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E L H I J O Por José Ángel Gregorio
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| Atardecía en Buenos Aires en un día ventoso del otoño de 1820. Con dificultad para andar visitó la casa de don Juan Manuel de Rosas, apenas a tres cuadras de la suya. Esperó en el despacho del dueño de casa. Casi inmediatamente de haberlo anunciado un servidor, entraron don Juan Manuel, Encarnación, su mujer y Pedro Pablo de siete años. En medio de los saludos, el matrimonio observó discretamente al visitante. Le presentaron al niño, ansioso de conocer al famoso general, tan enfermo y casi olvidado. El chiquilín no sabía qué decirle. Lo miraba con admiración. Los tres sonrieron cariñosamente. El visitante le dirigió una mirada especial y observó los ojos del niño que le recordaron a alguien querido. El matrimonio temió que el visitante fuera a aflojar. Pero se repuso. En ese momento llegó una sirvientita con bizcochos y oporto. Al rato, el dueño de casa le indicó al chico que saludara al general y fuera a terminar sus deberes. El niño respondió con un “si padre” , y dijo antes de retirarse que era una lástima de que su tía María Josefa no estuviera presente para conocerlo. La dueña de casa torció la cabeza hacia la ventana y su marido, gesto extraño en él, bajó ligeramente los ojos. A la media hora se fue, embozado como si temiera ser reconocido. Las piernas, pesadas por su dolencia, le temblaban de emoción. En el corto trayecto a su casa dio rienda suelta al llanto contenido. Nadie tenía que saber de sus sentimientos. Oía la voz del niño con ese “sí padre” ,aunque no estaba arrepentido de haber hecho esa visita que nunca estuvo seguro de que llegara a concretarse. Tuvo la certeza de que había sido la primera y última vez que vería a su hijo crecido. Algún día sabría quien fue su verdadero padre, no don Juan Manuel, ni su madre, doña Encarnación. Y que tenía una media hermana, la pequeñita Manuela Mónica. Imposible que no lo llegara a saber. Él entonces ya no estaría. El cochero lo ayudó a bajarse y a entrar en su casa de la calle de Santo Domingo entre la de la Defensa y la del Perú, al enfermo y achacoso general don Manuel Joaquín Belgrano, quien no imaginó que ese corto viaje de apenas unas pocas cuadras iba a ser el último de su vida; él que había recorrido miles de leguas bajo todas las condiciones al frente de ejércitos libertadores. Este cuento obtuvo el tercer premio en el concurso de Cuentos Breves Roger Plá del Rotary Club de Ramos Mejía en 1999
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