S
on las 21 horas de un día de semana otoñal.Crisis energética. Deuda
externa
impagable. Inseguridad cotidiana.
Ingresa a la guardia hospitalaria una mujer de sesenta años con angina
de
pecho de media hora de comienzo con descompensación hemodinámica.
Inicio el tratamiento, la monitorizo y trato de comunicarme con la
Unidad
Coronaria de mi hospital.
El que atiende el llamado telefónico, a mi pedido de una cama,
responde que
la única disponible carece de colchón.
Y que no anda el ascensor que nos llevaría al segundo piso de
cardiología.
Perplejo pero acostumbrado a las dificultades reales de los
municipales, voy
a conseguir el colchón.
En supervisión de enfermería, lo resuelven con un llamado.
- Tengo una mujer que puede fallecer por falta de colchón. Se imaginan
si
salimos en la televisión...-, convenzo a mis interlocutores sanitarios.
Busco a un camillero amigo y en una camilla precaria llegamos a toda
velocidad a la planta baja.
La mujer está pálida y dolorida. Puede morir.
- ¡Atemosla y la cargamos a mano!, exclama el camillero.
La subimos.
El la toma del respaldo y yo empujo de los pies.
Cuesta subir.
A pesar de nuestro estado físico.
Llegamos.
Ingresa rápido a la Unidad Coronaria.
- No tengo más camas - suplica la residente de guardia.
La dejamos.
Agradezco a mi humilde colega. Le debo un favor.
Vuelvo a la batalla cotidiana de la guardia.
Otro ser miserable, solitario, condenado a un corazón débil me espera.
Dejó de tomar los remedios. Apenas tiene algo para comer.
Está sucio. Viene de la provincia de Buenos Aires.
Cree que acá estará mejor.
Dr. Alejandro Wajner
(Buenos Aires, Argentina).
Mayo 13, 2004.
E-mail: [email protected]
Critica Medicina –ir Al INICIO de esta Editorial
Regresar a Página Principal