| "Erotismo y poes�a: el primero es una met�fora de la sexualidad, la segunda, una erotizaci�n del lenguaje". Octavio Paz |
| Hoja en Blanco I |
| Le tengo pavor a las hojas en blanco. Una hoja blanca es como un sexo femenino desconocido: uno nunca sabe la impresi�n que puede dejar en �l.
-Hagamos el amor- dijo ella, quiz� buscando la forma correcta de pedirme que escribiera sobre su cuerpo suave una peque�a historia, buscando la impresi�n fina y dolorosa que provoca la aguja al tatuar la piel. Pens� entonces en la respuesta correcta, en decir justo lo que ella esperaba que dijera sin siquiera preguntarme que era lo que yo buscaba, fue entonces cuando de mi boca se call� una s�laba afirmativa, suave, dejando entrever un tono de duda y las ansias por pasar la noche con ella; como una daga, su voz penetr� mi cuerpo y me impuls� a decir un segundo �s� un poco m�s convencido en esta ocasi�n. Sus labios dieron vida a una delicada sonrisa. Era inevitable no pensar en las delicias que me esperaban aquella noche bajo ese vestido negro y diminuto de una sola pieza; pero a�n as�, mi mente estaba lejos de imaginar siquiera, todo lo que aquella propuesta acababa de desencadenar. Los susurros se hicieron cada vez m�s seguidos; yo ped� al cantinero una copa m�s mientras ella me dec�a al o�do todo lo que me har�a apenas entr�ramos en su habitaci�n. Sus ojos de tigresa me devoraban y la carne me herv�a. El cantinero tard� m�s en servirme la copa que en lo que ya est�bamos en camino a su apartamento, y yo segu�a anonadado con tal atrevimiento de su parte, mas no me lamentaba de haber aceptado tal proposici�n. El apartamento quedaba unas cuadras atr�s del bar donde el encuentro hab�a tenido lugar, as� que decidi� que tomar un taxi ser�a algo innecesario, caminar�amos pues tres cuadras bajo la leve llovizna que ca�a, luego doblar�amos una m�s a la derecha, subir�amos al tercer piso y consumir�amos el calor provocado por las miradas. La llovizna, de pronto, se volvi� m�s intensa; el cabello largo de ella se empap� por completo y mis zapatos de piel favoritos comenzaron a rechinar como lo hac�an cada vez que eran presos del agua. La mir� de reojo, y fue de nuevo inevitable el pensar en esas curvas, m�xime que ahora sus pezones comenzaban a erectarse con el fr�o de la lluvia. No pas� mucho tiempo para que el vestido se le pegara por completo a la piel. Pasos adelante la acera se hizo m�s estrecha, as� que dej� que ella caminara por delante, mientras yo observaba el vestido mojado sobre su cuerpo que ahora delataba que no llevaba nada debajo de �l. La escena me estaba volviendo loco y las ganas de llegar de una vez por todas al departamento se hac�an insoportables, un segundo m�s contemplando el vaiv�n de esas caderas y yo explotaba. Fue justo cuando una voz lejana rompi� el silencio. -No comas ansias, ya casi llegamos- dijo ella con tono suave y sensual mientras me dirig�a una mirada de esas que matan. -�Eh?- alcanc� a pronunciar, quit�ndole todo el encanto al momento. - Que creo que si no nos apuramos, te vas a quedar dormido apenas toquemos la cama- dijo ella con un tono a�n sensual pero lleno de iron�a. -Perd�n, pero estaba viendo el encantador movimiento de tus caderas, creo que me vuelven m�s loco a cada paso- fue lo �nico que sali� de mi boca, pero no pude haber dicho cosa m�s acertada. -Menos mal que esa fue la causa de tu distracci�n, por un momento pens� que los sentimientos de culpa comenzaban a apoderarse de ti.- -�Sentimientos de culpa?, �por qu� habr�a de tenerlos?- Le pregunte dudoso. -Quiz�s hay alguien que hoy te espera, y a quien posiblemente ma�ana tendr�s que inventarle una buena explicaci�n por la ausencia de esta noche...- Dijo ella en un tono que invitaba a la culpa. -No, no hay nadie que me espere, nunca he sido bueno relacion�ndome sentimentalmente, siempre hay detalles que no puedo satisfacer- -Espero que el sexo no sea uno de ellos...- Esta frase sali� de sus labios con un peque�o tono de iron�a retador. Me dispon�a a contestar aquel comentario justo cuando ella anunciaba que hab�amos llegado al edificio en el que estaba su departamento. Sac� del bolso un manojo de llaves y comenz� a repasarlas buscando la adecuada. Mientras tanto, yo segu�a cuestion�ndome qu� hac�a ah�, con una perfecta desconocida de la que ni siquiera recordaba su nombre, a punto de subir a su apartamento y hacer el amor como conejos durante toda la noche, tal y como ella me hab�a propuesto en un susurro. Primero tomar�amos un ba�o de burbujas caliente para relajarnos y despu�s comenzar�a nuestra sexual velada recorriendo cada rinc�n del apartamento hasta que el cansancio y la luz de un nuevo d�a nos sorprendieran mientras consum�bamos el negocio carnal pactado. -Al fin la encontr�- La escuche decir mientras le daba vuelta a la perilla y me invitaba a entrar. La llovizna estaba cediendo y la noche comenzaba a despejarse, un poco al norte ya se alcanzaban a ver las primeras estrellas, la vista era espectacular desde aquel cubo de escaleras totalmente recubierto de cristal. Los escalones de m�rmol negro le daban un toque muy sombr�o al lugar, pude concluir que los cristales eran muy gruesos y que hab�a una capa doble de ellos, pues ning�n ruido externo llegaba hasta ah�, a pesar de que a una cuadra cruzaba un gran eje vial y un tren urbano. Por el contrario, el eco interno del cubo de las escaleras era un gran delator. Cada paso resonaba incesantemente, y el rechinar de mis zapatos se volv�a intolerable para los o�dos, por fortuna, el ascenso hasta el tercer piso fue r�pido. Nuevamente hurgo en busca de la llave adecuada para poder abrir la puerta, pero en esta ocasi�n, el hallazgo fue casi inmediato. El departamento, por el contrario de lo que hab�a imaginado era muy amplio, ocupaba todo el tercer piso del edificio y su dise�o interior ten�a un toque de ternura que jam�s pens� encontrar en una mujer tan atrevida. La luz tenue animaba a�n m�s los humores a relajarse y dejarse seducir por esa atm�sfera cargada de er�tica ternura. Ella camin� hac�a una esquina y encendi� una l�mpara de pie, acto seguido volte� hac�a mi y se estir� como si fuera a bostezar, m�s no lo hizo. El vestido mojado se desprendi� un poco del cuerpo, pero ese poco fue suficiente para que la luz lo atravesara retratando una silueta que invitaba a pecar no una, sino todas las noches que fuera posible tenerla cerca. Ante tal escena, mi cuerpo se petrific�, parte por el fr�o de la ropa h�meda, parte por la impresi�n de ver un cuerpo tan bellamente formado. Nunca antes me hab�a sucedido nada igual, a excepci�n de aquella vez en que sorprend� a la hermana de un amigo saliendo desnuda de la ducha por casualidad, (har�a falta decir que la hermana de mi amigo era modelo de la revista Vogue). Sent� el agua bajar por las mangas de la chaqueta hasta llegar a la punta de mis dedos y luego s�lo se escuch� caer una gota tras otra y de vuelta la misma sensaci�n. Yo no quer�a que aquella escena acabara, era como presenciar un teatro de sombras en c�mara lenta. En esta ocasi�n no hubo palabras que rompieran el silencio, tan solo la vi caminar hac�a m� muy despacio mientras su mano izquierda deslizaba el cierre del vestido poco a poco; de pronto, se detuvo. Contempl� la ventana y pude notar la ausencia de las cortinas. Volvi� su mirada hacia m� y dej� caer el vestido mojado sobre la alfombra sin decir nada. No hab�a nada que decir. La desnudez lo explicaba todo. Podr�a haberla tomado en ese mismo instante sin necesidad de alg�n jugueteo previo, era m�a. Pasaron tres largos segundos hasta que mi reacci�n se hizo notoria. Mec�nicamente me deshice de la chaqueta y avent� la corbata Dios sabe donde; la prisa por poseerla me consum�a. Pero antes de que pudiera comenzar a desabotonar la camisa, ella dio un paso m�s y me tom� de las manos; luego, comenz� a caminar hac�a el sof� con la misma cadencia que momentos antes hab�a caminado sobre la acera, y yo me sent� morir nuevamente. Una vez en el sof� ella se sent� y yo qued� frente a ella, viendo hac�a una pared en la que colgaba un cuadro de Van Gogh. La pared era enorme, bien hubiese podido colocar en ella seis copias de la �Pera� de Botero, en cambio, ten�a tan solo una copia de �Caf� en la terraza� del gran Vincent. Era algo incre�ble, pero a pesar del fr�o de la llovizna, ten�a las manos tibias. Con mucha delicadeza fue soltando cada uno de los peque�os botones de mi camisa, y pudo notar que mi pecho temblaba. -As� que el hombrecito resulto nervioso- dijo ella en voz queda. La frase son� con tanta gracia que en vez de provocarme enojo, me hizo esbozar una leve sonrisa. -Ante una mujer tan bella, hasta Sans�n temblar�a- Le contest� apresuradamente. Pero ya estaba concentrada en otras cosas. Desabroch� mi cintur�n y luego le dio un suave tir�n a la hebilla hasta que este se separo de los pantalones. No puedo negar que los nervios me com�an hasta la m�dula, pero a�n as�, no me doblar�a. Mir� hac�a abajo, notando que ella a�n tra�a puestos los zapatos de tac�n alto, pero antes de que pudiera hacer alusi�n alguna a tal observaci�n, percib� como sus manos desnudaban mi cintura. Los pantalones se detuvieron en mis tobillos, y record� entonces que yo tambi�n tra�a puestos a�n los zapatos. Hice un intento por agacharme a desatar las agujetas para poder quit�rmelos, pero ella interrumpi� mi camino con un beso en la entrepierna. Para ese momento, la noci�n del tiempo carec�a de importancia, yo ya no sab�a en que instante estaba viviendo; tan solo ten�a la certeza de que el amanecer iba a tardar m�s de lo normal en llegar. &Beetho. |
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