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Los espartanos Todo
ciudadano está obligado a dar hijos a la patria. Aquel cuyo matrimonio es
estéril, puede ceder su esposa a otro y cumplir así con la obligación de dar
futuros soldados a la patria. Hasta tal punto esto es una obligación, que los
hijos pertenecen más a la ciudad que al padre. Desde el momento en que sale
del seno de la madre, el joven espartano cae en enmanos
del Estado; el padre debe ir a exponerle a la Lesjé,
lugar de reunión de los ancianos. En vano trataría de salvar a su hijo: si los
ancianos lo encuentran débil o mal constituido es arrojado desde la cima del Taigeto: el desgraciado niño es condenado a muerte desde
el primer día de su nacimiento, porque no promete ser un guerrero
suficientemente fuerte. Cruel y monstruosa costumbre que los filósofos y
políticos, empezando por Platón y Aristóteles, aceptaban como una necesidad. Tras
esta terrible selección de los que debían ser sus miembros, el Estado
devuelve el hijo a su madre, que lo cuida hasta los siete años; a esta edad,
el Estado vuelve a tomarlo a su cargo, para no soltarlo ya, y a partir de
este instante, la vida del niño será un largo aprendizaje de la paciencia, de
la sobriedad e incluso del dolor. En seguida se le asigna su puesto en las
bandas, que instructores escogidos entre los jóvenes más valientes dirigen
bajo la vigilancia de un magistrado denominado pedónomo.
Se les ejercita en la palestra, en la carrera, en el manejo de las armas y en
todo aquello que pueda proporcionar fuerza y agilidad a su cuerpo, y valor y
paciencia a su alma. Dice Jenofonte: “Difícilmente
hallaréis hombres mejor constituidos y de cuerpo más ágil que los espartanos:
con el mismo cuidado ejercitan el cuello, las manos y las piernas. Van
descalzos; se cubren con el mismo vestido tanto en verano como en invierno, y
duermen sobre un lecho de cañas cortadas por ellos mismos en las orillas del Eurotas; comen poco, a fin de acostumbrarse a
arreglárselas por sí mismos a base de astucia y habilidad para satisfacer su
apetito”. Puede parecer extraña esta manera de enseñar a robar pero, en
realidad, y a causa de la comunidad que une a los espartanos, no se trata de
un verdadero robo. El que se deja sorprender es castigado, no como culpable,
sino como torpe. En la guerra recordaría, para despistar al enemigo, las
astucias aprendidas para procurarse comida. Para endurecerles en el
sufrimiento se les sometía a duras pruebas: era flageladas con verga ante el
altar de Diana; el que mejor soportaba el dolor merecía el título de
“vencedor del altar”. La
educación de las espartanos no era menos dura. En
lugar de condenarlas a la existencia sedentaria de un gineceo, se imponía a
las esclavas la obligación de hilar la lana y de preparar los vestidos; en
cuanto a las jóvenes espartanas, debían prepararse para dar, un día, hijos
robustos a la patria. Como para los hombres, también para ellas había
establecidos ejercicios físicos, carreras y luchas que las hacían sanas y
fuertes. Las chicas realizaban estos ejercicios ante los ojos de todo el
pueblo, casi desnudas, hasta la edad de veinte años, en que normalmente
solían contraer matrimonio. Las espartanas debían tener costumbres austeras.
Nada de lujos: para evitarlos, se puso en circulación una pesada moneda de
hierro, de la que la más pequeña suma solo podía transportarse en un carro, y
que no circulaba fuera del Estado. De la
misma manera que el lujo, el comercio, que suele ser quien lo provoca,
también estaba prohibido. Como los extranjeros hubieran podido introducir
nuevas ideas, se les prohibía la entrada, excepto en días determinados. Un
espartano tampoco podía viajar sin permiso de los magistrados, e incurría en
pena de muerte el que se establecía en un país extranjero: era un desertor. Se
tendía a la misma finalidad mediante la institución de las comidas en común, a
las que estaban obligados todos los espartanos, incluidos los reyes, bajo
pena de perder sus derechos políticos, a menos que el ausente no tuviera la
excusa de un sacrificio o de una cacería prolongada que proporcionaría a los
comensales un presente festín. Estabas comidas llamadas phiditias,
eran sobrias; cada uno proporcionaba una parte igual de harina de cebada, de
vino, de trigo candeal, de higos y una ligera contribución para los
condimentos y la carne. El que era demasiado pobre para contribuir con algo
era excluido de la mesa y desposeído de sus derechos de ciudadano. Tanto
los niños como los ancianos asistían a estas comidas: se contaban
elogiosamente las buenas acciones, se censuraban las reprobables; pero todos
se conducían con un tono de broma agradable y picante. Los comensales de una
misma mesa se convertían, en tiempo de guerra, en los soldados de una misma
sección, de manera que, al combatir ante los ojos de sus compañeros, cada uno
viera redoblado su arrojo. Cualquier
vecino podía castigar a los hijos de otro. En caso de necesidad, estaba
permitido utilizar los esclavos del vecino, sus perros de caza, sus caballos,
a condición de devolverlo todo en el mismo estado y en el mismo lugar. Los
espartanos llevaban a veces el desprendimiento del propietario hasta extremos
que Jenofonte admira mucho y que, sin embargo,
repugnarían a nuestras ideas sobre la santidad de los lazos familiares. |
Contesta las siguientes preguntas:
1. ¿Quiénes eran arrojados desde la cima del monte Taigeto?
2. ¿Con qué fin daban poco de comer a los jóvenes espartanos?
3. ¿Qué estrategia utilizaban con las monedas para que los espartanos no fueran amantes del lujo?
4. ¿Cómo consideraban al espartano que se establecía en el extranjero?
5. ¿Podían los extranjeros circular libremente por Esparta? ¿Por qué?
6. ¿Qué hacían las muchachas espartanos en su juventud?
7. ¿Cómo vestían y dormían los espartanos?
8. ¿Con qué fin eran flagelados ante el altar de Diana?
9. ¿Quiénes participaban en las comidas en común?
10. ¿Podemos afirmar que los espartanos se prestaban gustosamente todas sus cosas? ¿Por qué?