Pero este tipo de gobierno no corresponde a la mentalidad egipcia. Por esa raz�n, Hatshepsut decide ser rey y no reina por que adoptar� las caracter�sticas masculinas que har�n de ella un fara�n como los otros. Hatshepsut era una mujer muy bella Los rasgos de su cara son a la vez finos y tenaces, su momia es una de las m�s emocionantes, ha conservado sus largos cabellos, a pesar de la m�scara de la muerte, se adivina una personalidad en�rgica, una feroz energ�a unida al encanto de una resplandeciente femineidad, con esos rasgos delicados pero a la vez, llenos de decisi�n.

Hatshepsut vive un per�odo de paz, lo aprovecha para dedicarse a la gesti�n econ�mica del pa�s y sobre todo a una intensa actividad arquitect�nica. La obra maestra de la reina, el templo que adem�s permite leer su reinado a trav�s de sus relieves, es Dayr el-Bahari, construido en la regi�n tebana en un lugar consagrado a la diosa Hator. Este templo presenta una particularidad �nica en la arquitectura egipcia: una calzada que sube en suave pendiente hacia el templo, compuesta de terrazas superpuestas. La reina tuvo el inmenso placer de ver su templo acabado.
No se sabe con certeza como termin� la aventura excepcional de Hatshepsut, se ha escrito a menudo que el joven Tutm�s III, que accedi� al poder a la muerte de su t�a, la odiaba. Hizo esculpir su nombre sobre los monumentos para borrar de la historia el recuerdo de Hatshepsut. Tutm�s no dio orden de derribar el templo de Deyr el-Bahari que, sin embargo, era el s�mbolo m�s puro del reinado de Hatshepsut. Adem�s parece que su pseudoodio empez� mucho m�s tarde, quince a�os despu�s de la muerte de la reina. Si bien es verdad que las marcas y mutilaciones simb�licas de algunas estatuas pretenden vincular el reinado de Tutm�s III con el de Tutmes II, la destrucci�n del nombre o de la imagen de Hatshepsut dista de ser sistem�tica.

Tutm�s III prefiere legitimar su propio poder que anular el reinado de Hatshepsut. Se ha encontrado la tumba de Hatshepsut. Es la primera que se cav� en el Valle de las Reinas. Llega hasta m�s de cien metros debajo de la tierra y no tiene ni textos ni representaciones. Conten�a los sarc�fagos de Hatshepsut y de su padre, Tutm�s I. Pero Hatshepsut, cuando lleg� a fara�n mand� construir otra tumba en el Valle de los Reyes. Hapuseneb, sumo sacerdote de Am�n, se encarg� de hacerlo.
El eje principal de esta morada de eternidad se situaba en direcci�n al templo de Dayr el-Bahari, uniendo as� de manera abstracta los monumentos esenciales de la reina-fara�n. Reinado feliz, a�os de paz y de serenidad, belleza de una civilizaci�n que se refleja en el templo de Dayr el-Bahari: el balance de la obra realizada por Hatshepsut es uno de los m�s positivos. Sin embargo, en el horizonte resuena el estr�pito de las armas. Llega Tutm�s III.
Hatshepsut
Durante m�s de veinte a�os, una mujer, Hatshepsut, va a reinar en Egipto. Hatshepsut, es jefe de un Egipto rico y poderoso, inteligente, h�bil, dotada de capacidades administrativas probablemente excepcionales, jefe pol�tico, Hatshepsut era una de las hijas de un gran monarca, Tutm�s I. Este prepar� a su hija para ejercer el poder. Ella le prodig� un profundo afecto, tom�mdolo como ejemplo.

Hatshepsut hered� el car�cter en�rgico de su padre. Se cas� con un hijo de �ste nacido de una concubina,Tutm�s II, cuyo reinado fue breve. El joven rey, cuya carrera parece prometedora, muere prematuramente. Esta defunci�n coloca a Egipto en una situaci�n dif�cil. Tutm�s II hab�a tenido dos hijas y un hijo, el futuro Tutm�s III. Pero este �ltimo era s�lo un ni�o, incapaz de desempe�ar la pesada funci�n a que estaba destinado. Hatshepsut asegura la regencia. Hija de rey, hermana del rey, esposa del gran dios, gran esposa real, dirigir� el pa�s seg�n la voluntad de su sobrino, afirma ella.
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