Cuarto Creciente       
Revista de Creación

                                                          

BORRACHO

 

Hablaba por los codos, al tiempo

que sorbía un océano de cerveza.

Cada palabra, lo alejaba de la vida.

Cada sorbo, le cercenaba un pedazo de presente.

Vivía solo. Solo en una sombra dostoyevskiana

o quizá ultramundana.

De repente, alguien pensó que era muy tarde

y con buenos modos lo echó a la calle

y cerró el bar. El tipo, a la sazón algo frágil,

no dijo nada pero no pudo soportar

tal dosis de ostracismo y

optó por  apearse del tiempo.

Cuando llegó a su casa,

sin saberse humano,

sacó del botiquín una caja de balas,

un pequeño revólver y una aspirina.

Acto seguido, para disolver la muerte,

se sirvió un poco de agua; puso

la sinfonía del nuevo mundo en

su vieja gramola y se aplicó

el cañón sobre la sien.

 

 

En ese instante sonó el teléfono

mas no le hizo caso.

En ese instante la TV anunciaba

el fin del mundo, pero no la encendió.

Apretó el gatillo.  Pessoa, Borges,

Flaubert y Proust esgrimieron un grito

de cristales lorquianos y el pobre borracho,

en lugar de descerrajarse el cráneo,

se deshizo el pie. Además de sangre,

por el boquete se abrió paso el recuerdo

y de éste bajo algún cristal,

el sabor amargo de la primera cerveza.

Hoy, el sujeto, con aliento dostoyevskiano,

exhibe por los bares su cojera eterna.

Se sabe fracasado. Sonríe. Bebe. Eructa.

A veces, llora. Otras, habla por los codos.

Cuando tiene tiempo, también recuerda.

 

Daniel Izquierdo

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