El muchacho enamorado de la luna.
La oscuridad de la noche apenas le dejaba distinguir el
camino, y sin embargo caminaba seguro a lo largo del escondido sendero. Llegó a
un claro y la Luna iluminó súbitamente todo a su alrededor. Se encontraba tan
alegre que tuvo que reprimir un grito de euforia. No quería romper el silencio.
La brisa movía las hojas de los árboles y
se podía escuchar el canto de algún ave nocturna que quizá, pensó, le observaba
desde alguna rama.
Por un momento recordó que llevaba horas
caminando y descansó sobre el blando césped, su hatillo por almohada,
contemplando el universo sobre él.
Amaba las estrellas, las observaba y
veneraba, pero, por encima de todo, amaba a la Luna. Amaba todo aquello que,
paradójicamente, no podía corresponderle con siquiera una pizca de amor. Amaba
lo lejano y lo grandioso; porque es fácil amar a las montañas y alcanzar su
cumbre, amar los mares y bañarse en sus aguas, pero alcanzar la Luna...
Sin saber por qué, empezó a llorar. Eran
lágrimas de amargo desengaño, lágrimas que poblaron sus ojos hasta negarle la
imagen de su idolatrada. Cerró los ojos: no quería pensar. Durmió.
Sus sueños le llevaron flotando a posarse
en su amante y, por una vez, al fin, pudo hablarle, y adentrarse en sus
cráteres, y llegar a sus cimas y bañarse en la blanca arena de su Mar Muerto.
...Y aún hoy llora al caer la noche,
porque sabe que su sueño, lejos de realizarse, no pasará de ser una mera
ilusión que su mente quiso regalarle en una noche con estrellas.
Inurri Berezzi