Evocaciones
Pueblerinas
Por: Anibal Otalora
Por 1922, el autor de estas evocaciones abandonaba Lima en busca de nuevos horizontes y vuelve ahora en imaginario vuelo como buscando un nuevo lazo de unión con sus calles y gentes.
La primera de estas sencillas evocaciones a nuestro templo
parroquial: ¡Cuantas voces lejos del pueblo, el recuerdo de la Iglesia puesta
bajo la advocación de San Isidro Labrador, resultaba un bálsamo para el
forastero afincado en otras comarcas!
La
imagen de Nuestro Señor Jesucristo agigantada en el tiempo, sigue presidiendo
el augusto recinto: entre brumas cargadas de años de nostalgia, toda vez que el
viajero esporádico penetra al templo, la vista de Jesús horada todos los
rincones, tal como en aquellos años de la infancia, en que semejábamos
avecillas asustadas escondiéndonos presurosos tras los viejos bancos y las
columnas imponentes.
Hoy, las sienes besadas ya por mechones blancos, evocamos los
inolvidables juegos callejeros: las bolitas, el trompo, y tantos otros, y con
ellos como si se tratara de algo indivisible, las casas bajas y sencillas que
en Lima tan especialmente prestaban marco a las correrias infantiles.
A nuestra mente llegan, agolpándose los recuerdos mas queridos,
y entre ellos aquel que ha quedado mejor grabado con caracteres inamovibles y
es el de la escuelita del pueblo, segundo hogar en el que aprendimos a
balbucear las letras primeras; de su evocación surge esporádicamente el nombre
de la señorita Alvarez, abnegada y cariñosa desde su puesto de directora del
establecimiento, verdadera madre espiritual de tantos hombres y mujeres de hoy
y ejemplo de imperecedero amor por la enseñanza. A su memoria lleguen en esta hora los mensajes cálidos de tantos
alumnos de entonces que por siempre le tributan el homenaje que solo merecen
los genuinos maestros.
Se suceden ahora episodios que resultarán ya extraños en esta
época de descubrimientos científicos pero que queremos relatar como expresión
de otros tiempos menos, mucho menos materialistas. Hacia el año 1910 sacudió al pueblo de Lima la aparición de la
bóveda celeste del cometa “Halley”: el fenómeno tuvo la virtud de quebrar la
monotonía pueblerina y dar rienda suelta a la imaginación de la calle; las
señoras de edad, cargadas de años y supercherías vaticinaban el fin del mundo;
se decía que cuando el cometa cambiara de posición su cola tocaría tierra. Felizmente, ese fenómeno celeste , como
otros que se produjeron a la larga del tiempo, no pasó de ser un motivo mas de
estudio para los investigadores de los misterios ultraterrenos y un hecho de
importancia para Lima, donde por aquellos tiempos considerábamos los niños
único lugar en el mundo reservado para la consumación de hechos de esa
naturaleza.
En punto a aquellos famosos establecimientos comerciales que
caracterizan siempre a los pueblos, Lima no iba en zaga; por no llamarlos de
otro modo, eran pequeños almacenes con intenciones de negocios de ramos
generales, cuando no “boliches” a ultranza, muy distinto a los modernos
establecimientos “al paso” que iban ganando ya nuestras calles y desalojando al
os simpáticos y heterogéneos que ocupan ahora nuestra semblenza.
Del otro lado de la estación del ferrocarril se encontraba el
almacén de ramos generales de don Vicente Palazzo, sobre la última esquina en
dirección a Atucha; a mas del almacén habia un despacho de bebidas “como quien
no quiere la cosa” y su dueño era propietario de enormes trilladoras y
desgranadoras. Muy cerca se encontraba
el boliche de Valerio y la “Vasca”, un matrimonio muy mal avenido que además
regenteaba una especie de pensión.
En la esquina mas próxima estaba el restaurante de don M.
Cazenave y a pocos metros el gran almacén de Serena, casona rodeada de
eucaliptus. Frente mismo a la estación
cruzando la calle, estaba la panadería de don Manuel Artola, benefactor de los
humildes que a despecho de sus ganancias fiaba al pobrerío de Lima; don Manuel
no tenia el valor para negar el pan a nadie, tal vez alentado interiormente por
el ejemplo de una familia como la suya, en cuyo seno sobresalía una hermana
política que era la encargada voluntaria del aseo del templo parroquial con
dedicación espartana.
Sobre la calle 4 estaba el hotel de don Natalio Paganini y en
calles vecinas el gran almacén de San Martín Hnos., el restaurante de don
Fortunato Micheletti y otros muchos tan familiares, como la gran herrería de
don Daniel Delfabro, para quien los muchachos juntábamos carbonilla en la playa
de la estación y se la vendíamos. En la
esquina de 4 y 13 estaba el almacén de un árabe con reminiscencias de la patria
lejana, que le habían puesto de nombre a su negocio “El Otomano”; en las
proximidades se encontraba el negocio de don Pedro Mondino, a cargo después de
su hijo. En la esquina 11 entre 4 y 6
había otro negocio, el de don Tomás Regazzo, muy singular por la diversidad de
ramos: se trataba de una lechería, cigarrería por mayor y ¡vinería! Siempre
solían estar preparados para el consumo los barriles de buen vino “Barrancas”,
como así “Tirazo” y “Vesubio” a 0,35 el litro (Lindos tiempos aquellos). En 6 y 11 se encontraba la cancha de pelota
a paleta de don Máximo Escurray, donde se organizaban bravísimos partidos entre
los competidores de Zárate, Campana, Escobar, Baradero, etc. A su frente estaba el edificio del Correo y
haciendo cruz con éste el almacén de Herrans; luego venía la carnicería de
Miguel Melillo, que hacia las veces de matadero; por entonces se transportaba
las reses en carro.
A propósito del matadero, del que hicimos mención en el capitulo
anterior, digamos que los encargados de carnear eran don Ruperto Domínguez y
sus hijos.
¿Y quien no conoció en su tiempo al muchacho aquel que llamaban
“El jilguero”, peón del Sr. Miguel Melillo?.
Hasta me acuerdo que tenía pie pequeño y calzaba alpargatas Nº 4.
Volviendo al trazado del pueblo, en la calle 11 entre 6 y 8 se
hallaba la sastrería de Don Luis Fragalo.
Enfrente; la recordada y querida escuela Nº 9. En la esquina 8 y 11 el almacén del Sr. Nicasio Stanicio (Que
rico vino espumante!!!!).
Enfrente estaba el boliche del vasco Tiburcio Aramburu, donde se
juntaban los hombres de edad madura para jugar al tres siete.
En la otra esquina lucia su buen surtido de ropa la tienda del
Sr. José Antonio Amado al lado de la farmacia de don Diego Ortega.
En la calle 8 y 13 atendía su consultorio el Dr. Aurelio Aleoti,
de quien se guarda en el pueblo tan grata memoria.
En al esquina de 8 y 13 abría sus puertas el almacén de don Ángel
Berra, hombre de carácter bondadoso. En
el actual local de la Farmacia “Lima” funcionaba otro hotel llamado “El
Globo”. Aunque parezca mentira en
aquellos tiempos había cuatro o cinco hoteles, mientras en la actualidad no hay
ninguno.
En la esquina 8 y 15, la gran panadería del Sr. Enrique Yhlen,
cuya esposa la Sra. Amalia Alvarez, maestra, ejercía en Atucha y profesora de
piano, también tocaba el armonio en la iglesia.
Al lado del templo, en el lugar ocupado ahora por la oficina
parroquial, erguíase sobre un pedestal
y abría sus brazos majestuosos una gran cruz de madera.
En la calle 10, esq. 11 la peluquería de don Carlos Cozza. En frente la Delegación Municipal, en la que
actuó mucho tiempo como Delegado don Felipe Palacios.
La plaza era simplemente un potrero, en el que la Delegación
solía tener algunos carneros y ovejas. ¡Cuantas veces rodaban por el suelo personas distraídas, a quienes
los carnero embestían con furia, para regocijado espectáculo de los señores
ediles!. Por razones de parentesco y de
política llegaba con frecuencia a la Delegación don Luis Guerci, encaramado en
uno de los primeros modelos de automóviles, tirados a cadenas traía las
cubiertas con remaches para preservarse de las pinchaduras de los contrarios
políticos.
En la esquina 10 y 11,
desde que tengo uso de razón, recuerdo la casa Ustariz, allí conocí a don Cabo,
a don Iglesia, etc.
Un forastero que llegó a Lima pintó el frente de la mencionada
casa de la imitación de la “punta de diamante” pero lástima que con las
abundantes salpicaduras de barro duró muy poco la obra de arte.
En el salón de la Sociedad Italia, frente a la plaza, se
celebraban animadas tertulias en ocasión de grandes festividades.
Muchas familias acudían a las fiestas transportadas en
aparatosas volantas. Pues aunque se
asombren los jóvenes de Lima, en aquel entonces había en el pueblo unos cuantos
coches de alquiler: el de Mariano Casco, el de Juan Tracey, el de Cascallares,
el de Cazenave, el de Germán Palacios, quienes además de los viajes al cine o
el baile, atendían puntualmente el servicio de todos los trenes de pasajeros.
Un viejo limeño me decía en son de chanza comentando los tiempos
idos “Hasta para morirse había antes mas comodidades en Lima”.
Existía en efecto, la
empresa de pompas fúnebres del Sr. Caisón en la calle 8 entre 7 y 9.
Me parece estar viendo aún
el coche coupé tirado por dos caballos, el solemne coche fúnebre con la imagen
de la muerte tallada en madera, toda de negro, con su larga barba y guadaña al
hombro, y en los cuatro ángulos sendos plumeros que sobresalían imponentes.
Vayamos ahora a la esquina 7 de la misma calle 8, y entremos en
el almacén de don Francisco Giusani que detrás del mostrdor atiende a diversos
clientes. A un chico le despacha 10
centavos de grasa y 5 de pimentón , a una niña 10 centavos de piñones, a una
señora 10 centavos de hongos. ¡Que
tiempos aquellos¡.
Si nos paseamos por la
calle 7 entre 8 y 10 nos llega como una oleada la fragancia de galleta fresca
de la panadería del Sr. José Inchausti.
Y esta es la tercera vez que lo menciono en mi relato. Entre todas ellas existía una verdadera puja
y emulación quien hacía las mejores tortas negras con azúcar quemada , que
constituían el acompañamiento acostumbrado de las interminables mateadas y que
se vendían la módico precio de dos tortas por 5 centavos. Igualmente por 5 centavos se podía adquirir
2 panes de pico o 5 bollitos o 5 palitos con anis.
Frente a la casa de Inchausti se dibujaba la mole de los
galpones de don Hilarión Guelvenzú, en los que se guardaban sus maquinarias
agrícolas, trilladora, desgranadoras, etc.
Cada mañana, al despertar,
se oía formando concierto con los trinos de los pajaritos, el tintineo de los
yunques de una media docena de grandes herrerías, allí se picaban las rejas con
que luego los colonos habrían el surco fecundo de la entonces floreciente
campaña.
Eran dueños de estas herrerías los Sres. Hidelbrando, Formigoni,
Daniel Del Fabro, Pedro Combi, Alejandro Pelegrotti, Fioravanti, Patrosso.
Nosotros de paso que la herrería de Pelegrotti estaba dotada de
sierra mecánica y que también funcionaba como fábrica de carruajes.
Y es bueno que sepan los limeños modernos que en la calle 8,
esq. 9 había también una fabrica de jabón de lavar. Un jabón un poco áspero y oscuro sin dudas, pero en fin era
producto de una empresa local.
En el calle 8 esquina 3 vivía don Juan Tornari que aparte de ser
almacenero ejercía el oficio de pintor.
En el Lima de entonces decir pintor era lo mismo que nombrar a Tornari.
Creo que el fue maestro de Alejandro Patrosso y Patrosso a su
vez de Domingo Premat.
¡De cuantas noticias
fresca nos enterabamos hablando entre amigos, mientras don Camilo Reale nos
embellecía la figura en su peluquería de la avenida 11 frente a la plaza.
Era padre de varias hijas, todas ellas con maridos 2 de las
cuales residen todavía en Lima.
Casadas con los hermanos
Patosso.
Al lado de la sociedad
Italia estaba como ahora la peluquería del Sr. Nicolás Orlando, que además de
peluquero es considerado con toda razón “El decano de los fotógrafos” en
cualquier acontecimiento de relieve que sucedería en Lima, allí se hacía
presente con puntual fidelidad, acompañado de su solemnes aparatos
fotográficos.... fiesta de San Isidro Labrador, reuniones sociales,
celebraciones cívicas .... nada escapaba al enfoque o al objetivo de sus
maquinas. Pero aparte de eso y sin
hablar de sus cualidades escénicas, don Nicolás se destacaba como deportista y
acróbata, especialmente en la práctica de ciclismo ¡Eran de admirar las pruebas
endiabladas que efectuaba con esas 2 ruedas.!
A veces encontraba su placer
ejercitándose en la plaza a la dulce y blanda luz de la luna. Algunos muchachos desconsiderados, entre
ellos yo le echábamos al pasar abundante trozos de plantas de pita que crecía
en la plaza con la traviesa intención de hacerlo rodar por el suelo. Había que ver como reaccionaba y como se
ponía!.
En la esquina de 10 y 13
estaba ubicado el bien surtido almacén de don Felix Tabano, que como otros
negocios del ramo, ofrecía a los jóvenes de entonces un interesante pero
peligrosa diversión “La Lechuza”.
¿En que consistía? Era un
aparato semejante a una caja registradora, con varios colores dibujados y sus
respectivas ranuras como de alcancía.
Cada cual elegía un color y echaba una moneda de 20 y a veces la maquina
devolvía 80 centavos, otra 40 pero la mayoria de los casos no salía
absolutamente nada. Recuerdo al
respecto las pequeñas grandes tragedias de un compañerito mío a quien la madre
le había dado 60 centavos para comprarse un par de alpargatas y el picarón se
entusiasmó con el chiche y fue echando las monedas con la esperanza de ganar;
pero “Lechuza” se las tragó a toditas y no le devolvió nada ....
Consecuencia: una buena
paliza y llevar puestas, unas cuantas semanas mas las alpargatas viejas,
agujereadas y bigotudas.
En la otra esquina de 10 y
13 se encontraba respectivamente, el restaurante de don Antonio Barbero y el
gran bazar de hojalatería del Sr. Ernesto Cuneo. Este último era un viejo oriental muy dicharachero. Se sentía orgulloso de su hija buena moza y
de sus varios hijos. Casi todos ellos
practicaban la música como aficionados y animaban con sus piezas los
casamientos o bautismos que se celebraban.
En cuanto al papá era de
los mas entusiastas cultores del Dios Momo, y participaba en el corso con
carruajes maravillosamente preparados y caracterizados, todavía tengo en mi
recuerdo la imagen de un enorme artístico cisne que presentó un año dejándonos
a todos cautivados y maravillados.
Los festejos del corso alcanzaban en el Lima de entonces un alto
nivel de brillo y esplendor y proporcionaban al público un verdadero
espectáculo artístico, que se desarrollaba en una atmósfera de contagiosa
alegría y correcta familiaridad. No
faltaban ideas entusiasmo ni habilidad.
¡Que diferencia con los tiempos de ahora!. Ya no se piensa mas que en ir a una sala de baile que hasta dejó
de ser arte, para convertirse en algo aburrido, cuando no embrutecedor.
El corso se efectuaba por la avenida 11 desde la esquina 4 hasta
la 12, a la luz de faroles de “sol de noche”, que se colocaba cada media
cuadra, resultando una iluminación bastante satisfactoria.
A lo largo del recorrido
del corso sobre ambas veredas, se alineaban numerosos palcos que las familias
armaban y ordenaban a cual mejor. De
esta manera se creaba una animada competencia en la que cada uno quería superar
al vecino, y se establecía una sana emulación que favorecía el desarrollo de la
inventiva y el buen gusto.
Desfilaban las pintorescas
y alegres comparsas que entonaban sencillas y sentidas canciones, cuya letra se
debía casi siempre a la inspiración del vate máximo de Lima: don Manuel Artola.
Todavía me da vuelta y me anda zumbando en el oído un estribillo
que rezaba así: “Pueblo de Lima! Te saludamos y te deseamos gloria sin fin.”.
Pero continuemos con la evocativa tarea de ir ubicando en las
calles del viejo Lima las instituciones, familias y negocios que formaban la
trama de la vida del pueblo.
En el lugar ocupado ahora
por el Centro Social, calle 13 entre 8 y 10, el Sr. Vicente Gorgoglione se
desempeñaba a satisfacción de la numerosa clientela en su siempre limpia y
pulcra peluquería.
Entre sus discípulos y aprendices mereció destacarse el actual
peluquero Antonito Carava.
En la calle 8 esq. 9 tenía
su tienda, mueblería y colchonería “el Ruso Miliski”, como decíamos nosotros
familiarmente.
Su negocio era también una
especie de “Casa América” en pequeño,
era la que presentaba una exposición y venta de fonógrafos, bastante
completa. Todas las tardes, el
cuidadoso patrón daba cuerda a alguna de esas vitrolas, le cambiaba la púa, le
ponía un disco de actualidad y deleitaba a los deslumbrados clientes y
transeúntes, que quedaban cautivados por tan maravillosa novedad. Con frecuencia se armaban de decisión,
desembolsaban los costosos y valiosos pesos de antaño, y se llevaban el aparato
a casa.... con gran conmoción de la familia entera, que ya poseía algo así como
la orquesta propia al alcance de la mano.
Algunos progresistas comerciantes de nuestros días se iniciaron
en la fina escuela del Sr. Miliski.
También en la calle 8 esq.
9 frente a la tienda del Sr. Miliski, dirigía su fonda y cancha de bochas don
Carlos Barbieri.
Durante la época que nos
ocupa, las fondas y las posadas eran un paradero habitual de innumerable
jornaleros rurales, que pasaban allí buena parte del año, alternando entre el
pueblo y el campo.
Cuando llegaba el tiempo
de la trilla, de carpida o de juntada de maíz, se ausentaban del poblado para
dedicarse al trabajo. Al terminar las
tareas, regresaban a su albergue pueblerino, procurando matar de algún modo sus
prolongados ocios.
En las horas diurnas, el repiqueteo de las bochas cobraba
crecida intensidad, y en las noches las partidas de cartas se multiplicaban
hasta lo infinito.
Esta porción de publico muy poco se interesaba por el cine, que
ya funcionaba en nuestro pueblo y no podía entenderse con la radio que aún no
existía. Pero en la fonda de don
Barbieri, como en otras casas del ramo los pensionistas tenían muchas noches la
oportunidad de presenciar determinados espectáculos de animación que ofrecían
algunos artistas ambulante: sesiones de magia y destreza, payasadas, teatrito
de títeres, teatro del otro, etc.
Asimismo cabe mencionar una categoría especial de jornaleros,
mucho mas bohemios que los anteriores: aquellos que llegaban en los trenes de
carga y hacían alto en Lima estableciendo su rudimentario campamento junto a
los galpones del ferrocarril. Solían
trabajar hombreando bolsas de cereales.
Ellos eran la parte
trabajadora dentro del “gremio de los linyeras” , pues como se sabe la mayoría
de estos le tenían al trabajo una alergia incurable.
Las grandes competencias deportivas se desarrollaban en la
cancha de fútbol del “Club Atlético Lima”, ubicada en el lugar que después se
llamaría “Villa Ragazzo” calle 8 esq. 15.
En cada partido que se jugaba los domingos, solía congregarse no menos
de 400 personas, que seguían con apasionado entusiasmo las diversas vicisitudes
del encuentro. Recuerdo que los
hermanos Ahumada jugaban el arco, Luis Montani, de centro y Luis Iaccarino de
delantero.
El recinto de la cancha
estaba totalmente cubierto por un cerco de arpillera de 1.80 mts. De alto, para
impedir que el publico gozase del espectáculo sin pagar la entrada.
Al recorrer la calle 18 entre 4 y 6, nos detenemos con
respetuosa admiración frente a la casa de don Antonio Patrosso, decano de los
peluqueros del pueblo.
Precisamente hace varios años me enteré por las columnas de “El
Limeño” que había cumplido las bodas de oro con su oficio y todavía sigue firme
en el mismo, como si hubiera empezado ayer.
Bello ejemplo de constancia que nos viene de aquellos tiempos
que se han ido....
Como pinceladas que
devuelven su típico colorido al cuadro antiguo de Lima, mencionaremos algunos
detalles que es difícil olvidar. Y sea
el primero, el vendedor de helados.
Este era un español que venía de Zárate todas las tardes de fuerte
calor, con su blanco guardapolvo, el barril de la codiciada mercadería al
hombro, la caja de los cucuruchos en la mano y empuñando con la otra una
estridente y sonora corneta, cuya voz de alarma ponía una nota de inquietud y
conmoción en el ánimo de grandes y chicos.
¡Cuantos huevos habremos
rapiñados a nuestra pobres viejitas, para canjearlos y así obtener las divisas
con que pagar los tentadores helados!.
Los antiguos también recuerdan el episodio de los gitanos,
mañosos y ladinos, que periódicamente visitaban el pueblo, provistos de un
palo, provistos de panderetas, y llevando consigo una colección de osos, monos
y otros animalitos.
¿Y los lecheros de la
época?. Algunos distribuían a caballo,
el imprescindible producto, en botellas que llevaban embutidas en alforjas, a
uno y otro lado de la cabalgadura.
Otros vendían la leche al pie de la vaca, recorriendo de casa en casa
las calles del pueblo.
Las tres panaderías tenían reparto a domicilio, y lo hacían en
sendos carros, cuidadosamente presentados, sin que faltara al caballo el
clamoroso collar de cascabeles....
En materia de talabartería recuerdo que había dos: la de don
Santiago Berceletti, en calle 8 esq. 9 y la de los señores Alfredo Caison y
Emilio Serena, en la calle 2 en un local que era propiedad de la familia
Mondino.
Resultaba un centro de intenso movimiento comercial, el almacen
de ramos generales de Don Cristóbal Capello, figura de marcada personalidad. Todavía se mantienen en mi retina algunas
imágenes que mis ojos de adolescente miraron centenares de veces al pasar por
ese negocio, sitio en la esq. De 11 y 12, por ejemplo, un oso pintado en los
vidrios, y una destacada propaganda de las famosas zapatillas de marca
“Langosta”.
En la otra esquina, en el lugar de la actual casa Manca,
funcionaba el bar del Sr. Urouro. Y
mucho tiempo después tuvo allí su asiento la sub comisaría de Lima, en el interior
del inmueble aún es posible distinguir unas celdas primitivas que sirvieron de
estrecho y oscuro calabozo a algún pendenciero de aquellos tiempos....
En la intersección de las
calles 11 y 12 además de la sub-comisaría y del almacén de Capello, de que
hablamos en el número anterior, se imponen al recuerdo la carpintería de don
Santiago Scarafoni en una esquina, y en la otra el tinglado del Sr. Marín.
El primero era un artesano habilidoso que se desempeñaba con
mucho amor propio en sus trabajos.
Don Benito Marín, laborioso entre los laboriosos, ocupaba con
sus instalaciones el lote actualmente baldío, contiguo a la oficina de
teléfonos, donde tenía un depósito de implementos agrarios, con los que
levantaba buena parte de la cosecha de Lima y zonas circunvecinas. Había en nuestro medio otros empresarios que
se dedicaban también a la misma tarea.
Dos veces al año, primero al comienzo del verano para la trilla,
y luego en el otoño para la desgranada del maíz, tenía lugar lo que en el
lenguaje de antaño se decía :”La salida de las maquinas para hacer la campaña”.
A pesar de su repetición,
conservada siempre fresca su fuerza emocional y sugestiva, el espectáculo de
las máquinas agrícolas a tracción, que dejaban el galpón y desfilaban por el
pueblo para internarse en las chacras y colonias de nuestro campo fecundo. El “motor”, como se llamaba entonces, ponía
en el ambiente una particular vibración con las interminables estridencias de
su silbato y el estruendo imponente en su explosiones.
Una actividad relacionada
con la anterior desarrollaban los “chateros”, o sea, dueños y conductores de
las “chatas”.
Esos vehículos, casi desconocidos de la gente joven, eran
enormes plataformas rodantes, provistas de cuatro robustas ruedas con unas
llantas impresionantes, tiradas por varias yuntas de bueyes o caballos, y que
servían para el transporte de cereal desde el campo hasta la estación del
ferrocarril.
En la lista de los mas
conocidos chateros de aquella época figuraban los Sres. Pedro Y Carlos Barrera,
Andrés Pacheco y Mariano Lanza.
La industria de la soda es
una de las primeras que se establece en los pueblos, pues tomar un trago de
vino fresco con un chorrito de “sifón” es en verano algo casi tan necesario
como el pan.
Aunque en los tiempos aquellos había que renunciar a muchos
gustos que ahora son comunes y corrientes.
Pero por cierto que en Lima no faltaba la fábrica de soda.
Estaba ubicada en la calle
4 entre 11 y 13, pero antes había estado en la esquina de 4 y 11, en el almacén
de la firma Fulco y Pret.
Después se instaló otra
fábrica de soda, la del vasco Francisco Telechea, en la esq. De 2 y 9.
En las calles reales, los caminos vecinales y callejones era
frecuente encontrar cruces de hierro, que se erguían junto a los alambrados,
como recordatorio de alguna muerte o desgracia acaecida en el lugar y que
invitaban a rezar por el alma del finado.
A uno lo había matado un rayo, otro atropellado por un auto, éste fue
muerto a mano armada, aquel apareció anegado como el Sr. Barrita que volviendo
a su casa en sulki, se ahogó en el pantano que había en el camino de Lima a
Atucha.
Recorro mentalmente las
manzanas de mi pueblo y consigo representarme una lista de casas de negocios
como los almacenes Baroni, en la esq. de 6 y 7, de Cueto en 6 y 9, del Turco
Salomón en 6 y 13, el restaurante de Zungri y la fonda de Alcalá en las sendas
esquinas de 6 y 11, la del árabe Miguel en 13 y 8, etc.
Que me perdonen los lectores si algunas veces omito los nombres
de la personas y otras en cambio sus apellidos.
Lamento que mi relato no
resultó tan perfecto ni logrado como lo hubiera querido, pero me satisface
pensar que por lo menos he conseguido interesar con mi relato a numerosos
limeños, y de esta manera prestar mi humilde aunque cariñosa contribución a una
historia de nuestro pueblo, que personas capacitadas tomarán en el futuro.
Acerca del pasado limeño sostengo la opinión de que era mas
pujante que ahora su poder económico, y mas intenso su movimiento
comercial. Lo cual debe atribuirse a
dos factores principales: 1º la mayor producción agraria, 2º la existencia del
frigorífico de Las Palmas. En aquellos
tiempos el campo estaba mas densamente poblado y era cultivado en escala
superior, especialmente en la Colonia de Atucha.
En cuanto al frigorífico de Las Palmas, aparte de dar cierta
vida propia al lugar mismo en que estaba, favorecía también al comercio
limeño. Continuamente llegaban
caravanas de volantas cargadas de gentes de Las Palmas, que recorrían los
negocios de Lima.
En aquellos tiempos en que
abundaban el entusiasmo y el espíritu de colaboración, el pueblo de Lima logró
formar su propia banda de música. De
este modo se prescindió de la que anteriormente venía desde Baradero en ocasión
de algunas festividades, dirigida por el Maestro Tucci, un hijo de la bella
Italia, que muchos amigos recuerdan con la denominación familiar del “rengo
Tucci”....
Acerca de la banda de
nuestro Lima de entonces ,me limito a mencionar el hecho, pues aún viven en el
pueblo diversas personas que fueron del número de sus primitivos componentes
que pueden proporcionar informes mas precisos y detallados que los que yo estoy
en condiciones de dar.
Eso si: ¡Lástima que
nuestra banda se haya disuelto y no se haya podido reagrupar!.
Uno de los fenómenos
impresionantes de la naturaleza que perduran vivamente en el recuerdo, lo
constituyó una extraordinaria inundación provocada por la creciente del Río
Paraná, que convivió en inmensos bañados extensas zonas de Atucha, Lima, Las
Palmas y Zárate, hasta donde llegaron en camalotes numerosos ejemplares de la
fauna mesopotámica como ciervos, jaguares y enormes reptiles.
Hubo años de copiosas e interminables lluvias que hicieron subir
las vertientes al máximo, tanto que en Lima se podía sacar agua del aljibe con
la mano; y en los sótanos de los comercios había hasta un metro de agua, que
era necesario extraer con la ayuda de una “bomba sapo”.
En la calle 2 esq. 7,
frente al paso nivel, estaba el boliche y casa de comida de don Justo Defago,
donde se daban cita frecuentemente dos peones de la cuadrilla del ferrocarril, llamados
Celeste y Constante, que eran famosos libadores de vino y trabajaban en las
vías a las ordenes del capataz Dellaghelfa.
Merecen una especial
mención entre los comisionistas de la época,
don José Afilón y el Sr. Vicente Palazzo, que se desempeñaban con mucho
conocimiento de su oficio con la máxima honradez.
¡Cuantos miles de pesos
habrán pasado por sus manos y llegaron siempre a destino!!!!
En la calle 10 entre 13 y
15 puso un bar don Faustino Carbone, que todavía conserva, según creo, uno de
sus descendientes.
¿Y será posible olvidar al
simpático pescador don Lorenzo?.... Con su pintoresco grito de “Pesca-Uva”,
ofertaba a todo pulmón la mercadería que llevaba en dos ,canastos pendientes
del extremo de una caña, en uno portaba fruta y en otro pescado.
Sigamos con la enumeración de cierto personajes típicos del Lima
de ayer, y sin olvidarnos de don Genaro Canosa, vendedor de billetes de
lotería, detengamos particularmente el recuerdo en un notable director y entrenador
de equipos, cuyo nombre se me ha esfumado y que actuaba en la Escuela Nº 9,
donde nos ejercitaba en marchas y desfiles, al redoble de numerosos tambores y
logró formar varios cuadros de fútbol.
¿Y don Elías Zárate?. Lo
conocimos durante muchos años como asociado a las andanzas misionales de un
extraño pastor evangelista, con quien recorría las calles del pueblo y las
moradas de la campaña pregonando la proximidad del fin del mundo y haciendo
propaganda de la secta con la venta de libros, folletos y biblias.
Periódicamente se reunían
con sus fieles en la chacra de don Pelegro Guidi, que también había sido ganado
con su familia a la causa de los famosos predicadores!!!!
Después de una temporada
de entusiasmo se fue disgregando la comunidad “Evangelista” hasta desaparecer
por completo.
En una orilla del pueblo vivía el cariñoso y unido matrimonio de
los “Anyulela”, o sea, don Francisco Bontempo y su esposa Angela (De ahí el
nombre “Anyulela”).
Todos los días iban al
campo por pasto, en un carrito rudimentario, desprovisto de elásticos, tirado
por un rocín bastante sufrido y lleno de mataduras.
Era encantador verlos hundidos en la carga de pasto, como un
casalito de pájaros dar brincos y saltos a cada barquinazo de su primitivo
vehículo. En la época de la cosecha fina
y juntada de maíz, se dedicaban a rastrojear, y colocaban en el pueblo el
producto de su paciente labor.
A la vuela de los años se
quedó viuda Da. Angela y contrajo segundas nupcias con Antonio Rodríguez, y
finalmente entregó su alma al Creador, dejándole como herencia a su segundo
marido el simpático apelativo de “Anyulela”.
Entonces como ahora, la celebración que alcanzaba el mayor grado
de solemnidad y adhesión popular, la que envolvía a todos los moradores de Lima
en una común y general oleada de fe religiosa y entusiasmo colectivo, era sin
duda, la conmemoración de San Isidro Labrador, Celeste Patrono de Lima.
Las fiestas patronales se anunciaban clamorosamente en la
víspera, hacia el atardecer, con un intenso repiqueteo de campanas y una
vigorosa salva de bombas.
Al rayar el alba, al día
siguiente, se repetía esta recia e impresionante sinfonía que ponía “la carne
de gallina” en lo niños y muchachitos, que por otra parte ya se regodeaban con
el pensamiento de las novedades y emociones que los guardaban en la jornada.
Los trenes que llegan a
Lima eran contados; no mas de dos o tres por día. Se comprende, pués, que el arribo de cada uno de ellos produjese
cierto alboroto en la población. Cuando
se percibía de lejos el rumor característico del convoy, todos exclamaban a
una: “Ahí viene el tren”, y con un gesto espontáneo e incoercible dejaban la
cocina, la batea o el mostrador, y se asomaban al patio, para observar con un
cierto respeto misterioso el trepidante reptil de hierro y madera que se
deslizaba sobre los rieles y saludaba al pueblo con su nervioso silvato.
Pero el día de San Isidro,
había un tren que cautivaba de un modo extraordinario la atención de todos los
limeños, era el tren que llegaba alrededor de las 9 hs. y en el cual venía una
banda de música.
Su arribo era anunciado por nueva andanada de bombas y por otro
volteo de campanas, y de todos los rincones del pueblo la gente se movilizaba
en dirección a la estación para dar la bienvenida a los músicos y comenzaba a
gozar de sus alegres marchas y arias.
Junto con ellos llegaban
también una cuadrilla de negociantes que aprovechaban la oportunidad de hacer
“su fiesta”, instalando en la plaza ruletas a 20 centavos la vuelta, el tiro al
blanco, caballitos de carreras en miniatura, puestos de frutas, turrones y
chupetines.
Las ceremonias
eclesiásticas se efectuaban con mucho brillo y fervor, y todos los años un
predicador destacado ilustraba nuestra mente y conmovía nuestro corazón haciéndonos apreciar el
valor de la Santa Religión Católica.
De tarde, la procesión de San Isidro Labrador contaba con gran
concurrencia de fieles de pueblo y campaña.
Es sabido que la población rural le tiene mucha devoción a San Isidro
por ser el patrono de los agricultores.
Después se practicaban
variados números de entretenimientos infantiles y populares como la “piñata”,
palo enjabonado, carrera de sortijas, etc.
Y a la noche, como brillante final tenía lugar el incendio de los fuegos
artificiales preparados artísticamente por un gran pirotécnico que era el Sr. Budano
que nos hacía estremecer de emoción a grandes y chicos.
La hora del espectáculo se
aproximaba y el público acudía en mayor número. Los hombres hacían su primera escala en el buffet y las damas se
acomodaban en las butacas o en palcos.
Y allí, entonces, como ahora, menudeaban los comentarios acerca de los
sucesos de la semana: “que fulano le pegó a su mujer”, “que la Seferina rompió
con su novio”; o bien, agudas y acres observaciones al paso como: “Fijate que
tapado fruncido lleva Enriqueta” o “que cara de cuaresma se gasta Da.
Casimira”, etc.
Los chicos esperábamos impacientes el comienzo de la función, y
cansados de estar mirando los cuadros del Rey y la Reina de Italia y de toda la
familia Real que pendían solemnemente de los muros del salón, cuando nos parecía que la cosa se demoraba
demasiado, nos poníamos a golpear el piso con los pies marcando el ritmo de
famoso “Pan Francés”.
Al momento aparecía don
Nicolás Orlando con su atuendo de diestro y avezado operador; subía a la cabina
y a modo de entretenimiento previo nos pasaba por la maquina fotografías
interesantes, que el mismo había tomado; por ej. alguna del viejo “Guanaco”,
que era aclamada estrepitosamente por la gente menuda. El “Guanaco” de marras era un antiguo
carpintero, de luenga barba blanca, rengo por mas señas, y lo que era mas
característico en él, dotado de la poco elegante manía de estar escupiendo a
troche y moche.
Más de una vez, cuando cruzaba la plaza, armado de una sierra o
un cepillo, los muchachones, entre los cuales estaba yo también, le gritaban
:”Guanaco”, y él instantáneamente como movido por un resorte, dirigía sus
provocadores gestos muy expresivos y una andanada de palabras poco
edificantes. Pero volvamos a la sala de
cine. Ya comenzó la película y prosigue
sin mayores novedades. A veces sin
embargo, se producía un corte de corriente con el imaginable alboroto de los
espectadores.
En esos casos, don
Santiago y don Pepe que estaban siempre alerta, corrían a subsanar el defecto,
y se reanudaba la proyección , que casi siempre llegaba al final.
Para asombro de los
lectores debo decir que por los años 1914 – 1915 funcionaba en Lima una
imprenta (Si, nada menos que una imprenta!!!!), cuyo dueño era el Sr. Elizalde
que se desempeñaba a la sazón como sub-comisario de policía y se permitía el
lujo de editar un periódico. Esta
publicación que llevaba por título “El Centinela”, llegó a despertar la
atención del vecindario, pero no tuvo gran existencia.
A la vuelta de algunos años apareció en Lima otra hoja impresa
con el rótulo de “El Pueblo” que también naufragó después de una vida breve y
fugaz.
Hasta que finalmente
surgió “El Limeño” para ocupar el lugar que no pudieron mantener sus
efímeros. Y así lo vemos a nuestro
querido y gran semanario mantenerse firme en la brega en medio del remolino de
mil veleidades y quimeras.
Y ya que de letra de molde estamos hablando, recordemos al que
era entonces agente o representante del diario “La Prensa” don Alfredo García,
fabricante de colchones y muebles.
Hacia 1910 el público
limeño fue sacudido por una rara emoción , al experimentar por vez primera las
maravillas del fonógrafo que era un invento fresco y reciente. Efectivamente llegó un personaje desconocido
con una enorme vitrola a cuestas, que iba de casa en casa exhibiendo “el
fenómeno” y haciendo gustar el primer tango que había sido grabado: “La Morocha
Argentina”.
Pasemos ahora de las emociones de la música a las emociones de
la aviación.
Corrían los años de 1911.
El aviador italiano Cattaneo realizaba un raid aéreo uniendo la ciudad
de Rosario con la Capital Federal, y cruzó en su trayecto el cielo limeño. Volaba bastante despacio y a escasa
altura. Era día Domingo.
Don Ángel, un chacarero de
la Colonia, estaba trabajando con una sembradora de tracción a sangre. Quizás porque los domingos no se debe
trabajar o por otro motivo, los caballos estaban de mala y se empacaron
rabiosamente, no habiendo manera de enderezarlos....
Gritaba y renegaba el furioso chacarero, y en un arrebato de
nervios lanzó una imprecación como esta:
¡Ojalá el diablo me
llevara!!!!
No había acabado de pronunciarla cuando sintió un descomunal
fragor sobre su cabeza, y alzando los ojos con espanto, divisó un monstruo
tremendo que se deslizaba por el aire y parecía que iba a lanzarse sobre
él. Como no sabía que se trataba del
famoso aeroplano de Cattaneo, creyó que el diablo en persona, respondiendo a su
imprecación venía dispuesto a llevárselo, y entonces él abandonando caballos y
sembrados, se largó a una desenfrenada carrera a través de la tierra arada, y
no paró hasta esconderse bajo el techo de su casa, mientras de lejos gritaba a
su esposa:
“Ayúdame que el diablo me
quiere llevar”.
El primer vuelo de avión por el cielo limeño quedará eternamente
ligado a este cómico episodio, que significó para nuestro atribulado chacarero
el susto mas grande de su vida.
Soplaba una brisa glacial
aquella tarde de julio de 1919. Los
limeños comenzaban a buscar un tibio refugio junto a la lumbre del hogar y
preveían para la noche una de esas heladas tremendas que dejan escarcha hasta
después del mediodía.
Pero he aquí la calma y el regocijamiento pueblerino son
súbitamente alterados por el retumbante fragor de un aeroplano que vuela a
escasa altura y evoluciona en círculos espirales, dando muestras de querer
aterrizar.
La gente, presa de la
conmoción y movida por la curiosidad, se olvidaba del frío, de la conversación
y de las labores domésticas.
Todos se precipitaban a la
calle cuando comprenden que el aparato a descendido a tierra, sólo piensan que
tienen que ir allá para verlo, tocarlo, contemplarlo.
Efectivamente se trataba
de un avión de fabricación francesa, piloteado por un ex combatiente del mismo
origen, que había luchado en la primera guerra mundial por causa de su
patria. Terminada la conflagración, el
aviador se vino acompañado de su maquina hacia estas tierras de América, con el
objeto de suscitar el entusiasmo y el conocimiento de la aeronáutica. De tránsito por el cielo limeño, el aparato
sufrió un desperfecto y debió aterrizar en la estancia “La Fulgencia” (actual
establecimiento “Los Azahares”) cuyo arrendatario era el Sr. Miguel Brun.
Al momento el avión estaba rodeado de un hormiguero de gentes
que había acudido en sulkis, jardineras, carros, autos de cadenas y los demás a
pie o caballo.
Y se empeñaban a porfía en
grabar sus nombres, o estampar sus firmas, o pintar los consabidos corazoncitos
flechados en las alas, el fuselaje, el timón.
Casi todos por primera vez en su vida veían de cerca un avión.
El piloto francés esa
noche fue traído triunfalmente al pueblo, y en su homenaje se ofreció un lunch
en el “Centro Recreativo Juventud Limeña”, que es actualmente el “Centro
Social”, y que entonces tenía la sede en el salón de la Sociedad Italia que
está frente a la plaza.
Se brindó ceremoniosamente, se bebió sin timidez, se charló con
animación y hasta se cantó la Marsellesa: “Allons enfants de la Patrie, le jour
de glorie est arrivé”
El aeroplano partió al día
siguiente de tarde, pero quedó establecido que dentro de la semana volvería
para proporcionar a los limeños la ocasión de ejerce prácticas de vuelo, en
vista del entusiasmo aerodinámico que habían mostrado.
Dicho y hecho: las alas francesas surcaron nuevamente el cielo de Lima.
El campo de aterrizaje siguió siendo la chacra de don Miguel
Brun, con desbordante alegría de sus pequeños, especialmente Vicente y
Fernando, ya que se sentían aviadores.
Mas de una semana duró la
gran aventura y era permanente la afluencia de numeroso público. En buena parte ansiaban ardorosamente que
les llegase el turno de dar una vuelta en el avión, como pudieron hacerlo los
que quisieron, a cambio de $ 30 por viaje que duraba un cuarto de hora.
Aparte del aviador subían
dos pasajeros por primera vez. La
primera vuelta la dieron el Dr. Aurelio Aleotti y don Manuel Sbarra, y la
segunda, los Sres. Nicolás Orlando y Pepe Coarassa. Don Miguel Brun iba a subir junto con el Sr. Iglesias, pero éste
desistió a causa de los ruegos y la aflicción de sus hijas, sustituyéndolo el
simpático don Julián.
Notemos que entre las damas solo una se animó a volar: Da. Sara
Fulco de Arenaza; y que los últimos días los pasajes se rifaban a razón de $ 1
el número.
De noche el piloto se alojaba en el hotel de Paganini, mientras
su aeroplano era custodiado por un sereno contratado especialmente. Cuando quedaba estacionado era amarrado con
cables, cuyos extremos se ataban a estacas clavadas en el suelo en todo el
perímetro del avión que siempre era ubicado de proa al oeste, en previsión de
algún vendabal.
Pasaron veloces esos días
de continuadas emociones y finalmente partió el francés con su avión,
llevándose enredado en sus alas el corazón del pueblo limeño.
Don José Demario (Alias
Odetto) aparte de ser “Fígaro” habilidoso poseía también un alma artística,
amaba la música y tocaba el pistón.
El apelativo “Odetto” le quedó por su costumbre de rubricar o
reforzar sus afirmaciones con la fórmula “he dicho”, en italiano “ho detto”.
Su peluquería “El
Progreso” después de recorrer varios lugares del pueblo se establece en local
propio, en la calle 6 entre 11 y 9. En
realidad don José había sido traído a Lima por el Sr. Vicente Palazzo, en cuya
barbería trabajó detrás de la estación
del ferrocarril.
Cuando terminó la primera
guerra mundial toda la gente salió a la calle, los del campo acudieron con sus
vehículos para exteriorizar el júbilo de las circunstancias, y en medio de la
muchedumbre hacía vibrar tonadas marciales el simpático don Odetto junto con
sus compañeros de banca.
Mas tarde, se detuvo en
Lima para tomar agua, el tren oficial solemnemente embanderado, que viajaba de
Buenos Aires a Rosario el príncipe Humberto de Saboya.
Se juntó la colectividad
italiana en pleno alrededor del convoy, y con el entusiasmo delirante vivaban
al querido heredero de la corona.
Odetto no podía faltar, y con un toque de atención ejecutado al estilo
del ejército italiano consiguió que el príncipe Humberto como electrizado se
cuadrase e hiciese la venial.
Otra de las figuras que
han permanecido grabados en la imaginación popular es la de don Manuel Fulco,
que compartía sus aficiones entre las labores de la chacra y la crianza de
caballos de carrera.
Pero sobre todo se lo recuerda por el trágico fin de su vida,
acaecido en curiosas circunstancias cuya explicación hay que buscarla en el
espíritu de la política de antaño, espíritu que felizmente ha sido superado por
la evolución de los tiempos.
El féretro fue llevado a
pulso y acompañado por una muchedumbre impresionante desde el pueblo hasta la
estancia “La Primavera”, para ser velado en la casa paterna (Actual propiedad
de don Alfredo Pret). La banda del
cuerpo de bomberos de Zárate formaban en séquito y conmovía las mentes al son
de sus fúnebres marchas.
Entre las familias
destacadas del antiguo Lima merece ser mencionada la de don José Merlo, a quien
cabe el honor de haber sido el constructor de las primeras casas del pueblo, al
mismo tiempo que abastecía de materia prima para las obras, pues era dueño de
un enorme horno de ladrillos.
Tenía su residencia en el
actual local de la sub comisaría, que en aquel entonces era una hermosa y
señorial mansión.
Hijas buenas mozas y obedientes, hijos laboriosos y diligentes
eran el mejor ornato de los esposos Merlo.
¿Quién de los de edad
madura no recuerda con simpatía a ese hombre alegre y bondadoso como pocos, que
se llamó don José Goycochea?. Su
vivienda ubicada en el sector rural de “Las Siete Vueltas”, tenía las puertas
siempre abiertas para la caridad cristiana.
Poseía un tambo y todos los días venía al pueblo para el reparto de la
leche parando su carrito, continuamente de buen humor y entonando alguna
canción sin reparar en lluvias ni solazos y sin asustarse de los tremendos
pantanos que deshacían los caminos. Por
supuesto, vendía la leche a 10 centavos el litro, y también colocaba alguna
porción de manteca que reservaba a su gran amigo y paisano, el vasco Tiburcio
Aramburu, y que trocaba por artículo del negocio de éste. Cuando el precio de la compra se excedía al
de la venta, don José tenía a formula a flor de labios: “Tiburcio, después
emparejamos con manteca”.
Por los años 1916 – 1917 sobrevino una gran crisis económica que
significó para la Argentina una época de notables penurias.
Como es de suponer, Lima
sufría también las consecuencias de ese estado general de las cosas. En tales circunstancias apareció en el
pueblo una persona venida de la Capital que en la actual esquina de la flia.
Mondino instaló una venta de pan que traía diariamente de la ciudad. Era un pan redondo de una pieza por kilo, que
se vendía a 10 centavos y que dio a llamarse “pan radical”.
Esta designación se debía
al hecho de que el forastero se presentaba como perteneciente al partido
radical, como admirador de don Hipólito Irigoyen y deseoso de favorecer al
pueblo.
Aunque no faltaban entre
los ancianos, algunos enterados que afirmaban que todo ello era una cortina de
humo para disimular la intensa actividad que desarrollaba en el ámbito del
juego vedado. No había en el pueblo una
partida donde no estuviera presente el “benefactor del pueblo”.
En 1917 se declaró una
huelga ferroviaria que paralizó de manera absoluta y total el servicio de trenes durante 24 días, aunque se
desarrolló en forma pacífica, sin mayores incidentes. Se llevó a cabo por motivos estrictamente laborales, para lograr
un día de descanso semanal y aumento en los salarios.
Entonces la jornada de
trabajo era de 12 horas, desde las 7 hasta las 19 y no había franco.
La empresa acabó por
concederlo y también otorgó un 10% de aumento en la paga obteniendo por su parte
autorización de Gobierno para incrementar en un 22% las tarifas de las
cargas. Y así cesó la huelga,
comenzando a correr los trenes, con algunas precauciones los primeros días, una
maquina exploradora venía adelante, conducida por militares, y después pasaba
el tren.
A la sazón se desempañaba como jefe de la estación de Lima don
Santiago Bissio, quién aprovechó el tiempo de la huelga para realizar una obra
de progreso y embellecimiento. Hizo
venir a la estancia “Las Achiras”, al jardinero don Rafael Benedit, un
simpático peninsular de la “Bassa Italia”, bigotudo y pipón, que se llamaba
Gentile, con el fin de diseñar y formar el jardín de la estación.
Cobró $ 25 por un trabajo verdaderamente artístico, que duró
varios días.
Don Santiago, el jefe,
mereció unánimes felicitaciones del público y también de parte de las empresas,
que le asignó como premio $ 50 cada año.
Hablando del ferrocarril, es bueno a recordar que existía un
desvío que llegaba hasta la chacra del Sr. Bisi, donde en aquellos años tenía
una pastería don José Cabarelli junto
con sus hijos, quien abastecía de pasto a la Municipalidad y a la policía de la
Capital y en otras dependencias oficiales.
Diariamente cargaba de pasto fresco numerosas chatas de tren y también
mandaba manojos de alfalfa (a 5 cs. c/u) para los studs de Palermo. El desvío pasaba al lado del “galpón negro”
del Sr. Alsina, donde los colonos del mismo depositaban el maíz en espigas,
para ser luego oportunamente desgranado cerca de la casa habitada ahora por la
flia. Crocco.
Es natural que incluyamos
en este cuadro del antiguo Lima a ese hombre generoso y trabajador que fue don
Domingo Guidi, miembro de una extensísima familia y padre a su vez de numerosos
hijos.
Actuó durante varios años como administrador general de la
Colonia de Atucha, que era un cargo de importancia y responsabilidad.
El vivía con los suyos en
la actual residencia de Sr. Faustino Avigliano, atendiendo su chacra que no
formaba parte de la Colonia.
Para el cumplimiento mas rápido y eficiente de su oficio de
administrador, se compró un Ford nuevo, que manejaban por turnos sus hijos,
especialmente don Ezequiel, que era muy aficionado al volante.
El patrón, don Florencio,
ponía a su disposición la nafta y el aceite, le entregaba dos cubiertas por
año, y como retribución por su carga le asignaba una mensualidad de $ 400, que
era entonces una respetable suma.
Don Domingo recorría diariamente la Colonia en su auto, entrando
por la portada que daba frente a la estación de Lima, y seguía por las varias
Colonias: San José, San Sebastián, La Justa, El Paraíso, El Rincón, observando
los trabajos, echando los problemas de los colonos y transmitiéndole las
directivas de don Florencio Atucha.
Luego se dirigía a la sede de la administración situada en la casa que
está junto a la portada de “Las Achiras” frente al paso nivel del camino a
Santa Rosa. Allí el administrador
despachaba los trámites del día, cargaba combustible en los surtidores y volvía
a su hogar.
Notemos el paso que entre
los pobladores de la Colonia había varias docenas que pertenecían a la flia.
Guidi que sumados a los muchos Guidi de Lima, hacían algunos centenares.
En todos ellos se destacaba la bondad como una herencia
tradicional.
Es también verdad que en
algunos aspectos había una mayor abundancia de bienes, lo cual era un aliciente
para la benevolencia, y así como nos regalaban en la Colonia un enorme paquete
de productos de granja, podíamos traer al paquete de la estancia Santa Rosa una
pila de granadas, del monte del Colegio de Arte y Oficios de Atucha, hasta un
carro de duraznos, que el director obsequiaba a las personas conocidas.
A propósito de la estancia y del Colegio mencionados, muchos
están pensando que convendría ilustrar a los lectores acerca de la índole y la
marcha de los mismos, pero los tranquilizo anticipándoles que una persona muy
autorizada, especificando mas, el Sr. Párroco, Pbro. R. A. Canitano está
preparando un “Ensayo Histórico sobre los Orígenes y el Desarrollo de Lima”,
donde habrá una sección particular para los establecimientos agrarios.
Yo pues, me limito como de
costumbre a trazar algunas pinceladas sueltas que sirvan para ponernos otra vez
en contacto con el espíritu poético y vital de esa época que ahora añoramos
tiernamente.
Casi se me queda en el tintero un antecedente deportivo que nos
valió horas de entretenimiento, de emoción y de triunfos. Detrás de la panadería del Sr. Artola, unos
cuantos muchachos formamos un equipo y club de fútbol que se llamó “9 de Julio”
y que paseó su destreza y bizarría por Las Palmas, Zárate, Alsina, Baradero.
En mis años de niño,
cuando vivíamos cerca de nuestra querida Iglesia San Isidro Labrador,
recuerdo que mi padre, entonces Juez de Paz del pueblo, se dedicó durante 3
meses, con todo fervor patrio, a confeccionar un gran escudo argentino, y
nosotros sus hijos, le ayudábamos con entusiasmo desbordante, pues se trataba
de tenerlo listo para el 9 de Julio, y colocarlo en el frente de casa.
Formaba su base un enorme óvalo de madera de un metro y medio de
alto, y a modo de tapizado, se le colocó encima un relleno de estopa forrado
con raso de seda celeste y blanco, campeando en la parte superior un sol
radiante de mostacilla, y el conjunto estaba enmarcado en hojas artificiales de
laurel.
Pienso con honestidad que
estaba muy bonito, pero a la gente no le cayó mayormente en gracia. Al mirarlo fruncían el ceño y comentaban que
se parecía a un vulgar almohadón.
Ahora me causa gracia, y
juzgo que la explicación quizás haya que buscarla en aquello de “Pueblo chico,
infierno grande” o bien aquello otro que “ninguno es profeta en su tierra”.
En mis relatos incurro con
frecuencia en menudos detalles que pueden parecer demasiado mínimos e
intrascendentes, pero en realidad para los que recordamos con afecto las cosas
del pasado, esas pequeñeces constituyen como el vistoso encaje que de realce a
la sustancia de los hechos.
Mis lectores pues, me perdonarán si una vez mas lo introduzco en
uno de esos típicos despacho de bebidas de la época, que atraían diariamente a
numerosos parroquianos, que por lo general no se caracterizaban por su espíritu
laborioso ni progresista. Al entrar, ya
llamaban la atención sobre el mostrador, unos enormes frascos de vidrios,
repletos de espiritosa caña mezclada con diversas frutas, como uvas, guindas o
trocitos de durazno. Se pedía una
copita de esa bebida, y se servían con la fruta adentro, y todo por 10
centavos.
Otros preferían una copa
“suisse” o ajenjo, y se lo mezclaban con un poco de jarabe blanco: daba un
sabor realmente apetitoso y cierto aroma de anís. Su fragancia saturaba el ambiente. Esta bebida fue prohibida por el gobierno por ser nociva para la
salud.
¡Aquellos tiempos no eran
de “Bidú” ni Coca – Cola”!!!!.
Corresponde reservar un
recuerdo especial y una mención aparte a las pulperías o boliches de campo, que
asomaban su vetusta pero atrayente estampa sobre el monótono horizonte rural,
recostado junto a los caminos reales que no podían lucir otro ropaje mas que su
manto de polvo y fango.
A la distancia se dibuja a nuestra imaginación la silueta mágica
de las pulperías, jalonadas de postes y palenques, a los que se mantenían
atados durante interminables horas, largas hileras de parejeros, sulkis y
carros, amén de alguna que otra chata que estacionaba la impresionante figura
de su pesada mole. Mientras tanto, en
el interior la peonada y el paisanaje recostados sobre el mostrador rociaban el
gargero con intensas libaciones; o en torno de una mesita atronaban el ambiente
con su jerga de hombres de juego, al compás de los nerviosos movimientos de sus
manos con revoleo de cartas que luego restallaban sobre la tabla; o en la
penumbra de un rincón prestaban oído al relato de un extraño consejo o de algún
drama pasional reciente.
En los patios y aledaños del boliche golpeteaba sobre el liso
suelo la cautivante tabla, o se entrechocaban con estrépito las bochas de
quebracho, que era el juego predilecto de los colonos lombardos y toscanos.
De vez en cuando una
trágica pincelada roja de sangre humana era la rúbrica obligada de
espeluznantes facones, que refucilaban un instante y se hundían en las carnes
para demostrar destrezas o vengar agravios.
Si seguimos el camino real
que va de Zárate hacia Baradero o el camino del Bajo, como lo llamaban, nos
detenemos en primer lugar ante un despacho de bebidas que es el heredero
directo de la antigua pulpería “Los Vascos”.
Su dueño, don Elortondo era suegro del Sr. Inchausti, y por lo tanto
íntimamente relacionado con Lima, aunque su negocio estaba mas cerca de Zárate
que de nuestro pueblo, y fuera de los límites del cuartel 5º.
Ya cerca de nuestra
circunscripción cerca de la estación de Las Palmas y siempre por el mismo
camino, entramos en el “boliche de Cueto”, cuyo patrón era don Saturnino
Couette, pero el público le dio una forma criolla a su apellido de origen
francés. Don Saturnino estaba casado
con la Sra. Ángela Barbieri, hermana de ese simpático patriarca de la campaña
limeña que se llama Pedro Barbieri.
El Sr. Cueto también
desempeñaba el cargo de jefe de oficina de Correos, que funcionaban junto a su
casa, y que contaba inclusive con servicio de cartero. Pues no hay que olvidar que en la época de
mis relatos existía un verdadero pueblito en torno del frigorífico “Las
Palmas”. Al cerrarse este
establecimiento se fue disolviendo la población hasta desaparecer.
En el tramo de Lima a Atucha abría sus puertas el boliche que
atendía el Sr. Laureiro con sus hijos, cuyos parroquianos mas habituales eran
los chacareros, bastante numerosos en aquel tiempo.
Mas tarde, a causa del
accidente en el que el fuego hizo estragos, tomó el nombre de “El Quemado”, y
actualmente es el local de la industria de cerda, que allí tiene la firma Damín
Y Cia.
En el camino que pasa
frente al cementerio también se alineaba una serie de pulperías. Por ejemplo, la del Sr. Santángelo, en el lugar que todavía ocupan
sus familiares. En la esquina de la
actual propiedad de don Emilio Lombardo, había otro, a cuyo frente estaba el
Sr. Urouro. En el cruce de la escuela
Nº 22, atendía un comercio similar, don Santiago Stanicio, a quien sucedió el
Sr. Ramírez.
Por último me acuerdo del boliche del “Vasco Loco”, que todavía
se conserva, en el paraje “El Bagual”, cerca del deslinde con Capilla del
Señor.
Todas las pulperías
presentaban en sus fachadas unas ventanas muy altas, munidas de enormes rejas;
sobre el mostrador del despacho se levantaba un fuerte enrejado provisto de una
ventanilla. Las relaciones entre el
patrón y los clientes solían desarrollarse a través de una valla de seguridad.
¡Así lo exigían las
costumbres un poco ásperas y recias de aquellos tiempos!.
Hoy nos proponemos pintar
y encuadrar el relato de un característico personaje, para ubicarlo en su
correspondiente en esta especie de galería de las antigüedades limeñas, que
vienen a ser nuestras “evocaciones pueblerinas”.
Se llamaba don Marcelino Lynch Pueyrredón, y estaba entroncado
con una familia de auténtico y rancio abolengo aristocrático.
A través de su estampa
maciza y desmesurada, dejaba traslucir que era poseedor de una cultura mas que
mediana y que por sus venas corrían caudales de sangre azul.
Sobre la decadencia del
presente se adivinaban aún las líneas brillantes de una grandeza pasada. Don Marcelino dedicó a las azares de la
vida, había venido a menos en su condición social y económica.
Sus viejos amigos lograron
acomodarlo en cierta medida, otorgándole una sinecura que le aseguraba un
“modus vivendi” bastante honorable: fue nombrado inspector de la “Defensa
Agrícola” en nuestra zona, por lo cual tenía fijada en Lima su residencia
habitual.
Solía vivir en la vieja casa del Sr. Palazzo, detrás de la
estación del ferrocarril, y su actuación en nuestro ambiente comprende el
período que corre del año 1917 a 1930 aproximadamente.
Llamaba en gran manera la
atención por la enormidad de su físico, pues tenía como dos metros de altura y
mas de dos quintales de peso. Eran
inmensas sus espaldas, exuberante la
papada, dilatada su cintura: Un verdadero gigante!.
Por las tardes acostumbraba a pasar largo rato descansando o
tomando aire en la vereda, sentado en una no sino en dos sillas, puestas a
continuación la una enfrente de la otra, con los respaldos hacia fuera, en uno
de los asientos apoyaba su retaguardia yen otro su abultado abdomen. Mientras tanto chupaba con meditabunda
tranquilidad una interminable serie de mates (cuatro o cinco pavas de agua).
En el cumplimiento de su
misión se desempeñaba con espíritu de benevolencia paro también con suficiente
diligencia y responsabilidad.
Recorría con periódica
regularidad las estancias y chacras de la zona, para vigilar y asegurar la
eliminación de abrojos y otras malezas de bichos cestos, langostas y otras
plagas, y se mostraba particularmente severo respecto del bicho canasto y el
abrojo.
Don Marcelino Lynch Pueyrredón usaba para sus viajes al campo un
vehículo especialmente construido o adaptado para su corpulencia, de ruedas
bajas y muy sólidas, con elásticos reforzados, tirado por dos y a veces tres
caballos.
Lo acompañaba siempre un
muchachito que abría las tranqueras y lo ayudaba a subir y bajar del
carruaje. Don Marcelino ocupaba
prácticamente todo el asiento, sobrando solo una rendija para el acompañante o
secretario. Impresionaba observar como
cedían los elásticos, a pesar de ser extraordinariamente sólidos.
Solía avisar con anticipación a la gente del campo y la chacra
que pensaba inspeccionar y esto no era solamente un gesto de delicadeza, sino
también una medida práctica de precaución y prudencia, pues generalmente se
quedaba a almorzar. Y un almuerzo para
Lynch Pueyrredón era un asunto serio
que no podía improvisarse fácilmente agregando un poco mas de agua a la sopa,
ya que su ración de comida equivalía a la de ocho personas.
Para satisfacerlo había que presentarle cinco o seis churrascos,
dos docenas de chorizos y otras menudencias.
No raras veces él solo llegó a comerse un cordero asado todo
entero. Después de esas pantagruélicas
comidas, necesitaba por lo menos un par de horas de tranquilidad absoluta, sin
movimiento ni ejercicio de ninguna clase y así se efectuaba la digestión.
Pero no nos adelantemos a
los hechos. En sus giras, al pasar las
tranqueras ya empezaba a observar los campos y si notaba algún abrojo lo
arrancaba y lo cargaba en el sulki a manera de cuerpo del delito.
Cuando llegaba al patio de la casa en medio de la algarabía de
los perros que ladraba a porfía , y el revoleo de las gallinas que cacareaban
alborotadas. Don Marcelino, después de
los primeros saludos a los dueños del lugar, esgrimía ante sus ojos la maleza
que había arrancado, y con un gesto de amable reconversión insistía en la
urgencia de extirpar esa plaga de la agricultura.
Luego le daban un manito
para que se apeara del carruaje, lo conducían a la galería o cocina, en cuyo
piso apoyaba invariablemente su inseparable valija, colocándole encima el
sombrero; y de inmediato le arrimaban las dos sillas para que estuviera cómodo
el señor.
Hoy bajamos el telón
definitivamente sobre una larga serie de episodios del pasado limeño. Estas pinceladas semanales nos han permitido
a todos, como se ha podido comprobar por las reacciones del público lector,
sentirnos identificados con las costumbres y personas de otros tiempos, a pesar
de las diferencias accidentales, y palpar a vivo la real continuidad en la
historia de los pueblos. Para nosotros
el Lima de antaño es el mismo que el de ahora, uno en su espíritu y esencia.
Y sin embargo, muchas cosas han cambiado....¡Vaya sinó!.... Comenzando por nosotros que éramos unos
niños despreocupados cuando se desarrollaban los sucesos y ahora que los
narramos somos personas maduras que sentimos el peso de los años y de los
problemas.
Pienso que todos los limeños, cualquiera se su situación, deben
complacerse en dirigir la mirada a las épocas de antes para extraer de ellas su
mensaje de poesía, optimismo, generosidad y amor y luego proyectar todo ello
hacia el futuro para labrar la verdadera grandeza de nuestro pueblo.
Antes de terminar, y como
pública confesión, si es que fuera necesaria, me complazco en ratificar mi
profundo y entrañable amor a Lima, que es el pueblo en que nací.
Lo quiero como fue antaño
y como es ahora, si Dios me da vida para conocer en el futuro un Lima grande y
fuerte, lo que he de querer, ni mas ni menos, lo mismo que el presente.
El hecho de encontrarnos
lejos de Lima por exigencias de la vida, no disminuye el afecto terruño, al que
siempre me siento unido por el recuerdo y el corazón y diría que en este tiempo
estuve mas cerca que nunca de él, mediante las semanales “Evocaciones
Pueblerinas”, cuya sustancia ha brotado del fondo de mi alma.
(O lo que pudo ser su historia y no llegó a serlo)
Las cosas sucedieron así. Corría el
año 1914.
La persecución religiosa arreciaba
en la república de Méjico. La comunidad Benedictina de ese país juzgó oportuno
el terreno en otras naciones americanas en busca de ambiente mas propicio.
Con este fin fue comisionado el Rdo.
Padre Fermín de Melchor, quien se encamino a la Argentina y se puso en contacto
con Monseñor Terreno, Obispo de La Plata.
El ilustre prelado pensó que las
ansias de apostolado del Padre Fermín quizás podrían verse satisfechas en un
medio bastante necesitado en lo espiritual y poco trabajado hasta el momento ,
que existía por allá al norte de la provincia, en el partido de Zárate;
precisamente en Lima y en Atucha.
En efecto, ya hacía 15 años se había
levantado la iglesia en Lima, que según las anotaciones del padre Fermín en su diario "era un pueblo bastante
importante, de unos tres mil habitantes". En el aspecto de su potencial
económico, Lima de 1914, con sus numerosos pobladores, comercio vigoroso, con
agro en plena producción, no era inferior al Lima de nuestros días.
Por eso Monseñor Terreno pensó en
Lima (aunque con algunas reservas y bastante grandes, como después veremos) y
le envió al Padre Fermín de Melchor para que fuera su apóstol.
En el mes de diciembre pudo., al
historiar los antecedentes de la feligresía limeña en nuestro periódico
indicamos que un Sacerdote Benedictino había estado de tránsito en nuestro pueblo. Pero de las memorias
escritas por el Padre Fermín se concluye que su venida acá era más que de paso;
era mas bien para prueba o experimento , y traía la intención de radicarse o
establecerse de manera permanente.
Pero Monseñor Terreno al pensar en
Lima también pensaba en el paraje de Atucha y en la próspera estancia que allí
poseía Don Florencio, a diez minutos de tren de nuestro pueblo. sobre todo al
obispo el interesaba el colegio que en la citada estancia mantenían Don
Florencio y su señora esposa Da. Nydia Ocampo de Atucha. era otro magnífico
campo de acción para el Padre Fermín, quién podría desplegar una eficaz obra de
formación entre los alumnos....
Con estos planes en la cabeza, el
padre Fermín Melchor arribó tierras limeñas, allá por septiembre de 1914. Como
en aquel entonces la iglesia carecía de casa o vivienda para el Sacerdote, el
Padre Fermín buscó hospedaje en la fonda o pensión que el Sr. Juan serena,
Caracterizado vecino del pueblo tenía detrás de la vía en la casona que había sido
propiedad del Dr. Alsina.
Presentaba la ventaja de estar cerca
de la estación del ferrocarril, y por otra parte el trato era bueno con las
comodidades suficientes y el costo razonable: un peso ($1) por día!...
El Padre Fermín en sus apuntes,
siguiendo la expresión popular corriente , designa la pensión con el nombre de
"El Boliche de Don Juan"!....
Y comenzó su ministerio o actividad
Sacerdotal que alterna entre el colegio de Lima y el colegio de Atucha,
Celebrada la santa misa, predicaba, enseñaba el catecismo, etc.
pero sus buenas intenciones se
vieron dificultadas por dos dificultades principales: una extrema frialdad e indiferencia religiosa que reinaba en el
ambiente y la angustiosa escasez de recursos para el diario sustento. ¡Su labor
apostólica le rendía apenas veinticinco pesos por mes ($25) y debía pagar
treinta pesos por la pensión....¡Era la bancarrota!
Por razones perentorias de economía.
El Padre Fermín abandonó la fonda de Don Juan
y se trasladó a una casa antigua a la iglesia que es la muy cómoda y
completamente remozada que posee en la actualidad la flia. Maggio, pero en
aquél entonces era una vivienda primitiva y destartalada (propiedad del
vasco Tiburcio Aramburu) en la que se
daban cita todas las arañas y hormigas de la zona.
El mismo sacerdote debía hacerse la
comida valiéndose para ello de un calentador "Primus" y un chico le
traía la diaria ración de agua.
El Padre Fermín pudo equiparse
siquiera con un somero moblaje: un mesita, unas sillas, etc. gracias a la
gentileza de un grupo de piadosas señoras y señoritas que constituían un
hermosa excepción en medio de la general apatía del ambiente.
Fue principalmente esta atmósfera de
indiferencia religiosa lo que más lo desalentó.
En sus memorias consigna con estupor
que durante los tres meses que permaneció en Lima no apareció por la iglesia ni un sólo hombre!... salvo
que mencionemos a un difunto que trajeron par el responso final!...
Sucedió pues lo que se podía prever:
el Padre Fermín de Melchor después de residir aquí por espacio de unos tres
meses (de septiembre a noviembre de 1914) no pudo aguantar más, y medio enfermo
volvió a Buenos Aires y se hospedó en el convento de San Francisco.
Luego se fue a La Plata para dar las
gracias al monseñor Terreno que le había proporcionado esa oportunidad. El
obispo, que conocía la real situación de esta zona, apenas lo vió le escuchó
las primeras palabras exclamó asombrado: "¿Cómo has soportado tanto? !Yo
no creí que pudieras resistir más de cuatro días!".
así termino, casi diríamos sin pena y
sin gloria y de una manera demasiado prematura esta empresa espiritual, toda
llena de brillantes posibilidades para el porvenir limeño, posibilidades que
resultaron fallidas.
tengamos en cuenta que el Padre
Fermín Melchor juntamente con otros compañeros acabaron por fundar la actual
Abadía de San benito en el Barrio de
Palermo de la Capital federal.
¿porque no hubieran levantado entre
Lima y Atucha una Abadía rural ,
semejante a la del Niño Dios, que otra Comunidad Benedictina ha erigido hace muchos años en la localidad de Victoria
en la provincia de entre Ríos?....
una institución como esa habría sido
para nuestra zona un foco de cultura y de progreso tanto en lo material como en lo espiritual.
Un otoño húmedo y lluvioso se abatía
sobre el poblado y la campaña. Noches largas, hoscas, negras. Días grises;
transidos de tedio y melancolía . Un cielo inagotable cubría la tierra con un
mar ondulante aguas.
Trajinar por esos callejones y caminos de Dios era una lucha desigual
cual manto de lienzo que absorbía y atrapaba.
Noche del cinco de mayo en un rincón
de "Las siete vueltas".... La tristeza del paisaje se apoderó del
hogar de los Araujo.
De la cimera del techo pendía una
lámpara de kerosene y seis velones chisporroteaban en torno a un difunto: un
joven de diecisiete abriles , Pablo Julián Araujo Montero había sucumbido a los
embates de un ataque cerebral.
esos últimos días se perfiló
repetidas veces sobre el fondo plomizo del ambiente campesino la inconfundible
figura del Dr. Aleotti , apóstol de la medicina, que prodigo atenciones al
muchachito enfermo. pero la muerte dijo: "yo me quedo"...y los padres
y hermanos lo están velando a Pablito ,
sumidos en la tristeza; en esa tristeza paraca y severa que brota del corazón
criollo curtido por el dolor y templado
por la fe cristiana.
Una circunstancia especial, aparte
de la edad juvenil del difunto, ahonda los sentimientos de.
Pocos días antes y a corta distancia
del lugar , había sido habilitado en
una parcela del campo de Don Santiago
Berceletti, el cementerio de Lima, que iba a ser efectivamente inaugurado con
el sepelio del joven Araujo, primer huésped de la ciudad de los muertos.
El 6 de mayo se movió el cortejo.
Después de una última mirada de que querría haber sido eterna , cerraron el ataúd,
que fue donado por la familia de Don José maría Arenaza (pues lo habían destinado para el primero que recibiese
sepultura en el Cementerio; y el luctuoso privilegio le correspondió a
Pablito...)
Lo llevaron a pulso sus doloridos
familiares y amigos, sorteando las mil dificultades de un camino increíblemente
inundado. desde lo alto del coche fúnebre (propiedad del Sr. Germán Palacios,
dueño de la funeraria de Lima), hasta el mismo coche Don Julián Gómez mostraba
demudado su rostro habitualmente impasible.
Llegaron por fin al Camposanto y
Pablito Ocupó su lugar. Mientras su alma ya se hallaba ante el acatamiento de
Dios, su cuerpo se reclinaba en el benigno regazo de la tierra.
Transcurrieron los días, los meses,
y los años. Ya han pasado cuarenta años y en innumerables sitas fueron deshojar las flores de su cariño sobre la
tumba del fallecido , sus padres ya difuntos: Don Pablo Araujo y Da. Jacinta
Montero, y sus hermanos: Carmen, Severo (también finados), Felipe, Jesús
Alberto, Daría A de Urouro, Camila A. de montero y Olaya A.. de Gómez, que aún
peregrinan este valle de lágrimas.
Desde el 6 de mayo de 1919 Pablito
recibía cada tanto la visita de algún compañero que estableció mirada junto a
la suya, y al término de cuarenta años son incontables sus ciudadanos, los
conciudadanos de las ciudad de los muertos. Y allí él y ellos esperan un día
grande y solemne, el día de la resurrección de la carne.
Mientras tanto con su mudo lenguaje
mas elocuente que el mejor discurso, nos están diciendo <
2 El Oratorio de la Pesquería
Si el anterior oratorio está ligado
al recuerdo dela familia Zárate, éste que se llamó "de la Pesquería",
podemos relacionarlo con el nombre de los Monsalve, que fueran antiguos
moradores de la zona. En efecto, hacia 1713 poseía allí una estancia el capitán
Tomás Monsalve, regidor de Cabildo de Buenos Aires.
Su
hijo José Pascual siguió la
carrera eclesiástica y desempeñó una
notoria actuación .
En 1747 puso en posesión de su cargo
al Cura Párroco de San Antonio de Areco Pbro. Cristóbal Giles, de quien hemos
hablado anteriormente, y diez años más tarde estuvo presente en los funerales
del mismo.
Pero lo que más interesa a nuestro
intento es subrayar que el sacerdote
José Pascual Monsalve creó en el predio de la Pesquería un oratorio que tuvo como patrono a la Virgen de Carmen.
La providencia ha querido que en esta zona perdurara más bien la advocación de
Ntra. Sra. del carmen, o sea la titular del oratorio que hoy nos ocupa y que
fuera fundada por el Padre Monsalve.
Por mucho tiempo Fray Juan
Buenaventura tuvo bajo su cuidado la atención del oratorio , pero a los pocos
años de su fallecimiento sobrevino un
tremendo huracán que derrumbó este
lugar sagrado , 1829.
¿Donde estaba emplazado el oratorio?
Parece que los campos que fueron de
Rodríguez González, y después de Félix Inda, cerca del viejo puente de la
Pesquería, camino a Escalada, sobre una loma vecina a las casas de los Inda y
de los Imaz.
El historiador Botta señala que
"por la posesión de la imagen de este oratorio se han producido enojos
litigiosos, pasando al fin a poder de Elías Rodríguez Frías, sobrina nieta de
Fray Rodríguez trasladándola esta a su estancia. Elías Rodríguez Frías había
nacido en el pago de la Pesquería en 1792. Contrajo matrimonio con Juan
Bautista González, y falleció en 1882,
a los 90 años.
La imagen permaneció en su vivienda
durante muchos años, concurriendo allí el vecindario paraje a rendirle
culto"
Después la imagen pasó a poder de
José González Vd. de Zárate, Heraclio M. González y Sara González Vda. de Melo, descendientes de Da. Elías
Rodríguez Frías y de Don Juan B. González.
Al respecto leemos en la Historia de
Botta, "que el vehículo que la condujo en esa oportunidad, sufrió
contratiempos serios antes de trasponer el puente existente sobre el arroyo de
la Pesquerías, suceso al que los designios divinos, por lo que sostuvieron no
debía salir de su primitiva sede.
Lo cierto es que los nuevos dueños
conservaron piadosamente la imagen en su casa de Villa Fox, hasta el año, fecha
histórica en que esta antiquísima reliquia fue trasladada en solemne procesión
hasta el Templo de Ntra. Sra. Del Carmen , donde fue entregada a la autoridad
parroquial, labrándose ante escribano público la correspondiente acta de donación.
Allí se encuentra junto al altar,
mayor, expuesta a la veneración de los fieles y aguardando la gloriosa jornada
del próximo 16 de julio; en que recibirá la banda y bastón de modo de Generala
del Ejército Argentino.
3 El Oratorio de Anta - Pividal
4 El oratorio reconstruido
Los hermanos Pedro y José Antonio
Anta, estrechamente relacionados con el origen y el desarrollo del pueblo de
Zárate, hallaban afincados del siglo XVII.
Hacia el año 1810 figuran al frente
de una estancia y pulpería que primero arrendaron y después compraron a los
descendientes de Don Gonzalo, especialmente a Marino Joaquín de Maza.
Era una extensión de más de 2400
varas de frente, sobre el Paraná, por una laguna y media de fondo, en uno de
cuyos extremos pueblito de Zárate, que en aquél entonces era un mísero
rancherío, que había surgido espontáneamente sin traza alguna.
Alos hermanos Anta y Pividal les
estaba reservada la gloria de cambiar el curso de los acontecimientos, dándole
forma segura y definitiva al pueblo de Zárate.
En efecto, en 1825 - 1826 los
hermanos Anta le vendieron a Rafael Pividal 1144 varas de frente - sobre las
barrancas del Paraná- por otras tantas varas de fondo , "con el expreso
fin de establecer el pueblo denominado Zarate" y estipulándose el
comprador debía construir el oratorio plaza.
Don Rafael Pividal cumplió el compromiso y edificó el oratorio
entre 1826 y 1827 dedicándolo a Nuestra Sra. Del Carmen conforme a la devoción
que estaba arraigado en el lugar, y la que también hace honor la familia Anta.
Lamentablemente este oratorio tuvo
una existencia efímera, ya que en 1828 se derrumbó y pasaron varios años sin
que la población contara con una lugar para ejercer el culto hasta que
alrededor de 1824 loa mismos vecinos lo volvieron a construir y lo conservaron
a sus expensas.
En un importante documento fechado
en el 31 de Diciembre de 1853 los vecinos del pueblo se dirigen al gobierno de
Buenos Aires declarando que viéndose privados hace algunos años de los socorros
espirituales construyeron a sus expensas
un oratorio habilitándolo de los ornamentos y vasos sagrados para su culto
costearon un capellán pagado por una suscripción de este vecindario.
Don Pedro Anta que muchas veces se
había postrado con veneración a los pies de la Virgen Del Carmen en el oratorio
de la Pesquería donó la imagen de la misma advocación para el oratorio que
construyera Pividal imagen que pasó sucesivamente al oratorio reconstruido por
el vecindario y la primitiva iglesia parroquial.
Así como el 19 de marzo de 1854 fue
decretado por el gobierno de Buenos Aires, la creación del Partido de Zárate,
de igual modo el 27 de junio de ese año, el Arzobispado Nacional erigió la
parroquia de Nuestra Sra. Del Carmen con jurisdicción en todo el territorio del
partido y nombro Cura Vicario de la misma al Presbítero Matías Rodríguez.
Los miembros de la Municipalidad
(Quirno, Silvano y Salvadores) muchas veces adelantaban sus propios fondos para
ir pagando los gastos de la construcción, Así leemos en los documentos de la
época que Salvadores cobra $1000 por
adelantos que hiciera sobre el pago de la puerta mayor y también Quirno recibe
$9350 a cuenta de sus créditos sobre la iglesia. Por su parte Don Constancio
Silvano anota en un libro de la Municipalidad una compra que él mismo a hecho
para el templo:”treinta varas de raso a $ 13 son $ 390; cuatro piezas galón de
oro a $ 30 son $ 120; una cruz parroquial, una calderilla, un farol, una caja
mariposas y para llevarlo a bordo $ 20; total $ 940.
Apropósito del mencionado Don
Constancio Silvano tesorero de la Municipalidad señalemos que era el padre de
Francisco Silvano ampliamente relacionado con el vecindario y actividades de la
zona de Lima y Atucha. La esposa de Don Francisco, “Misia Juanita” como
cariñosamente se la llamaba, tuvo a su cargo la primera escuela de niñas del
distrito de Zárate ubicada en el solar de su pueblo.
Volviendo al tema de la iglesia
parroquial digamos que en el año 1866 se agrietó la torre de manera peligrosa
debiendo ser demolida y reconstruida en esa oportunidad se revocó el exterior
de las paredes. El gobierno contribuyó con $ 30000 para la realización de esas
obras y años más tarde aportó otros $15000 para ulteriores mejoras.
En cuanto al lugar que ocupaba la
iglesia y otros detalles, el recordado Padre Carlos Ruiz Santana, durante
varios años párroco de Zárate y Lima nos informa en su libro “La Parroquia de
Zárate” publicado en el año 1921 que el viejo templo conocido por los vecinos
más antiguos de Zárate ocupaba según sus recursos y referencias más o menos el
lugar que hoy ocupa el Banco de la Nación Argentina.
Al decir de los antiguos vecinos era una “barracón” grande cuya puerta principal miraba al río. La modesta iglesia parroquial la recuerdan con cariño los ancianos de ahora que vivieron sus mejores años a la sombra del templo. Ella debió ceder su lugar a la más esbelta y moderna que se edificó a expensas de la piadosa dama, Doña Justa lima de Atucha, su fundadora. Se bendijo la iglesia el 26 de abril de 1880.
Por mucho tiempo las campanas de la
vieja iglesia estuvieron suspendidas de unas vigas en forma de trapecio y
cuentan que los que llegaban hasta la plaza por entre los cicutales podían
hacerlas tañer con sólo levantar los brazos y columpiar sus Badajoz de más está
decir que la primitiva iglesia parroquial había sido dedicada a nuestra Sra.
Del Carmen que era la patrona del lugar y cuya devoción había arraigado
profundamente en el corazón de los zarateños.
Comunicamos anteriormente la imagen
de la virgen que había sido donada por Don Pedro Anta para el oratorio
edificado por Pividal pasó de este al reconstruido por el vecindario y ocupó
finalmente su puesto de honor en la primera iglesia parroquial.