HIPOTECA DE SANGRE
El vaso de whisky de contrabando había quedado en la mitad de la barra como un náufrago olvidado de botes salvavidas y manos temblorosas, ansiosas o ebrias. Los primeros rayos de sol le sacaron brillos cálidos y aún recuerdo como sin asomarme a él, mi judía nariz se inundó de malta aunque en realidad se tratara de un brebaje de mala muerte. En la parte trasera del granero del viejo Dick Guiness se olía, oía, se percibía todavía la confusión de la redada de anoche, de mala jugada del sheriff del condado cogiendo por sorpresa a la población más golfa, más nocturna, canalla, del contorno. La audacia menos imaginable por parte de ese diablo revienta mendigos, corrupto, alcohólico, y en nómina de Sean "Torquemada", el enlace del gran hombre de Chicago.
Apuré un trago de la petaca para quitarme de encima al maldito frío que afuera de este templo del destilado ilegal hecho de tablas y brea, cubría de escarcha los prados de las aburridas vacas gordas y lecheras, mamíferos frisones tan jodidamente blancos, sonrosados, como papá y mamá Schewilberg, jugosos solomillos alimentados de pastos luteranos, manteca fresca, puritana y apocalíptica. Mierda. Tras el reconfortante sabor del whisky recorrí el resto del granero pisando, crujiendo pedazos de vidrios naufragados, destrozados en la caída libre a las profundidades abisales de la Ley Seca, vacías de tiburones y plagadas de suelas a la carrera, ninguno tan épico en su patetismo como el de la barra. Les hacían compañía en este templo del contrabando otros cadáveres, restos de la batalla: un par de bolsos baratos, zapatos rojos de tacones desgastados de las fulanas y sobre el maderamen del escenario, la trompeta extraviada por algún músico negro de blues. Ya no pintaban nada en la osamenta de este galeón hundido, en la prorroga del partido sin empezar. La pistola pesaba en mi costado como una cruz y esa sensación de carga no la podía aliviar ni el mejor de los whiskys que Sean nos reservaba para cumplir con alegría sus encargos.
Salí por la puerta de atrás y un cielo gris de diciembre reseco por el viento, a punto de nieve, me acompañó mientras rodeaba el granero hasta donde tenía aparcado el Ford. Una vez dentro del coche, capaz de sacar las manos de los bolsillos, me entoné con otro trago de whisky, a sabiendas de que me harían falta algunos más. El jefe es una persona refinada, uno de esos que convierten la cosa más trivial en una espantosa tortura capaz de hacer palidecer a los chinos y a todo su jodido manual de los horrores. Cómo no, las venganzas de Sean "Torquemada" también estaban empapadas de ese tono brutal y en cierta forma maquiavélico; un ajuste de cuentas de Sean era una experiencia inolvidable hasta para quien se limitaba a leerlo en el periódico. Tenía hambre, aún no había desayunado, de modo que al llegar a Rawlins Ville preferí pasarme por el Pat´s en lugar de ir a la Asociación Caritativa R. V.
- Buenos días Abraham, ¿qué deseas? – dijo el viejo con su bigote blanco mientras pasaba un paño por la barra.
- Buenos viejo. Ponme unos huevos escalfados, dos lonchas de beicon, y un vaso vacío – a juzgar por como quebró el gesto, su bigote y toda su entrañable cara de Papá Noel, la última petición no le hizo mucha gracia, pero no le quedaba más que resignarse y servir lo que le pedían los chicos de Sean.
Cogí el periódico en la barra, dejé la gabardina y el sombrero en el perchero, y me dirigí a la mesa más apartada del escaparate para no fastidiar en exceso al viejo. El periódico no daba noticia alguna de la redada de ayer, debía estar en máquinas cuando se armó el jaleo, de manera que la portada se la llevaba la nueva carretera que uniría a las granjas de la llanura a Rawlins Ville. La vida en esa parte del condado es lo más parecido a un abandonado cementerio indio, es el cementerio del estado de Illinois. Yo crecí ahí medio salvaje y con una vida social que se limitaba a mis hermanos, algún que otro chico de granjas semejantes a la mía , y como cosa extraordinaria, lejanos familiares para la Pascua Judía. Tenía trece años cuando eso se acabó, mi padre murió congelado después de una borrachera tan tremenda que no pudo llegar a casa, quedando tirado en mitad de esa maldita nada. Luego la empresa que nos tenía arrendadas las tierras y la casa nos la arrebató hartos de que mi padre hubiera dedicado más dinero a la bebida que a sus arrendadores, de esa forma acabé en los suburbios de Rawlins Ville con mi madre limpiando retretes, deprimida casi hasta la locura, y yo como mayor de los hermanos callejeando , buscando hasta el último centavo para poder subsistir. Así conocí a Sean, un jodido mafioso antisemita que se tronchó de risa cuando mendigándole unas monedas, le conté con el mayor patetismo posible cómo en el colmo de las desgracias habíamos tenido que malvender recuerdos familiares y el candelabro de siete brazos. Tenía ya diecisiete años y arremetí contra él a puñetazos, a él, un tipo ya respetado por la cantidad de plomo que le avalaba. Creo que le gustó mi reacción, así que el Judío ingresó en su banda como chico de los recados primero, y como gangster después.
El viejo Pat se hacía el loco cada vez que daba un trago de whisky, al vaso que llené con el que llevaba en la petaca; la vacié en dos tiempos. Cuando me marché le dejé al viejo una buena propina, sea por los malos tiempos pasados, cuando me veía a mí alguno de mis hermanillos,lo suficientemente necesitados como para invitarnos a una comida con salchichas, puré y un buen helado. Él y su señora siempre fueron almas caritativas, buenas personas, que en cierta forma hicieron de abuelos cuando mi madre estaba ya tan desquiciada como para hacernos ir a por fresas igual que si aún viviéramos en la granja, y a pesar de que la calle estuviera cubierta por un metro de nieve. Hace tres años que la metí en la residencia de la ciudad, allí tiene médicos que la cuiden y otra gente tan chalada como ella con los que, claro, se entiende a la perfección. Sus hijos vamos a verla un par de veces a la semana, y la pobre desgraciada pregunta por mi mujer. En ese momento no sabría si estrangularla o echarme a llorar en su regazo.
Cuando me metí en el círculo de Sean, el viejo Pat me advirtió en contra, dijo que estaba hipotecando mi vida, que mejor trabajara con él, que me daría trabajo de camarero. Se lo agradezco de corazón, y solo dios sabe cómo es así, pero el sueldo que me podía ofrecer no sería suficiente para atender a mi madre y a mis hermanos, además trabajando con Sean, seguramente conseguiría trabajos "limpios" para el resto de mi familia. De esta forma me convertí en el salvador de la familia sacrificando mi propia vida, como el dios de los cristianos. ¿Que porqué lo hice? Pues no fue por amor desinteresado, estaba tan harto y había renegado tanto de mi asquerosa vida que desde luego no fue por amor, perfectamente les habría mandado a paseo, que la loca de mi madre y los inútiles de mis hermanos se hubieran apañado cubiertos de arapos o muriéndose de hambre en las aceras de la ciudad. Si lo hice fue porque era otra manera de desentenderme de ellos, y dedicarme a mi obsesión, la única razón por la que no dormía tranquilo a parte del hambre y los chinches. Ahora mis hermanos llevan cada uno su vida honrada, mi madre consume su locura en una institución deprimente, y yo he fracasado en mi obsesión, en mi amor a Alice, pero disfruto de todos esos placeres que están vedados a los malditos luteranos honrados y no a los gangsters: chicas, alcohol y apuestas. Creo que mi familia ha pagado el desacuerdo perpetuo que tengo con el destino.
Dejé aparcado el auto enfrente del Pat´s, del local del viejo Pat, que cuando me hice gangster se alejó de mi. No se lo reprocho, le entiendo, pero sé que aún me sigue queriendo, yo a él también. Fui dando un paseo hasta la Asociación Caritativa R. V., con este maldito frío que no se decidía a cubrir el condado de nieve. Tenía las manos congeladas por más que las llevara dentro de los bolsillos y con guantes; siempre han sido mi punto débil con el frío, en menos que canta un gallo me salen sabañones. Por las calles apenas se veía algún que otro fantasma que se lo llevaba el viento, como a mí, solo que en vez de sábana, llevaba una gabardina con cuyo cuello cubría la parte de las orejas que no protegía el sombrero. El edificio de la Asociación Caritativa no queda lejos del Pat´s, el edificio de ladrillo se levanta al fondo de los Jardines Municipales, y luce una desgastada pancarta con una sentencia bíblica; pura basura luterana. Allí se reúnen las mujeres de bien de la ciudad y las señoritas se introducen en la sociedad por las puertas de la honestidad. Sus hermanos suelen irse de putas con gran sigilo o si son verdaderamente honrados, se meten en algún equipo de béisbol. En la Asociación las luteranas de Rawlins Ville escuchan conferencias de sus pastores, cosen bufandas para los pobres – yo he llevado ropa suya – o hacen cualquier memez que consideren piadosa.
"Buenos días señora Scheffler, sería posible localizar a la señorita Alice Simpson." Evidentemente que un gángster judío se metiera en su inmaculada institución era lo último que le apetecía, pero su pulcra educación le impedía despedirme como le hubiera gustado, por eso me informó con una pompa semejante a la que yo me había conducido, que Alice estaba en una charla, y "que si tenía la bondad de aguardar en la sala de espera, en la cual podría leer entre tanto revistas o periódicos. De actualidad cristiana, claro"
Mientras esperaba a Alice lo que realmente me fastidiaba era tener la petaca vacía, y aunque tomé asiento y abrí sobre mis piernas una revista, mis pensamientos se perdieron por las acuosidades del pasado. Alice era la típica chica adorable con rizos dorados y cintas en el cabello, aunque no fuera nada cursi: tenía una gracia y un desparpajo que creo que debían ser la envidia de sus compañeras, y que a los chicos, desde luego, nos volvía locos. Eran años en los que se pasa de no dirigir la palabra a las chicas, a manchar la cama por las noches. Yo no iba al instituto, pero estudiaba allí un vecino tan pobre como yo, al que su padre, un abogado arruinado y caído en desgracia por haber estado implicado en corruptelas diversas, mantenía para que ingresara en la universidad con el dinero que iban ahorrando como hormigas a costa de privarse de necesidades básicas. Yo le esperaba sentado en las escaleras, andrajoso y sucio como un pocero, ya que me sacaba sobras de la comida de otra gente dentro de una servilleta. A cambio le daba cigarrillos robados y nos íbamos a fumar al ático de nuestro edificio. Pues bien, allí conocí a Alice, y un día me decidí a hablarla. Pensé que no me haría mucho caso, pero sucedió todo lo contrario, me dijo que se había fijado en mi esperando todos los días a Dylon, que tenía pinta de chico despierto. Estuvo muy amable, y ni decir tiene que me enamoré perdidamente de ella... Y aún lo estoy. Juré que saldría de la miseria como fuera para conquistarla y parecer respetable ante su familia, renegar de mi religión si fuera necesario, porque naturalmente , era luterana; y a los pocos días Sean se cruzó en mi vida. Mientras fui chico de los recados, y manteniéndolo tan en secreto como podía, la conquisté después de bastante tiempo, y fuimos novios creo que más de dos años, cumplí los veinte. Entonces, descubrí, como me advirtió Pat, que había hipotecado mi vida, me vi obligado a involucrarme más, me hice gangster y manché mis manos de sangre. Ahí se terminó todo, y no precisamente por ella, no le gustaba mi trabajo, desde luego que no, pero estaba lo suficientemente enamorada como para no abandonarme, el problema fue su padre, que aunque en los últimos tiempos se había dado cuenta de lo nuestro, no veía mal emparentar con gente de Sean que no había cometido delitos de sangre; era una forma no del todo mala de estrechar lazos entre el mafioso y el sheriff que estaban en tratos.
Alice me propuso fugarnos para escapar de mi vida y la prohibición del inmoral de su padre, estaba dispuesto a hacerlo de mil amores, pero el sabueso que es una mala persona y resabiada la encerró en su casa, la sometió a un concienzudo proceso de enajenación con ayuda de pastores, damas de la alta sociedad y cualquier moralista que se perdiera por la ciudad. Ella y su madre se hicieron socias numerarias de la Asociación Caritativa R.V., y mientras hubo rescoldos de algún sentimiento hacia mí, salía con un maldito policía pegado a su espalda . Era imposible acercarse a ella. Después de cuatro años se comprometió con un comerciante que había amasado una fortuna considerable vendiendo cacerolas al ejército durante la Gran Guerra, y sé por lo buena que es, que si lo a hecho es porque le quiere, o sea, que su maldito padre consiguió que se olvidara de mí, y gracias al dinero de sus asuntos con Sean, emparentar con la crema y nata de Rawlins Ville. Sean por su parte me ofreció chicas para quitarme a Alice de la cabeza, me costó tiempo, pero me follé a todas las furcias que dispuso para mí, además qué le voy a hacer, es mi jefe, un mafioso que dispone de mi vida: whisky, mujeres y apuestas, no está tan mal. Que hoy la señora Scheffler no llame a la comisaría, es porque he tomado café con Alice unas cuantas veces, como amigos, no es tan extraño, y probablemente dentro de la escala de valores de esta gente, hasta es piadoso, porque puede reconducirme por el buen camino.
Por allí viene rubia y más guapa que nunca, nos saludamos y la invito a una cafetería que está en las afueras de la ciudad, en la otra punta. Su madre, nos da su consentimiento, se fían de mí porque tan enamorado que estoy nunca haré nada contra su voluntad, es cierto, y ella quiere a otra persona, está todo bien resuelto en mi contra, no hay porqué negarlo. Vamos a por el Ford, y por el camino hacia la otra punta de la ciudad, Alice me va contando cosas sobre la charla a la que ha asistido, no la escucho, solo acaricio el sonido de su voz, sus risas. Ha comenzado a nevar por fin, las nubes se han abierto y caen gruesos copos de nieve que adornan el cielo en su caída, los prados con sus vacas cambian la sórdida escarcha por la espiritual nieve.
-¿Pero Abraham, qué hacemos en mitad del campo, si teníamos que ir en otra dirección?
Sí mi niña me he equivocado, no sabes cuánto lo siento, encima el coche se acaba de estropear, tendremos que ir a pie hasta la ciudad, ¿que no te importa? ¿que así haremos una guerra de bolas de nieve? Qué buena eres, me quitas un peso nada pequeño de encima, es que me distraje escuchando tu voz, la tienes tan bonita, suena a sábanas calientes en invierno y a hojas verdes en primavera, también miraba tu piel blanca y suave, luterana, adorable. Ahora mismo te besaría y te acariciaría, te haría el amor dentro del coche y empañaríamos las lunas mientras afuera los copos se van amontonando, levantando una muralla entre nuestro iglú y los campos de Rawlins Ville, un viaje a la eternidad transportados por la más larga nevada de la historia, te retorcerías de placer como ahora lo haces recogiendo nieve entre tus manos para saetearme en este juego que es para ti, inocente como los copos que nos transportan a un rincón del mundo desconocido: lecho, aire y frutales del fluido que mueve lentamente siglo tras siglo la Tierra, el sol, las estrellas ... El fluido de la vida. Tienes buena puntería, esquivo como puedo las bolas de nieve que me lanzas, te escondes detrás del auto para aprovisionarte de bolas y cuando te reincorporas para seguir lanzando y riéndote con ese trino en pleno diciembre, tus ojos me ven con una pistola de acero negro apuntándote a la cabeza, y escuchas las últimas palabras de tu vida, no son celos, es un ajuste de cuentas, es Sean, es la hipoteca de mi vida... porque yo, te amo, te amo tanto como los amantes en los dramas, en las novelas, Alice, no sabes cuánto te quiero. Bang.
Arranco el coche y voy a casa a llenar la petaca de whisky, beberé una, dos, tres botellas del mejor whisky de Sean. Me emborracharé a la salud de mi querida Alice.
IVO ARAGÓN