Los poetas campesinos que perviven en nuestros días, es decir, quienes son de extracción campesina genuina, son herederos de aquella juglaresca traída por soldados, escribanos y frailes llegados de Europa a partir de la conquista de México y particularmente durante la Colonia. La poesía decimal de fórmula espinela se encontraba en boga durante esa época en el viejo mundo y así fueron asimiladas ambas vertientes de expresión popular por indígenas y mestizos de Hispanoamérica y, en nuestro caso, de diversos estados que hoy conforman la república mexicana, principalmente Veracruz, Yucatán, Michoacán, Guerrero, algunas partes de la región Huasteca y la zona Arribeña de San Luis Potosí, Guanajuato y Querétaro.
Aquellos herederos -generalmente gente rural- supieron dar tónica propia
a esta nueva forma de expresión a través de la música y
el canto, acorde a los lugares donde se implantó, y en la región
arribeña la convirtieron en el espléndido arte de la valona, el
jarabe y el son que hoy conocemos como huapango arribeño y que nos conmueve
el ser cada vez que lo escuchamos.
Los poetas campesinos genuinos son cada vez menos, quizá por razón
natural, es decir, el campo día con día es menos opción
de supervivencia -las causas son miles- y la raigambre de su poesía se
seca; sin embargo, en las últimas tres décadas comenzaron a surgir
poetas, si bien un tanto alejados de las labores del campo y, por tanto, sin
la esencia de los viejos trovadores, tienen mayor formación académica
y cuentan con muchos más conocimientos y recursos literarios para la
creación de su poesía. Estos han comenzado a transformar la autenticidad
de las valonas y de las topadas, incluso de la instrumentación, al incluir
algún instrumento electrónico en aras de la comercialización
de sus "productos", con el pretexto de que la tradición debe
renovarse o morir.
Nosotros creemos que las tradiciones deben enriquecerse con elementos que las
épocas requieren, ciertamente, pero sin detrimento de su esencia fundamental
que es lo que ha dado valor y supervivencia al huapango arribeño a través
de casi trescientos años, de otra forma, corre el riesgo de convertirse
en un artículo más de moda, y todas las modas pasan.
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