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EL PICADO

 

Angélica Cores

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L

o más importante era hacer el gol. No importaba si era con el balón recién comprado  al señorito petitero o era la artesanal unión de hexágonos que el pelotero del barrio reparaba una y otra vez ante la potente pateadura de los convocados al picado dominical. Tampoco dependía del entrenamiento con la tradicional pelota de trapo confeccionada con las medias desgarradas que la hermana mayor había hecho pedazos en la milonga del sábado llena de papelitos de diario. Sólo la ocasional inspiración de la tarde era el soplo sobrenatural que llevaba el balón al fondo de la red.

Si uno se ponía a observar los inquietos equipos antes del partido, en una mirada encendida o una firme determinación en el paso, permitía predecir quién sería la estrella de esa tarde. Por eso, a nadie le extrañó que el musculoso Ramiro abriera el marcador y se abrazara con sus compañeros. Ese equipo hubiera tenido el triunfo bajo el brazo si no existiera Román, el de la media cancha de enfrente que rápidamente empararejó el resultado.

Saúl, el lento, el pibe discapacitado, soñaba desde el banco de suplentes adonde la piedad del entrenador lo había confinado per vitam a fin de no fallar al compromiso vecinal de que vistiera la camiseta y saliera en la foto.

 

Ya iban 5 a 5 cuando alguno de la tribuna, un poco en broma y bastante crueldad gritó: -“Que lo pongan al Saúl” cuando el referí marca el penal para su equipo.

¿Patear un penal? ¿Ese acto de tamaña importancia que algunos dicen que hasta debiera ejecutarlo el presidente del club? – “¡qué lo pongan al Saúl! Sonó pérfido otra vez el grito destemplado.

 

Saúl miró al técnico que cada jornada de entrenamiento casi sin mirarlo lo ponía frente al arco de la cancha de al lado para que no molestara y le decía - “pateá, pateá, hacete un gol que mañana entrás al juego”.

En silencio la tribuna dirigió sus ojos al DT y este, presionado, desorientado, pide el cambio y coloca a Saúl junto a la pelota, frente al arco y al arquero, se aleja y hace sonar el estridente pito.

                 

Saúl hizo el gol y así ganaron el partido, porque después de que esto sucediera, ya nadie quiso destruir el “milagro” construido en tantos años de espera y esperanza.

Un gol, a veces hace rugir la competencia, pero a veces, como en esta historia, hace vibrar los corazones autocensurados, porque saben que el triunfo, la magia, también puede estar escondida en el mundo que creíamos imposible de los perdedores.

 

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                  QUETZAL /DIC/2003

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