Estamos
navegando desde hace tiempo en la sombra de una luz: observamos como se
proyecta ese tejido apagado, y lo hacemos desde la oscuridad de una casa; es
ahí donde vivimos algunos. Y las ramas, así como en los tejados de los edificios,
suenan extrañas pero entrañables, domésticas, familiares y casi propias en la
inmensidad del mar. De hecho, lo mismo ocurre con las sombras proyectadas sobre
paredes o cualquier obstáculo que, en el agua inmensa, nos señala, en verdad,
que el presente existe, ya que frena, recluye y recoge la trayectoria y el
flujo invisibles del devenir vital. Es la casa en medio del océano salvaje, la
seguridad de vivir en tierra, donde crecen árboles y por ello ramas, también
cuerpos atrevidos que se yerguen ante la luz de la acción para observar su
dimensión espacial, y proyectan sombra sobre su receptáculo. Esa sombra es la
que nosotros siempre vemos, la que nunca es la nuestra.
Pero no
importa en absoluto, pues estamos sobre un suelo que es de madera, de rama y
árbol flexible, y sobre él hay una
habitación, que es el puesto de mando, con una mesa y una cama; aunque, en
realidad, poco nos preocupa el interior. La silla que se asoma en la cubierta
disfruta de la ambigüedad del sol, viendo que más allá el agua se agolpa. Y cae
la tarde, y el árbol crecido en cubierta, como objeto temerario, nos refleja
sobre el suelo un tamaño y estructura de voz en caída, la presencia de una
tarde presente que finaliza, pero que aún vive.
Todo
esto se refleja también, de hecho, en una calzada negra, con líneas blancas en
su eje central, justo en medio de un mar de asfalto que se aburre. A sus lados
se abren aceras estrechas, y cruzamos la calle, en cuesta, atentos para no
tropezarnos, descuidados de los coches. Allí a la izquierda, según bajamos, se
abre un pequeño bosque y yo pienso en Soria. Recuerdo esos pinos, apiñados a lo
largo de kilómetros y kilómetros, de los cuales sólo veía, por desgracia, los
de primera fila. Pero lo importante no estaba en su extensión sino sobre todo
en su altura; era ahí arriba donde también estaba nuestra casa. Entonces,
buscamos en las copas los tablones más altos, que nos sirven de sujeción. Y ahí
anidamos; tenemos nuestra porción de luz en la tarde. En este caso es la mezcla
imprudente de azul y verde, ese pino punzante pero suave que si es acariciado
por el camino apropiado, no responderá con ira. Y el azul eres tú, es de nuevo
el mar. Y yo, como decía, vivo abajo, y caminamos por la acera, aunque a veces
la repudiamos por colaboracionista y nos refugiamos entre los árboles, dentro
del bosque, aunque en su margen, siempre. Desde allí nos sigue siendo posible,
como siempre, ver las copas de los árboles y esos hogares de luz que se
encienden sólo en sus partes más elevadas. Y es desde allí. Es desde la sombra que vemos la luz de los árboles.
Y ahora es la lluvia la que me llena. Allí me conduce
sereno en un mar de emoción y tensión; el matrimonio del deseo y el miedo es un
máximo rito de paso que en la mayor parte de la gente se consolida, fortalecido
a cada tiempo por nuestra oposición respecto a otros, por la designación y el
dedo que señala y acusa, la característica que nos caracteriza frente a otros,
el rasgo que pone en primer plano la luz y en segundo la sombra, el color que
delimita y protege mi territorio y me hace dueño de él y a ti delincuente en él
si no me reconoces como tal. Así que me sitúo en mí respecto a ti. Pero, pese a
que creemos vivir en la luz, no hacemos más que vivir en la sombra, porque es
plácida, claro que sí; en verdad, ese es un objeto más que loable, es la
comodidad, mejor eso que nada. A muchos sólo les importa eso: un título de
propiedad con el que se definan frente al resto y con el que tengan la
oportunidad de ver reconocida su situación a través del miedo a infringir, y un
canal de TV con sueños proyectados a intervalos de doce horas o mucho menos. Pero
la lluvia es la lluvia y nunca llueve a gusto de todos; nunca nos gusta como
llueve.
De modo que mi gusto es perseguirte hasta que me devuelvas mi nostalgia, hasta que entres en la universidad y facultad de mis sueños, y vengas a recogerme ante la luz, que fue mi ilusión, y que ya no estés al otro lado de la ventana, detrás del horizonte, en la copa de un pino soriano, en la luz de un barco que navega hacia el neolítico. Porque quiero vivir en ese neolítico, tranquilo por ver que la luz me cubre y yo tengo mi historia.
Luca Modotti