con aires de diva profundamente herida cerrar teatralmente su balcón. La gente se esparció por el cerro buscando un buen lugar para ver el tan esperado espectáculo. Algunos niños lloraban buscando a sus mamás, y las parejas desaparecidas detrás de los cómplices arbustos salían  sacudiéndose la ropa y buscando sus lugares en la improvisada platea.
 

En medio de aquella gran expectativa, y seguidos por unos cuantos miles de ojos fueron dibujándose DOS aviones enemigos en el límpido azul de Cuzcatlán, que de manera un poco perezosa violaban impunemente el suelo patrio o, más exactamente, el aire patrio. Los aviones enemigos volaban lentamente seguidos atentamente por las miles de cabezas con sus ojos:  PLOSH, PLOSH, PLOSH. Cruzaron San Salvador y llegaron casi hasta la altura del cerro, ante la nerviosidad de la concurrencia. Pero entonces, dieron la vuelta trabajosamente y enfilaron la marcha de regreso: su vergonzoso sorti  hacia Honduras, con la misma parsimonia con que habían hecho su entrada.
La gente allí reunida dejó escapar un colectivo suspiro de decepción . Un borrachito exigía a gritos que le devolvieran la entrada ante la mirada divertida de la gente, cuando de repente, en lo alto del cerro, se oyó la voz atiplada de la niña Chita Vairo de Antillón:  “AQUI, AQUI, DISPAREN AQUI” decía, mientras hacia señales con una lámpara de mano tratando de indicar a los aviones hondureños el blanco hipotético que nosotros constituíamos. Tres mil cabezas con sus respectivos indignados ojos se volvieron para mirarla, mientras la aviación de su país se alejaba por el oriente  PLOSH, PLOSH, PLOSH.  Indiferentes, sin tomar noticia de los ardientes deseos de venganza de la pobre niña Chita Vairo de Antillón. Detrás de ella venía su marido, Don Manuel Antillón, quien palideció deteniéndose en seco cuando vio  aquella multitud contenida. Entonces, Don Manuel, que nunca en su vida le había siquiera levantado la voz a su voluntariosa media naranja, tuvo un instante de inspiración salvadoreña: le dio un cachetazo a rajatabla a su sorprendida mujer, y antes de que ella pudiera reponerse de la sorpresa, la agarró del cabello y de un empujón, la metió en  la casa, asegurándose de cerrar la puerta con tranca cuando estuvieron adentro. La multitud aplaudió con un rugido de aprobación. Que no crean esas fierecillas hondureñas que van a venir aquí a hacer su voluntad. Ese es un verdadero hombre salvadoreño que pone orden en su casa. Después, y con un sabrosillo sentimiento de que las cosas estaban bajo control, la gente se fue para sus casas, satisfechos en su amor patrio.
El pobre de Don Manuel ha empleado el resto de la vida tratando de explicarle a su mujer que aquella cachetada les salvó la vida, pero ella mueve la cabeza con sospecha mientras vigila  los hervores de sus ollas murmurando “¡las cosas que se ven en las guerras!”.

3) P.. es un símbolo que las señoras salvadoreñas decentes como yo escriben cuando no quieren escribir la palabra puta.

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Juan Benzo

Nació en Montevideo, República Oriental del Uruguay, un 27 de diciembre de 1958. Estudió en la época en la que los que más egresaban eran los profesores.

Recuerda trabajar en la industria del cuero, en la construcción y casarse e irse a vivir a Ushuaia: "la realidad hoy me alcanza después de trabajar muchos años de estibador y con libreta de patrón de zona especial del Canal Beagle al que conozco en su totalidad, pero como cualquier mujer, esta mar aún me niega sus profundidades".

Sus Obras
 

Historia del Vampiro y la Anémica

Su email: [email protected]

LA CARGA.
 
 

 El Encarnación hizo las artes. Él mordió el plomo y tiró despacio y firme girando para abrir la bala y con el mucho cuidado de las cosas  preciosas y la lentitud de lo consagrado, sin temblores ni dudas la acercó a la botella, y como quien suelta la ceniza del pucho descargó  la pólvora en la caña contrabandeada, castigándola con el único dedo que no sujetaba el bronce.

 Los demás ya sabían qué sucedería. El Ángel se rió por anticipado y siguió picando ñaque. Él era muy zorro y se reía guaso como zorro y  esa risa movía algo que no tenía nada que ver con la alegría. El Juan, que ya venía bebiendo de la primer botella, pensó en el grito de un chimango. Que como un chimango anunciaba su desprecio por la muerte y por el orgullo y el Ángel le pareció más sucio que de costumbre. Carroñero y despreciable. Se ocupó de seguir con la mirada el facón opaco y sin vaina cortando pelo a pelo la cuerda reseca de tabaco. Eso si lo sabía hacer bien. Lo que era vicio si lo hacía bien. Eso y la alcahueteada. De trabajar nada, nunca nada. No entendió
 que hacían escuchándolo y atendiendo sus razones. Era la ruina él y todo lo que de él resultara, pero se había hecho prestar oídos y ahora el Encarnación, más inescrutable que nunca, dijo que esta noche lo arreglaban todo. Imaginó que de seguir adelante iban a  terminar como "el chusco", pobre pingo. Sintió pena por el caballo ajeno y su voluntad avasallada. Él vio cuando le roció hasta los ojos de caipirinha para que aprendiera a no relinchar y lo encendió con el yesquero riendo con rencor por el animal. Estaba bien que el animal era suyo y que no debía hacer ningún ruido jamás, pero la mancha blanca del ojo arruinado conservaba el horror vívido de ese trance y
 lo acusaba de haber dejado las manos libres del Ángel, que siempre tenía algún rencor por los vencidos o los indefensos.

 Cuando entró Yamandú, Encarnación le alcanzó la botella y explica que el Ángel dice que lo vio al Camundá en lo del tano hablando con  el milico Zelmar y dice que lo escuchó como le decía por dónde pasábamos el contrabando y cuándo. El Juan lo oye otra vez, y se le  viene de nuevo todo otra vez, la sorpresa de la voz de alto, las puteadas, la fuga, los tiros, la carrera en el monte de pronto desconocido  y de pronto enemigo; y perdida la carga toda, tener que dejarlo al Obdulio atrás, juntarse después para saber que lo habían sacado de  abajo del caballo que se había mancado y le rompió una pierna, que iba al hospital para caer a la cárcel en donde se lo iban a olvidar.

 Tener que soportarle la mirada a la María con los gurises prendidos a la pollera, era brava la mujer esa y los iba a culpar, aunque no  dijera nada los iba a culpar de quedarse sin la plata y sin el caballo, y sin la carabina ni el hombre que la ampararan. Lo miró más mala  que el perro y se tuvo que joder como si fuera fácil tenerse que joder porque una mujer lo mire feo a uno. Tampoco se iba a cargar a la  familia del Obdulio, les arrimaría una vaca o un par de capones para que fueran tirando pero, si era muy generoso las malas lenguas lo  pondrían de punta con el preso y era candidato para la desgracia. Hasta seguro que la Mercedes lo mirará en silencio cuando sepa de la
 vaca o los capones y aunque no diga nada será un dolor y un rencor que aflorará tarde o temprano hecho reproche en una discusión con  gritos y llantos con los que no sabrá que hacer.

 El Encarnación agitó el líquido turbio en el que llovían los cristales fulminantes llamando a la rabia delante de su cara y el Juan tomó la botella por el cuello y sin limpiar el pico empinó tragos horribles. Apretó los ojos y los labios y alejó la bebida de sí, devolviéndola, pasándosela a otro. La respiración retornó avivando el incendio que lo recorría por dentro y lo estremecía. Tosió ahogándose y la boca se le llenó de babas, carraspeó y escupió una bocanada de mocos y saliva; sólo entonces pudo ver de nuevo al Encarnación que lo miraba y en los ojos rojos del que hacía las artes adivinó los suyos rojos de su sangre y de la sangre por venir.

 -¿El Camundá batió?- Aún así de borracho, Juan no lo imaginaba al Camundá delatando a los amigos.- ¿Cómo va a saber si él no estaba en el asunto? ¿Al pedo iba a batir el Camundá? - Encarnación lo mira desde una altura y una distancia que parecen venir de la borrachera poderosa que lo toma como una garra de aguilucho por la frente y aprieta anulando toda razón. La propia respiración le resuena en toda la cara y susurra en las sienes como el retumbar de una marcha que concluiría únicamente cuando el traidor dejara de respirar. Abrió la boca buscando otro sonido, pero el ahora jadeo, en vez de compás de amor, es uno que llama a muerte. Quedó escuchando y vio al Yamandú derrotado y no imaginó sí por la bebida o por el nombre del delator. No podía ser Camundá si el Camundá era gente de farra y macanudazo el hombre, las veces que les dio pase por su campo sin pedir ni preguntar nada, si hasta caballos prestó. No podía ser, sabía que no la iba en nada y no lo imagina en componendas con los único cuarto milicos astrosos a los que se les ocurre vigilantear en toda la frontera. ¿Para qué?. Apretó el puño y escuchó el mismo rechinado reseco de su piel como el de la cincha de un caballo y se descubrió más allá del dolor, el puño crispado hablaba de fuerza sin nada sobre la que descargarse más que el mismo puño.

 Se le vacía el pecho de todo su aire y parece que con el aire se le va el piso. Vuelve Encarnación y le ofrece otro trago que parece de piedras. Hace un gesto con la botella ya casi vacía y de a uno se incorporan y van saliendo, Yamandú, el Ángel, Encarnación y los hermanos Suárez, con él la partida es suficiente para irlo a buscar y hacerle pagar por la suerte del Obdulio, sacarlo de la casa si es necesario y hacerle pagar.

 Los caballos están más esquivos que de costumbre, los estribos más altos y las riendas más largas. Cae sobre el lomo como si hubiera caído al piso y se golpea, el dolor apagado le produce un escalofrío que le recorre la espalda. El Suárez Chico se adelanta y aunque Juan intenta el mismo rumbo el caballo insiste en llevar al borracho de vuelta a su casa. Finalmente, con una carrera corta "Caña blanca" se pone en el final la columna y el jinete se desentiende, se ensimisma en su enardecimiento y se imagina hablando con Obdulio explicándole que está pasando y cómo lo van a vengar y en su imaginación aparece la familia de Camundá y su entusiasmo y su violencia se disipan. Se le impone la vergüenza casi como se imponen las sombras de la noche al atajo recorrido.

 Una nausea se le trepa desde el estómago y el Juan vacila sobre el lomo del animal y amaga caerse. Reacciona como quien despierta justo para atajarse y el caballo gira en torno al jinete medio caído y medio colgando, hasta que enfrentado a un matorral el animal se detiene y es el tiempo de Juan de asujetarse como puede y de talonear al "Cañas blancas" para que retome su marcha, y queda de nuevo a la cola de la columna. Necesita despertarse de alguna manera y en ése afán saca el cuchillo y muerde la hoja con todas las fuerzas que puede encontrar y siente como se le hunden los dientes. Asombrado, se saca el cuchillo para buscar las marcas de los dientes en la hoja y la escasa luz le oculta la visión. Ahí anda de ceño fruncido mirando un cuchillo en la penumbra cayéndose de la
 cabalgadura, cuando traga y descubre el sabor abundante de la sangre bajando por garganta y recomponiéndolo de sus padeceres.

 Allá adelante lo están matando al Ángel. Tira de las riendas y mira de nuevo y ve como al Ángel lo apuñalan de los cuatro costados y cómo ya ni se ataja. Los ve limpiar los cuchillos en las ropas del caído que da el alma entre estertores y esperar que acabe para arrastrar el cuerpo y tirarlo a un pozo abandonado en el que jamás se volverá a beber y se acerca. Encarnación lo mira y le dice que tenía razón en creerlo inocente al Camundá, que el Ángel avisó a la milicada y que lo inculpó al Camundá porque lo había corrido de encontrarlo hablándole a la hija grande y le había dejado el lomo a la miseria de tantos lonjazos que le bajó. Ladino como era quiso quedarse con la parte del matute que le regaló el Zelmar y con la hija del Camundá, lo que no imaginó que el Zelmar por muy milico que fuera no iba a dejarlo hacer semejante bajeza y como quien no sabe con quien está hablando le dio a entender al Yamandú de que se trataba la tramoya, y que como no le quiso creer le dijo:

 - Ya va a ver vo si el Angelio ése no te lo manda preso al Camundá-

 - ¿Y se pude sabé que me decí eso ahora?-

 - Yo seré milico todo lo milico que vo quiera, para eso me paga el gobierno y me da el arma y l´uniforme y l´autoridá, pero en ninguna parte ta´scrito que por eso sea ansí de mundicia. Yo no sabia que quereiba ese entrañudo a la final.-

 Se alegra el Juan de que sea este el fin de esta andanza y no el otro y sonríe aliviado hasta que el Encarnación le alcanza las riendas del "Chusco" ya despojado de todo y le dice una palabra sola:

 -Despenalo.-

 -¿Despenarlo?-

 - Si, despenalo al desgracia este bien lejos.-

 -¿Por qué tengo que despenarlo al pobre desgracia?-

 - Porque el bobeta de miércoles va a volver ande lo enterramos al dueño y lo van a encontrar. ¿Te parece?.-

 Calla Juan y piensa que tiene razón, los demás encima del cuerpo tiraron todos los arreos y las ropas y, además, todo lo que está suelto y más o menos cerca. Piedras, ramas, tierra pastos, cualquier cosa.

 El "Chusco" como si supiera la suerte que lo espera no se la hace fácil, desde el momento en el que Juan toma las riendas el animal se encabrita y resiste.

 -¿Por qué yo?.- Encarnación se levanta apenas el sombrero:

 - Nosotro matamo al otro.- Juan ya no discute y elige un rumbo cualquiera, alejándose del pozo, de las casas y de Camundá. Anda toda la noche y busca palabras y ni se le ocurren ni sabe para que sea que las busca. Además, está todavía muy intoxicado y ya no tiene ganas de matar a nadie ni siquiera de hacer otra cosa que rumbear para su rancho y dormir con la Mercedes, piensa que la Mercedes debe estar tibia y le debe oler fresco y limpio el pelo y tal vez, si usó una flor todo el día hasta tenga ése olor en la cabeza. La luz del amanecer le entra en los ojos dura y destemplada. Debe ser por esta luz que a esta hora afusilan los soldados piensa Juan y piensa en voz muy baja que debe ser por eso que de noche matan los bandidos.

 Se detiene y mira al condenado. El "Chusco" lo mira con el ojo sano y se aleja hasta donde le dan las riendas. Juan mira las ramas desde donde los pájaros del monte hacen la música de siempre, nunca tan inoportuna o inapropiada como ahora.

 - Mire pingo bobeta, yo no tengo nada contra suyo pero el pavo es usté.- El penado lo apunta ahora con el ojo velado y esa niebla nubla su sentido del deber.

 - No me la haga más difícil che caballazo.-

 Obediente, el sotreta baja la cabeza y haciendo los ruidos del caso muerde arranca y rumia tres veces cada bocado de pasto recién amanecido con el sonido hueco que hacen al comer éste y todos los caballos desde que son caballos.

 - Si usté me prometiera.- Ahora el pavote y el bobeta era él. No había forma que el sotreta le prometiera nada. - Mire, l´explico pa´ que aprenda, - y le habla al caballo que sigue comiendo como quien dicta sentencia - no hay que andar siendo tan culo de naides, si se hubiera dejado un poco de libertá y de orgullo yo lo largaba pero usté es culo y a los culos cula suerte. ¿M´entendió?.- Alza la cabeza el "Chusco" y Juan desenfunda. El "Chusco" curioso besa el arma y Juan alinea con el largo de la cabeza larga del animal y dispara. El "Chusco" saca la cara como arrepentido pero tarde e inútilmente. Se desploma y trata de correr con las patas en el aire en una carrera
 que termina con un segundo disparo. Avergonzados, los pájaros se callan y el Juan descubre aliviado que él no era como el Ángel, y que no tenía guardado ningún rencor ni por los vencidos ni por los indefensos.

 Juan Benzo.-
 

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