HEMINGWAY
Y LOS ARGENTINOS

 

                            Por Alberto Daneri


 

 

 

Es evidente que Ernest Hemingway ha sido -aún sin nombrarlo sus epígonos- el escritor más imitado de la centuria. Las tentaciones fueron sus diálogos, la afortunada teoría del iceberg (conservar siete partes debajo por cada parte que se deja ver) y su envidiable éxito financiero.

Sin embargo, durante los cuarenta años de esa vida activa como narrador (1921-61) y salvando excepciones, en la Argentina lo describían como un artista menor. Es probable que se lo haya subestimado indagando en los ribetes espectaculares paralelos a la producción de sus libros -soldado de fortuna, gran cazador o pescador y torero frustrado- mientras desatendían las claves esenciales para entender sus aristas de creador autobiográfico y torturado. Borges fue uno de los que se burló de él. Obviamente, detrás de Borges se alineó un séquito.

  Hemingway pasó de ser "el más vendido" en los ‘40 a los premios Pulitzer y Nobel de su alcohólica decadencia en los ’50 y a un olvido vituperado (Arthur Miller dixit) en los ´70. El año pasado, la coyuntura de su centenario fue favorable para que a través de una segunda lectura se analizaran los núcleos literarios que delinearon el espacio del "único estilo intrínseco que dio este siglo" (su biógrafo Carlos Baker) y en cierto modo lo redescubrieran.

  Pocos desconocen el provincialismo argentino y las modas imperantes en los círculos literarios. Han reinado Kundera, Bernhard, Amis, Carver y Paul Auster. También Hemingway, considerado solamente el fanfarrón que por supuesto era, fue galardonado con imprevistas virtudes originales cuando lo canonizó el Nobel en 1954. Lo mismo había sucedido con un semidesconocido William Faulkner en 1949; a partir de allí y especialmente en la década del ´60 el sureño se convirtió en ícono de los narradores locales.

   Con los años, algunos escritores argentinos rescataron el concepto de "verdad" que caracteriza la obra del autor mito de la generación perdida norteamericana, ese análisis preciso y naturalista de las cosas tal como son y fueron. Cada uno tiene su Hemingway preferido: unos los  cuentos, otros sus novelas "Fiesta" o "Por quien doblan las campanas". Con tiempo y oficio, con  un duro trabajo diario su propio concepto fue cambiando en reflexión y profundidad hasta alcanzar quizá su apogeo en "El viejo y el mar" y el póstumo  "París era una fiesta".

   Bioy Casares no vaciló en elogiar, con exacta conciencia personal, un libro que la mayoría considera prescindible:  "Al otro lado del río y entre los árboles", enmarcado en recuerdos de las dos Guerras Mundiales y saga de la pasión amorosa entre el autor a los 50 años y una condesa veneciana de 17 que luego se casaría con el actor Henry Fonda. Puedo memorar que me fascinó. Tenía, al leerlo, los veinte años que Paul Nizan conjeturaba nunca son una edad feliz.

  Tampoco se valoró aquí la absoluta integridad emocional y estética de Hemingway ni su compromiso con causas justas. La fama mediática opacaba el cúmulo de problemas personales que lo acosaron llevando a su familia a un virtual parangón con la de Horacio Quiroga (suicidio de su padre, suyo y de una nieta). Había anunciado: "La gente que sabe lo que hace debe durar mientras le dure la cabeza". Cuando sintió que le fallaba, partió. Pero su decisión sólo pudo asombrar a quienes lo habían leído mal: la obsesión por la muerte es esencial en cada una de sus páginas. Irónicamente escribió: "La verdadera historia de un hombre debería abarcar la explicación de las circunstancias que lo rodearon las veinticuatro horas de cada día a lo largo de cincuenta años".

  Vivió como murió: violentamente. Su hermano Leicester señaló que profesaba una tremenda admiración al valor. Muchos argentinos también. De allí nuestro respeto al hombre que dedicó su vida a estudiarlo y a enseñar a los demás algo sobre el mismo. Dejó varios discípulos. Tengo para mí que el mejor (en distintos sentidos) fue James Jones con su impresionante trilogía sobre la Segunda Guerra.

  La ternura y la humanidad en Hemingway, su captación de la realidad con un estilo sugerente y el contenido de verdad que conlleva, son la garantía (como en Goethe) de la supervivencia de su arte. Incluso entre los díscolos argentinos.


Alberto Daneri es un escritor argentino. Escribe una columna en el diario "Clarín". Sus últimos libros son "El mar llora de amor"  y "Poemas de sombra"

 

Hosted by www.Geocities.ws

1