Desde la playa inmensa de mi emoción,
a
veces te escribo cartas de silencio
impregnadas
de sal,
bajo
un horizonte de plata y cobre.
Sus letras apenas se distinguen,
son
una infinidad de líneas de espuma
arañadas
sobre el metal de mi canto,
cuyo
leve rumor me trasciende.
Hay en ellas sendas de helechos,
crestas
de roca que brotan entre la arena,
y
un mirador sobre acantilados,
estación final de unos versos,
como
el horizonte
siempre inacabados.
Álvaro
Ribagorda