Soñar despierto
No recuerdo como comenzó aquello. Al principio sólo eran
unos sueños extraños. Pesadillas. Pero siempre, al despertar, yo deseaba que
fueran reales, aunque sólo fuera para no tener la sensación de que había sufrido
toda la noche por algo que no era real. Entonces no había nada fuera de
aquellas escenas y situaciones, de aquellos sueños que durante cada noche eran
reales.
De esta forma decidí que debía dormir más horas, para
prolongarlos, ver su desenlace, que fueran más reales. Al principio bastó con
no ir a las primeras clases, que además no eran una gran pérdida. Así se
prolongaba mi sueño, mi mundo de ficción, mi cosmos. Pero pronto dejó de ser
suficiente. Probé a dormir también la siesta, pero no funcionó, era poco tiempo
para poner en marcha el engranaje de mis sueños.
Así decidí que tenía que dormir más horas, y pensé en
tomar alguna hierba o infusión, algún sedante, primero tila, luego valeriana,
después ...
Después ya nada era suficiente. Fui al médico y le convencí
de que tenía insomnio. ¡Pobres idiotas!, todo lo creen. Me mandó unos
somníferos que al principio sí me ayudaron.
Entonces comencé a disfrutar de mis sueños. Había
algunos malos, pero la mayoría eran agradables, y cada vez más atractivos. Aquello si me gustaba de verdad,
aquello sí era mi vida, no las prisas, los agobios, los nervios, las presiones,
... no. Aquel remanso de tranquilidad, con mi pijama de franela, entre las
suaves y cálidas sábanas, reposando mi cabeza sobre una mullida almohada que
activaba aquella maquinaria de los sueños, aquella maravillosa experiencia
inimitable. Una experiencia que yo no
podía controlar, pero tampoco lo deseaba, ni siquiera quería poder desearlo.
Allí había paisajes exóticos: la selva, el desierto, la montaña, el océano, un
palacete con un espléndido jardín, ... había también mujeres: rubias, morenas,
pelirrojas, ... y siempre me querían, y yo también era capaz de amarlas. Había
amigos, fiestas, ... estaba allí todo lo que yo podía desear. ¿Dónde podía
estar mejor?
Fue entonces cuando decidí que aquel era mi mundo, que
no existía nada real fuera de él, que el sueño era estar despierto, y lo real era soñar.
No sé como, pero de alguna extraña forma conseguí
poder obtener mi sueño, dormir, siempre. Fue con una extraña sustancia, un
tranquilizante, creo, una fuerte droga sedante que robé en el Hospital. Con
ella conseguí dormir casi de forma continuada. Solo estaba despierto un par de
horas al día, el tiempo justo para comer y tomar las pastillas.
El resto del tiempo solo dormía, disfrutaba del dulce
placer de la vida en nebulosa, de las experiencias más insospechadas. A veces
los sueños eran imágenes inconexas, aparentemente sin sentido, eran solo fruto
de mi subconsciente, no era real, eran retículas, ojos desgarrados, manchas de
colores inimaginables, texturas intocables, vaporosas, sólidas, carnosas,
duras, húmedas, ... y todo a un tiempo.
Me venían a la mente escenas confusas, a veces
estridentes, inauditas, llenas de formas rectas, puntiagudas, con cortes y líneas,
planos superpuestos, ... otras veces eran sueños dentro de los sueños, lo
onírico enmarcado, dulce, intangible pero real, real como mis sueños.
Así pasaron varios años, yo me olvidé del calor y del
frío, del miedo y del hambre, del cansancio y los agobios, ... todo era ajeno a
mi, a mis sueños, a mi realidad. Con el tiempo deje de tomar las pastillas, no
pude volver a encontrarlas. Pero acabé descubriendo que ya no las necesitaba,
mi organismo se había acostumbrado al sueño, esa era mi forma de vida.
Hasta que un día ya no pude dormir. No sabía cuanto
tiempo había pasado desde que comenzó todo,
pero no me importó. Al principio me puse un poco nervioso. Me metía en
la cama, y sólo podía dar vueltas, no podía dormir, ya nada me funcionaba, y lo
probé todo, TODO.
Al final me rendí a mi triste despertar. Y no era ya que
no pudiese dormir días completos, como hacía antes, ahora no podía dormir
nunca, ¡nunca!, era horrible. Alguna tarde me sorprendí durmiendo después de
comer, pero nunca más de una o dos horas. Para mí era suficiente, no podía
dormir más, pero tampoco lo necesitaba. Tal vez había dormido ya el tiempo
suficiente para el resto de mi vida.
Entonces descubrí lo largos que podían ser los días. Al
principio se hacían insufribles, interminables, (sólo yo sé lo que es realmente
un día completo). Buscaba cosas con las que ocupar mi tiempo, algo que me
distrajese de mi infierno insomne. Pero curiosamente no echaba de menos mis
sueños. Sólo quería dormir por no estar despierto, pero no por recordar mi
onírico mundo.
Así fue como descubrí la lectura. Era algo que podía
ocupar mi tiempo, y también me hacía olvidar la monotonía de mi vida. Comenzó como una forma de mantenerme
distraído, pero terminó por ser una pasión, mi pasión. En los libros descubrí
nuevos lugares, nuevas gentes, descubrí los antiguos paraísos que antes veía en
sueños, y que ahora podía imaginar leyendo. descubrí que en aquellos cuentos,
novelas, relatos, ... también podía vivir un sueño, comencé a soñar despierto,
a disfrutar de nuevo.
Pero como antes, esto también se acabó un día. No, no es
que hubiera leído tantos libros como para que dejaran de atraerme, sino que me
fui dando cuenta de que aquellos no eran mis sueños, estaban bien, me gustaban,
pero no eran mis sueños, eran los de otros, y yo necesitaba algo más,
necesitaba sentirlos míos, necesitaba tener mis propios sueños, y por ello
comencé a ser yo el que los escribía.
Nunca me ha preocupado el publicarlos, lo que de verdad
me importa es seguir escribiendo mis sueños, en los que ahora vuelven a
aparecer aquella montaña, aquel océano, aquellas personas, ... mis sueños, y
ahora soy yo el que los dirige, aunque tampoco los controlo, ni quiero, me
conformo con vivir en ellos, y eso, eso no lo cambiaría por nada.
Álvaro Ribagorda