ANTOLOGÍA: PRESENCIAS EN EL GRUPO PRESENCIAS / 2003


 

LA NOMINA

 

 

      Era una larga lista de personas, direcciones, números de teléfono. Nombres sin edad, sin rostro. Imaginaba a las mujeres con sus atributos máximos. A los hombres, todos parecidos, vestidos por el mismo sastre, con la misma sombra del sombrero sobre sus rostros, dando vuelta a la misma esquina para formar una hilera interminable. Si alguno le parecía conocido, enseguida se perdía en la multitud.
      La hora del llamado coincidía exactamente con los golpes en la puerta. Si atendía el teléfono antes de abrir y se demoraba al colgar el auricular por la falta de respuesta, podía escuchar la entrada desordenada, los gritos y hasta los disparos. Las reacciones eran disímiles: desde la bravuconada hasta el terror, recorriendo toda la gama de posibilidades.
      A veces respondían ellos burlonamente. Se le habían adelantado, Ponían en peligro el experimento, impedían la observación directa de cada instancia para obtener conclusiones válidas para la ciencia. La supervivencia dependía de aquellos pequeños sacrificios: cómo reaccionaban ante lo inesperado, ante el ataque repentino, era un dato de valor incalculable para cuando fuera necesario masificarlo. Las víctimas sin rostro. Los victimarios convencidos de la importancia de su función y de su impunidad.
     
La primera fase ya estaba concluída. Ahora el ordenador realizaría la selección natural, aseguraría la eficiencia del plan en la fase “B”, sin objetividades, casi del mismo modo, en sitios alejados entre sí, con nombres elegidos al azar.
      El doctor Lanari estuvo tentado de apagar el monitor que continuaba mostrando el proceso de la información, Eran las tres de la madrugada. El sonido del teléfono ,le impidió escuchar a los dos vehículos que estacionaron junto a la cerca. Atendió creyendo  que le informarían sobre algún error o alguna catástrofe del procedimiento que no debía dejar huellas ni testigos. Silencio. La puerta se desplomó con un golpe seco. La víctima cayó. Del otro lado de la línea sólo se escucharon dos estampidos, algunos chistes y la explosión del monitor sobre los mosaicos.

 

 CRISTINA CASTILLA


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