|
Desde el abismo argentino |
|
||||||||||||||||||||
|
*
“El cosmopolitismo en los hombres y en las ideas, la disolución de
viejos núcleos morales, la indiferencia para con los negocios públicos,
el olvido creciente de las tradiciones, la corrupción popular del idioma,
el desconocimiento de nuestro propio territorio, la falta de solidaridad
nacional, el ansia de la riqueza sin escrúpulos, el culto de las jerarquías
más innobles, el desdén por las altas empresas, la falta de pasión en
las luchas, la venalidad del sufragio, la superstición por los nombres exóticos,
el individualismo demoledor, el desprecio por los ideales ajenos, la
constante simulación y la ironía canalla, cuanto define la época actual
comprueba la necesidad de una reacción poderosa a favor de la conciencia
nacional y de las disciplinas civiles.” Sería arduo proponerse una
descripción más detallada y precisa de la pesadilla que estamos viviendo
los argentinos. Y sin embargo Ricardo Rojas escribió esto en 1909, casi
un siglo atrás, un año antes de la enfática celebración oficial del
Centenario de la Revolución de Mayo, cuando la Argentina (al menos desde
una perspectiva macroeconómica), parecía una potencia en ascenso
irrefrenable. Leídas hoy, y sin pretender refrendar el punto de vista del
borgiano Pierre Ménard, pero tampoco sin desdeñarlo, no sabemos
dilucidar a ciencia cierta si el autor era un auténtico vidente, que podía
predecir sin duda alguna el porvenir, o si la realidad actual vino a
coincidir, acentuándolas en forma ineludible, con sus diagnósticos
precoces. *
Pero, ¡atención! Los actos tienen consecuencias. Y siempre será
necesario asumir nuestros propios errores si es que queremos no volver a
cometerlos. Pero eso nunca, de ningún modo, deberá servir para que los
responsables de nuestra infamia actual puedan acudir al gastado y no menos
infame recurso de la supuestamente inexorable incapacidad colectiva para
regir nuestro destino. Más bien, contra toda evidencia, habrá que seguir
propiciando lo contrario. Porque el único remedio para una democracia débil
sólo puede ser más, y mejor, y más honda democracia. Democracia de raíz. *
La sociedad de consumo, que a través de los grandes medios tecnocráticos
de (in)comunicación se fue constituyendo en sociedad del espectáculo, se
ha vuelto ahora físicamente planetaria, sutilmente seductora, amablemente
compulsiva, espiritualmente invasora, confortablemente totalitaria. No
necesita violentarnos con la fuerza física: nos rodea, nos envuelve, nos
impregna. Y tal es de algún modo la desolada experiencia del mundo de
hoy, donde la poesía, el arte, las ideologías e incluso las religiones,
ya no logran encarnar, volverse humanas (y por lo tanto cultura) al ser
encarnadas por los hombres, y corren el gravísimo riesgo de concluir
girando en el vacío. *
Tantálicamente adormilados, si lográramos desprendernos de las pantallas
mesmerizantes podríamos constatar que quienes nos dominan ya no necesitan
ni ocultar sus manipulaciones. Nuestro desolado país es la prueba de que
hoy puede ejercerse el mal impunemente, a la vista de todos, sin guardar
las formas. Han sobrepasado incluso sus propios límites. El sistema que
pregona basarse en la propiedad privada la viola públicamente. El titular
del FMI anuncia que el país fue saqueado por sus propios dirigentes y
sigue desayunando. Los bancos nos roban, los jueces nos defraudan, los
policías nos matan, los militares nos violan, los empresarios nos
saquean, los sindicalistas se venden, los políticos nos venden, y así
podríamos seguir. Su omnipotencia cuenta hoy al parecer con nuestro
envilecimiento.
*
La negación parece un principio fundamental de la psicología humana.
Para poder vivir, negamos que somos mortales. Para poder sobrevivir,
negamos lo que duele. Pero ese alivio momentáneo no tiene futuro. Es más,
no sólo condiciona nuestro presente: lo construye.
*
Si no se tiene bien en claro quién, qué, cómo es realmente
el enemigo, cualquier batalla está perdida de antemano.
*
Las preguntas apropiadas ya son una respuesta.
*
Al parecer, Raymond Aron dijo hace mucho tiempo que la Argentina resultaba
“la gran desilusión del siglo XX”. Sin duda es un grave diagnóstico.
Que debería preocuparnos, aún aceptando su evidente perspectiva eurocéntrica.
Pero qué comparación tiene eso con la frase, desesperada y lapidaria,
que Ricardo Piglia afirmó haber escuchado en 1959 a Ezequiel Martínez
Estrada, uno de los menos complacientes grandes intelectuales argentinos:
"La Argentina se tiene que hundir. Se tiene que hundir y desaparecer,
no hay que hacer nada para salvarla, si lo merece volverá a reaparecer y
si no lo merece es mejor que se pierda.” Ya que estamos en zonas de
agrio coraje intelectual, tan ajeno a la coreografía de banalidad y
parodia que hoy suele abrumarnos, quiero destacar otra saludable
cachetada. En El farmer,
Andrés Rivera le hace rezongar a su protagonista (no es casual que sea
Rosas) este ácido pronóstico, que los tiempos que vivimos hacen difícil
desmentir: “Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las
verdades patrióticas: quien gobierna podrá contar, siempre, con la
cobardía incondicional de los argentinos.”
* Hay ciertas
prevenciones que nunca están de más. (Gato que se quema desconfía hasta
de la leche.) No sin alguna razón, por ejemplo, los latinoamericanos solemos estar a la defensiva con
respecto a ciertas opiniones que nos llegan del norte, incluso de uno y
otro lado del Atlántico, no necesariamente homogéneos. Lo que, con ser
saludable, no deja de hacernos correr también el riesgo de deslizarnos,
desde la prevención, hacia el prejuicio. Pero nada debería impedirnos
prestarle atención a las mismas latitudes. Por venir de quien viene, y
desde donde viene, aunque nos inquiete o nos perturbe (¿acaso vernos
descubiertos?) no debería sorprendernos alguien tan fraternal como Helio
Jaguaribe: “La Argentina es una de las sociedades más cultas y
sofisticadas de América latina, con un sistema productivo africano.”
Contundente precisión, plena metáfora. Aún sabiendo que la primera
parte peca por exceso: la calificación no le cabe ya por desdicha a todo
el país, sino más bien tan sólo a algunos sectores de Buenos Aires y
alguna otra gran ciudad. Y que la segunda peca por defecto: hay mucha
dignidad, mucha grandeza, mucha pasión en África, la cuna de la especie,
de donde todos provenimos.
*
Si la experiencia nos enseñara algo, sabríamos que es ilusorio soñar
que todo estará definitivamente bien una vez derrotado el enemigo
presente. Hay otros enemigos. Incluso dentro nuestro. * Ya lo había advertido lúcidamente Michel Butor hace varias décadas: “El poeta es aquel que se da cuenta de que la lengua, y con ella todas las cosas humanas, está en peligro”. Y para quien no se anime a aceptar que lo que hoy está en peligro es quizá el sentido mismo de la experiencia humana, baste esta reflexión de Nicholas Negroponte, pope del Massachussets Institut of Tecnology (el legendario M.I.T.), auténtico zar de la inventiva tecnológica norteamericana: “Hoy en día, cuando se habla de computación, no hablamos de computadoras sino de la vida misma.” * Un gran bonete de la mercadología, Al Ries, el hombre que forma a los manipuladores de las multinacionales que nos forman, desde la ufanía de su poder ilimitado se dejó ir más lejos que ningún crítico: “La guerra del marketing es una actividad intelectual, cuyo campo de batalla es la mente del consumidor.” Aunque iba a fallecer en 1883, cuando todo esto recién despuntaba, Karl Marx parece haber llegado a intuir lúcidamente el mecanismo aunque sin imaginar su dimensión futura: “Hasta hoy pensaba que la formación de los mitos cristianos durante el imperio romano sólo fue posible porque la imprenta no se había inventado aún. Hoy, la prensa diaria y el telégrafo, que difunden sus inventos por todo el universo en un abrir y cerrar de ojos, fabrican en un solo día más mitos que los que antes se creaban en un siglo.” ¿Qué diría, él, entonces, ahora? * La metáfora, bella, para nada inocente, era de Paul Éluard, y fue acuñada hace más de medio siglo: “Hay otros mundos, pero están en éste”. A la fantasía de un paraíso prometido en el cielo tras la muerte, sugería oponerle la posibilidad concreta de construirlo aquí en la tierra. Hoy, bajo la peste globalizada del pensamiento único, que no se imagina permitirnos más que una misma idea del mundo, podríamos intuir sin embargo que otros mundos subsisten, aunque más no sea en nuestra memoria, en la carne ineludiblemente viva de nuestro pasado, de nuestras experiencias de vida y de cultura. * “Las industrias culturales de nuestro tiempo, servidas por máquinas de promoción y propaganda apuntadas a tácticas y estrategias de prominencia ideológica que de alguna manera convierten en obsoleto el recurso a las acciones directas, vienen reduciendo a los países menores a un mero papel de figurantes, conduciéndolos a un primer grado de invisibilidad, de inexistencia. Las hegemonías culturales de hoy resultan esencialmente de un proceso duplo y simultáneo de evidenciar lo propio y de ocultar lo ajeno, considerado ya como fatalidad ineluctable y contando con la resignación de las propias víctimas, cuando no con su complicidad.” Deberíamos reflexionar a fondo sobre estas transparentes palabras del portugués José Saramago. ¿Hubiera podido asolarse y saquearse nuestro país, de una forma tan intensa y exhaustiva, sin haber conseguido anular antes hasta el más mínimo resquicio de pensamiento y voluntad nacional? ¿Es decir, sin que lo hubiéramos, nosotros, permitido? * El gran novelista André Malraux, que pasó de militante revolucionario a ministro de Cultura con De Gaulle, nunca dejó de ver la realidad con lucidez. Y ya en los años sesenta advirtió que “nuestra civilización vive en lo sensacional como la griega vivió en la mitología”. Pero la inmensa marea de mediocridad estruendosa, de banalidad lustrosa que nos envuelve como un magma, no es inocua. Su objetivo es producir consumidores compulsivos, acríticos. O, en su defecto, desechos. Por eso uno de los últimos grandes humanistas europeos, George Steiner, dice: “Hoy, la censura es el mercado”. Y, por si fuera poco, escuchemos al Octavio Paz a quien los seudoliberales de esta época aparentan rendir culto, pero de quien se cuidan muy bien de difundir esta verdad de a puño: “porque la libertad de expresión está en peligro siempre. La amenazan no sólo los gobiernos totalitarios y las dictaduras militares, sino también, en las democracias capitalistas, las fuerzas impersonales de la publicidad y del mercado. Someter las artes y la literatura a las leyes que rigen la circulación de mercancías es una forma de censura no menos nociva y bárbara que la censura ideológica”. * No es insólito que un joven intelectual norteamericano resulte capaz de miradas desinhibidas al imperio. Dice el novelista Jonathan Franzen: “Entre literatura y mercado, el amor perdido nunca fue considerable. La economía de consumo ama el producto que se cotiza bien, se gasta rápido o es susceptible de una mejora permanente, y que ofrece alguna ganancia marginal con cada mejora. Para una economía como ésta, la actualidad que nunca deja de ser actual no es solamente un producto inferior; es un producto antitético.” ”Si ni siquiera uno, siendo novelista, tiene ganas de leer, ¿cómo puede esperar que el otro lea libros?” “El novelista tienen cada vez más cosas para decir a lectores que cada vez tiene menos tiempo para leer: ¿dónde encontrar la energía para comprometerse con una cultura en crisis cuando la crisis consiste en la imposibilidad de comprometerse con la cultura?” Deberíamos, por lo menos, ser capaces de similar agudeza. Y de aguantar las consecuencias. * Siento que en la cultura latinoamericana hay una cuenca rioplatense, que nos hermana con el Uruguay, y que emite un clima, un matiz propio, al mismo tiempo preciso e impreciso, brumoso y nítido. Una huella, señales. Pero también es cierto que, a diferencia de Montevideo, que lo vive intensamente, Buenos Aires es una de las pocas ciudades del mundo que está de espaldas a su espejo de agua. No voy a caer en psicoanálisis silvestre, pero parece evidente que eso debe tener algún significado, latente y acaso manifiesto. Más que una cuestión de identidad, podría afectarnos un problema de legimitidad. Que en estos momentos salta desgraciadamente a la vista. ¿Y si no fuéramos capaces de poseer como adultos nuestra realidad, si no nos sintiéramos dignos de poseerla? Ése sería el misterio. Por ejemplo, ¿cómo no tenemos una relación más íntima con semejante río? ¿Cómo no lo hicimos nuestro? (No hay un Juan L. Ortiz del Río de la Plata.) ¿Cómo no perciben nuestros ojos la belleza cambiante de ese río tan enorme que mereció ser considerado mar, cómo no lavamos nuestra mirada en esos grandes ámbitos de cielo y de agua viva, de colores tamizados y tocantes, que son uno y miles a lo largo del día y de la noche? ¿Cómo, y por qué, elegimos vivir de espaldas a tanta belleza? ¿Porque no somos capaces de verla? ¿O porque no nos creemos dignos de ella? ¿O, lo que sería acaso mucho más terrible, directamente porque no nos la merecemos? *
Toda
superficialidad es insidiosa. Toda generalización es fascista.
*
La resistencia cultural es una cosa demasiado seria para dejarla solamente
en manos de supuestos especialistas. El máximo ejemplo de una resistencia
cultural eficaz y ambiciosa en la Argentina me parece, hoy, el de los
trabajadores que se han hecho cargo de mantener funcionando las empresas
sentenciadas.
*
A lo largo de la historia, podrían visualizarse por lo menos dos maneras
de resistirse a un período de oscurantismo cultural: la abstención
o la intervención. Negarse a
ser cómplice o tratar de modificar las cosas. Las grandes religiones
monoteístas por ejemplo, derivan de aquellos profetas solitarios que
aunque retirándose al desierto, lograron convertirlo en caja de
resonancia para sus vozarrones tempestuosos, e incidir así sobre las
ciudades que los habían rechazado. Hoy el contexto es absolutamente
diferente. Ningún Van Gogh, ningún Poe, ningún Nerval, ningún Rimbaud
puede imaginar ya a su sacrificio o su
silencio convertido en valor por la estrepitosa industria cultural.
Como señala Pierre Bourdieu: “es la televisión la que define el juego:
los temas de los que hay que hablar; y qué personas son importantes y cuáles
no. Alienante para el resto de la profesión, la televisión está ella
misma alienada, porque vive muy particularmente sometida a las
imposiciones del mercado.” ¿Podría dejar de tener eso en cuenta, si se
propone ser mínimamente eficaz, una política activa (e, incluso, pasiva)
de resistencia cultural? * Considero haber dado pruebas suficientes de que las cuestiones con el
lenguaje, su decadencia, casi su aniquilación como potencia orgánica, no
me preocupan sólo estéticamente. ¿Cómo evitar, por ejemplo, que nos
confundan con aquellos que pregonan la resistencia cultural en los medios
del sistema, para terminar ofreciendo (no menos inconscientemente) a las
editoras multinacionales un bestseller más sobre el asunto? ¿Cómo
revertir el doble sinsentido de que secretarios de la cultura oficial
anuncien su intención de apoyar la industria cultural?
¿O que en medio de la pauperización de toda una sociedad emerja,
en nuestro Parlamento, un proyecto de ley que bajo la declamada defensa de
los llamados bienes culturales en realidad encubre el descarado apoyo a
las grandes empresas que los pervierten? La industria cultural, cuyo
objetivo es el lucro masivo, mimetizada con la sociedad del espectáculo,
seductora aplanadora de la diversidad y el genio, es objetivamente el
enemigo natural de la auténtica cultura, espontánea y diversa. * Es como si se hubieran sobrepasado las peores predicciones de 1984,
Un nuevo mundo feliz o Fahrenheit
451. Y sin embargo, hace setenta años, en 1932, Paul Valéry ya lo
había previsto: “existen máquinas que dispensan de la atención, que
dispensan del trabajo paciente y difícil del espíritu; cuanto más
avancemos, tanto más se multiplicarán los métodos de simbolización y
de grafía rápida. Esos métodos
tienen a suprimir el esfuerzo de
razonar.” (E incluso llegó a percibir, visionariamente, que el
enemigo no nos conquistaría solamente desde el exterior: “estamos
despavoridos por esa incoherencia de excitaciones que nos obsesiona y de
la cual acabamos por tener necesidad.")
*
¿Cuándo se construirán las tres escuelas de provincia cuyo importe donó
Belgrano al Triunvirato? Hubo una cuarta, en Bolivia, que funciona hace
mucho.
* Yo he visto
(algo casi imposible para mí de imaginar) desaparecer socialmente,
diluirse al tango, que acunó mi infancia. Y que era
como el aire mismo que nos rodeaba. Y no consigo, ni
explicarme los motivos ni aceptar los remedos importados que
pretenden suplantarlo. ¿Cómo es posible que ocurra algo así? ¿Qué
algo tan esencial, tan vivo, tan actuante, se nos vaya como humo? Apenas
intuyo que quizá algo tenemos que ver, como cultura, como manera de
vivir, con el Zelig que
protagoniza el inteligentísimo film de Woody Allen: nos convertimos en lo
que nos deslumbra, pero sólo para volver a hacerlo de inmediato, ante una
nueva incitación. Un destino de mímesis. No menos trágico que otros. O
como el de esos herederos abrumados por tesoros que no se sienten capaces
de empuñar, y a quienes sólo se les ocurre derrochar riquezas y talento.
O permitir que otros lo hagan. *
Quieran los dioses depararnos su benevolencia. Porque, en uno de sus
manuscritos póstumos, Fusées,
escrito probablemente entre 1855 y 1862, ese otro auténtico visionario
que fue Baudelaire ya nos vaticinaba: “pereceremos por donde hemos creído
vivir. La mecánica nos habrá americanizado
de tal modo, el progreso habrá atrofiado tan bien en nosotros toda la
parte espiritual, que nada, entre las ensoñaciones sanguinarias, sacrílegas
o anti-naturales de los utopistas, podrá ser comparado a sus resultados
positivos.” Para agregar
poco más adelante: “Pero no es particularmente por las instituciones
políticas que se manifestará la ruina universal; o el progreso
universal; poco me importa el nombre. Será por el envilecimiento de los
corazones.”
*
Al comenzar un texto clave, La obra
de arte en la época de su reproductibilidad
técnica, que tanto tiene que ver con estos temas, el indeleble Walter
Benjamin acuña unas palabras que siguen conmoviéndome: “Los conceptos
que seguidamente introducimos por primera vez en la teoría del arte se
distinguen de los usuales en que resultan por completo inútiles para los
fines del fascismo.” Me sentiría orgulloso de no haberlo desdicho. (Buenos
Aires, octubre del 2002)
|
|||||||||||||||||||||