Texto 1 El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata... La capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y al fin quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor dentro del confesionario. Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya
empezaba la noche. Ana esperaba sin aliento, resucita a acudir, la seña que
la llamase a la celosía... Pero el confesionario callaba. La mano no aparecía, ya
no crujía la madera. Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño...
Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba... La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con
un valor nervioso que en las grandes crisis le acudía... y se atrevió a dar
un paso hacia el confesionario. Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío,
y brotó de su centro una figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara
un rostro pálido, unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos como
los del Jesús del altar... El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino
hacia la Regenta, que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima.
Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera, abierta
la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el
terror le decía que iba a asesinarla. El Magistral se detuvo, cruzó los brazos sobre el
vientre. No podía hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo, volvió a
extender los brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y después
clavándose las uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer
desplomado, y con piernas débiles y temblonas salió de la capilla. Cuando
estuvo en el trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque iba ciego, procuró
no tropezar con los pilares y llegó a la sacristía sin caer ni vacilar
siquiera. Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el
pavimento de mármol blanco y negro; cayó sin sentido. La catedral estaba
sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se iban juntando y dejaban
el templo en tinieblas. Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido,
con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las
llaves del manojo sonaban chocando. Llegó a la capilla del Magistral y cerró
con estrépito. Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí
dentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla,
escudriñando en la obscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una
sombra mayor que otras veces... Y entonces redobló la atención y oyó un rumor
como un quejido débil, como un suspiro. Abrió, entró y reconoció a la Regenta
desmayada. Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de
la perversión de su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si
lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los
labios. Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio
que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso
y frío de un sapo. |
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Texto 2 Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano, contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol, mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión, aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor, sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores, mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio, había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el anteojo ¡quiá! en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes y nubes; sus miradas no salían de la ciudad. |
Texto 3 Quien más gozaba con aquella propaganda de infamia era
don Álvaro Mesía. Ya aborrecía de muerte al Magistral. «Era el primer hombre
¡y con faldas! que le ponía el pie delante: ¡el primer rival que le disputaba
una presa, y con trazas de llevársela!». «Tal vez se la había llevado ya. Tal
vez la fina y corrosiva labor del confesonario había podido más que su
sistema prudente, que aquel sitio de meses y meses, al fin del cual el arte decía que estaba la rendición de
la más robusta fortaleza». El dandy vetustense sudaba de congoja recordando
lo mucho que había padecido bajo el poder de don Víctor Quintanar, que según
su cuenta, en pocos meses de íntima amistad le había declamado todo el teatro
de Calderón, Lope, Tirso, Rojas, Moreto y Alarcón. Y todo, ¿para qué? «Para
que el diablo haga a esa señora caer en cama, tomarle miedo a la muerte, y de
amable, sensible y condescendiente (que era el primer paso), convertirse en
arisca, timorata, mística... pero mística de verdad. ¿Y quién se la había
puesto así? El Magistral, ¿qué duda cabía? Cuando él comenzaba a preparar la
escena de la declaración, a la que había de seguir de cerca la del ataque
personal, cuando la próxima primavera prometía eficaz ayuda... se encuentra
con que la señora tiene fiebre». «La señora no recibe», y estuvo sin verla
quince días. Se le permitía llegar al gabinete, preguntarle cómo estaba...
pero no entrar en la alcoba. Él había ido a visitarla todos los días, pero
como si no, no le dejaban verla. Y ¡oh rabia! el Magistral, él lo había
visto, pasaba sin obstáculo, y estaba solo con ella. «La lucha era desigual».
Durante la primera convalecencia, que duró pocos días, se le permitió a él
también entrar en la alcoba dos o tres veces, pero nunca pudo hablar a solas
con Ana. Y lo más triste había sido después; cuando la segunda arremetida del
mal, que fue tan peligrosa, cedió el paso poco a poco a la salud. Ana le recibió
en su gabinete. ¡Pero cómo! Por de pronto estaba bastante delgada, y pálida
como una muerta. «Hermosísima, eso sí, hermosísima... pero a lo romántico.
Con mujeres de aquellas carnes y de aquella sangre no luchaba él. Estaba
entregada a Dios. ¡Claro! ¡Apenas comía! No podía levantar un brazo sin
cansarse». Don Álvaro calculaba, furioso de impaciencia, cuánto tiempo
tardaría aquella naturaleza en adquirir la fuerza necesaria para volver a
sentir los impulsos sensuales, que eran la fe viva del señor Mesía y su
esperanza. Tardaría mucho. Mientras tanto él no podría emprender nada de
provecho. «Y el Magistral estaba haciendo allí su agosto; embutiendo aquel
cerebro débil de visiones celestes... Ana era otra para él. No le miraba
jamás, y las pocas palabras con que contestaba a las preguntas de cariñoso
interés, eran corteses, afables, pero frías, como cortadas por patrón. A
veces se le ocurría a él si se las dictaría el Magistral». |
1. En
el texto se habla de Álvaro de Mesía. ¿Quién es?
2. ¿Quién
es el Magistral? ¿Por quién compiten?
3. ¿Qué
le sucede a Ana?
4. ¿Qué
le molesta a Álvaro en la convalecencia de Ana?
5. ¿Está
dispuesto Álvaro a luchar por una mujer enferma?
6. ¿Qué
dos personajes compiten por Ana y quién cree estar en desventaja?