Cuarto Creciente       
Revista de Creación
Construir un sueño

Construir un sueño

Tras largas jornadas de cabalgar por el áspero y desagradecido campo castellano, halló por fin un descolorido cartel de carcomida madera que le anunciaba su llegada a tan deseado destino. Hasta aquellas duras, lejanas, y gélidas tierras del norte en las que él se había criado viajaban las leyendas de un titán que con sus propias manos había levantado en forma de catedral un auténtico monumento a Dios, recubierto totalmente por capas de dorado y de argénteo metal, cuyo brillo era capaz de cegar a los habitantes de toda la región cuando el sol alcanzaba su cenit. Decíase asimismo del gigante que levantaba más de veinte pies del suelo y que era capaz de transportar enormes bloques de piedra con una sola mano.

Enseguida divisó el pueblo y, tirando de las riendas de su caballo, disminuyó la marcha para poder distinguir claramente su objetivo. Vio algunas edificaciones que sobresalían pero ninguna tan clara y majestuosa que dejara en franca enanez al resto. Entró en el pueblo y circulando por sus calles preguntó a un joven vecino por la catedral del gigante. Este miró un rato extrañado al forastero y al fin le indicó el camino de la única gran iglesia que allí hubiera. Llegó hasta una plaza, un poco alejada del núcleo del pueblo, donde se hallaba la catedral, asomando una gran fachada carente de todo tipo de revestimiento. Las ventanas carecían de cristalera alguna y se podía ver el esqueleto de lo que sin duda sería una gran cúpula. Un sobrio pero impresionante baptisterio presidía la entrada junto a la fachada oeste. Sin duda no dejaba indiferente, mas no era lo que él esperaba.

 

Tras descabalgar y atar su jamelgo junto a un poste, se dirigió lentamente hacia un portón en la fachada norte. Abrió despacio y se introdujo en el interior. La bóveda se presentaba enorme en su altura, apoyada en varios pisos, el segundo de los cuales, la tribuna o galería, remontaba los brazos del crucero y recorría todo el perímetro de la iglesia. Mas todo era sobrio, carente de adorno, inacabado.

Un ruido provenía desde el otro extremo, de una pequeña puerta situada en la otra nave lateral. Hacia allá se encaminó despacio a la vez que sus pisadas resonaban con gran eco. Abrió de manera lenta y expectante, mientras sentía su pulso comenzar a acelerarse. Llegaba a lo que parecía un claustro y pudo ver en el centro del patio a un hombre mayor, ya anciano, que debía contar ya más de sesenta años. De aspecto desarrapado y sucio, se hallaba de rodillas sobre el suelo portando un martillo y machacando unos hierros con una energía impropia para alguien de tal edad. Enseguida detuvo su labor levantándose a saludar a su visitante con gesto amable. A continuación le condujo de nuevo al interior de la iglesia y tras ofrecerle un improvisado asiento descendió por una escalera situada al fondo, en el lado izquierdo de la cabecera. Esta parecía conducir a una especie de cripta de la cual no se había percatado anteriormente. Al rato regresó el anciano portando unos frutos secos y un cuenco de agua fresca que alegró la garganta del forastero.

Al calor de una pequeña hoguera empezaron a tener una larga y fructífera conversación, en la que nuestro forastero averiguó que efectivamente este hombrecillo había sido el que con la sola ayuda de sus propias manos había levantado todo lo que ahora mismo los rodeaba. Que contaba con un lejano pasado monacal que le ayudó a conocer los secretos de la arquitectura de forma autodidacta. Que todo había sido realizado sin planos, dado su maravilloso don de arquitecto nato. Que su material era todo aquello que otras construcciones desechaban. Asimismo le fue desgranando la manera en que había ido edificando su catedral con la seguridad de quien no tiene ningún secreto que ocultar. Más de treinta años veían contemplar su labor de la que solo la espectral sombra de la muerte le había de arrebatar. Todo ello impresionó al forastero, finalmente, mucho más que si hubiera hallado aquello con lo que había viajado en su pensamiento.

La escasa claridad del crepúsculo nocturno comenzaba a hacer acto de aparición y nuestro viajero tomó determinación de irse a buscar posada antes de que el negro manto de estrellas cubriera el firmamento, no sin antes despedirse cordialmente del anciano constructor. Cabalgando lentamente empezó a reflexionar sobre como la voluntad y el desarrollo del talento natural, de ese don maravilloso y único que cada uno llevamos dentro, son capaces de construir cualquier sueño.

 

sergio benítez.

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