TEXTO 1

 

  Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una nariz sayón y escriba,

érase un peje espada muy barbado.

 

  Era un reloj de sol mal encarado,                   5

érase una alquitara pensativa,

érase un elefante boca arriba,

era Ovidio Nasón más narizado.

 

  Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egipto,                         10

las doce Tribus de narices era.

 

  Érase un naricísimo infinito,

muchísimo nariz, nariz tan fiera

que en la cara de Anás fuera delito.

 

 

 

 

TEXTO 2

 

Fábula de Polifemo y Galatea

Luis de Góngora y Argote

 

 

I

 

                     Estas que me dictó rimas sonoras, 

 culta sí, aunque bucólica Talía, 

 ¡oh excelso conde!, en las purpúreas horas 

 que es rosas la alba y rosicler el día, 

 ahora que de luz tu niebla doras,                        5              

 escucha, al son de la zampoña mía, 

 si ya los muros no te ven, de Huelva, 

 peinar el viento, fatigar la selva. 

  

II 

 Templado, pula en la maestra mano 

 el generoso pájaro su pluma,                                     10 

 o tan mudo en la alcándara, que en vano 

 aun desmentir al cascabel presuma; 

 tascando haga el freno de oro, cano, 

 del caballo andaluz la ociosa espuma; 

 gima el lebrel en el cordón de seda,                            15 

 y al cuerno, al fin, la cítara suceda. 

  

III 

 Treguas al ejercicio sean robusto, 

 ocio atento, silencio dulce, en cuanto 

 debajo escuchas de dosel augusto, 

 del músico jayán el fiero canto.                                  20 

 Alterna con las Musas hoy el gusto; 

 que si la mía puede ofrecer tanto 

 clarín (y de la Fama no segundo), 

 tu nombre oirán los términos del mundo. 

  

IV 

 Donde espumoso el mar sicilïano                                25 

 el pie argenta de plata al Lilibeo 

 (bóveda o de las fraguas de Vulcano, 

 o tumba de los huesos de Tifeo), 

 pálidas señas cenizoso un llano 

 -cuando no del sacrílego deseo-                          30 

 del duro oficio da. Allí una alta roca 

 mordaza es a una gruta de su boca. 

  

V 

 Guarnición tosca de este escollo duro 

 troncos robustos son, a cuya greña 

 menos luz debe, menos aire puro                                35 

 la caverna profunda, que a la peña; 

 caliginoso lecho, el seno obscuro 

 ser de la negra noche nos lo enseña 

 infame turba de nocturnas aves, 

 gimiendo tristes y volando graves.                              40 

  

VI 

 De este, pues, formidable de la tierra 

 bostezo, el melancólico vacío 

 a Polifemo, horror de aquella sierra, 

 bárbara choza es, albergue umbrío 

 y redil espacioso donde encierra                         45 

 cuanto las cumbres ásperas cabrío, 

 de los montes, esconde: copia bella 

 que un silbo junta y un peñasco sella. 

  

VII 

 Un monte era de miembros eminente 

 este que, de Neptuno hijo fiero,                         50 

 de un ojo ilustra el orbe de su frente, 

 émulo casi del mayor lucero; 

 cíclope, a quien el pino más valiente, 

 bastón, le obedecía, tan ligero, 

 y al grave peso junco tan delgado,                              55 

 que un día era bastón y otro cayado. 

  

VIII 

 Negro el cabello, imitador undoso 

 de las obscuras aguas del Leteo, 

 al viento que lo peina proceloso, 

 vuela sin orden, pende sin aseo; 60  

 un torrente es su barba impetüoso, 

 que (adusto hijo de este Pirineo) 

 su pecho inunda, o tarde, o mal, o en vano 

 surcada aun de los dedos de su mano. 

  

IX 

 No la Trinacria en sus montañas, fiera 65 

 armó de crüeldad, calzó de viento, 

 que redima feroz, salve ligera, 

 su piel manchada de colores ciento; 

 pellico es ya la que en los bosques era 

 mortal horror al que con paso lento 70 

 los bueyes a su albergue reducía, 

 pisando la dudosa luz del día. 

  

X 

 Cercado es (cuanto más capaz, más lleno) 

 de la fruta, el zurrón, casi abortada, 

 que el tardo otoño deja al blando seno 75 

 de la piadosa hierba, encomendada; 

 la serba, a quien le da rugas el heno, 

 la pera, de quien fue cuna dorada 

 la rubia paja, y -pálida tutora- 

 la niega avara, y pródiga la dora. 80 

  

XI 

 Erizo es el zurrón, de la castaña, 

 y (entre el membrillo o verde o datilado) 

 de la manzana hipócrita, que engaña, 

 a lo pálido no, a lo arrebolado, 

 y, de la encina (honor de la montaña, 85 

 que pabellón al siglo fue dorado) 

 el tributo, alimento, aunque grosero, 

 del mejor mundo, del candor primero. 

  

XII 

 Cera y cáñamo unió (que no debiera) 

 cien cañas, cuyo bárbaro rüído, 90 

 de más ecos que unió cáñamo y cera 

 albogues, duramente es repetido. 

 La selva se confunde, el mar se altera, 

 rompe Tritón su caracol torcido, 

 sordo huye el bajel a vela y remo; 95 

 ¡tal la música es de Polifemo! 

  

XIII 

 Ninfa, de Doris hija, la más bella 

 adora, que vio el reino de la espuma. 

 Galatea es su nombre, y dulce en ella 

 el terno Venus de sus Gracias suma. 100 

 Son una y otra luminosa estrella 

 lucientes ojos de su blanca pluma; 

 si roca de cristal no es de Neptuno, 

 pavón de Venus es, cisne de Juno. 

  

XIV

 

 Purpúreas rosas sobre Galatea 105 

 la Alba entre lilios cándidos deshoja: 

 duda el Amor cuál más su color sea, 

 o púrpura nevada, o nieve roja. 

 De su frente la perla es, eritrea, 

 émula vana. El ciego dios se enoja, 110 

 y, condenado su esplendor, la deja 

 pender en oro al nácar de su oreja. 

  

XV 

 Invidia de las ninfas y cuidado 

 de cuantas honra el mar deidades era; 

 pompa del marinero niño alado 115 

 que sin fanal conduce su venera. 

 Verde el cabello, el pecho no escamado, 

 ronco sí, escucha a Glauco la ribera 

 inducir a pisar la bella ingrata, 

 en carro de cristal, campos de plata. 120 

  

XVI 

 Marino joven, las cerúleas sienes, 

 del más tierno coral ciñe Palemo, 

 rico de cuantos la agua engendra bienes,  

 del Faro odioso al promontorio extremo; 

 mas en la gracia igual, si en los desdenes 125 

 perdonado algo más que Polifemo, 

 de la que, aún no le oyó, y, calzada plumas, 

 tantas flores pisó como él espumas. 

  

XVII 

 Huye la ninfa bella; y el marino 

 amante nadador, ser bien quisiera, 130 

 ya que no áspid a su pie divino, 

 dorado pomo a su veloz carrera; 

 mas, ¿cuál diente mortal, cuál metal fino 

 la fuga suspender podrá ligera 

 que el desdén solicita? ¡Oh cuánto yerra 135 

 delfín que sigue en agua corza en tierra! 

  

XVIII 

 Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece, 

 copa es de Baco, huerto de Pomona; 

 tanto de frutas ésta la enriquece, 

 cuanto aquél de racimos la corona. 140 

 En carro que estival trillo parece, 

 a sus campañas Ceres no perdona, 

 de cuyas siempre fértiles espigas 

 las provincias de Europa son hormigas. 

  

XIX 

 A Pales su viciosa cumbre debe 145 

 lo que a Ceres, y aún más, su vega llana; 

 pues si en la una granos de oro llueve, 

 copos nieva en la otra mil de lana. 

 De cuantos siegan oro, esquilan nieve, 

 o en pipas guardan la exprimida grana, 150 

 bien sea religión, bien amor sea, 

 deidad, aunque sin templo, es Galatea. 

  

XX 

 Sin aras, no; que el margen donde para 

 del espumoso mar su pie ligero, 

 al labrador, de sus primicias ara, 155 

 de sus esquilmos es al ganadero; 

 de la Copia -a la tierra, poco avara- 

 el cuerno vierte el hortelano, entero, 

 sobre la mimbre que tejió, prolija, 

 si artificiosa no, su honesta hija. 160 

  

XXI 

 Arde la juventud, y los arados 

 peinan las tierras que surcaron antes, 

 mal conducidos, cuando no arrastrados 

 de tardos bueyes, cual su dueño errantes; 

 sin pastor que los silbe, los ganados 165 

 los crujidos ignoran resonantes, 

 de las hondas, si, en vez del pastor pobre, 

 el céfiro no silba, o cruje el robre. 

  

XXII 

 Mudo la noche el can, el día, dormido, 

 de cerro en cerro y sombra en sombra yace. 170 

 Bala el ganado; al mísero balido, 

 nocturno el lobo de las sombras nace. 

 Cébase; y fiero, deja humedecido 

 en sangre de una lo que la otra pace. 

 ¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño 175 

 el silencio del can siga, y el sueño! 

  

XXIII 

 La fugitiva ninfa, en tanto, donde 

 hurta un laurel su tronco al sol ardiente, 

 tantos jazmines cuanta hierba esconde 

 la nieve de sus miembros, da una fuente. 180 

 Dulce se queja, dulce le responde 

 un ruiseñor a otro, y dulcemente 

 al sueño da sus ojos la armonía, 

 por no abrasar con tres soles el día. 

  

XXIV 

 Salamandria del Sol, vestido estrellas, 185 

 latiendo el Can del cielo estaba, cuando 

 (polvo el cabello, húmidas centellas, 

 si no ardientes aljófares, sudando) 

 llegó Acis; y, de ambas luces bellas 

 dulce Occidente viendo al sueño blando, 190 

 su boca dio, y sus ojos cuanto pudo, 

 al sonoro cristal, al cristal mudo. 

  

XXV 

 Era Acis un venablo de Cupido, 

 de un fauno, medio hombre, medio fiera, 

 en Simetis, hermosa ninfa, habido; 195 

 gloria del mar, honor de su ribera. 

 El bello imán, el ídolo dormido, 

 que acero sigue, idólatra venera, 

 rico de cuanto el huerto ofrece pobre, 

 rinden las vacas y fomenta el robre. 200 

  

XXVI 

 El celestial humor recién cuajado 

 que la almendra guardó entre verde y seca, 

 en blanca mimbre se lo puso al lado, 

 y un copo, en verdes juncos, de manteca; 

 en breve corcho, pero bien labrado, 205 

 un rubio hijo de una encina hueca, 

 dulcísimo panal, a cuya cera 

 su néctar vinculó la primavera. 

  

XXVII 

 Caluroso, al arroyo da las manos, 

 y con ellas las ondas a su frente, 210 

 entre dos mirtos que, de espuma canos, 

 dos verdes garzas son de la corriente. 

 Vagas cortinas de volantes vanos 

 corrió Favonio lisonjeramente 

 a la de viento, cuando no sea cama 215 

 de frescas sombras, de menuda grama. 

  

XXVIII 

 La ninfa, pues, la sonorosa plata 

 bullir sintió del arroyuelo apenas, 

 cuando, a los verdes márgenes ingrata, 

 segur se hizo de sus azucenas. 220 

 Huyera; mas tan frío se desata 

 un temor perezoso por sus venas, 

 que a la precisa fuga, al presto vuelo, 

 grillos de nieve fue, plumas de hielo. 

  

XXIX 

 Fruta en mimbres halló, leche exprimida 225 

 en juncos, miel en corcho, mas sin dueño; 

 si bien al dueño debe, agradecida, 

 su deidad culta, venerado el sueño. 

 A la ausencia mil veces ofrecida, 

 este de cortesía no pequeño 230 

 indicio la dejó -aunque estatua helada- 

 más discursiva y menos alterada. 

  

XXX 

 No al Cíclope atribuye, no, la ofrenda;  

 no a sátiro lascivo, ni a otro feo 

 morador de las selvas, cuya rienda 235 

 el sueño aflija, que aflojó el deseo. 

 El niño dios, entonces, de la venda, 

 ostentación gloriosa, alto trofeo 

 quiere que al árbol de su madre sea 

 el desdén hasta allí de Galatea. 240 

  

XXXI 

 Entre las ramas del que más se lava 

 en el arroyo, mirto levantado, 

 carcaj de cristal hizo, si no aljaba, 

 su blanco pecho, de un arpón dorado. 

 El monstro de rigor, la fiera brava, 245 

 mira la ofrenda ya con más cuidado, 

 y aun siente que a su dueño sea, devoto, 

 confuso alcaide más, el verde soto. 

  

XXXII 

 Llamáralo, aunque muda, mas no sabe 

 el nombre articular que más querría; 250 

 ni lo ha visto, si bien pincel süave 

 lo ha bosquejado ya en su fantasía. 

 Al pie -no tanto ya, del temor, grave- 

 fía su intento; y, tímida, en la umbría 

 cama de campo y campo de batalla, 255 

 fingiendo sueño al cauto garzón halla. 

  

XXXIII 

 El bulto vio y, haciéndolo dormido, 

 librada en un pie toda sobre él pende 

 (urbana al sueño, bárbara al mentido 

 retórico silencio que no entiende); 260 

 no el ave reina, así, el fragoso nido 

 corona inmóvil, mientras no desciende 

 -rayo con plumas- al milano pollo 

 que la eminencia abriga de un escollo, 

  

XXXIV 

 como la ninfa bella, compitiendo 265 

 con el garzón dormido en cortesía, 

 no sólo para, mas el dulce estruendo 

 del lento arroyo enmudecer querría. 

 A pesar luego de las ramas, viendo 

 colorido el bosquejo que ya había 270 

 en su imaginación Cupido hecho 

 con el pincel que le clavó su pecho, 

  

XXXV 

 de sitio mejorada, atenta mira, 

 en la disposición robusta, aquello 

 que, si por lo süave no la admira, 275 

 es fuerza que la admire por lo bello. 

 Del casi tramontado sol aspira 

 a los confusos rayos, su cabello; 

 flores su bozo es, cuyas colores, 

 como duerme la luz, niegan las flores. 280 

  

XXXVI 

 En la rústica greña yace oculto 

 el áspid, del intonso prado ameno, 

 antes que del peinado jardín culto 

 en el lascivo, regalado seno; 

 en lo viril desata de su vulto 285 

 lo más dulce el Amor, de su veneno; 

 bébelo Galatea, y da otro paso 

 por apurarle la ponzoña al vaso. 

  

XXXVII 

 Acis -aún más de aquello que dispensa 

 la brújula del sueño vigilante-, 290 

 alterada la ninfa esté o suspensa, 

 Argos es siempre atento a su semblante, 

 lince penetrador de lo que piensa, 

 cíñalo bronce o múrelo diamante; 

 que en sus paladïones Amor ciego, 295 

 sin romper muros, introduce fuego. 

  

XXXVIII 

 El sueño de sus miembros sacudido, 

 gallardo el joven la persona ostenta, 

 y al marfil luego de sus pies rendido, 

 el coturno besar dorado intenta. 300 

 Menos ofende el rayo prevenido, 

 al marinero, menos la tormenta 

 prevista le turbó o pronosticada; 

 Galatea lo diga, salteada. 

  

XXXIX 

 Más agradable y menos zahareña, 305 

 al mancebo levanta venturoso, 

 dulce ya concediéndole y risueña, 

 paces no al sueño, treguas sí al reposo. 

 Lo cóncavo hacía de una peña 

 a un fresco sitïal dosel umbroso, 310 

 y verdes celosías unas hiedras, 

 trepando troncos y abrazando piedras. 

  

XL 

 Sobre una alfombra, que imitara en vano 

 el tirio sus matices (si bien era 

 de cuantas sedas ya hiló, gusano, 315 

 y, artífice, tejió la Primavera) 

 reclinados, al mirto más lozano, 

 una y otra lasciva, si ligera, 

 paloma se caló, cuyos gemidos 

 -trompas de amor- alteran sus oídos. 320 

  

XLI 

 El ronco arrullo al joven solicita; 

 mas, con desvíos Galatea suaves,  

 a su audacia los términos limita, 

 y el aplauso al concento de las aves. 

 Entre las ondas y la fruta, imita 325 

 Acis al siempre ayuno en penas graves; 

 que, en tanta gloria, infierno son no breve, 

 fugitivo cristal, pomos de nieve. 

  

XLII 

 No a las palomas concedió Cupido 

 juntar de sus dos picos los rubíes, 330 

 cuando al clavel el joven atrevido 

 las dos hojas le chupa carmesíes. 

 Cuantas produce Pafo, engendra Gnido, 

 negras vïolas, blancos alhelíes, 

 llueven sobre el que Amor quiere que sea 335 

 tálamo de Acis ya y de Galatea. 

  

XLIII 

 Su aliento humo, sus relinchos fuego, 

 si bien su freno espumas, ilustraba 

 las columnas Etón que erigió el griego, 

 do el carro de la luz sus ruedas lava, 340 

 cuando, de amor el fiero jayán ciego, 

 la cerviz oprimió a una roca brava, 

 que a la playa, de escollos no desnuda, 

 linterna es ciega y atalaya muda. 

  

XLIV 

 Árbitro de montañas y ribera, 345 

 aliento dio, en la cumbre de la roca, 

 a los albogues que agregó la cera, 

 el prodigioso fuelle de su boca; 

 la ninfa los oyó, y ser más quisiera 

 breve flor, hierba humilde, tierra poca, 350 

 que de su nuevo tronco vid lasciva, 

 muerta de amor, y de temor no viva. 

  

XLV 

 Mas -cristalinos pámpanos sus brazos- 

 amor la implica, si el temor la anuda, 

 al infelice olmo que pedazos 355 

 la segur de los celos hará aguda. 

 Las cavernas en tanto, los ribazos 

 que ha prevenido la zampoña ruda, 

 el trueno de la voz fulminó luego; 

 ¡referidlo, Pïérides, os ruego! 360 

  

XLVI 

 «¡Oh bella Galatea, más süave 

 que los claveles que tronchó la aurora; 

 blanca más que las plumas de aquel ave 

 que dulce muere y en las aguas mora; 

 igual en pompa al pájaro que, grave, 365 

 su manto azul de tantos ojos dora 

 cuantas el celestial zafiro estrellas! 

 ¡Oh tú, que en dos incluyes las más bellas! 

  

XLVII 

 »Deja las ondas, deja el rubio coro 

 de las hijas de Tetis, y el mar vea, 370 

 cuando niega la luz un carro de oro, 

 que en dos la restituye Galatea. 

 Pisa la arena, que en la arena adoro 

 cuantas el blanco pie conchas platea, 

 cuyo bello contacto puede hacerlas, 375 

 sin concebir rocío, parir perlas. 

  

XLVIII 

 »Sorda hija del mar, cuyas orejas 

 a mis gemidos son rocas al viento: 

 o dormida te hurten a mis quejas 

 purpúreos troncos de corales ciento, 380 

 o al disonante número de almejas 

 -marino, si agradable no, instrumento- 

 coros tejiendo estés, escucha un día 

 mi voz, por dulce, cuando no por mía. 

  

XLIX 

 »Pastor soy, mas tan rico de ganados, 385 

 que los valles impido más vacíos, 

 los cerros desparezco levantados 

 y los caudales seco de los ríos; 

 no los que, de sus ubres desatados, 

 o derivados de los ojos míos, 390 

 leche corren y lágrimas; que iguales 

 en número a mis bienes son mis males. 

  

L 

 »Sudando néctar, lambicando olores, 

 senos que ignora aun la golosa cabra, 

 corchos me guardan, más que abeja flores 395 

 liba inquïeta, ingenïosa labra; 

 troncos me ofrecen árboles mayores, 

 cuyos enjambres, o el abril los abra, 

 o los desate el mayo, ámbar distilan 

 y en ruecas de oro rayos del sol hilan. 400 

  

LI 

 »Del Júpiter soy hijo, de las ondas, 

 aunque pastor; si tu desdén no espera 

 a que el monarca de esas grutas hondas, 

 en trono de cristal te abrace nuera, 

 Polifemo te llama, no te escondas; 405 

 que tanto esposo admira la ribera 

 cual otro no vio Febo, más robusto, 

 del perezoso Volga al Indo adusto. 

  

LII 

 »Sentado, a la alta palma no perdona 

 su dulce fruto mi robusta mano; 410 

 en pie, sombra capaz es mi persona 

 de innumerables cabras el verano. 

 ¿Qué mucho, si de nubes se corona 

 por igualarme la montaña en vano, 

 y en los cielos, desde esta roca, puedo 415 

 escribir mis desdichas con el dedo? 

  

LIII 

 »Marítimo alcïón roca eminente 

 sobre sus huevos coronaba, el día 

 que espejo de zafiro fue luciente 

 la playa azul, de la persona mía. 420 

 Miréme, y lucir vi un sol en mi frente, 

 cuando en el cielo un ojo se veía; 

 neutra el agua dudaba a cuál fe preste, 

 o al cielo humano, o al cíclope celeste. 

  

LIV 

 »Registra en otras puertas el venado 425 

 sus años, su cabeza colmilluda 

 la fiera cuyo cerro levantado, 

 de helvecias picas es muralla aguda; 

 la humana suya el caminante errado 

 dio ya a mi cueva, de piedad desnuda, 430 

 albergue hoy, por tu causa, al peregrino, 

 do halló reparo, si perdió camino. 

  

LV 

 »En tablas dividida, rica nave 

 besó la playa miserablemente, 

 de cuantas vomitó riquezas grave, 435 

 por las bocas del Nilo el Orïente. 

 Yugo aquel día, y yugo bien süave, 

 del fiero mar a la sañuda frente 

 imponiéndole estaba (si no al viento 

 dulcísimas coyundas) mi instrumento, 440 

  

LVI 

 »cuando, entre globos de agua, entregar veo 

 a las arenas ligurina haya, 

 en cajas los aromas del Sabeo, 

 en cofres las riquezas de Cambaya; 

 delicias de aquel mundo, ya trofeo 445 

 de Escila, que, ostentado en nuestra playa, 

 lastimoso despojo fue dos días 

 a las que esta montaña engendra arpías. 

  

LVII 

 »Segunda tabla a un ginovés mi gruta 

 de su persona fue, de su hacienda; 450 

 la una reparada, la otra enjuta, 

 relación del naufragio hizo horrenda. 

 Luciente paga de la mejor fruta 

 que en hierbas se recline, en hilos penda, 

 colmillo fue del animal que el Ganges 455 

 sufrir muros le vio, romper falanges; 

  

LVIII 

 »arco, digo, gentil, bruñida aljaba, 

 obras ambas de artífice prolijo, 

 y de Malaco rey a deidad Java 

 alto don, según ya mi huésped dijo. 460 

 De aquél la mano, de ésta el hombro agrava; 

 convencida la madre, imita al hijo: 

 serás a un tiempo en estos horizontes 

 Venus del mar, Cupido de los montes.» 

  

LIX 

 Su horrenda voz, no su dolor interno, 465 

 cabras aquí le interrumpieron, cuantas 

 -vagas el pie, sacrílegas el cuerno- 

 a Baco se atrevieron en sus plantas. 

 Mas, conculcado el pámpano más tierno 

 viendo el fiero pastor, voces él tantas, 470 

 y tantas despidió la honda piedras, 

 que el muro penetraron de las hiedras. 

  

LX 

 De los nudos, con esto, más süaves, 

 los dulces dos amantes desatados, 

 por duras guijas, por espinas graves 475 

 solicitan el mar con pies alados; 

 tal, redimiendo de importunas aves 

 incauto meseguero sus sembrados, 

 de liebres dirimió copia, así, amiga, 

 que vario sexo unió y un surco abriga. 480 

  

LXI 

 Viendo el fiero jayán, con paso mudo 

 correr al mar la fugitiva nieve 

 (que a tanta vista el líbico desnudo 

 registra el campo de su adarga breve) 

 y al garzón viendo, cuantas mover pudo 485 

 celoso trueno, antiguas hayas mueve: 

 tal, antes que la opaca nube rompa, 

 previene rayo fulminante trompa. 

  

LXII 

 Con vïolencia desgajó infinita, 

 la mayor punta de la excelsa roca, 490 

 que al joven, sobre quien la precipita, 

 urna es mucha, pirámide no poca. 

 Con lágrimas la ninfa solicita 

 las deidades del mar, que Acis invoca; 

 concurren todas, y el peñasco duro 495 

 la sangre que exprimió, cristal fue puro. 

  

LXIII 

 Sus miembros lastimosamente opresos 

 del escollo fatal fueron apenas, 

 que los pies de los árboles más gruesos 

 calzó el liquido aljófar de sus venas. 500 

 Corriente plata al fin sus blancos huesos, 

 lamiendo flores y argentando arenas, 

 a Doris llega, que, con llanto pío, 

 yerno lo saludó, lo aclamó río. 

 

 

 

 

 

 

TEXTO 3

 

A don Francisco de Quevedo

 

Anacreonte español, no hay quien os tope.

Que no diga con mucha cortesía,

Que ya que vuestros pies son de elegía,

Que vuestras suavidades son de arrope

 

¿No imitaréis al terenciano Lope,

Que al de Belerofonte cada día.

Sobre zuecos de cómica poesía

Se calza espuelas, y le da un galope?

 

Con cuidado especial vuestros antojos

Dicen que quieren traducir al griego,

No habiéndolo mirado vuestros ojos.

 

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,

Porque a luz saque ciertos versos flojos,

Y entenderéis cualquier gregüesco luego.

 

 

 

 

 

 

 

TEXTO 4

 

CONTRA DON LUIS DE GONGORA Y SU POESIA

 

Este cíclope, no siciliano,

del microcosmo sí, orbe postrero;

esta antípoda faz, cuyo hemisferio

zona divide en término italiano;

 

este círculo vivo en todo plano;

este que, siendo solamente cero,

le multiplica y parte por entero

todo buen abaquista veneciano;

 

el minoculo sí, mas ciego vulto;

el resquicio barbado de melenas;

esta cima del vicio y del insulto;

 

éste, en quien hoy los pedos son sirenas,

éste es el culo, en Góngora y en culto,

que un bujarrón le conociera apenas.

 

 

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