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ANTOLOGÍA: PRESENCIAS EN EL GRUPO PRESENCIAS / 2003 |
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EMA
RUIZ I Salgo
de la casa de mis viejos –la casa de mi infancia en Florida- para
comprarles el pan en La Porteña de San martín y España.
Atardecer de verano, casi otoño. En el jardín grande de la casa de
enfrente (a mitad de cuadra) veo parada entre los rosales a la tía de Raúl,
con la pinta de siempre, esa pinta solterona menudita, transparente. Estoy
a punto de dispararle el saludo usual, cuando para mi sorpresa de pronto
se lleva al mentón un violín y arranca fortísimo con no-me-doy-cuenta-
qué de Mozart. Me quedo escuchando, encandilado. La
tía de Raúl ya era viejísima cuando hace treinta años con Raúl y
Jorgito jugábamos en el jardín del fondo de esa misma casa y ella podaba
los rosales, y fumigaba los frutales con agua de cebollas. Es raro pero
nunca me dijo que tocara ningún instrumento, y eso que yo mismo en
aquellos años andaba para arriba y para abajo con mi violincito. Y esto
que se oye –destreza demorada- revela a un tiempo años de conciertos, y
añares de silencio. Como
esos sillones virreinales de cuero labrado que –en un solo hálito de
olor a cera de pisos- nos muestran por
un lado el protocolo un poco cursi de aquellos salones de la Colonia y por
el otro el abandono del Museo Saavedra, puntuado de excursiones escolares,
así la música. Las articulaciones vetustas de la tía de Raúl tardan
ern llegar a cada nota, pero llegan justo, con suma comodidad, prestándole
a Mozart un aire de Theolonious Monk. Pasan
los minutos, sigue Mozart, con el tiempo exacto que está implícito en
ese término que utilizan los alemanes para el teatro y para la música: Spiel,
juego. Yo,
a esta altura de la vida, violinista apenas dominguero, me quedo
escuchando hasta la última nota –con un deseo creciente de aprender,
apropiarme de este juego que suena tan obvio, tan sin trabajo, surgiendo
como surge de una muñeca artrítica de fácil noventa años.
Afortunadamente la bolsa del pan enrollada en una mano me contiene el
impulso convencional de matar a golpes de aplauso ese silencio final tan
lleno de Mozart. Señora
–le digo- quiero que usted me enseñe. Como
desprendiéndose de un estado de coma, la tía de Raúl me mira, sonríe y
me dice: Pero
no, m´hijo. Si yo me estoy despidiendo. Y
reacomodando hombros y mentón como quien espanta una avispa, arremete con
el concierto para dos violines de Bach, tarareando con vehemencia la parte
del otro violín. II Después
de unos treinta años volví a ver a Raúl Coereza en el entierro de su tía. Los
habituales ¿te acordás? de velorios y entierros. Poca gente, unas
veinte personas. La mamá de Raúl, frágil y despistada. Chacarita,
cajón con carrito. Orillamos las bóvedas, los nichos con mucha rosa de
plástico enroscada en los herrajes, hasta llegar a la parte de sepulturas
en tierra. Se divisaba de lejos el montículo de terrones pegajosos y un
grupito de tres sepultureros, pata en pala, con ese aire entre guarango y
rutinario. Ahí nos detuvimos, formando un semicírculo tímido. Y
fue ahí que de pronto, con notable firmeza, la mamá de Raúl sacó de
atrás de un monumento funerario (y eso estaba esperando ahí desde antes,
pero cómo, cuándo) una victrola vieja, con bocina y todo, la apoyó en
la montañita de tierra, le dio decidida manija y puso la púa en el surco
del solemne disco de pasta. Todos nos miramos. Entre
chasquidos mecánicos, se oye a Clara Gaskill al piano en un infrecuente
Beethoven, con la tía de Raúl –por fin supe su nombre: Ema Ruiz- en la
conmovedora parte del violín de la sonata Kreutzer. Decir apenas que nos
quedamos hipnotizados es dar prueba firme del desgaste expresivo del
idioma. Buscar otras palabras sería una acrobacia inservible. A
las pruebas me remito: ni uno de los enterradores, a sepultura abierta, a
pesar del barcito de la estación Lacroze esperándonos tentador apenas
concluyeran la faena, ni uno solo movió un pie, ni se rascó la cabeza,
ni nada, y se quedaron escuchando a la tía de Raúl hasta que finalmente
la púa quedó crepitando un rato en el redondel último del disco.
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JAN DE JAGER |
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