POR THEODOR SCHWARZ
En tanto que doctrina de la evolución de
la sociedad, el marxismo, visto el
papel central que ocupa el hombre en el desarrollo,
es un humanismo. Es, como
dijera Marx, el humanismo real o concreto.
Marx denomina su doctrina humanismo real porque
ella aspira a la liberación
total del hombre, a su pleno florecimiento.
Este humanismo es real o concreto,
porque encara al hombre dentro de su realidad y
no de una manera abstracta.
Marx rechaza al hombre en sí del humanismo
de las Luces, así como al hombre
fuera de la historia del materialismo humanista
de Feuerbach. Para el humanismo
de Marx, el hombre es un ser sumergido en la historia,
un ser que vive en el
tiempo y en el espacio, y en sociedad. El
humanismo marxista reconoce en este
condicionamiento histórico del hombre, en
su relación con los datos económicos,
en su subordinación a las clases, su abatimiento
y su religiosidad.
Demuestra que el hombre como ser armonioso, como
ser perfecto, no puede existir
más que deshaciéndose de las trabas
de clase.
El humanismo marxista explica que las circunstancias
concretas se oponen a la
realización del ideal humanista y que, al
contrario, las circunstancias
concretas hacen posible la realización de
este ideal. El humanismo marxista
enseña y exige la lucha concreta para este
objetivo final concreto. Aporta la
prueba que el humanismo abstracto del idealismo
y del materialismo no pueden
realizar los postulados humanistas. Al contrario,
el humanismo abstracto se
revela incapaz de reconocer al enemigo del ser
humano y de combatirlo. En
cambio, la importancia del humanismo socialista
real reside justamente en la
idea que sólo una revolución global
puede poner los fundamentos de una comunidad
humana auténtica.
El humanismo burgués idealista est la una
contradicción con la historia y el
conocimiento de la naturaleza. Sus postulados
están separados por un verdadero
abismo entre la historiografía y las ciencias
exactas. Solamente con el
humanismo marxista los postulados humanistas surgieron
con la historiografía
misma. El humanismo marxista no se limita
a indicar un objetivo, sino muestra
el camino que la humanidad ha recorrido en su devenir;
extrae sus aspiraciones
de la experiencia vivida.
La historiografía, que forma la base del
marxismo, está en estrecha correlación
con las ciencias naturales. La naturaleza
y la historia, la realidad y el ideal
forman una unidad para el marxismo. El fin
del humanismo no es una exigencia
imaginaria, pegada del exterior a la realidad,
sino que ella nace de su estudio.
El marxismo es humanismo porque reconoce que no
hay otra vía para la humanidad
que su liberación completa. Es humanismo
porque es concreto. Su humanismo es
naturalismo, y su naturalismo, humanismo, como
dijo Marx.
Como humanismo real, el marxismo es humanismo proletario.
Proletario,
inicialmente en este sentido: que arranca del proletariado,
de su condición de
vida inhumana, lo suprime como clase. Además,
el marxismo considera que el
proletariado es la única fuerza creadora,
apta para realizar el humanismo por
la revolución. Hay en el proletariado
un tesoro de fuerzas morales,
espirituales y psíquicas que, en la época
de la declinación de la burguesía,
están en otras clases ocultas y corrompidas.
En un mundo dominado por el reino
del dinero, el proletariado es la única
clase que no vive de la explotación, la
única cuya conciencia moral y espiritual
que no está en curso de putrefacción.
La nueva cultura humanista que engendrará
el proletariado victorioso se
distinguirá esencialmente de la cultura
burguesa, tanto por la forma como por el
contenido, y esto en función del modo de
producción modificado. La nueva
cultura rebasará las culturas del pasado,
en el sentido que Hegel da a este
término.
La cultura proletaria volverá a tomar los
valores ganados por la sociedad de
clases, tanto materiales como espirituales.
En tanto que humanismo real, el
humanismo proletario, será su continuador
más fiel, asumirá la herencia del
humanismo antiguo, cristiano y burgués.
No se podrá comprender la noción
de humanismo proletario como creación de una
cultura desligada del patrimonio cultural del pasado.
Una cultura obrera salida
de probeta tal como la quiere el marxista Bogdanow
es, desde el punto de vista
marxista un sin sentido. No es, por otra
parte, sorprendente que esta teoría
del proletkut haya sido recibida con entusiasmo
por los espíritus quiméricos,
anarco-burgueses y fascistas como Sorel y Jünger.
El término de humanismo proletario no debe
ser interpretado como si el humanismo
proletario excluyera al resto de la humanidad de
trabajadores,no
proletarios.Elproletariado revolucionario liberara,
por su revolución, no sólo a
él mismo de las cadenas del capitalismo,
sino también al campesinado trabajador
y a la pequeña burguesía.
El objetivo de la revolución es la instauración
de una sociedad sin clases. La
superación de clases por la superación
de la división del trabajo, que está
ligado a esto, engendrará un nuevo tipo
de ser humano.
La mutilación del hombre provocada por la
unilateralidad de la distribución del
trabajo, cederá su paso a un desarrollo
armonioso de la personalidad. El viejo
ideal del hombre armonioso,, ya pregonado por el
humanismo griego, se hace
realidad. La aridez de la ultraespecialización
desaparece. La subdivisión de
los hombres en juristas, artistas, filósofos,
manuales, cultivadores, políticos,
etc. llega a su fin.
Bajo el severo impacto de la división del
trabajo, la conciencia misma del
hombre se fue especializando, no representaba más
que una breve parte de la
realidad. La conciencia humana se fue transformando
una conciencia de jurista,
de artista, de filósofo, o una conciencia
puramente animal. El resto de su
conciencia, el hombre la salva transfiriéndola
a su esfera privada, puramente
individual. Por esta individualización,
este vació en una esfera puramente
humana, el individuo, separado de toda actividad
teórica o práctica, perdió su
razón de ser. Él llega a ser, también
algo inhumano.
El hombre y sus diversas facultades espirituales
y físicas forman, pues, según
la antropología marxista, una unidad.
Restituir esta totalidad, que ha sido
negada por la sociedad de clases es la tarea de
la sociedad sin clases. La
sociedad socialista significa la reunificación
de las esferas privada y pública
del individuo, la superación de sus limitaciones
en la especialización. El
hombre como ser individual y como ser genérico
se presenta en la sociedad sin
clases como una unidad. Su existencia privada
y su vida pública ya no son una
contradicción, sino que se amalgaman.
La auto-alienación
del hombre, una consecuencia de la alienación de sus
productos, encuentra su expresión visible
en la formación de conjuntos cerrados,
en los cuales el hombre aparece con una parte de
su ser. Tales entidades están
en la sociedad de clases, el Estado, la Iglesia,
la organización profesional.
Estas asociaciones, principalmente el Estado, se
manifiestan en oposición al
particular como individuo. Estas son fuerzas
alienadas, hostiles a la
conciencia y a la vida verdadera del individuo.
La edificación de la sociedad
sin clases, que se propone abolir la oposición
entre el ser individual y el ser
genérico, significa la abolición
de estas asociaciones en tanto que
organizaciones que lo oprimen. La desaparición
de la propiedad privada entraría
la del Estado y de la Iglesia. Todas las
formas de auto-alienación, de la
propiedad capitalista hasta el rito, en las cuales
el hombre no ha podido jamás
ser él mismo, pero pertenece siempre a otro,
a un extraño, se disuelven. Visto
bajo este ángulo, el humanismo socialista
es el retorno del hombre a sí mismo,
fuera del Estado, de la religión, de la
moral, del derecho, de la familia y de
la política.
El individualismo socialista, la libre relación
de los hombres entre ellos lo
libera de la sumisión a la producción,
al Estado, a la religión.
El ejemplo de la disolución de la oposición
entre el individuo y la sociedad y
de la conciencia religiosa ilustrará este
proceso.
En la sociedad sin clases, el individuo como tal
está siempre al servicio de la
sociedad. Esto no reduce el campo de acción
del individuo, que no le pide más
que su libre desenvolvimiento. La actividad
individual no conduciría jamás a un
acaparamiento privado. El florecimiento de
la personalidad no se produce en
detrimento de terceros, sino como efecto de la
comunidad de bienes, en provecho
de todos. La actividad individual es al mismo
tiempo actividad del ser
genérico.
En la sociedad de clases, por el contrario, la actividad
que se tiene al
servicio de la sociedad, del Estado, está
en oposición abrupta al obrar
individual. El individuo no está al
servicio de la sociedad más que como
ciudadano, por tiempos limitados. En la sociedad
organizada, el Estado hace a
consideración los aparatos de represión.
La comunidad humana no existe, así,
solamente como algo extraño al individuo,
algo exterior, hostil; ella se coloca
frente al individuo, y contra él.
La fuerza extraña de la sociedad, que en
lo mediato se manifiesta bajo la forma
de leyes de la economía, someten al individuo
a presión, engendra en su
conciencia la idea de una fuerza superior, extraña
e inaccesible. La conciencia
no puede reconocer que la fuerza económica
no es más que el resultado que
deviene autónomo de las fuerzas reunidas
de todos los individuos. Una
atomización que ha sido posible porque en
la sociedad de clases, los individuos
perdieron el dominio de la producción.
La conciencia diviniza el poder
económico, la transforma en un ser misterioso
superior. En la conciencia
religiosa, las exigencias de la sociedad devienen
mandatos morales, divinos.
En la veneración religiosa, el hombre llega
a adorar su propias facultades como
una fuerza que le será extraña.
Esto porque la auto-alienación del hombre
alcanza o logra su sometimiento en el dominio religioso.
En cambio, en la sociedad sin clases, el hombre
llega a dominar la producción;
la opresión económica se transforma
en libre acción, la ciega necesidad de las
leyes económicas, al contrario, en conocimiento
y dominio de la producción. La
oposición entre el individuo y la sociedad
desaparece. El hombre reconoce las
fuerzas sociales como si fueran las suyas propias.
Esta modificación quita su
razón de ser a la conciencia religiosa;
ésta desaparece. La veneración, el amor
que el hombre lleva hacia el ser supremo se dirige
ahora hacia el hombre mismo.
La religión fue la negación extrema
del hombre, lo transformó en nada, en una
criatura incapaz, en tanto que el humanismo marxista
lo eleva al centro del
universo, al sol, alrededor del cual se mueve.
El humanismo de Marx es tanto
práctica como teóricamente la negación
decisiva de la religión, en tanto que
negación del humanismo.
La desaparición de la explotación
traerá, a su vez, una de las más importantes
modificaciones de la conciencia. La opresión
del hombre por sus semejantes
atomiza la sociedad humana, la divide en clases
y en individuos que se hacen la
competencia, hostiles los unos a los otros.
No es sino en las nuevas
relaciones, libre de explotación en el seno
de la sociedad sin clases, que podrá
arraigar una moral verdaderamente humana.
La nueva moral comprenderá los
progresos morales objetivos del pasado y la enriquecerá
de nuevos criterios. La
moral de la sociedad sin clases se desembarazará
ante todo de dardos opresores y
ascetas de la moral de clase; en lugar del deber,
venido de lo alto, se
manifiesta la conciencia moral, la voluntad de
ser capaz de trabajar, de amar y
de crecer en la felicidad. Semejante evolución
se hará también en el derecho.
Los preceptos del derecho perderán su carácter
obligatorio; el libre
consentimiento tomará el lugar de la noción
del deber en la moral y la ejecución
conminatoria del derecho. Desaparecerán
la moral y el derecho en el sentido
antiguo de la orden y la obligación.
La conciencia de la libertad del hombre, que se
revela en esta nueva moralidad,
no se alimentará solamente de la abolición
de la explotación, sino también de la
dominación concomitante de la producción
y la naturaleza. El esclavo de la
producción llega a ser su dirigente consciente.
En razón del libre desarrollo
de las fuerzas productivas alcanza una dominación
amplia de la naturaleza.
No se podrá naturalmente confundir la nueva
noción de libertad con la de la
filosofía burguesa idealista. La libertad
socialista no significa la liberación
respecto de las leyes de la naturaleza, sino el
reconocimiento de la necesidad
inherente a la naturaleza y una forma de obrar
conforme a esta elección. El
hombre obra libremente en la medida que cumple
conscientemente lo que es
necesario.
Es decir, la libertad socialista es una libertad
concreta; esta no es una
libertad simplemente teórica. Ella
consiste en realidad en disminuir el tiempo
de trabajo algunas horas, en función del
dominio de la producción y de la
naturaleza.
El trabajo adquiere un nuevo carácter.
De un instrumento de avasallamiento del
hombre se convierte en medio de su desarrollo.
El trabajo deviene en su totalidad esto que está
en su esencia: autoactividad
del hombre, actividad en la cual él se encuentra
a sí mismo. La nueva forma de
trabajo que proclama el humanismo socialista está,
de manera idéntica, opuesta a
la ética escéptica y puritana del
trabajo, y al hedonismo puro. Contrariamente
al puritanismo, el humanismo marxista no considera
al trabajo como la única
forma de actividad humana. Es la felicidad
del hombre lo que es para él valor
supremo, no el trabajo. Pero a contrapelo
de esta que tiene comúnmente curso,
la imagen socialista de la felicidad no es llanamente
hedonista. La concepción
que tiene de felicidad el humanismo marxista no
puede ser reducido a los
términos de bienestar o disfrute.
Su ideal es el hombre armonioso,
verdaderamente humano: el hombre que lleva una
vida profunda, y rica en
relaciones humanas y culturales. Una vida
sin carencias ni sufrimientos, ni
sacrificios. Este ideal humanista significa
que el trabajo también tiene un
papel importante a jugar en la existencia del hombre.
Nada tiene más elogioso el pensamiento marxista
que un mundo sin sufrimientos.
El humanismo de Marx se propone solamente reemplazar
las tensiones inhumanas por
tensiones de orden humano. El responde a
la interrogante de la abolición del
sufrimiento de un modo científico, ni optimista
ni pesimista, sino realista.
No hay, pues, sitio en el marxismo para una filosofía
del goce parasitario.
Marx, en su crítica de la filosofía
materialista francesa del siglo XVIII,
rechaza vigorosamente la filosofía del disfrute.
El hedonismo es para él una
filosofía de clase, de la nobleza parasitaria,
declinante, churrigueresca. Marx
no quiere negar que esta filosofía no contiene
conocimientos materialistas
válidos.
La literatura socialista utópica es, en parte,
influenciada por el epicureísmo
del siglo XVIII. El humanismo socialista
utópico quería simplemente colocar a
la clase oprimida en el lugar de la clase dominante.
Este humanismo quiere en
el fondo que continúe el viejo mundo; es
incapaz de crear una sociedad
verdaderamente nueva.
El comunismo ascético, que Marx condena igualmente,
no es sino otra fase del
socialismo epicurista. El quiere colocar
a toda la sociedad al modo de vida de
la clase oprimida. La raíz psicológica
de su odio al lujo, de su frustrado
igualitarismo es la envidia, como Marx lo constato
antes que Nietzsche.
No es
sorprendente a la vista del desconocimiento irracionalista del marxismo,
que los filósofos vitalistas quisieran hacer
pasar el humanismo marxista por un
hedonismo ingenioso. Según eso, Emest
Jünger veía en el bolchevismo un
comunismo ascético, contrario al marxismo,
que según él es hedonista. Este
malentendido se explica, por tanto, por el hecho
de que en la época de la
edificación de la economía colectiva,
el bolchevismo tomó, por la fuerza de las
cosas pasajeramente los pasos ascéticos.
El movimiento dialéctico que coloca los procesos
sin tregua ni reposo, no se
detendrá después de la sociedad sin
clase. No en el sentido de que el estado de
cosas anterior pueda volver: la dialéctica
histórica de la sociedad sin clases
se desarrollará en el terreno del socialismo.
Tanto como la forma de la
sociedad sin clases cambiará, el hombre
de la sociedad socialista experimentará
varias modificaciones, tanto de su sensibilidad
como del pensamiento, pero
siempre en el cuadro del socialismo. Creer
que el movimiento de la historia
pueda cesar, que habrá una inmovilidad que
perdure, que habrá una paz perpetua,
son cosas extrañas al pensamiento marxista.
El reproche a Baeumler y a Spengler
es que miran un marxismo que aspirarían
a un mundo desprovisto de luchas, sin
grandeza ni aventuras; es, pues, un sin sentido,
no tienen en cuenta el factor
dialéctico del materialismo histórico.
En sí no puede preverse el camino que seguirá
la dialéctica en la sociedad
socialista. En tanto que ciencia realista,
el marxismo deja hacer la pintura
detallada de tales virtudes futuras a la antropología
utópica o irracionalista.
Por tanto, la historia de la sociedad de clases
suministra un Indicador sobre
las modificaciones posibles en la sociedad sin
clases, tanto no sea admisible
históricamente y económicamente.
Los cambios de la sociedad esclavista de la
antigüedad hacia la sociedad burguesa del
siglo XIX muestran, por ejemplo, la
riqueza de formas que se pueden encontrar en un
orden social sensiblemente
igual.
Texto del libro: Irrationalisme
et humanisme. Critique d'une
ldéologie impérialiste.
Traducción del francés realizada
por Alfredo Reyes Contreras.