|
|
Siempre he
creído que rescatar películas del olvido o de la destrucción es otra
forma de hacer cine. Las viejas películas, aquellas cuyo "valor
comercial" se ha depreciado hasta hacerlas descartables, siempre han
precisado de Quijotes. Y si hablamos de un país como la Argentina, cuyos
gobernantes (salvo contadas excepciones) han ignorado nuestro Patrimonio
Cultural, esos Quijotes merecen destacarse aún más. Octavio Fabiano fue
uno de ellos. Conozco cinéfilos fanáticos, cineastas apasionados por su
oficio, incluso me reconozco como una cruza de ambas tribus, pero el amor
por el cine de Octavio no puedo compararlo con nada.
Era un amor casi cursi, pero de una nobleza conmovedora. Nobleza que se
funda en un profundo conocimiento de su oficio. Cuál era su oficio?
Octavio era un Peliculero. Todo lo que una película precisa para llegar a
ser vista por un espectador, era conocido por Octavio. Sabía proyectar,
arreglar el proyector, arreglar las perforaciones y empalmes de la copia,
limpiarla de hongos y tierra, rehidratarla para devolverle elasticidad,
etc. Lo más parecido que puedan imaginar a un masaje cardíaco para
resucitar a un moribundo. Siempre con recursos artesanales y una paciencia
surreal.
Pero
además, sabía que de nada sirve saber todo eso, si la película no llega
a usted, señor espectador. No importa si es en un cine, en un galpón con
pantalla y butacas, en un sótano con tufo a humedad. Octavio sabía que
su amor casi cursi se emparentaba con el de algunos seguidores, cada uno
con un motivo diferente para seguirlo a donde fuera, porque Lo
Importante Es La Película.
De pequeño, mi padre me arrastraba a ciclos de revisión a ver películas
blanco y negro y ¡encima mudas!. Yo despotricaba, "¡¿porqué si
las hay nuevas, en colores y mucho ruido, tengo que ver esas?!". Así
descubrí a Keaton, Chaplin, Lang, Von Stronheim, Einsestein y otros.
Luego, el cable y el video me alejaron de ese cine en mis tiempos de
estudiante. Cuando reaparecieron en formato electrónico, los clásicos se
veían en copias sin rayas ni saltos, pero. Me faltaba algo y fue cuando
conocí a Octavio que supe qué era. No recuerdo en qué sala fue, pero si
que al terminar la función recordé mucho a mi padre. La sala grande y a
oscuras, el ruidito del proyector al fondo, el íntimo rezo para que en el
cambio de acto "se pierda poco", la risa del vecino que me
contagia, el silencio ensordecedor de una platea fascinada. La ceremonia
de ir al cine a ver algo que muchos se están
perdiendo, porque no saben lo se pierden.
Octavio gustaba del viejo cine, pero solía vérsele rodeado de jóvenes,
siempre enseñando.
En los últimos años compartimos trabajo en Aprocinain (Asociación de
Apoyo al Patrimonio Audiovisual). Su trabajo consistió en coordinar los
trabajos de rescate en el depósito de materiales bajo custodia del INCAA.
Formó a estudiantes voluntarios del ENERC en el revisado, identificación,
limpieza y fichaje de películas. Fueron casi tres años de trabajo ad
honorem, por el sueño de una Cinemateca Nacional.
Es injusta su muerte a
los 57 años, y tan injusto sería desconocer a su equipo de trabajo, esas
alumnas del ENERC que recibieron sus enseñanzas y están en condiciones
de mantener vivo su legado.
Su socio-amigo-hermano-hijo Fernando Martín Peña, seguramente lo hará
desde su querida Filmoteca Buenos Aires.
Octavio podía vender la entrada, acomodarlo, cerrar las cortinas,
proyectar, encender las luces y abrir las puertas, para que usted, señor
espectador, regrese a la calle y se enceguezca con las luces de la
realidad.
Atrás
suyo, atrás de esa ceremonia en penumbras, estaba Octavio, el Peliculero,
haciendo cine.
Hernán Gaffet - Cineasta, integrante de la Comisión Directiva de
Aprocinain.
|
|
|