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la que yo amo distribuye
el tiempo
conserva las raíces de las horas en sus manos
salud en sus campanas
en su muralla convertida en lluvia
en su corazón que está en declive
en la cumbre la muerte en el fondo el amor
amor sus dos pupilas amor cabalga la certeza
y ella convive con los hombres
hoy sus islas habitan mi
garganta
la nadadora negra está de pie en la orilla
y hace jirones de pelo con el viento
la que yo amo persiste en
el invierno
se da y huye
para luego volver a prosternarse
levántate esperada tu corazón es un crisol
pero aún hay una espada en tu sonrisa
la que yo amo está cerca
de mí
nuestra fuerza es la fuerza de los hombres
está en mis venas y en mis músculos
caliente como el pan como la sangre como el vino
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¿Qué hacer con una cabeza que no se queda quieta ni un
momento, una cabeza que oscila permanentemente, una cabeza
dura, una mala cabeza?
¿Qué
hacer con una cabeza que nunca deja de pensar, que
cambia a cada rato, que ve en la sombra luces y sombras en la
luz, que siempre tiene algo que decir, siempre una última palabra,
un pero siempre?
Sin
duda es poco recomendable, poco útil, poco confortable, poco
reconfortante, poco saludable. Pero es, también, realmente, la
única que tengo. Y algo me dice que tan mala no ha de ser. ¿De
otra forma, si no, cómo se mantendría en órbita, aún, sobre mis
hombros?
No
pierdan la cabeza.
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¿Pasas sin darte peso
cuando pasas, belleza,
inquieta certidumbre,
la joven nuca erguida
avanzando en la sombra,
levemente indecisa,
tendido hacia el futuro
el filo de ese cuello
inefable y letal?
¿O
pisas, al hacerlo,
temible adolescente,
el peso de tu paso,
el paso de tu cuerpo
gloriosamente incierto
entre niña y muchacha?
¿El
tiempo te contiene
o es tiempo lo que luces,
resplandor que se sabe
preso en su resplandor,
madurez inminente
livianamente espléndida
que firme se presagia,
dorado atardecer
todavía en su mañana?
¿Te
ves tú como vemos,
o al verte cambiarías?
Arriesgada inocencia,
¿lo
que de luz te colma
escondes o te esconde?
¿Sólo
al verte no verte
te veremos, belleza?
¿En
otros? ¿En nosotros?
¿No
es la belleza verte
saber que no te sabes
mediodía inmortal?
¿Y
anidas, sin embargo,
tu huevo de serpiente?
No temas, todavía,
no es nostalgia o deseo
percibir tu milagro
de presente huidizo,
de futura memoria.
Somos lo que sabemos
ver, lo que nos hace ver,
siendo somos lo sido,
seremos lo que sé,
lo que sé ser: ser sed.
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Da tinte al tiempo con su temple el tilo, con tanto tino, con ternura
tanta,
que todo se estremece, toma aliento.
Titila el tilo, tras de la tormenta. |
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El
benteveo no condena: asiente.
Solo en el alto amanecer, tras muchos largos y lentísimos días de
aplastante calor, deja caer su canto, gota a gota. O demonio a demonio.
Sin reticencias. Sin cuidado. Sin razones de peso.
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