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24 DE MARZO
PRIMER CENTENARIO DE LA MUERTE DEL ESCRITOR JULIO VERNE.

(1828-1905)
Al final de este artículo podes encontrar uno de sus cuentos:
Un expreso del futuro, ó haciendo click aquí
Escribió sobre cohetes espaciales, submarinos, helicópteros, el aire acondicionado, misiles dirigidos e imágenes en movimiento, mucho tiempo antes de que aparecieran. Soñó con la Internet.
Conocido como el padre de la ciencia ficción y el de la novela geográfica, la primera narración que logró despertar el interés de los editores y de los lectores fue Cinco semanas en globo , obra publicada en 1863, que ponía énfasis en los logros de la ciencia.
Julio Verne tenía la habilidad narrativa de conjugar elementos fantásticos con datos científicos. Escribió 83 libros en los que, entre otros objetos, predijo el invento del fax, el automóvil y los cohetes espaciales. En la actualidad, sigue siendo uno de los escritores más leídos del mundo y sus obras han sido traducidas a muchos idiomas.
Los títulos que merecieron un tratamiento más respetuoso y un acercamiento más profundo son: Veinte mil leguas de viaje submarino , Viaje al centro de la Tierra o De la Tierra a la Luna (adaptada entre otros por George Mélies) que inspiraron lo que puede denominarse con toda justicia como el primer film serio de ciencia ficción posibilista realizado par los americanos en 1950: Con destino a la Luna.
En Veinte mil leguas de viaje submarino , presentó a uno de sus personajes más logrados, patéticos y humanos, el capitán Nemo (nadie), especie de trágico holandés errante que vaga sin rumbo de una parte a otra del mundo –en una sorprendentemente real anticipación de lo que en su día serán los submarinos atómicos– en su Nautilus.

Julio Verne soñó con viajar a la Luna.
En 1865 Verne escribió la narración de un viaje (De la Tierra a la Luna, y Alrededor de la Luna) que ostenta extraordinarias semejanzas con la gran hazaña de 1969. La cápsula espacial de Verne llevaba tres hombres: dos norteamericanos y un francés. Las dimensiones de la cápsula de Verne y la real son, sorprendentemente, casi las mismas. La cáscara cilindrocónica de aluminio imaginada por el francés tenía 4,57 m, de altura y 2,74 de diámetro;, mientras que el módulo de mando del Apolo tiene 3,21 de altura y 3,90 de diámetro.
Los sitios del lanzamiento son casi idénticos: Verne escogió un lugar cerca de los 27 grados de latitud, en la Florida, ¡a sólo 225 km. al oeste de Cabo Kennedy! En la novela de Verne, Tejas pelea hasta el ; último instante por el honor de é convertirse en el lugar de la partida; en la vida real, Tejas fue el emplazamiento del Centro de Control de la Misión.
La velocidad inicial para la navecilla de Verne se calculó en 11.000 m. por segundo; tras el encendido del motor de su tercera sección, la velocidad del Apolo 11, fue de ¡10.830 m. por segundo!
Verne daba a su cápsula 97 horas, 13 minutos y 20 segundos para llegar a la Luna. El tiempo del Apolo fue de 103 horas, 30 minutos.
La cápsula de Verne describía varias órbitas en torno a la Luna, y pasaba muchas veces a la altura precisa a que voló el módulo de mando del Apolo.
En ambas cápsulas los hombres del espacio experimentaron el fenómeno de la ingravidez. Unos y otros tomaron muchas fotografías y anotaciones de la superficie lunar, y los personajes de Verne incluso levantaron un mapa del Mar de la Tranquilidad, donde Neil Armstrong y Edwin Aldrin habrían de dar su fabuloso paseo. Inclusive los finales de ambos viajes son increíblemente parecidos. En ambos casos las cápsulas caen en el océano Pacífico; los astronautas son. recogidos por una nave norteamericana de guerra y devueltos al continente norteamericano, donde se les prodiga de costa a costa un recibimiento triunfal. .
Verne no era un, clarividente ni un místico. Era un notable maestro de la ficción científica, y escribía en una época en que la ciencia inflamaba la imaginación de la gente. A mediados del siglo XIX la máquina de vapor y otros inventos empezaban a hacer comprender a las personas sensibles que el mundo estaba sufriendo un cambio radical. Verne era una de esas personas, y convirtió sus ideas del futuro en narraciones de aventuras. Así, escribió Veinte mil leguas de viaje submarino antes, de que el submarino se-inventara; en La vuelta al mundo en 80 días, imaginó la más rápida circunnavegación del globo - antes del nacimiento del aeroplano. En su epopeya lunar, los cálculos de Verne resultaron precisos porque los basó en las leyes de la,física y en las inmutables realidades de la astronomía, la más antigua de las ciencias. La tecnología moderna dio al Apolo 11 la potencia necesaria para escapar de la gravedad terrestre; Verne dotó á su cápsula con el poder de su bien informada imaginación.
Apuntó su nave (exactamente lo mismo que la NASA apuntó al Apolo 11) hacia la posición. en que se encontraría la Luna en el momento de la llegada. Pero la potencia de propulsión en Verne no venía de un cohete, sino de un cañón de 275 metros de largo, cargado con 180.000 kilos de algodón pólvora. Sin embargo, llevaba par nombre Columbiad (la nave de mando del Apolo 11 se llamó Columbia). Y ningún . testigo del despegue del Apolo se atrevería a poner reparos a la descripción hecha por Verne en 1865:
"A1 instante se produjo una aterradora y sobrenatural detonación, tal que no cabría compararla con nada conocido hasta entonces, ni siquiera con el trueno ni con el rugir de una explosión volcánica. Un inmenso chorro de fuego. La Tierra tembló, y con gran dificultad algunos espectadores pudieron vislumbrar- fugazmente al proyectil que hendía victoriosamente el aire en medio de ígneos vapores".
En el interior de la nave de Verne, los astronautas reposan en fuertes divanes y cocinan los alimentos con gas.. Llevan como compañeros de viaje dos perros y seis pollos. También llevan consigo algunos esquejes de viñas del Medoc, para plantar en la Luna, a fin de rociar más deleitosamente un día sus comidas de pollo.
Los viajeros de Verne no alunizan porque cometen un ligero error de trayectoria (para su buena suerte, porque el autor se había olvidado de dotarlos con trajes, espaciales semejantes a los del Apolo). Pero en cambio Verne había provisto a sus héroes con un juego de cohetes que los ingeniosos astronautas utilizarían para vencer la gravedad de la Luna e iniciar el viaje de vuelta hacia el Pacífico.
Finalmente, la fantasía, la ficción y la realidad se fundieron no hace mucho en la ciudad francesa de Amiens, donde Verne, que había soñado el imposible sueño de un viaje a la Luna, pasó sus últimos años. Amiens declaró a los astronautas Collins, Armstrong y Aldrin ciudadanos honorarios.
Julio Verne soñó con Internet
En su obra París en el siglo XX , Verne habla de un “telégrafo fotográfico”, que “permitía enviar a cualquier parte el facsímil de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a 10.000 kilómetros de distancia”. Y describe que “una red telegráfica cubría ya la superficie completa de los continentes y el fondo de los mares”. En 1863, año en que finalizó la redacción de esta obra, el autor ya estaba prediciendo la existencia del fax y de una red global de comunicaciones (Internet).
La historia de París en el siglo XX se desarrolla en la capital francesa en 1960. El personaje principal, Michel Jerome Dufrenoy, es un joven estudiante de literatura que intenta incursionar ambiciosamente en los terrenos de la poesía y la dramaturgia.
El protagonista gana un premio por escribir un verso en latín, pero al recibirlo es abucheado por sus compatriotas. A través del resto de la novela, el joven trata de hallar un lugar dentro de la industrializada e insensible sociedad parisiense de los años '60.
Propuesta para discutir:
1) ¿Por qué se dice que Julio Verne es el padre de la ciencia ficción? Busca información sobre el autor, este género literario y otros autores emblemáticos.
Teniendo en cuenta la investigación anterior, ¿Julio Verne era un visionario o su imaginación ha servido de inspiración para inventar los objetos actuales?
2) Julio Verne, nos dejó un claro mensaje: "Todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad".
Teniendo en cuenta este planteamiento piensa algún invento que hoy en día no exista y que dentro de unos años puede que sea un realidad.
Sitios web en español.
Viaje al centro del Verne desconocido
JULIO VERNE El más desconocido de los hombres
Educared: Sobre Julio Verne con propuestas didácticas
Libros de Julio Verne traducidos al español
Aquí se puede bajar el texto completo de muchas de sus obras. Entre otras: De la Tierra a la Luna , Dos años de vacaciones , El castillo de los Cárpatos , Cinco semanas en globo, 20000 leguas de viaje submarino , etc.
(Julio Verne)
-Ande con cuidado -gritó mi guía-. ¡Hay un escalón!
Descendiendo con seguridad por el escalón de cuya existencia así me informó, entré en una amplia habitación, iluminada por enceguecedores reflectores eléctricos, mientras el sonido de nuestros pasos era lo único que quebraba la soledad y el silencio del lugar.
¿Dónde me encontraba? ¿Qué estaba haciendo yo allí? Preguntas sin respuesta. Una larga caminata nocturna, puertas de hierro que se abrieron y se cerraron con estrépitos metálicos, escaleras que se internaban (así me pareció) en las profundidades de la tierra... No podía recordar nada más, Carecía, sin embargo, de tiempo para pensar.
-Seguramente usted se estará preguntando quién soy yo -dijo mi guía-. El coronel Pierce, a sus órdenes. ¿Dónde está? Pues en Estados Unidos, en Boston... en una estación.
-¿Una estación?
-Así es; el punto de partida de la Compañía de Tubos Neumáticos de Boston a Liverpool.
Y con gesto pedagógico, el coronel señaló dos grandes cilindros de hierro, de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que surgían del suelo, a pocos pasos de distancia.
Miré esos cilindros, que se incrustaban a la derecha en una masa de mampostería, y en su extremo izquierdo estaban cerrados por pesadas tapas metálicas, de las que se desprendía un racimo de tubos que se empotraban en el techo; y al instante comprendí el propósito de todo esto.
¿Acaso yo no había leído, poco tiempo atrás, en un periódico norteamericano, un artículo que describía este extraordinario proyecto para unir Europa con el Nuevo Mundo mediante dos colosales tubos submarinos? Un inventor había declarado que el asunto ya estaba cumplido. Y ese inventor -el coronel Pierce- estaba ahora frente a mí.
Recompuse mentalmente aquel artículo periodístico. Casi con complacencia, el periodista entraba en detalles sobre el emprendimiento. Informaba que eran necesarios más de tres mil millas de tubos de hierro, que pesaban más de trece millones de toneladas, sin contar los buques requeridos para el transporte de los materiales: 200 barcos de dos mil toneladas, que debían efectuar treinta y tres viajes cada uno. Esta “Armada de la Ciencia” era descrita llevando el hierro hacia dos navíos especiales, a bordo de los cuales eran unidos los extremos de los tubos entre sí, envueltos por un triple tejido de hierro y recubiertos por una preparación resinosa, con el objeto de resguardarlos de la acción del agua marina.
Pasado inmediatamente el tema de la obra, el periodista cargaba los tubos (convertidos en una especie de cañón de interminable longitud) con una serie de vehículos, que debían ser impulsados con sus viajeros dentro, por potentes corrientes de aire, de la misma manera en que son trasladados los despachos postales en París.
Al final del artículo se establecía un paralelismo con el ferrocarril, y el autor enumeraba con exaltación las ventajas del nuevo y osado sistema. Según su parecer, al pasar por los tubos debería anularse toda alteración nerviosa, debido a que la superficie interior del vehículo había sido confeccionada en metal finamente pulido; la temperatura se regulaba mediante corrientes de aire, por lo que el calor podría modificarse de acuerdo con las estaciones; los precios de los pasajes resultarían sorprendentemente bajos, debido al poco costo de la construcción y de los gastos de mantenimiento... Se olvidaba, o se dejaba aparte cualquier consideración referente a los problemas de la gravitación y del deterioro por el uso.
Todo eso reapareció en mi conciencia en aquel momento.
Así que aquella “Utopía” se había vuelto realidad ¡y aquellos dos cilindros que tenía frente a mí partían desde este mismísimo lugar, pasaban luego bajo el Atlántico, y finalmente alcanzaban la costa de Inglaterra!
A pesar de la evidencia, no conseguía creerlo. Que los tubos estaban allí, era algo indudable, pero creer que un hombre pudiera viajar por semejante ruta... ¡jamás!
-Obtener una corriente de aire tan prolongada sería imposible -expresé en voz alta aquella opinión.
-Al contrario, ¡absolutamente fácil! -protestó el coronel Pierce-. Todo lo que se necesita para obtenerla es una gran cantidad de turbinas impulsadas por vapor, semejantes a las que se utilizan en los altos hornos. Éstas transportan el aire con una fuerza prácticamente ilimitada, propulsándolo a mil ochocientos kilómetros horarios... ¡casi la velocidad de una bala de cañón! De manera tal que nuestros vehículos con sus pasajeros efectúan el viaje entre Boston y Liverpool en dos horas y cuarenta minutos.
-¡Mil ochocientos kilómetros por hora!- exclamé.
-Ni uno menos. ¡Y qué consecuencias maravillosas se desprenden de semejante promedio de velocidad! Como la hora de Liverpool está adelantada con respecto a la nuestra en cuatro horas y cuarenta minutos, un viajero que salga de Boston a las 9, arribará a Liverpool a las 3:53 de la tarde.¿No es este un viaje hecho a toda velocidad? Corriendo en sentido inverso, hacia estas latitudes, nuestros vehículos le ganan al Sol más de novecientos kilómetros por hora, como si treparan por una cuerda movediza. Por ejemplo, partiendo de Liverpool al medio día, el viajero arribará a esta estación alas 9:34 de la mañana... O sea, más temprano que cuando salió. ¡Ja! ¡Ja! No me parece que alguien pueda viajar más rápidamente que eso.
Yo no sabía qué pensar. ¿Acaso estaba hablando con un maniático?... ¿O debía creer todas esas teorías fantásticas, a pesar de la objeciones que brotaban de mi mente?
-Muy bien, ¡así debe ser! -dije-. Aceptaré que lo viajeros puedan tomar esa ruta de locos, y que usted puede lograr esta velocidad increíble. Pero una vez que la haya alcanzado, ¿cómo hará para frenarla? ¡Cuando llegue a una parada todo volará en mil pedazos!
-¡No, de ninguna manera! -objetó el coronel, encogiéndose de hombros-. Entre nuestros tubos (uno para irse, el otro para regresar a casa), alimentados consecuentemente por corrientes de direcciones contrarias, existe una comunicación en cada juntura. Un destello eléctrico nos advierte cuando un vehículo se acerca; librado a su suerte, el tren seguiría su curso debido a la velocidad impresa, pero mediante el simple giro de una perilla podemos accionar la corriente opuesta de aire comprimido desde el tubo paralelo y, de a poco, reducir a nada el impacto final. ¿Pero de qué sirven tantas explicaciones? ¿No sería preferible una demostración?
Y sin aguardar mi respuesta, el coronel oprimió un reluciente botón plateado que salía del costado de uno de los tubos. Un panel se deslizó suavemente sobre sus estrías, y a través de la abertura así generada alcancé a distinguir una hilera de asientos, en cada uno de los cuales cabían cómodamente dos personas, lado a lado.
-¡El vehículo! -exclamó el coronel-. ¡Entre!
Lo seguí sin oponer la menor resistencia, y el panel volvió a deslizarse detrás de nosotros, retomando su anterior posición.
A la luz de una lámpara eléctrica, que se proyectaba desde el techo, examiné minuciosamente el artefacto en que me hallaba.
Nada podía ser más sencillo: un largo cilindro, tapizado con prolijidad; de extremo a extremo se disponían cincuenta butacas en veinticinco hileras paralelas. Una válvula en cada extremo regulaba la presión atmosférica, de manera que entraba aire respirable por un lado, y por el otro se descargaba cualquier exceso que superara la presión normal.
Luego de perder unos minutos en este examen, me ganó la impaciencia:
-Bien -dije-. ¿Es que no vamos a arrancar?
-¿Si no vamos a arrancar? -exclamó el coronel Pierce-. ¡Ya hemos arrancado!
Arrancado... sin la menor sacudida... ¿cómo era posible?... Escuché con suma atención, intentando detectar cualquier sonido que pudiera darme alguna evidencia.
¡Si en verdad habíamos arrancado... si el coronel no me había estado mintiendo al hablarme de una velocidad de mil ochocientos kilómetros por hora... ya debíamos estar lejos de tierra, en las profundidades del mar, junto al inmenso oleaje de cresta espumosa por sobre nuestras cabezas; e incluso en ese mismo instante, probablemente, confundiendo al tubo con una serpiente marina monstruosa, de especie desconocida, las ballenas estarían batiendo con furiosos coletazos nuestra larga prisión de hierro!
Pero no escuché más que un sordo rumor, provocado, sin duda, por la traslación de nuestro vehículo. Y ahogado por un asombro incomparable, incapaz de creer en la realidad de todo lo que estaba ocurriendo, me senté en silencio, dejando que el tiempo pasara.
Luego de casi una hora, una sensación de frescura en la frente me arrancó de golpe del estado de somnolencia en que había caído paulatinamente.
Alcé el brazo para tocarme la cara: estaba mojada.
¿Mojada? ¿Por qué estaba mojada? ¿Acaso el tubo había cedido a la presión del agua... una presión que obligadamente sería formidable, pues aumenta a razón de una “atmósfera” por cada diez metros de profundidad?
Fui presa del pánico. Aterrorizado, quise gritar... y me encontré en el jardín de mi casa, rociado generosamente por la violenta lluvia que me había despertado. Simplemente, me había quedado dormido mientras leía el articulo de un periodista norteamericano, referido a los extraordinarios proyectos del coronel Pierce... quien a su vez, mucho me temo, también había sido soñado.
FIN
Listado de obras de ciencia ficción.
Ray Bradbury : Crónicas marcianas , Fahrenheit 451
Arthur C. Clarke : 2001: Una odisea espacial
Aldous Huxley : Un mundo feliz
Julio Verne : De la Tierra a la Luna , 20.000 leguas de viaje submarino
H. G. Wells : La máquina del tiempo , El hombre invisible , La isla del Dr. Moureau