Inicio

La Jornada Semanal, 26 de abril de 1998

"ADONDE YO SOY TU SOMOS NOSOTROS"
Carlos Monsiv�is

A trav�s de este espl�ndido recorrido por la obra de Octavio Paz, Carlos Monsiv�is analiza las ret�ricas poderosas a las que se adhiere la producci�n temprana del poeta, las tensiones entre poes�a e historia, las interrogantes que sirven como eje a su trabajo cr�tico, su participaci�n como hombre p�blico y polemista incansable, su abstenci�n en temas como la m�sica, la danza y el cine. Un ensayo imprescindible en el que la mirada omn�moda de su autor da voz al M�xico que fuimos cuando fuimos con Paz.
I
Octavio Paz, nacido en 1914 en la ciudad de M�xico, se forma en una etapa ya inconcebible para quienes habitan la megal�polis en expansi�n perpetua. En los a�os treinta, con menos de tres millones de habitantes, la ciudad de M�xico es, para un joven que ama la literatura, un �mbito tan hostil como propicio. Las librer�as y las revistas literarias son muy escasas, la sociedad y el gobierno son b�sicamente antiintelectuales, a los radicales les gusta el realismo socialista, los escritores carecen de empleos cercanos a su vocaci�n y de facilidades para editar su trabajo, y aunque fiel y constante el p�blico de poes�a moderna es muy restringido. Pero las ventajas son notorias.
En Itinerario, Paz evoca su periodo formativo: ``Avidez plural: la vida y los libros, la calle y la celda, los bares y la soledad entre la multitud de los cines. Descubr�amos a la ciudad, al sexo, al alcohol, a la amistad. Todos esos encuentros y descubrimientos se confund�an inmediatamente con las im�genes y las teor�as que brotaban de nuestras desordenadas lecturas y conversaciones... Le�amos los catecismos marxistas de Bujarin y Plej�nov para, al d�a siguiente, hundirnos en la lectura de las p�ginas el�ctricas de La gaya ciencia o en la prosa elefantina de La decadencia de Occidente...''
Entonces el grupo cultural de avanzada en M�xico es el de Contempor�neos (llamado as� por la revista que publican de 1928 a 1930). Los Contempor�neos son poetas de primer nivel, narradores no muy convincentes y cosmopolitas con un perfil nacionalista (algo m�s complementario que contradictorio). Paz los lee con cuidado y, en especial, le entusiasman los ensayos de Jorge Cuesta, los ensayos y poemas de Xavier Villaurrutia y la poes�a de Carlos Pellicer y Jos� Gorostiza. All� encuentra muy bien precisadas dos consignas del clima literario de la �poca: a) la cultura francesa es el mejor resumen disponible de la cultura occidental, y b) la tradici�n nacional es importante en la medida en que define la calidad alcanzada y alcanzable en medios antiintelectuales, adversarios del arte y las humanidades. Paz se concentra durante un tiempo en la cultura francesa y, ya de modo permanente, se interesa en elegir una tradici�n po�tica y cultural que le sea propia, contrast�ndola con la tradici�n universal.
En los a�os treinta la poes�a en idioma espa�ol vive un momento de esplendor. En ese tiempo, adem�s de los mexicanos, escriben los chilenos Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Vicente Huidobro, el peruano C�sar Vallejo, los argentinos Jorge Luis Borges y Oliverio Girondo, los cubanos Nicol�s Guill�n, Emilio Ballagas y Jos� Lezama Lima, el ecuatoriano Jorge Carrera Andrade, el guatemalteco Luis Cardoza y Arag�n, los nicarag�enses Salom�n de la Selva y Jos� Coronel Urtecho. Y en Espa�a se ha consolidado la Generaci�n de 1927, que la guerra civil dispersar�, no sin una breve etapa de la creaci�n intensa de Federico Garc�a Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Jorge Guill�n, Pedro Salinas, Emilio Prados, D�maso Alonso, Le�n Felipe. Y anteriores a ellos tambi�n escriben Antonio Machado y Juan Ram�n Jim�nez.
A estos est�mulos formidables se a�aden los de la poes�a en otras lenguas. Desde la constituci�n de las rep�blicas en el siglo XIX, los escritores latinoamericanos, obligados por la condici�n perif�rica de sus pa�ses, atienden con el m�ximo detalle a lo que se hace, en especial en Europa y, cada vez m�s, en Estados Unidos. (Pese a ejemplos aislados como el mexicano Jos� Juan Tablada, no se presta atenci�n a las literaturas de China y Jap�n.) En los treinta, desde M�xico, Buenos Aires, Lima o Bogot�, se sigue el rumbo de las vanguardias, y una en especial hechiza: el surrealismo, que une ``las dos palabras magn�ticas: poes�a y revoluci�n''. S�lo unos cuantos latinoamericanos optan abiertamente por el surrealismo (m�s en pintura que en poes�a), pero a todos los afecta de una manera u otra el movimiento.
Paz no se adhiere al surrealismo, ni jam�s hubiese declarado, como Andr� Breton, que el verdadero acto surrealista consiste en salir a la calle y disparar sobre la multitud al azar, pero admira en este grupo la entrega espiritual y el preservar sus poderes de indignaci�n moral. De ellos, Andr� Breton y Benjamin P�ret sobre todo, le ayudan a revisar las ideas sobre M�xico (``M�xico es la tierra de elecci�n del surrealismo'', escribi� m�s que famosamente Breton), y a ratificar su aprecio por la resistencia al conformismo moral y pol�tico: ``En mi caso, el redescubrimiento de los poderes de revelaci�n del surrealismo fueron, ya que no una respuesta a mis preguntas, s� una v�a de salida.''
Otras lecturas indispensables en la formaci�n de Paz (y de numerosos poetas hispanoamericanos de ese tiempo): Paul Valery, T.S. Eliot, Ezra Pound. De ellos se desprende el tono, la ambici�n, la precisi�n de lo moderno, es decir, de aquello directamente ligado a la sensibilidad del Ahora, a los temas y actitudes de lo que W.H. Auden llam� ``la Edad de la Ansiedad''.
``Inm�vil en la luz pero danzante''
En los primeros libros de Paz, ambos de 1937, Bajo tu clara sombra y Ra�z del hombre, se advierten las huellas de ret�ricas entonces poderosas y las tensiones entre poes�a e historia, que intensifican la guerra de Espa�a, el auge del fascismo y el nazismo, y la influencia mundial de la revoluci�n sovi�tica, a�n no afectada por los Procesos de Mosc� y el culto a la personalidad de Stalin (la propaganda falaz de una tiran�a). En 1937, a los 23 a�os de edad, Paz asiste al Congreso Internacional contra el Fascismo en Valencia, y en medio de la adhesi�n inevitable y justa a
la Rep�blica Espa�ola, se plantea por vez primera el interrogante tan presente en su obra ensay�stica: �cu�les son los l�mites de la libertad y cu�l es el sentido de la conciencia cr�tica? Pero las dudas no le impiden escribir poemas y art�culos en defensa del r�gimen y en contra de la barbarie franquista. En los poemas, no obstante el acatamiento de las reglas de la poes�a pol�tica, y la lectura obvia de Neruda, ya se vislumbra la singularidad. V�ase la ``Eleg�a a un compa�ero muerto en el frente de Arag�n'':

Has muerto, camarada,
en el ardiente amanecer del mundo.
Has muerto cuando apenas
tu mundo, nuestro mundo, amanec�a.
Llevas en los ojos, en el pecho,
tras el gesto implacable de la boca,
un claro sonre�r, un alba pura.
Te imagino cercado por las balas,
por la rabia y el odio pantanoso,
como rel�mpago ca�do y agua
prisionera de rocas y negrura.
Te imagino tirado en lodazales
sin m�scara, sonriente,
tocando, ya sin tacto,
las manos camaradas que so�abas.
Has muerto entre los tuyos, por los tuyos.
Pese a su precocidad indudable, Paz se considera poeta tard�o: ``...nada de lo que escrib� en mi juventud me satisface, en 1933 publiqu� una plaquette, y todo lo que hice durante los diez a�os siguientes fueron borradores de borradores. Mi primer libro, mi verdadero libro, apareci� en 1949: Libertad bajo palabra''. Al respecto, mantengo el derecho a la discrepancia del lector. Paz escribe y declara ampliamente sobre su desarrollo po�tico y su genealog�a literaria, evit�ndoles en lo posible el trabajo a sus cr�ticos. Pero as� sea con frecuencia irrefutable, es conveniente oponerle dudas y matices a lo que dice sobre su propio trabajo.
``No veo con los ojos: las palabras son mis ojos''
En este periodo Paz adopta visiones y perspectivas que no lo abandonar�n, y va precisando su vocabulario esencial, derivado en parte de la filosof�a cl�sica, del amor por un conjunto de t�rminos clave y de oposiciones perennes: entre el movimiento y la quietud, entre la luz y la sombra, entre la tierra y el agua, entre la mujer como poder generador y la escritura (la Palabra) como eternidad de lo instant�neo. Cree en la iluminaci�n de los opuestos, y en el proceso dial�ctico -si este es el nombre- generado por los enfrentamientos entre la realidad y aquello (libertad, cuerpo femenino, para�so sensual incrustado en el idioma) que aguarda detr�s de la realidad. En el espacio primero y �ltimo del poema, lo que se dice es, simult�neamente, lo que se vive. Pero tambi�n, la poes�a es acto porque es tambi�n imagen, y los desdoblamientos del personaje po�tico (con puntos de contacto con el personaje po�tico de Muerte sin fin) son maneras de hallar al otro y a los otros en uno mismo:
Dentro de m� me api�o, en m� mismo me
hacino y al
Api�arme me derramo,
soy lo extendido dilat�ndose, lo repleto
verti�ndose y llen�ndose... (De ``Mutra'')
La poes�a es tanto m�s real por ser la presencia de la forma en la historia, que a la deshumanizaci�n social opone la humanizaci�n violenta y vehemente del lenguaje: ``Lo m�s f�cil es quebrar una palabra en dos. A veces los fragmentos siguen viviendo, con vida fren�tica, feroz, monosil�bica.'' Y la forma y el contenido se unifican gracias a la palabra, tal y como lo expresa admirablemente en un poema de los a�os cuarenta:
Las Palabras
Dales la vuelta,
c�gelas del rabo (chillen, putas),
ag�talas,
dales az�car en la boca a las rejegas,
�nflalas, globos, p�nchalas,
s�rbeles sangre y tu�tanos,
s�calas,
c�palas,
p�salas, gallo galante,
tu�rceles el gaznate, cocinero,
despl�malas,
destr�palas, toro,
buey, arr�stralas,
hazlas, poeta,
haz que se traguen todas sus palabras.
La gran difusi�n de este poema, a punto de convertirse en cultura popular, ha oscurecido su caracter�stica b�sica: es parte de la estrategia po�tica que les confiere autonom�a a los vocablos para mejor gozar de los prodigios del lenguaje, ``la casa que habitamos'' y el viaje de las sorpresas a la disposici�n. La Palabra ``libertad que se inventa y me inventa cada d�a''... En la obra de Paz la Palabra es como el poder de la literatura o la realidad paralela o la recreaci�n m�s confiable del mundo o, tambi�n, la reflexi�n sobre el lenguaje: ``Hoy lucho a solas con una palabra. La que me pertenece, a la que pertenezco: �cara o cruz, o �guila o sol?'' En la obra de Paz los �rboles, los colores, las etapas del d�a, las mutaciones de la luz y las palabras, ser�n signos de un ``animismo'' singular, de la corporeidad de las met�foras en un proceso que empieza o culmina con la pertenencia del poeta al lenguaje, entidad hecha de s�labas vivas:
Hermandad
Soy hombre: duro poco
Y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
Las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
Tambi�n soy escritura
Y en este mismo instante
Alguien me deletrea
``Coronado de s�/ el d�a extiende sus plumas''
Entre otros, localizo estos temas, signos y obsesiones tem�ticas en Libertad bajo palabra:
-el arte (la escultura prehisp�nica, la pintura surrealista, la obra de Rufino Tamayo) como presencia diversificadora.
-el cuerpo de la mujer como paisaje, horizonte de posibilidades y anunciaciones, hidrograf�a y geograf�a, para�so con vientres como jardines, cordillera para el tacto.
-el poema (la Palabra), en �ltima instancia un hecho de la realidad, el acto transformador.
-los elementos de la Naturaleza: el mar, el cielo, la tierra, las piedras, los �rboles utilizables por su condici�n hist�rica de elementos po�ticos y por su calidad de referencias primordiales de los sentidos.
-el instante, que es s�ntesis de la eternidad al alcance, fragmento del tiempo y noci�n aut�noma y m�vil.
-el tiempo, que es la melod�a a cuyos ritmos se sujetan los cuerpos.
-el ``yo'', el personaje del poema, que puede ser una m�scara o un fluir apasionado, un distanciamiento ir�nico o una entrega semirreligiosa.
-la luz que es la precisi�n f�sica sobre la dispersi�n imaginaria.
-el fruto, que es la v�a de retorno a la vivencia paradisiaca.
En 1957 Paz publica uno de sus grandes poemas, ``Piedra de sol'', que �l mismo define: ```Piedra de Sol' es un poema lineal que sin cesar vuelve sobre s� mismo, es un c�rculo o m�s bien una espiral'' y que, por eso, empieza y termina de igual modo:
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un �rbol bien plantado mas danzante,
un caminar de r�o que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre.
En el poema, un personaje cuenta su viaje por la mujer amada (``voy por tu cuerpo como por el mundo''), y su hacerse de una cosmogon�a al renunciar a esa identidad que es el sentimiento unitario (``recojo mis fragmentos uno a uno/y prosigo sin cuerpo, busco a tientas''). El personaje del poema habla de la eterna fundaci�n del mundo a trav�s de la pareja:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porci�n eterna,
nuestra raci�n de tiempo y para�so,
tocar nuestra ra�z y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos,
los dos se desnudaron y besaron
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables...
Si ya desde ��guila o sol?, y no obstante su complejidad y falta de concesiones, la poes�a de Paz es muy le�da, ``Piedra de Sol'' es una de las claves de la nueva generaci�n, que lo memoriza y estudia para aprender su sensibilidad, tan hecha de erotismo, descripciones vitri�licas del procedimiento autoritario, refundaci�n del mundo a partir del amor, ires y venires de lo prenatal a lo p�stumo, todo lo que enardece a una vanguardia que mezcla �pocas, reconsideraciones del deseo, desprecio por los convencionalismos, urgencia de reescribir la historia, la modernidad y la experimentaci�n espiritual y corporal.
Mientras el erotismo y la filosof�a sean posibles, no hay ``muerte de Dios''. En La estaci�n violenta (1958), que incluye ``Piedra de Sol'', el poeta es un ser diurno, una expresi�n de las fuerzas naturales (la m�s recalcitrante y cr�tica), alguien que concibe la poes�a como el acto que unifica las sensaciones en un solo proyecto ut�pico. Todo en el libro es deslumbrante: la demasiada luz, la interrelaci�n de historia y sensualidad, el uso de la met�fora como rel�mpago visual, la enumeraci�n de alegor�as, el tiempo que se va como agua y se petrifica, el aliento de lo prehisp�nico (en ``El c�ntaro roto'') como galer�a de im�genes subterr�neas que de pronto, al cerrar los ojos, ascienden a la superficie:
El dios-ma�z, el dios-flor, el dios-agua,
el dios-sangre,
la Virgen,
�todos se han muerto, se han ido, c�ntaros
rotos al borde
de la fuente cegada?
�S�lo est� vivo el sapo,
s�lo reluce y brilla en la noche de M�xico
el sapo
verduzco, s�lo el cacique gordo de
Cempoala es inmortal?
Palabras que son flores que son frutos que son actos. En La estaci�n violenta, Paz alcanza la perfecci�n, de su para�so cr�tico y multiforme. Pero en los a�os siguientes ``desconf�a del impulso adquirido'', experimenta y modifica su perspectiva. Salamandra (1958-1961) es resultado de la visi�n opuesta, y al sentimiento ut�pico lo neutraliza el gusto casi abstracto por la poes�a, la pasi�n por el fluir del lenguaje, de alg�n modo semejante, y Paz lo acepta, a The Waste Land, de Eliot, con escenarios �ridos, exclamaciones como piedras, tiempo detenido.
``Si el hombre es polvo...''
En 1969 Ladera este es otro cambio, la s�ntesis o la reconciliaci�n de La estaci�n violenta y Salamandra. La estancia de Paz en la India fluye en las im�genes y en el acercamiento a otra actitud sensible:
Quieta
en mitad de la noche
no a la deriva de los siglos
no tendida
clavada
como idea fija
en el centro de la incandescencia
Delhi
Dos s�labas altas
rodeadas de arena e insomnio
En voz baja las digo.
La sabidur�a oriental es contemplaci�n y reflexi�n perenne: ``Hambre de eternidad padece el tiempo.'' El poeta atraviesa las mitolog�as, reformula desde el �nimo sereno la vida sensual, ve en los dioses a im�genes de la divinidad de los hombres, viaja por entre arquitecturas de sonidos. Lo finito se perfecciona y ``lo infinito en su propia plenitud se envuelve''.
En Ladera este, Hacia el comienzo, Blanco y El mono gram�tico, Paz da su versi�n de las culturas orientales, experimenta, oscila entre el verso libre y la prosa po�tica, le presenta al mundo de habla hisp�nica paisajes insospechados, confrontaciones espirituales, anticipaciones de un nuevo canon cl�sico. En especial El mono gram�tico (1970) exhibe la falsedad -en determinado nivel- de la divisi�n entre poes�a y prosa.
En El mono gram�tico, Paz sintetiza y ampl�a su encuentro con la India, el largo recorrido que le permite reencauzar y afirmar sus v�nculos con poes�a y filosof�a. El camino de Galta, la ruta de peregrinaciones emprendidas por viajeros sin destino, es el �mbito f�sico y metaf�rico donde la naturaleza se esparce y se acumula, entreverando polvo, paisaje petrificado, delirios del viento, inmundicia humana y animal, materia que fermenta, vestigios del paso ruinoso de los hombres. ``La fijeza es siempre moment�nea'', escribe Paz, es decir, nada est� seguro en s� mismo, y sobre este polvo se levantar�n palacios, o de aquellos palacios s�lo queda, fin�simo, metaf�rico, contradictorio, este polvo.
En el camino de Galta, evocado desde la tarde de Cambridge, la poes�a es el otro sendero, la descripci�n que anula a la reflexi�n, la reflexi�n que ordena las descripciones, el cat�logo objetivo que contempla el tejido de las impresiones. Y el flujo de profec�as y sensaciones descritas con minucia nos incorpora, nos eleva, nos asegura la identificaci�n plena entre lo corporal y lo verbal:
El cuerpo que abrazamos es un r�o de metamorfosis, una continua divisi�n, un fluir de visiones, cuerpo descuartizado cuyos pedazos se esparcen, se diseminan, se congregan en una intensidad de rel�mpago que se precipita hacia una fijeza blanca, negra, blanca. Fijeza que se anula en otro negro rel�mpago blanco; el cuerpo es el lugar de la desaparici�n del cuerpo. La reconciliaci�n con el cuerpo culmina en la anulaci�n del cuerpo (el sentido). Todo cuerpo es un lenguaje que en el momento de su plenitud se desvanece; todo lenguaje, al alcanzar el estado de incandescencia, se revela como un cuerpo ininteligible.
Poes�a intelectual, sensorial, compleja, llena de tensiones, la de El mono gram�tico ampl�a internacionalmente el c�rculo de lectores de Paz, as� les resulte dif�cil o impenetrable a los no convencidos de que la poes�a, como otras disciplinas, requiere de una formaci�n especializada: ``La cr�tica del universo (y la de los dioses) se llama gram�tica.'' Como nadie, Paz se acerca al universo paralelo de los nombres y las palabras, donde lo verbal es una transfiguraci�n de lo real y a la inversa:
y apenas lo digo, se vac�an: las cosas se vac�an y los nombres se llenan, ya no est�n huecos, los nombres son pl�toras, son dadores, est�n henchidos de sangre, leche, semen, savia, est�n henchidos de minutos, horas, siglos, gr�vidos de sentidos y significados y se�ales, son los signos de inteligencia que el tiempo se hace a s� mismo, los nombres les chupan los tu�tanos a las cosas, las cosas se mueren sobre esta p�gina pero los nombres medran y se multiplican, las cosas se mueren para que vivan los nombres.
``Espejo de palabras: �d�nde estuve?''
Pasado en claro (1974) es uno de los libros m�s personales y profundos de Paz. Como ``Piedra de sol'', es autobiogr�fico, pero aqu� la autobiograf�a combina la experiencia singular (la visi�n del padre y de la madre, las escenas de familia, el nacimiento de la est�tica entre los paseos y las impresiones de infancia, la relaci�n con las ideas) con el desenvolvimiento de obsesiones caracter�sticas: el hombre ante s� mismo, la experiencia del tiempo y del ser, el poema como cuerpo y el cuerpo como poema, el car�cter intercambiable de los sentidos, la transfiguraci�n de las palabras y la letra impresa, el poema como museo que alberga referencias y lecturas, en este caso de La Il�ada, La Odisea, La Divina Comedia, Shakespeare, Apuleyo, Nerval, Julio Verne.
En Pasado en claro todo es poes�a y todo es desdoblamiento:
Espiral de los ecos, el poema
es aire que se esculpe y se disipa,
fugaz alegor�a de los nombres
verdaderos. A veces la p�gina respira:
los enjambres de signos, las rep�blicas
errantes de sonidos y sentidos,
en rotaci�n magn�tica se enlazan
y dispersan
sobre el papel
Estoy en donde estuve:
voy detr�s del murmullo,
pasos dentro de m�, o�dos con los ojos,
el murmullo es mental, yo soy mis pasos,
oigo las voces que yo pienso,
las voces que me piensan al pensarlas.
Soy la sombra que arrojan mis palabras.
En sus a�os finales, Paz se concentra en su an�lisis de la historia y la pol�tica, comprueba su raz�n ante la ilusi�n del Progreso, examina el papel de las dictaduras ideol�gicas y el sentido de la ca�da del socialismo real, rechaza las construcciones de la posmodernidad (``Los hombres nunca han sabido el nombre del tiempo en que viven y nosotros no somos una excepci�n a esta regla universal. Llamarse posmodernos es una manera m�s bien ingenua de decir que somos muy modernos''), y vuelve siempre a la poes�a y al elogio de la poes�a, la otra gran vertiente de las pasiones y las visiones. Rub�n Dar�o llam� a los poetas ``Torres de Dios, pararrayos celestes''; Paz ve en los poetas a los poseedores de la voz del comienzo, dentro de la historia pero no sujeta mec�nicamente a sus cambios.
En La otra voz. Poes�a y fin de siglo (1990), Paz afirma: ``Toda reflexi�n sobre la poes�a deber�a comenzar, o terminar, con esta pregunta: �cu�ntos y qui�nes leen libros de poemas?'' La situaci�n actual de Am�rica Latina conduce al pesimismo. De entre la minor�a que lee poes�a, la mayor�a son escritores, y de esa mayor�a casi todos son poetas. Paradoja que no lo es tanto: al iniciarse el siglo XX en Am�rica Latina, la poes�a es el g�nero reinante en las letras; al acabar el segundo milenio de la era cristiana, la poes�a es un h�bito cada vez m�s restringido.
Xavier Villaurrutia escribi�: ``A todos, a condici�n de que todos sean unos cuantos.'' De esta elecci�n que puede ser condena algunos se except�an sobradamente. En Am�rica Latina se ha le�do de manera ampl�sima a Neruda, C�sar Vallejo, Borges, Nicol�s Guill�n, Octavio Paz, Jaime Sabines, que al trascender el c�rculo especializado, influyen en el lenguaje p�blico. Y de entre ellos, s�lo Paz y Borges disponen de un p�blico igualmente atento a sus ensayos y sus versos. A Paz lo leen los poetas, los participantes en movimientos contraculturales, los acad�micos, los estudiantes, los empe�ados en restablecer el trato cotidiano con la poes�a.
�rbol adentro, el �ltimo volumen de poes�a de Paz, es un viaje personal y literario: cantos a la amada, evocaciones de amigos, enfrentamientos con el estalinismo, viajes por la ciudad, reivindicaciones del surrealismo, testamentos literarios, reconsideraciones de los hechos fundamentales: el amor y la muerte.
Amar
es morir y revivir y remorir:
es la vivacidad.
Te quiero
porque yo soy mortal
y t� lo eres.
La poes�a de Octavio Paz, un gran momento del idioma espa�ol, es una reflexi�n intensa sobre la poes�a. En ella, el v�rtigo, el amor, las certezas sobre el Yo que duda, la descripci�n del efecto de la luz sobre el paisaje, son instantes memorables del cuerpo y de la palabra que lo nombra y perfecciona.
II
El sentido de la historia
(La obra ensay�stica)
En los a�os treinta, cuando Paz aparece de modo fulgurante, predominan dos arquetipos en los medios intelectuales de Am�rica Latina: el hombre de letras (entendido a la manera francesa, el profesional del Logos, el escritor que al ejercitar todos los g�neros literarios es un paisaje cultural en s� mismo), y el Maestro de la Juventud o la Conciencia Nacional, situaci�n t�picamente latinoamericana, el escritor que es el Punto de Vista Insobornable y Cr�tico dirigido al lector y a su estructura moral. No hay todav�a la noci�n del escritor profesional, que no pretende profesionalizarse como Conciencia. Es el tiempo de los espa�oles Miguel de Unamuno, Antonio Machado y Jos� Ortega y Gasset, de los mexicanos Alfonso Reyes y Jos� Vasconcelos, el peruano Jos� Carlos Mari�tegui. De esta herencia, Paz incorpora en sus ensayos aspectos fundamentales. Casi desde el principio se propone una tarea intelectual equivalente a los proyectos mezclados del Hombre de Letras y de la Conciencia Moral. Y construye una versi�n lo m�s totalizadora posible de las resonancias de la poes�a, de las correspondencias entre poes�a y sociedad, de la tradici�n literaria mexicana, de los significados de la modernidad, de los alcances de la vanguardia art�stica.
Las mitogon�as del nuevo principio
En 1950, Paz publica la versi�n definitiva de El laberinto de la soledad, su primer libro de ensayos y el que lo da a conocer. Muy pronto, El laberinto se convierte en un cl�sico de la tendencia que indaga en lo espec�fico del Mexicano, inaugurada a principios del siglo XX por autores como Julio Guerrero (La g�nesis del crimen en M�xico), y prolongada con El perfil del hombre y la cultura en M�xico, (1936) de Samuel Ramos, y la ``b�squeda ontol�gica del ser del mexicano'', llevada a cabo por el grupo Hyperion. El M�xico de El laberinto es un M�xico de mitolog�as, rituales, etapas hist�ricas perfectamente cerradas, registro minucioso de las diferencias con lo otro (lo anglo, ``hecho de precisi�n y eficacia''), caracterizaciones an�micas, indagaciones psicol�gicas, historia intelectual y moral, an�lisis del ``esp�ritu nacional'', v�a de acceso a las realidades psicol�gicas de la sociedad mexicana. Muy sumariamente (y sin hacerle justicia a la riqueza de su escritura), se podr�an dividir del modo siguiente algunos de sus temas centrales:
a) El pa�s o el pueblo son entidades homog�neas (``el mexicano'') cuyo ser es aprehensible y abarcable. Lejos de s�, del mundo y de los dem�s, el mexicano termina disolvi�ndose, convirti�ndose en ``sombra y fantasma''.
b) El laberinto examina una sociedad muy restringida, Paz se dirige a la minor�a que representa no a la naci�n, sino al porvenir deseable e inevitable de la naci�n. Afirma:
No toda la poblaci�n que habita nuestro pa�s es objeto de mis reflexiones, sino un grupo concreto, constituido por esos que por razones diversas, tienen conciencia de su ser en tanto mexicanos. Contra lo que se cree, este grupo es bastante reducido. En nuestro territorio conviven, no s�lo distintas razas y lenguas, sino varios niveles hist�ricos... La minor�a de mexicanos que poseen conciencia de s� no constituyen una clase inm�vil o cerrada. No solamente es la �nica activa -frente a la inercia indoespa�ola del resto- sino que cada d�a modela m�s el pa�s a su imagen. Y crece, conquista a M�xico. Todos pueden llegar a sentirse mexicanos.
El prop�sito del libro se establece desde sus primeras p�ginas. Paz se dirige a una minor�a representativa no de la naci�n sino de aquello en que la naci�n se ha de convertir.
c) La actitud del mexicano ``ante la vida no est� condicionada por los hechos hist�ricos''... ``�para qu� buscar en la Historia una respuesta que s�lo nosotros podemos dar?'' La Poes�a y los Mitos -resume Carlos Blanco- se oponen a la Historia, porque all� no se encuentra respuesta alguna, ya que el ``nosotros'' (ser plural) no hace historia. Es el mito, entonces, la contestaci�n que niega la Historia o se deja negar por ella.
d) Al nacionalismo, uno de los grandes elementos movilizadores e inmovilizadores en la vida de M�xico, se le a�ade otro �ngulo, el de la otredad. El M�xico que El laberinto interpreta es un M�xico que procede a trav�s de grandes individualidades y palabras clave. De ellas, en el territorio de la oscuridad entra�able, ninguna tan persuasiva como la Chingada, ``t�rmino obsceno'' que, a la luz de los mitos, pierde su carga prohibida y se vuelve la Nada, la representaci�n l�mite del pecado original, la Madre violada, la atroz encarnaci�n de la condici�n mexicana, el vocablo que se desprende de la Conquista y de c�mo les fue all� a los mexicanos (``�Ya nos llev� la Chingada!''), la voz que se dramatiza en el grito con que, seg�n Paz, los mexicanos se cierran al exterior y, sobre todo, al pasado: ``�Viva M�xico, hijos de la Chingada!''
La Malinche es un personaje fundamental en la mitolog�a mexicana: la traductora de Hern�n Cort�s, la traidora emblem�tica, la que le da la espalda a su raza para hacerse amante del conquistador y ser la madre del primer mestizo notorio: Mart�n Cort�s. Por eso el malinchismo durante un largo periodo describe la entrega al extranjero. Al repudiar a la Malinche..., ``el mexicano rompe sus ligas con el pasado, reniega de su origen y se adentra s�lo en la vida hist�rica''. De paso y en consecuencia, condena en bloque su tradici�n, lo que se traduce en ciertos momentos en una ``encarnizada voluntad de desarraigo'':
Es pasmoso que un pa�s con un pasado tan vivo, profundamente tradicional, atado a sus ra�ces, rico en antig�edad legendaria si pobre en historia moderna, s�lo se conciba como negaci�n de su origen.
La conclusi�n: la Reforma de Ju�rez y su generaci�n es la gran ruptura con la Madre (que es la Chingada).
e) Son debatibles diversas afirmaciones de El laberinto, y esta es quiz�s su raz�n de ser m�s profunda, la convocatoria a la pol�mica. A esta distancia, no tiene caso polemizar con un libro tan estimulante, sino reconstruir el proceso de difusi�n de una prosa cl�sica. Durante los a�os tan despolitizados que van (aproximadamente) de 1940 a 1968, los lectores de El laberinto, progresivamente esc�pticos de la cultura oficial, aceptan una versi�n de un proceso hist�rico, m�s persuasiva y admirablemente escrita. En relaci�n con esto, deben tomarse en cuenta los m�ltiples significados de la Revoluci�n Mexicana, que es la destrucci�n de una dictadura, el hecho de armas que se prolonga por dos d�cadas, la creaci�n de instituciones s�lidas, la edificaci�n del Estado fuerte, el inicio de espacios de tolerancia, la victoria del esp�ritu secular sobre las tradiciones clericales, la nueva concentraci�n del poder y los privilegios, la ``esquizofrenia'' pol�tica que declara lo contrario de lo que hace, el tiempo de la movilidad social pese a todo. En El laberinto, Paz se refiere de manera original a la etapa armada de la revoluci�n, la emergencia de los ej�rcitos campesinos de Villa y Zapata, la cadena de batallas y magnicidios, la grandeza popular representada especialmente por Emiliano Zapata y L�zaro C�rdenas:
La Revoluci�n es una s�bita inmersi�n de M�xico en su propio ser. De su fondo y entra�a extrae, casi a ciegas, los fundamentos del nuevo Estado... La Revoluci�n es una b�squeda de nosotros mismos y un regreso a la madre. Y, por eso, tambi�n es una fiesta: la fiesta de las balas, para emplear la expresi�n de Mart�n Luis Guzm�n. Como las fiestas populares, la Revoluci�n es un exceso y un gasto, un llegar a los extremos, un estallido de alegr�a y desamparo, un grito de orfandad y de j�bilo, de suicidio y de vida, todo mezclado... �Y con qui�n comulga M�xico en esta sangrienta fiesta? Consigo mismo, con su propio ser. M�xico se atreve a ser. La explosi�n revolucionaria es una portentosa fiesta en la que el mexicano, borracho de s� mismo, conoce al fin, en abrazo mortal, al otro mexicano.
Se le toma la palabra demasiado literalmente a esta tesis. Mitificada, la Revoluci�n se despoja de sus contenidos diversos y contradictorios, y es ya una fiesta armada. �Qu� es la fe en el progreso, tal y como se vive en las clases adineradas, sino la idea de la Revoluci�n como el v�rtigo de las celebraciones con los caudales a cargo de unos cuantos? Por lo dem�s, el M�xico ``enterrado pero vivo'' es una alternativa seductora. Ataviado suntuosamente como ``un universo de im�genes, deseos e impulsos sepultados'', el �nimo nacionalista se deja expresar ya no por una est�tica de las haza�as (la Escuela Mexicana de Pintura, la novela de la Revoluci�n Mexicana, la obra de Carlos Ch�vez y Silvestre Revueltas, el ballet nacionalista, etc�tera), sino por una extraordinaria codificaci�n verbal.
Ecos comercializados de estas tesis le sirven a la asimilaci�n apacible del pasado hist�rico y cultural, lo que, con frecuencia, desemboca en el alborozo del turismo interno que ``descubre'' el pa�s a trav�s de las leyendas. Esta mala lectura es tal vez inevitable en una sociedad ansiosa de comprenderse a s� misma memorizando sus rasgos. Como sea, a las teor�as sobre la naci�n, Octavio Paz agrega su versi�n poderosa. El laberinto finaliza con una frase categ�rica: ``Somos, por primera vez en nuestra historia, contempor�neos de los dem�s hombres.'' En 1950 esto anuncia el fin del aislamiento y del aislacionismo de la cultura de la vida mexicana. Si la ``soledad'' de la naci�n es fruto de la psicolog�a fatalista de los mexicanos, o es el resultado de los modos operativos de la historia, es asunto a debatir. Lo evidente en los a�os cincuenta, en medio de la ``m�stica nacionalista'', es la liquidaci�n del nacionalismo cultural, y la apertura industrial, informativa, art�stica que, sin prisa alguna, ir� de la minor�a a las mayor�as. El laberinto anuncia el tr�nsito a la modernidad asumida con todas sus consecuencias, y este nivel del libro (el menos observado gracias al �nimo tur�stico que usa a El laberinto para entenderse con el M�xico de los ritos, de festividades como el D�a de Muertos) es el que, ahora, nos resulta m�s importante.
Las utop�as y la cr�tica de las utop�as
De 1950 a 1996 Paz publica libros fundamentales, polemiza con la izquierda y con el gobierno (su renuncia a la embajada de M�xico en India en 1968, a ra�z de la matanza de Tlatelolco, es tanto m�s memorable cuanto que es la �nica en todo el aparato oficial), insiste en los valores democr�ticos, recibe numerosas distinciones, del Premio Cervantes al Premio Nobel, y es, sin duda, la figura cultural de mayor peso en M�xico. En �l, la vocaci�n literaria es un programa muy amplio que incluye el examen de la historia, la filosof�a, y la tradici�n art�stica y cultural de M�xico, sin restringirse a lo nacional ni a lo occidental.
En 1956, El arco y la lira (edici�n definitiva: 1957) es el gran intento de respuesta de Paz a preguntas clave: �Qu� es la poes�a? �No ser�a mejor transformar la vida en poes�a que hacer poes�a con la vida? �No puede tener la poes�a como objeto propio la creaci�n de instantes po�ticos, m�s que la de poemas? �Ser� posible una comuni�n universal en la poes�a? Paz es vigoroso en su fe en cuanto a los alcances de la materia de su estudio:
La poes�a es conocimiento, salvaci�n, poder, abandono. Operaci�n capaz de cambiar al mundo, la actividad po�tica es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un m�todo de liberaci�n interior. La poes�a revela este mundo, crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. A�sla; une. Invitaci�n al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiraci�n, respiraci�n, ejercicio muscular. Plegaria al vac�o, di�logo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperaci�n la alimentan. Oraci�n, letan�a, epifan�a, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimaci�n, compensaci�n, condensaci�n del inconsciente. Expresi�n hist�rica de razas, naciones, clases...
El arco y la lira es el principio de una indagaci�n sobre la modernidad en poes�a, un estudio literario e hist�rico al que complementan Cuadrivio (1965), Los hijos del limo (1974), La otra voz (1990) y parcialmente El signo y el garabato (1973). En Cuadrivio, Paz examina a cuatro poetas fundamentales por diversas razones: el nicarag�ense Rub�n Dar�o, el espa�ol Luis Cernuda, el portugu�s Fernando Pessoa y el mexicano Ram�n L�pez Velarde. Ya antes, en Las peras del olmo (1957), Paz establece sus preferencias, su canon beligerante de poes�a mexicana (Sor Juana, Jos� Juan Tablada, Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia), pero en Cuadrivio la reflexi�n se concentra en la identidad entre sensualidad po�tica y erotismo, entre el acto y el s�mbolo. Seg�n Paz la alegor�a es el eje de la poes�a moderna, en un mundo regido por el cristianismo sin Dios y el paganismo cristiano. De acuerdo con los criterios de la Edad Media, la poes�a era una sirvienta de la religi�n; en la edad rom�ntica la poes�a no es s�lo rival de la religi�n sino el principio anterior a todas las escrituras sagradas. Y la analog�a, se�ala Paz, es el culto verdadero de la poes�a moderna, del romanticismo al surrealismo (la analog�a sobrevivi� al paganismo y probablemente sobrevivir� al cristianismo y a su enemigo el cientismo).
Como no es infrecuente en los escritores de los pa�ses ``perif�ricos'', Paz conoce a fondo la cultura occidental, sobre todo la poes�a francesa, la anglosajona y la hispanoamericana y espa�ola. Pero ya desde El arco y la lira inicia su acercamiento a Oriente, lo que profundizar� en su estancia en India, como embajador de M�xico (1962-68). All� encuentra y reencuentra el arte hind�, la cultura china, la cultura japonesa. Y all� se localiza una extraordinaria aportaci�n de Paz: el estudio de la doble tradici�n de la poes�a, la que se define por obras individuales y tendencias, y la ruptura, la experimentaci�n vanguardista, el deseo que es el otro tiempo de la historia y la incorporaci�n al canon literario de lo excluido por el eurocentrismo. Antes, este canon o panorama po�tico sol�a integrarse por los nombres reverenciados: Dante, Wordsworth, Blake, Baudelaire, Nerval, V�ctor Hugo, Mallarm�, Apollinaire, Andr� Breton, Pound, Eliot, William Butler Yeats, Whitman, Wallace Stevens, Rilke. A ellos, Paz agrega otra lista (otro examen a fondo) con los nombres de Quevedo, G�ngora, Sor Juana, Rub�n Dar�o, L�pez Velarde, Pablo Neruda, C�sar Vallejo, Borges, Xavier Villaurrutia, Luis Cernuda, Jos� Gorostiza, Leopoldo Lugones, Vicente Huidobro, Lezama Lima. Esta contribuci�n es fundamental porque Paz no habla a nombre del nacionalismo sino del pleno derecho del escritor a hacer suya la tradici�n universal.
En especial, el nombre de Neruda aparece de continuo en las p�ginas de Paz. Neruda es el descendiente por excelencia de Rub�n Dar�o, el gran poeta del modernismo latinoamericano (tan distinto del modernism anglosaj�n): ``La influencia de Neruda fue como una inundaci�n que se extiende y cubre millas y millas -aguas confusas, poderosas, son�mbulas, informes.'' En Neruda, Paz descubre m�ritos y dem�ritos. Lo conoce en Par�s, y lo vuelve a ver en Valencia, en el Congreso Mundial de Escritores Antifascistas. Y el reencuentro en M�xico anticipa de alg�n modo el distanciamiento de Paz de la izquierda internacional, ahogada entonces por el estalinismo. Neruda detesta a los ``artepuristas'', a los cultivadores del arte-por-el-arte, y Paz defiende el derecho a la libre expresi�n. El resultado: el alejamiento rotundo de Paz de una est�tica y de una �tica fundadas en la utilidad pol�tica de la poes�a.
En 1982 Paz publica Sor Juana o Las trampas de la fe, un gran ensayo biogr�fico, indagaci�n sobre religi�n, cultura, ciencia, vida cotidiana y represi�n en el virreinato. Las trampas de la fe es una indagaci�n fascinante en la historia po�tica, en la trayectoria del barroco y en la historia de la libertad intelectual. No en balde merece los dicterios del arzobispo Corripio y de un selecto grupo de te�logos que se llaman a duelo ante la idea de una monja reprimida por un obispo fan�tico y obtuso. Con este libro culmina el proyecto de canon literario de M�xico que Paz inicia en Las peras del olmo, y que se complementa con los numerosos ensayos sobre la pl�stica (es restringido su abordaje de la novela, la fotograf�a y la arquitectura, y m�s bien se abstiene de escribir sobre m�sica, danza y cine, salvo en los casos de Silvestre Revueltas y Luis Bu�uel). Desde Posdata (1970), escribe apasionadamente sobre pol�tica, con tal amplitud que demanda ensayos espec�ficos.
* * *
En 1947, Paz escribe en su poema ``Arcos'':
Me alejo de m� mismo, me detengo
sin detenerme en una orilla y sigo
r�o abajo, entre arcos de enlazadas
im�genes, el r�o pensativo.
Sigo, me espero all�, voy a mi encuentro,
r�o feliz que enlaza y desenlaza
un momento de sol entre dos �lamos,
en la pulida piedra se demora,
y se desprende de s� mismo y sigue,
r�o abajo, al encuentro de s� mismo.
Una primera versi�n de parte de esta cr�nica se public� en la revista Etc�tera.
Hosted by www.Geocities.ws

1