Lástima que sea una canalla

La dolce vita

Marty

    

   Voy entrando en la era de los directores, cuando los gustos cambiaron y, cercano a los 20 años, empecé a fijarme en ese rubro. ¿Quién dirige?, me preguntaba ojeando los grandes carteles. Pero esa curiosidad por De Sica, Visconti, Fellini, Bergman, Capra, Ford, Huston, Renoir, Pudovkin, Ophuls, Kazan, Curtiz, Cassavettes, Bergman, la nueva ola francesa, los documentalistas ingleses, el boom alemán de los ´60, aquel Antonioni de “El grito” o “La aventura”, los cines checoeslovaco y polaco de los ´50 y ´60, deviene en otra (engañosa) historia: mi adolescencia y el hallazgo de guionistas prófugos del maccarthismo como Dalton Trumbo, impedidos de retirar un Oscar (en su caso el de “El niño y el toro”) pues debían firmar con nombres supuestos. U otro hallazgo: descubrir el cinismo del mundo del cine (“Cautivos del mal”) y del periodismo en el fresco del medio siglo (“La dolce vita”). O que uno es joven y no tiene un lugar para hacer el amor, como comprendía el genial actor Zigniew Cybulski en “El octavo día de la semana”. Novela que por supuesto compré. ¿Cómo se le agradece a un hombre un millón de sonrisas y emociones? Eso debo a Frank Capra, por las dulzonas pero cruciales denuncias de su trilogía: "El secreto de vivir", Caballero sin espada" y "Juan nadie". También debo mucho a John Ford, el hombre que con una actitud definió su credo: cuando los directores de EE.UU. se reunieron para votar a favor del macartismo, él (siendo de derecha) se levantó y dijo: “Me llamo John Ford. Hago westerns. Estoy en contra de lo que piensan votar”. Y se retiró sin hacer más comentarios.

 

     Ese cine fue todo un paraíso. ¿Qué tuvimos en común sus espectadores? El futuro. Compartimos la esperanza de una suerte común, de un futuro mejor. Unimos las discusiones políticas a nuestras opuestas reflexiones gracias a esos trascendentales filmes en blanco y negro. Y hemos compartido amores. Amores conjurando silencio y besos, amores con miedo, plenos de dolor y placer, amores en tiempo juvenil, maestros en el mercado de la culpa o la ilusión de ese futuro, amores fuertes en cuerpos débiles, amores furtivos exquisitamente eróticos por el perfume de la lencería en pieles suaves; y olores con mutuos e inevitables celos. Amores. Todos tenemos sus imborrables marcas.

 

      Desde lo profundo del alma, recuerdos. Me quedo con ellos.

 

Publicado en 1999

 

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