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LA
FOTOGRAFIA
Por
Noberto Comte

Ilustración Matías Berbari
El
viejo profesor y yo entramos a Las Violetas por la puerta de la calle
Medrano. El mozo y algunos parroquianos lo miraron despavoridos. Luego nos
miraron a los dos tratando de imaginarse que hacía un anciano mendigo en
compañía de alguien como yo.
No deseo presumir pero, pese a mis
treinta y nueve años luzco como de escasos treinta. Las mujeres me
reclaman y los hombres no tienen más alternativa que obedecerme. Soy el
oficial de seguridad mejor vestido del Ministerio de Interior y puedo, en
nombre del orden y la razón de estado violar la intimidad de cualquier
compatriota.
En aquella ocasión iba a mi trabajo
por la avenida San Juan cuando de repente acerté ver al señor Gutiérrez,
mi ex profesor desemántica, deambulando por ese rincón de la ciudad. Hacía
más de quince años que yo había egresado de la universidad pero jamás
podría olvidar ni la levantisca personalidad de aquel pedagogo ni sus
ojos cuya claridad acentuaba una mirada penetrante de hechicero.
Ordené al chofer que detuviera el
automóvil, me acerqué al maestro y después de saludarlo lo invité a
tomar un trago. El viejo me reconoció enseguida y su rostro tempestuoso
pareció iluminarse. Me pidió que lo llevara a Las Violetas, invocando
oscuras razones de geografía mágica que francamente no comprendí aunque
para mis adentros me dije sonriendo; -En esas cosas no ha cambiado, sigue
siendo el excéntrico de entonces-
Su aspecto exterior por el contrario, había
sufrido una ostensible transformación. Ya no era el pulcro académico con
olor a lavanda que vestía irreprochables trajes de sarga azul.
¿Qué desea beber profesor?- Le
pregunté cuando nos hubimos sentado junto a una mesa, frente al ventanal
que da sobre la avenida Rivadavia.
-Estuve enfermo, muy
enfermo...balbuceó irresoluto -Tengo hambre y quisiera comer cualquier
cosa...En mi profesión había aprendido a conocer la desesperación a
través del gesto, la incoherencia y el silencio. Pedí que nos trajeran
los mejores emparedados de pavita y una botella de Dom Luiz.
Me dediqué a observarlo mientras
devoraba la comida con mano temblorosa. En sus ropas raídas se dibujaban
incontables arabescos de manchas multicolores. Su rostro casi oculto por
una barba de varios días me pareció cetrino. Cada tanto tosía y se
tapaba la boca con la mano rematada por cinco uñas largas y sucias. Sin
embargo, la cabellera blanca, su apariencia descuidada y sos ojos de
Rasputín porteño le daban un aire de arrogancia feroz.
-¿Qué le ha ocurrido profesor ?-
Le pregunté sin ambages.
-Me derrotaron- respondió lacónicamente.
-¿Quiénes... Quiénes lo
derrotaron?-
-La conjura de imbéciles...mis
infames colegas de la docencia, los académicos sin Dios, los malditos
intelectuales siempre tan inteligentes como aburridos...los eunucos del
optimismo... Hizo una pausa, Bebió otra copa de oporto y continuó con
aquella violenta diarrea verbal. ...Caí al abismo del absurdo y perdí
mis sueños. Ahora sólo poseo el odio y el horror...
-Pero profesor ¿ dónde quedaron sus
cátedras, sus maravillosas conferencias cervantinas, susu libros, su
fama?-
No me contestó enseguida. Continuó
comiendo como heliogábalo y luego me confesó:- Lo perdí todo. Este mes
no tengo siquiera dinero para un kilo de pan. Soy un vencido aunque en
cierta forma me alegro porque mi karma está cumplido y por primera vez
comprendo la terrible angustia de Lugones y su suicidio en el delta del
Paraná-
Enmudeció un instante. La luz
solar, que para esa hora de la mañana se filtraba oblicuamente, le dió
de lleno en los ojos devolviéndole toda su antigua magnificencia. Parecía
un dios demente.Después hundió la mirada gris en la mía y me dijo con
voz admonitoria. El hombre cuando triunfa se vuelve intolerable.
Cuando el mozo trajo la segunda
botella de Dom Luiz Gutiérrez súbitamente cambió el tono. Recordamos
los viejos tiempos, hicimos escarnio de la gramática filosófica y nos reímos
juntos de Delbrück y de las sintaxis comparadas de las lenguas
indoeuropeas.
Le ofrecí un puro, le serví otra
copa y continué disfrutando de su extraordinaria compañía. El alcohol
nos había conducido a ese estado de exaltación de las facultades humanas
donde la razón momentáneamente claudica.
-Hace tiempo- empezó a relatarme
con voz ronca- durante un congreso en Nueva Delhi, conocí un famoso
sancritista hoy fallecido. El hombre era un entusiasta de la fotografía y
él mismo había construído una singular cámara oscura siguiendo las técnicas
del milenario códice Vira...- A esta altura de la narración el profesor
acercó su cabeza nieve a la mía y comenzó a hablar en voz muy baja como
si fuese a confiarme un secreto de estado.
-Bueno... Tanto me interesé en
aquel invento imposible que el erudito hindú, halagado tal vez
en su vanidad, me retrató con el
aparato, reveló la instantánea y cuando me la obsequió hizo hincapié
en que la máquina fotografiaba, en ocasiones, también el alma errante de
los difuntos-
En silencio escuché los últimos
detalles de esta cándida patraña urdida, sin duda, por la mente
desquiciada del otrora talentoso Gutiérrez.
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