Cuarto Creciente       
Revista de Creación
Me desperté con el regusto

Me desperté con el regusto...

 

Me desperté con el regusto en la boca de tu sabor a chimenea y empecé a toser, porque me habías ennegrecido los pulmones con ese veneno de alquitrán al que me enganché; por lo mucho que me recordaba a ti; Después de ese verano del noventa y tres.

 

Aparte de fumar; después de conocerte; aprendí algo muy extraño que me hizo tambalear; un sentimiento de amor que ningún otro hombre me había hecho generar; un sentimiento profundo que me llenaba de; la hasta entonces desconocida; ansiedad.

 

De modo que contigo experimenté mis primeros gozos sentimentales, y también sufrí mi indecisión, mi desequilibrio y mi terror, cuando yo tan sólo tenía catorce años y el amor me había apresado entre sus desconocidos tentáculos; cuando sufrí el cambio de niña a mujer; cuando sentí que un rubio acastañado o un castaño claro, rondaba por mi interior deshaciendo mi organismo por algo absolutamente ambiguo, temerario y magnífico.

 

De modo que me desperté con el mismo sabor que conocí un dieciocho de agosto; bajo un árbol junto al río; al anochecer; con el corazón como una granada y el cuerpo entero aniquilando mi apacible tranquilidad tempranamente arrebatada.

 

Y digo tempranamente arrebatada porque después de ti; Luis; mi vida cambió, tu ausencia me laceró y comencé a comprender que el amor además de encantador era cruel; y esta visión tan dual, tan contradictoria y tan infantiloide me ha seguido acompañando durante toda la vida, y todo lo que he sentido después de ti; ha tenido siempre ese toque taquicárdico que generé con catorce añitos, pecas mucho más naranjas y sueños ennegrecidos por el humo perpetuo de tu cigarrillo.

Al bostezar he recordado también un siete de septiembre de mil novecientos noventa y siete; tus ojos almendrados a punto de desatar una lluvia torrencial, mi cuerpo temblando como cuatro años atrás; mi casa en venta y tú y yo; en la cama de mis abuelos; haciendo el amor.

 

Ese fue el último encuentro entre nosotros; la última desesperación, el último placer que compartimos; la última llama de amor que permanecerá eternamente encendida muy en el fondo de mi corazón; y para serte sincera ; Luis; que permanecerá también en el tuyo: porque sé que me quisiste; Luis; como nadie me volverá a querer.

 

Hay amaneceres que lo dicen todo. Y el amanecer del siete de julio de mil novecientos noventa y seis me dijo a voces que tú vendrías para hacerme olvidar los amores que no me habían llenado porque buscaba en ellos tu tempestad.

 

Y como vaticinó el sol matinal, te colaste de nuevo en mi vida destronando de ella la serenidad. Olvidamos el abismo que desde niños nos separó y dedicamos nuestras fuerzas a fundirnos el uno en el otro; a soñar; a acariciarnos con una ternura increíble y a reprimir las lágrimas que finalmente resbalaron por mis mejillas, cuando tenía mi cabeza en tu pecho y mi mano mojada por los ríos de angustia que tu alma creaba.

 

Muchos amaneceres me volverían a hablar; pero ninguno como aquél; Luis; ninguno con tu esencia de hombre irracional; ninguno con tus brazos anclados a mi voluntad.

 

Me desperté; Luis, con tu nombre lleno de toda la nicotina que me dejaste dentro y empecé a toser, recordando que aunque ya no fume te sigo sintiendo arraigado a los órganos de mi cuerpo; como una masa grisácea que se extiende a lo largo de mi ser y me recuerda la chimenea de aquel pueblo, aquella casa y aquella boca tuya; suave como la nata.

 

 

 

Genma Fuente

Hosted by www.Geocities.ws

1