Cuarto Creciente       
Revista de Creación
RETAZOS DE UNA NOCHE SIN FIN

RETAZOS DE UNA NOCHE SIN FIN

CARNE


Yo la quería. Con toda mi alma, os lo juro ¿Qué? ¿No me creéis? No me importa, no necesito vuestro entendimiento ni vuestra compasión, no quiero nada de vosotros. Me dais asco. Todos, todos vosotros habláis de amor sin saber lo que esa palabra quiere decir, la ensuciáis con sentidos vacíos, la prodigáis como si fuera estiércol ¿Y creéis que sabéis de lo que habláis? Qué engreídos. Yo sí he amado. Y me he sentido amado.

Os gustaría haberla conocido ¿Habéis oído hablar de la perfección? Ella estaba un paso más allá. Todos los epítetos que se usan comúnmente para describir a una persona en sentido positivo, todas esas gilipolleces de "es guapa, inteligente, cariñosa, amable, sensible…", todas esas palabras profanaban su santidad, como si hablar del cielo fuera hablar de la mierda. Dios, cuánto la quería. Recuerdo cómo me perdía en aquellos ojos terriblemente bellos, oscuros, brillantes… Peligrosos. Y ella me amaba. Me amaba a mí, con todos mis defectos, con todos mis errores, me alzó por encima del resto del mundo, me convirtió en un ser superior, me hizo ser Dios. Me amó. Me juró amor eterno y lo hizo sabiendo lo que aquello significaba. Me dijo que su corazón sería siempre mío. Siempre. SIEMPRE. Y eso es mucho tiempo, sí, y nadie puede prometer que algo sea eterno. Nosotros lo hicimos, lo juramos, amor más allá de la muerte. En ese momento, mientras nos besábamos con aquellas palabras aún endulzando nuestras bocas, le pedí a Dios misericordia, le pedí la muerte para no tener que verla desaparecer. Cuán sumamente egoísta fue eso. Quizá ese fue el motivo por el cual Dios se enfureció y me la arrebató. Sí, como lo oís. Me la arrebató, bruscamente, como una puñalada directa al pecho, de esas que son tan rápidas que no puedes ni creerte que ya estás muerto. Una extraña enfermedad degenerativa en los pulmones, una fría cama de hospital, los médicos parloteando como imbéciles para no decir la verdad, para no admitir que no tenían ni puta idea de lo que pasaba. Y ella, muerta.

"Lo sentimos", me dijeron algunos. "No te imaginas cómo lo lamentamos", los otros. Y después volvían a sus insípidas vidas, a revolcarse en la podredumbre que llamaban felicidad. Ojalá les viera caer uno detrás de otro, perderse a sí mismos como yo lo he hecho. Porque no fue otra persona la que murió en aquella fría habitación insulsamente blanca, estéril, como un útero muerto. Fui yo, mi alma toda. Mis ojos, mis manos, mi boca, toda mi piel. Nada era ya igual. El día no tenía luz, la comida no tenía sabor. Intenté embotar mis sentidos, ahogar mi dolor en alcohol, en drogas, en sexo… Todo era falso, vacío y banal. En el fondo de los vasos, sólo veía sus ojos. La modorra de las drogas me traía su voz. Y hacer el amor con otras mujeres, era como lamer cenizas tras haberlo hecho con ella.

No habían pasado más que dos días desde su muerte, y ya me sentía como si se hubiera marchado años atrás. No, años no, siglos. No, toda una eternidad. Cien mundos podían haberse creado y destruido desde que cerró para siempre sus ojos. Tenía que verla, necesitaba verla una vez más. Era mía, mía, mía, mía, y me la han quitado ¿Quién habla de la seguridad de los hospitales? Coge una bata blanca, una tarjeta con un nombre falso y tendrás abiertas todas las puertas del mundo. Yo sabía dónde estaba ella, sus padres me lo habían dicho: en una cámara frigorífica, para que los médicos pudieran hacer con ella pruebas que les ayudasen a salvar las vidas de otras personas. Tuve ganas de arrancarles con mi boca el corazón cuando supe que habían aceptado. "Ella está muerta, podemos ayudar a otras personas" ¿Y yo? ¿Y YO?

Volví a verla, sí. Había una etiqueta con su nombre en la puerta de una de las cámaras. Tiré de ella, aparté la sábana y la vi. Seguía siendo tan bella… A pesar de todas las atrocidades de los médicos, de los costurones que cerraban su cuerpo allí donde lo habían profanado con sus cuchillas. La besé en los labios, en los dedos, en cada punto de sutura. No podía dejarla allí. Sola, le daba miedo la soledad. Debía venir conmigo. Sabía que al menos su corazón debía venir conmigo. Me lo había prometido, mío para siempre. Lo busqué en un montón de frascos que contenían las vísceras de mil y una personas, hasta que encontré uno etiquetado con su nombre. Y lo contemplé extasiado, aquella piedra angular de la vida nadando en formol. Abrí el frasco y lo saqué. Lo sostuve en mi mano, y recordé.

Recordé lo que había leído en un libro, mucho tiempo atrás. Algunas culturas creían que el espíritu residía en el corazón. Otros decían que en el cerebro y los ojos. Era igual. De una u otra manera, ella estaba allí conmigo, y se vendría conmigo. No lo pensé más. Abrí la boca y lo mordí. Lo engullí, más bien.

Estaría siempre conmigo, sería siempre mía. Me comí su corazón, me comí su alma. Y vi todos aquellos cuchillos, bisturíes, sierras… Y vi su cuerpo. Su corazón era mío. Lo serían también sus ojos, sus manos, cada rincón de su cuerpo. Sería siempre mía.

Me encontraron allí, junto a su cuerpo, cortando y engullendo, y dijeron que estaba loco. Me trajeron aquí, un cuarto con las paredes acolchadas ¿Por qué iba yo a querer arrojarme contra las paredes? ¿Creen que querría suicidarme? Qué imbéciles son esos gilipollas ¿Por qué iba yo a querer dejar de vivir cuando sé que mi amor está dentro de mí? ¿Que nosotros si nos amaremos para siempre? Me comí su carne, me comí su espíritu. Ella está en mí. Y nada más me importa.

 

 

Tomás Sendarrubias García

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