RODOLFO ALONSO


La muchacha de las Islas Canarias  

 

la que yo amo distribuye el tiempo
conserva las raíces de las horas en sus manos
salud en sus campanas
en su muralla convertida en lluvia
en su corazón que está en declive

en la cumbre la muerte en el fondo el amor
amor sus dos pupilas amor cabalga la certeza
y ella convive con los hombres 

hoy sus islas habitan mi garganta
la nadadora negra está de pie en la orilla
y hace jirones de pelo con el viento

la que yo amo persiste en el invierno
se da y huye
para luego volver a prosternarse
levántate esperada tu corazón es un crisol
pero aún hay una espada en tu sonrisa 

la que yo amo está cerca de mí
nuestra fuerza es la fuerza de los hombres
está en mis venas y en mis músculos
caliente como el pan como la sangre como el vino

 


Sí, pero

 

¿Qué hacer con una cabeza que no se queda quieta ni un
momento, una cabeza que oscila permanentemente, una cabeza
dura, una mala cabeza?

¿Qué hacer con una cabeza que nunca deja de pensar, que
cambia a cada rato, que ve en la sombra luces y sombras en la
luz, que siempre tiene algo que decir, siempre una última palabra,
un pero siempre?

Sin duda es poco recomendable, poco útil, poco confortable, poco
reconfortante, poco saludable. Pero es, también, realmente, la
única que tengo. Y algo me dice que tan mala no ha de ser. ¿De
otra forma, si no, cómo se mantendría en órbita, aún, sobre mis
hombros?

No pierdan la cabeza.  


 

Poderes de la lluvia

 

Me madrugan las gotas
cantándose en el techo.

Maimará se despierta
con calles vueltas ríos.

Rodando en la quebrada
roncan las rocas madres.

Y hay pájaros que ensayan
en las ramas mojadas


 

El peso de tu paso

 

¿Pasas sin darte peso
cuando pasas, belleza,
inquieta certidumbre,
la joven nuca erguida
avanzando en la sombra,
levemente indecisa,
tendido hacia el futuro
el filo de ese cuello
inefable y letal?
¿O pisas, al hacerlo,
temible adolescente,
el peso de tu paso,
el paso de tu cuerpo
gloriosamente incierto
entre niña y muchacha?
¿El tiempo te contiene
o es tiempo lo que luces,
resplandor que se sabe
preso en su resplandor,
madurez inminente
livianamente espléndida
que firme se presagia,
dorado atardecer
todavía en su mañana?
¿Te ves tú como vemos,
o al verte cambiarías?
Arriesgada inocencia,
¿lo que de luz te colma
escondes o te esconde?
¿Sólo al verte no verte
te veremos, belleza?
¿En otros? ¿En nosotros?
¿No es la belleza verte
saber que no te sabes
mediodía inmortal?
¿Y anidas, sin embargo,
tu huevo de serpiente?
No temas, todavía,
no es nostalgia o deseo
percibir tu milagro
de presente huidizo,
de futura memoria.
Somos lo que sabemos
ver, lo que nos hace ver,
siendo somos lo sido,
seremos lo que sé,
lo que sé ser: ser sed.   


 

Bajo la paz del tilo

 

Da tinte al tiempo con su temple el tilo, con tanto tino, con ternura tanta,
que todo se estremece, toma aliento.

Titila el tilo, tras de la tormenta.


 

El pájaro a destiempo

 

El pájaro del sol
canta con lluvia.

¿Quién es el más confuso
de nosotros?

El pájaro del alba
está en la luna.

¿Y quién más confundido entre los dos?

Canta si se le canta
o cuando cuadra.

Pájaro del azar
y de su antojo.

Pájaro despistado
pero cantor.

¿Quién de nosotros vuela, quién de los dos?
 


 

Sol de sed

 

El benteveo no condena: asiente. 

Solo en el alto amanecer, tras muchos largos y lentísimos días de aplastante calor, deja caer su canto, gota a gota. O demonio a demonio.

Sin reticencias. Sin cuidado. Sin razones de peso.
 


 

 

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