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CARLOS DI SARLI |
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Por
José Kuperman
Cuando una figura adquiere resonancia popular, parece que existe la
necesidad de consagrarle un mote que le distinga de cualquiera de sus
pares y esto es precisamente lo ocurrido con Carlos Di Sarli llamado
.”El Señor del Tango.”
No se puede improvisar cuando
se tiene en las manos joyas musicales tan trascenden-tes como .”Rodríguez
Peña”, el inmortal tango de Vicente Greco, que le valió a di .Sarli en
1941, el primer premio de arreglo e interpretación al frente de su
orquesta en una ronda de los mejores intérpretes.
Di Sarli consiguió con su
carrera de pianista y director un estilo tan personal que es fácil
distinguirlo apenas se oyen los primeros compases y esto es mucho decir.
Nacido en 1903 en la ciudad de
Bahía Blanca, cabeza de partido y punto de avanzada de los fortines en la
lucha contra el indio, se va a Buenos .Aires y se queda toda su vida, pero
no puede olvidar el terruño, y le dedica una pieza memorable que se llamó
precisa-mente “Bahía Blanca”, que resulta antológica para nuestra música
porteña.
Entrar en la inspiración de
Carlos Di Sarli es evocar una de las cosas apegadas a nuestra forma de
vivir y compartir que es el café, donde el hombre se distrae de su rutina
y obligaciones y se mete en un placentero encanto: escuchar buena música
de tango.
El café es un templo donde al
amparo de una mesa ve distraerse el humo de su ciga-rrillo y es entonces
cuando las melodías de un parlante oculto le entra a vibrar todo el
cuerpo. Medita el hombre y en su fantasía hurga su vida como si fuera
otra. Cuando el tango termina entra nuevamente en la cotidiana realidad, oye un comen-tario al margen y si no lo alteran tratará de seguir pegado a esa ensoñación.
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