Publicado en revista “Pájaro de Fuego" en setiembre de 1979         

 

CUANDO EL TALENTO VIENE TOCANDO...

 

 
 

Por Alberto Daneri
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Teddy Wilson

 

      ¿Quién no recuerda su solo de “El hombre que amo” en aquel legendario concierto del Carnegie Hall de 1938, integrando el cuarteto de Benny Goodman junto a Lionel Hampton y el baterista Gene Krupa, el mismo con quien compartí desde la oscuridad el escenario del Luna Park en 1965? ¿O las audiciones radiales del terceto creando “Muchacho chino” o “Polvo de estrellas? Sucedió hace casi 40 años: en 1942, un afamado crítico, Hughes Panassié, declaró que Teddy Wilson no era un pianista creador. Veinte años después se retractó. Lo llamó “complejo e inventivo, con solos llenos de ideas”.  

 

   Esta paradoja es una constante en la vida musical de Wilson. Aunque no siempre rehuyó la polémica, los cuestionamientos adversos le rozaron a menudo. Gracias al esfuerzo de las autoridades del Teatro Municipal General San Martín pudimos escuchar en el ciclo Música de Cámara y Jazz a este notable maestro. Texano y negro, nacido en Austin en 1912, Wilson tiene un hermano músico, el trombonista Gus Williams. Estudió piano y violín durante 4 años. Comenzó su actividad a los 17 -¡hace medio siglo!- cuando escuchó a los Mc Kenney’s Cotton Pickers y a la orquesta de Fletcher Henderson, el magnífico arreglador. Allí decidió dedicarse al jazz.    

 

 

 

El genial Louis Armstrong

 

     Se inició en Detroit, la ciudad de los automóviles, junto al baterista Speed Webb, con quien permaneció dos años. Luego pasó por varias bandas:  la del saxofonista Wilton Señor, la de Erskine Tate, la de Clarence Moore en el Café Granada y la del malogrado Eddie Mallory en Chicago. Poco conocido es que integró el conjunto de Louis Armstrong entre enero y marzo de 1933, año en que también colaboró con el saxofonista Benny Carter. Siguió errando por otros conjuntos (Willie Bryant) hasta alcanzar la fama al unirse a Benny Goodman en 1936. Con él actuó tres años, integrando el Terceto y el Cuarteto.
   Lo abandonó audazmente para formar su propia banda, en la que brilló como vocalista la inigualable Billie Holiday, Lady Day, con quien anteriormente ya había grabado. En abril de 1940 crea su sexteto, que dejará a fines de 1944 - época de transición a causa de la II Guerra mundial- para unirse nuevamente al pan seguro que le brinda Goodman. También grabó con los talentos del Bop (“Charlie Parker y Dizzy Gillespie entre otros)  sin conseguir adaptar su estilo al jazz moderno. Incluso acompañó a diversas vocalistas: Ella Fitzgerald, Sarah Vaugham y Lena Horne, la del físico impactante y la eterna juventud. Podríamos decir que tuvo la fortuna de acompañar a las 4 mejores cantantes.  

 

Billie Holiday

Dizzi Gillespie

     Cuando el trabajo empezó a escasear, en 1946, se vuelca a la emisora radial CBS, al tiempo que plasma su vocación docente enseñando en Juillard y en la Metropolitan Musica School. Es en 1952 cuando empieza el tiempo de sus giras por el mundo, solo y al frente de su trío. Toca en Escandinavia, Europa Central y sobre todo en Gran Bretaña, donde su estilo es muy valorado. Aparece en el film “The Benny Goodman Story (1955) y sigue grabando con Goodman y presentándose con él en giras. Sin dejar de lado los festivales de Newport y Montreux, visita Japón en tres oportunidades y además graba allí estos últimos años. Nochero, acostumbra unirse al saxo Charlie Ventura para incursionar entre el humo de Michael’s Pub, de Nueva York. Algunos recordarán la noche (única) en que actuó en Buenos Aires años atrás junto a los pianistas Earl “Fatha” Hines y Marian Mc Parthland.
  Esta vez ha llegado con el bajo Major Holley y el robusto baterista blanco Bill Richenbach. Muchos pensaban que el límite de Wilson estaba fijado en el Concierto de 1938; se equivocaron. Ante su forma de ser descuidada, otros creyeron que sus condiciones no merecían demasiada atención (se vio en la conferencia de prensa). Pero, aún siendo un producto de la comercializada Era del Swing, y sin haber renegado jamás de ella, Wilson es, como Lester Young, Ellington, Armstrong, Hawkins o Hines, uno de los hombres nacidos en la primera década del siglo que más gravitó en el jazz. Pertenece al grupo de los que marcaron rumbos definidos a la ejecución del piano dentro de esta música. Venido justamente de la escuela de Earl Hines, quienes esperaban a un anciano de 67 años reiterativo y casi aburrido se encontraron con la sorpresa de escucharlo en la plenitud de su vena interpretativa.  

Charlie Parker y Miles Davis

 

 

     No demasiado cuestionador en sus opiniones (“Me gustan Hines, Evans, Garner, Ornette Coleman y John Coltrane) fue irónico cuando intentaron incluirlo en el “trumpet style” (“¿Estilo trompeta? ¿Qué es eso? Cosa de los críticos”); luego pretendió obviar toda referencia mítica a Billie Holiday y adláteres (“Cuando pasan los años la gente se convierte en leyenda. Yo sólo recuerdo a una chica que cantaba conmigo”) y tampoco demostró nostalgia respecto al Concierto del ´38 (“Ya no tengo memoria de aquello. Fue una etapa de mi vida y nada más”). Sonriente y ameno, con sus zapatillas oscuras y cómodas y su posterior respetuoso homenaje a los grandes compositores, Wilson pareció saber dónde ubicarse.
  Luego de elevar paulatinamente la temperatura emocional recordando desde “Qué alta está la luna”, de Lewis, hasta mi preferido “Cuerpo y alma”, de Johnny Green, decidió aglutinar diversos estilos creativos y eslabonó piezas de Gershwin (exactas versiones de “Tengo ritmo”, “Summertime” y “No es necesariamente así”), Cole Porter (con un restallante “Te para dos”) y Duke Ellington (brillante en “Dama sofisticada” y “Muñeca de seda”). Ante el aplauso sostenido de la mediana concurrencia debió cumplir renovadas apariciones culminadas con un memorable “Saint Louis Blues”, de Handy.  

John Coltrane

       En esta función fue apreciable en Wilson su constante superación. Hombre de buen gusto innegable, incisivo en los “chorus”, seguramente no ha cambiado en lo esencial; pero en su evolución ganó complejidad armónica y refinamiento. Tiene una capacidad de creación que no decae en momento alguno, asombrando con ciertas soluciones inhabituales. A menudo emplea notas sueltas con la mano derecha y fractura el ritmo con la izquierda, buscando aunar sus improvisaciones. Es, no obstante, un estilista fiel a sus arreglos. Utiliza variedad de conceptos al desmenuzar las melodías, pero siempre con exactitud, con ese toque de distinción que lo caracteriza.
     El contrabajista negro Major Holley demostró ser un notable ejecutante y amplio dominador del scat vocal, al punto de recordarnos al mejor Oscar Alemán; también fue cabal acompañante en los contrapuntos. En cuando a Bill Reinchenbach, su manejo de las escobillas y una amplia sonrisa posiblemente escondieran tras su mediocridad cierta escasez de ideas en los pocos solos que intentó. Aunque no me atrevo a juzgarlo por esta sola presentación, ya que las sutilezas de Wilson pueden inhibir el lucimiento de un baterista.    
       La noche fue fructífera. Porque al fin y al cabo fuimos a escucharlo para soñar con una época ingenua y ambigua, cuando se creía en las causas justas y la gente pasaba sus ocios escuchando la radio, cuando los autos tenían estribo y recién llegábamos al mundo entre imágenes de “La calle 42” y zapateos de Fred Astaire y Ginger Rogers en “Sombrero de copa”. Y Wilson nos ayudó.
     

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