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UN LUGAR EN EL MUNDO

 

Angélica Cores

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M

e habían llamado de urgencia. Con el estetoscopio todavía colgado al cuello, entre en mi casa abatido y con desazón. No sabía bien por qué me había metido en este asunto de la salud para todos, si nadie pensaba que fuera yo el que tenía que encargarme de esos asuntos.

-         Para eso está l´asistente social o el agente sanitario”, decía doña Marta.

-         es que no nos mandan una porque somos pobres y este cristiano tiene que andar de aquí para allá como maleta de loco”, contestaba su interlocutora.

De cualquier manera, sabía que había que dar tiempo al tiempo.

-            El tiempo es un maestro que gana por sabio o por costumbre, pero acomoda los tantos”, decía siempre Fermín, el bolichero hidroxilotraficante

-            Las urgencias  las urgencias 

       y  el tanto tanto esperar ,

      acaban con la paciencia”

recitó mi vecina apegada a las coplas y refranes cuando me vio entrar.

El parto de hoy había sido distinto. Después de un embarazo de película, había llegado al mundo Victorio Armando. A medida que ayudaba a Marisa a expulsarlo de su vientre sosteniendo su cabecita, iba tomando conciencia del panorama que advenía. Primero los clásicos ojos orientales y luego su ancha lengua protuberando de unos labios que a su lado parecían más finitos. A medida que el nacimiento iba llegando a su fin meditaba rápidamente, ¿qué les diría a Emanuel y a su mujer cuando los tuviera frente a frente y le presentara a su primogénito con la facies típica del Síndrome de Down?  Mi corazón se aquietó un poco cuando escuché decir a la enfermera que lo limpiaba ,

 - “no se parece a ninguno de los padres, este angelito debe parecerse a Jesús, total, nadie sabe qué cara tenía”.

Los acontecimientos se desarrollaron dentro de los esperado. Después del impacto de la primera impresión que desembocó en asombro, Marisa dijo sin que yo pudiera expresar ningún discurso :

 “-  es un inocente, ya se verá lo que se hace” estampando un dulce beso en la mejilla inflada y enrojecida del bebecito que refunfuñó de gusto.

Eran gente sencilla, de la tierra, que amaban lo que creaban.

Al caer en la silla de mi cuarto en medio de la penumbra, agradecí haber elegido ese lugar para ser médico generalista. Andá a saber cual hubiera sido la urgencia al nacer un niño diferente en una familia burguesa de la ciudad. madre de la vida de las apariencias externas. Por lo menos aquí existe la duda de que pueda ser como el Redentor- me dije - una suerte de persona extraordinaria que ayude a cambiar un poco esas cosas de la desigualdad”.

Al final reflexioné en voz alta

- “Lo que es seguro, es que nos va a necesitar cerca, porque como hace 2000 años, no se va a salvar del calvario.....de la discriminación”.

                  QUETZAL /DIC/2003

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