RECONSTRUYENDO  A KANE

 «Al público no se lo hace suspirar 
  sin ponerse uno mismo en gran peligro» 

                                                                                            Orson Welles

 

por Julio di Risio [*]

 

 

 

 

Al pAl poco tiempo de estrenarse (1941), y debido a los bloqueos de las grandes cadenas de exhibición y la suspensión de toda publicidad en los diarios de Hearst, «Citizen Kane» fue retirada de circulación, y sólo se reestrenó oficialmente a fines de la década del cincuenta. 

Finalmente, siendo yo un cinéfilo adolescente, la esperada «Citizen Kane» fue repuesta en nuestro país. 
Es posible que al querer devorar cada una de sus imágenes, de sus diálogos, el filme haya terminado devorándome a mí, pero mientras el pesado cortinado terminaba de tapar el The End, en una mezcla de confusión y placer, sentí que había presenciado un filme que me llenaba de admiración, un filme tan formidable como -según mi visión de aquella época- lo era Charles Foster Kane.
 

 

 

 

 

Ya convertido en un profesional del cine, por lo tanto acostumbrado a hacer un análisis más riguroso de las películas y habiéndola visto muchas veces, sentí la necesidad y, por qué no, la curiosidad, de indagar sobre la historia de fuera del filme, que no tiene que ver con la ficción. Es la historia de tres hombres, tan brillantes como orgullosos, que parecen tener todo lo necesario para hacer lo que quieren hacer y resultan sin embargo derrotados: William Hearst, Herman Mankiewicz, Orson Welles.

El Ciudadano Hearts


Se cuenta que el joven Hearst iba camino de la expulsión de Harvard, cuando decidió que lo que en realidad quería era un pequeño periódico en San Francisco, cuyo dueño era su padre. ¿Por qué no su rancho de un millón de acres, o las minas de Anaconda? No, sólo el diario. Aunque a su padre no le entusiasmó la idea, bien decía de su hijo: 
«Cuando William quiere pastel, hay que darle pastel, y dárselo ya; al cabo de un rato termina consiguiéndolo». Hearst sabía cómo quería que fuera su periódico: llamativo, descarado, con grandes caracteres y fotos sensacionalistas. 

Antes de transformarse en la bête noire de la prensa amarilla, el temor de Hollywood, dueño de una gran cadena de diarios y revistas, de empresas cinematográficas, del castillo de San Simeón -con su colosal zoológico privado- y poseer más del 25% de las obras de arte más famosas del mundo, Hearst había enseñado a una generación de periodistas a difamar, sobornar y traicionar sin ninguna consideración con tal de conseguir una buena nota periodística. Entre ellos se encontraba Herman Mankiewicz, que, poco tiempo después, se convertiría en el guionista de «El ciudadano».

Orson, el niño prodigio

 

Nadie mejor que Welles para comprender a Hearts. Era otro jugador nato que gustaba del sensacionalismo y que, como Hearst, sabía lo que significaba la lucha: a los veinticuatro años ya era famoso por su enfrentamiento con las autoridades, después del furor nacional por su terrorífica transmisión radial de «La guerra de los Mundos».

Pero Welles no fue castigado por esto, todo lo contrario. La RKO, que luchaba por evitar la quiebra, decidió contratar al «niño prodigio» como recurso de salvación.
Entusiasmado con el teatro, y no muy interesado en hacer películas, Welles rechazó las primeras ofertas de George Schaefer -encargado de la RKO, pero cuando éste le aseguró el control total de sus producciones, Welles viajo rápidamente a Hollywood. Con la llegada de Welles se produciría un milagro, aunque no precisamente el que la RKO necesitaba.


Herman, intruso con talento

Herman Mankiewicz, en aquel momento el guionista mejor pagado de Hollywood, era un empedernido jugador y bebedor. Amigo de Hearst y de su amante, la actriz Marion Davis, era un invitado especial en las fastuosas fiestas del castillo de San Simeón -Xanadú, en el filme-, por muchos años lugar de encuentro de Hollywood: C. Chaplin, N. Shearer, C. Gable, L. Mayer, S. Goldwyn y, figuras como Bernard Shaw y W. Churchill. La tentación de Mankiewicz por escribir un guión sobre aquellos personajes debió de ser muy grande, y no tardó en encararlo, traicionando la hospitalidad de sus amigos.

Contaba Schaefer: «Orson llegó una mañana a mi oficina diciendo que había conocido a Mankiewicz, un hombre increíblemente culto y encantador. En seguida me los imaginé: dos magos hechizándose mutuamente, en una lucha de ingenio y buenos modales». Unas semanas después, Mankiewicz le propuso a Welles hacer una película que contara la vida de un gran hombre -una película prismática-, desde diferentes ángulos. Una leyenda norteamericana, un gigante que provoca la ruina de todos y la suya propia. Parece que cuando Welles entendió que se estaba hablando de W. Hearts, aceptó inmediatamente el desafío.

El Ciudadano Kane

«Citizen Kane» mostraba el retrato de un Hearst viejo e inflexible, aislado del resto del mundo, obstinado en una postura que ya no podía sostener fuera de su castillo. Era un retrato cruel, pero Welles y Mankiewicz no se detendrían ahí . Reservaron la parte más feroz del retrato para la Davis -en el filme Susan Alexander. Un hombre como Hearst, que había pasado más de cincuenta años construyendo un imperio, había soportado cosas peores que ésta, pero esa ofensa a aquella mujer desataría una guerra.

El insoportable magnate puesto en ridículo era un platillo fuerte, pero Hearst amenazó con exponer los secretos íntimos de Hollywood en sus diarios si «Citizen Kane» se estrenaba. Atemorizados, los líderes de la industria ofrecieron a Schaefer pagar el costo del negativo si lo olvidaba en los sótanos del estudio. Fue inútil. El estreno tuvo, según parece, muy buena crítica.

Los gigantes frágiles


Los últimos años de la Gran depresión afectaron al imperio Hearst. Su colección de arte salió a subasta. Pero más importante fue la pérdida de once de sus periódicos. Ahora el viejo magnate se encontraba cercado por los impuestos y los sindicatos. Según se dice, M. Davis le dio sus propiedades, dinero, joyas y hasta pidió dinero prestado para que Hearst pudiera conservar alguno de sus diarios. El imperio Hearst se había derrumbado. 

No obstante, desde los pocos diarios que aún manejaba, arremetió contra «Citizen Kane» y sus autores: sus titulares atacaron a Mankiewicz durante tanto tiempo, que lo obligaron a pedir ayuda a la Unión Americana de Libertades Civiles. Y aunque la Academia le otorgó el Oscar al mejor guión no pudo impedir el derrumbe: acumulando bebida y deudas de juego, no quedó estudio que no lo hubiera despedido. Los pocos guiones que escribió estuvieron lejos del espíritu de «Citizen Kane». 

Luego la campaña de Hearst cambiaría de rumbo: investigaría la vida privada de Orson Welles.  ¿Acaso no estaba Dolores Del Río casada durante aquél affaire ? Y ¿por qué no había cumplido con su servicio militar? Cuando Welles se reunió con un grupo de escritores considerados como elementos subversivos para realizar una serie de programas radiales, la prensa de Hearst lo ubicó «más cerca de Rusia que de Harlem». Esa misma semana el FBI le abrió un expediente que tendría como encabezado: «Welles, Orson, nativo comunista». 
Pero del tiro de gracia se encargaron los miembros de la Academia: de las nueve categorías -incluyendo mejor dirección y mejor película- «Citizen Kane» sólo se llevaría una, Mejor guión. ¿Sería éste un tributo de la Industria de Hollywood a William Hearst? 

                                                                                                                       

 

Lo que no se perdona


El nombre de H. Mankiewicz se ha desvanecido bajo la sombra de Welles, casi nadie lo menciona, casi nadie lo recuerda.

Orson Welles, pese a haber realizado luego algunas importantes obras, nunca superó su obra maestra, concebida con sólo 25 años. No se lo perdonaron, perdieron la confianza en él; pocos años después se lo consideraba «el joven más acabado de América»


La imagen de William Hearst ha sido con el tiempo sustituida por la ficción, esa ficción que él mismo decía haber destruido: la del Ciudadano Kane.

[*] Montajista (Film Editor) - Tel. 4543-8983

Hosted by www.Geocities.ws

1