NAUFRAGOS DEL HORROR
Y EL TIEMPO

Por Norberto Comte
(Ediciones Dunken)

 

 

 

 

 

 

El presente libro es una colección de lo que Comte ha dado en llamar “Cuentos Crepusculares”, un sincretismo de lo fantástico, el horror y el misterio. La obsesión del autor por la naturaleza del mal, la locura y el nazismo demoníaco conforman el trasfondo de algunas de estas historias como Gatofilia, Los Inmortales de la Calle Langestrasse o El Hipogeo de los Epimeteicos.
Los doce cuentos que aquí se incluyen poseen una fascinación singular que atrapará al lector hasta las últimas páginas de esta obra cuya temática es una de las más extrañas de la literatura argentina de hoy. (147 páginas).



 

LA FOTOGRAFIA

Por Noberto Comte

 

 




Ilustración Matías Berbari

 

El viejo profesor y yo entramos a Las Violetas por la puerta de la calle Medrano. El mozo y algunos parroquianos lo miraron despavoridos. Luego nos miraron a los dos tratando de imaginarse que hacía un anciano mendigo en compañía de alguien como yo.
  No deseo presumir pero, pese a mis treinta y nueve años luzco como de escasos treinta. Las mujeres me reclaman y los hombres no tienen más alternativa que obedecerme. Soy el oficial de seguridad mejor vestido del Ministerio de Interior y puedo, en nombre del orden y la razón de estado violar la intimidad de cualquier compatriota.
  En aquella ocasión iba a mi trabajo por la avenida San Juan cuando de repente acerté ver al señor Gutiérrez, mi ex profesor desemántica, deambulando por ese rincón de la ciudad. Hacía más de quince años que yo había egresado de la universidad pero jamás podría olvidar ni la levantisca personalidad de aquel pedagogo ni sus ojos cuya claridad acentuaba una mirada penetrante de hechicero.
 Ordené al chofer que detuviera el automóvil, me acerqué al maestro y después de saludarlo lo invité a tomar un trago. El viejo me reconoció enseguida y su rostro tempestuoso pareció iluminarse. Me pidió que lo llevara a Las Violetas, invocando oscuras razones de geografía mágica que francamente no comprendí aunque para mis adentros me dije sonriendo; -En esas cosas no ha cambiado, sigue siendo el excéntrico de entonces-
Su aspecto exterior por el contrario, había sufrido una ostensible transformación. Ya no era el pulcro académico con olor a lavanda que vestía irreprochables trajes de sarga azul.
 ¿Qué desea beber profesor?- Le pregunté cuando nos hubimos sentado junto a una mesa, frente al ventanal que da sobre la avenida Rivadavia.
 -Estuve enfermo, muy enfermo...balbuceó irresoluto -Tengo hambre y quisiera comer cualquier cosa...En mi profesión había aprendido a conocer la desesperación a través del gesto, la incoherencia y el silencio. Pedí que nos trajeran los mejores emparedados de pavita y una botella de Dom Luiz.
  Me dediqué a observarlo mientras devoraba la comida con mano temblorosa. En sus ropas raídas se dibujaban incontables arabescos de manchas multicolores. Su rostro casi oculto por una barba de varios días me pareció cetrino. Cada tanto tosía y se tapaba la boca con la mano rematada por cinco uñas largas y sucias. Sin embargo, la cabellera blanca, su apariencia descuidada y sos ojos de Rasputín porteño le daban un aire de arrogancia feroz.
  -¿Qué le ha ocurrido profesor ?- Le pregunté sin ambages.
  -Me derrotaron- respondió lacónicamente.
  -¿Quiénes... Quiénes lo derrotaron?-
  -La conjura de imbéciles...mis infames colegas de la docencia, los académicos sin Dios, los malditos intelectuales siempre tan inteligentes como aburridos...los eunucos del optimismo... Hizo una pausa, Bebió otra copa de oporto y continuó con aquella violenta diarrea verbal. ...Caí al abismo del absurdo y perdí mis sueños. Ahora sólo poseo el odio y el horror...
 -Pero profesor ¿ dónde quedaron sus cátedras, sus maravillosas conferencias cervantinas, susu libros, su fama?-
  No me contestó enseguida. Continuó comiendo como heliogábalo y luego me confesó:- Lo perdí todo. Este mes no tengo siquiera dinero para un kilo de pan. Soy un vencido aunque en cierta forma me alegro porque mi karma está cumplido y por primera vez comprendo la terrible angustia de Lugones y su suicidio en el delta del Paraná-
  Enmudeció un instante. La luz solar, que para esa hora de la mañana se filtraba oblicuamente, le dió de lleno en los ojos devolviéndole toda su antigua magnificencia. Parecía un dios demente.Después hundió la mirada gris en la mía y me dijo con voz admonitoria. El hombre cuando triunfa se vuelve intolerable.
  Cuando el mozo trajo la segunda botella de Dom Luiz Gutiérrez súbitamente cambió el tono. Recordamos los viejos tiempos, hicimos escarnio de la gramática filosófica y nos reímos juntos de Delbrück y de las sintaxis comparadas de las lenguas indoeuropeas.
  Le ofrecí un puro, le serví otra copa y continué disfrutando de su extraordinaria compañía. El alcohol nos había conducido a ese estado de exaltación de las facultades humanas donde la razón momentáneamente claudica.
  -Hace tiempo- empezó a relatarme con voz ronca- durante un congreso en Nueva Delhi, conocí un famoso sancritista hoy fallecido. El hombre era un entusiasta de la fotografía y él mismo había construído una singular cámara oscura siguiendo las técnicas del milenario códice Vira...- A esta altura de la narración el profesor acercó su cabeza nieve a la mía y comenzó a hablar en voz muy baja como si fuese a confiarme un secreto de estado.
  -Bueno... Tanto me interesé en aquel invento imposible que el erudito hindú, halagado tal vez
 en su vanidad, me retrató con el aparato, reveló la instantánea y cuando me la obsequió hizo hincapié en que la máquina fotografiaba, en ocasiones, también el alma errante de los difuntos-
 En silencio escuché los últimos detalles de esta cándida patraña urdida, sin duda, por la mente desquiciada del otrora talentoso Gutiérrez.

 

 

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